Por Anthony Reynolds & Rayla Heide · Historia completa
Invocador de tormentas
''¡Valhir!''.
El dios ursino se retorció mientras dormía, pero no abrió sus ojos.
Era un nombre antiguo que no había sido pronunciado en voz alta por... ¿cuánto tiempo? Aquello que escuchó tal vez fue parte de un sueño, o quizá un eco del pasado. Tras lanzar un bufido, hundió su cabeza un poco más en la densa nieve y continuó con su larga hibernación.
''Valhir, con tu nombre y con esta sangre, ¡te invoco!''.
Los ojos del semidiós se abrieron.
La voz se encontraba a una enorme distancia, pero se escuchaba tan cerca como si estuvieran hablándole directamente al oído.
Con un gruñido grave, el gran oso se incorporó. Una avalancha de nieve se desprendió de su titánica silueta. La tierra retumbó. Sacudió su pelaje y giró su pesada cabeza para avistar el horizonte entero. Sus fosas nasales se ensancharon.
Podía saborear el tributo de sangre en el aire. Un escalofrío lo recorrió por completo. En algún lugar, las piedras fueron acomodadas para formar su runa. Se hizo un sacrificio en su nombre. Sintió cómo el poder de la veneración corría por sus extremidades.
''¡Valhir! ¡Invocamos tu furia! ¡Danos tu fuerza! ¡Cada muerte es una ofrenda!''.
Con la promesa de la batalla, la masacre y la adoración, el corazón de Valhir latió al ritmo de los tambores de guerra que resonaban por toda la región. Podía escuchar las pisadas, el choque de las espadas, los lamentos de los moribundos.
El llamado le hablaba a su cuerpo. El llamado se dirigía a él.
Volibear se paró sobre sus patas traseras y rugió hacia los cielos. El sonido reverberó a lo largo de la helada tundra, penetrando en el alma de todo ser vivo en el Fréljord.
A cientos de kilómetros de distancia, donde el sol nunca sale, un cambiapieles se despertó gritando. Sus manos, transformadas en garras inmensas, se aferraban a su rostro.
En dirección contraria, a través de los témpanos de hielo, manadas de lobos dientescarchado alzaban sus cabezas y aullaban para hacer eco al aullido del semidiós.
Y, en otro lugar muy, muy lejano, los miembros de una tribu sentados alrededor del fuego guardaron silencio. De pronto, sus corazones retumbaron con el sonido del trueno. Los amigos se miraron entre sí con expresiones hostiles. La sangre sería derramada.
Sobre sus cuatro extremidades, Volibear avanzó con rapidez. Sus inmensas garras destrozaban la tierra congelada. Arrasó con los peñascos y árboles cubiertos por la nieve que se atravesaban en su camino. El viento soplaba a través de su grueso pelaje mientras aceleraba su paso.
Cuando por fin se detuvo para olfatear el aire, ya estaba a cientos de kilómetros de distancia. Cada vez más cerca. Las nubes de la tormenta invocadas por su rabia bélica ensombrecieron el cielo encima de él.
''¡Valhir! ¡Matamos y morimos en tu nombre!''.
Con un impacto que destrozó la tierra, el dios ursino llegó al lugar.
Sobre una elevación gélida, con su blanco pelaje que parecía soltar destellos y relámpagos, miró el campo de batalla.
Abajo, dos ejércitos peleaban en una planicie empapada de sangre. Los muertos y los moribundos yacían sobre la nieve. Uno de los dos ejércitos estaba en clara desventaja. Libraban una batalla perdida.
El gigantesco oso bufó. Algo no estaba bien con el ejército más grande. Sus humanos estaban recubiertos con hierro negro y peleaban bajo un estandarte rojo. Rugió al darse cuenta de que no eran del Fréljord. Estas criaturas débiles venían de una tierra en donde la nieve carecía de dominio. Mostró sus dientes y un relámpago surcó el cielo. Cayó en medio de la batalla con una colisión ensordecedora. Cadáveres chamuscados de ambos bandos volaron por los aires.
''¡Valhir! ¡Valhir!''.
La furiosa y enrojecida mirada de Volibear se posó sobre aquella que gritaba su nombre. Era una mortal envuelta en pieles. Lo miró fijamente; su rostro estaba cubierto de sangre. Alzó hacia el cielo un par de hachas sangrientas a modo de saludo. En su cara se dibujó una sonrisa salvaje.
Otros combatientes pausaron su participación en la contienda para contemplar con sorpresa y horror al semidiós. Sin embargo, la atención de Volibear estaba fija en la mujer.
Su corazón fue el que invocó a la tormenta.
''¡Valhir!'', gritaba, mientras elevaba de nueva cuenta sus hachas sangrientas al cielo. ''¡Te honramos con estas muertes!''.
Con un último saludo respetuoso, la mujer volvió a la batalla, lanzándose enérgicamente hacia los enemigos con un vigor renovado.
Volibear observó a aquellos a quienes la mujer combatía: los forasteros. El enemigo. Con un rugido, se lanzó a la carga.
''¡Vol kau fera!''. Su aullido estremeció a los mismos cielos.
Se estrelló contra los enemigos como un ariete viviente, lanzando por los aires a las frágiles tropas. Huesos quebrados. Sangre salpicada. Voces agonizantes.
En cuestión de minutos, todo había terminado.
La determinación del enemigo se hizo añicos frente a la indómita furia del dios ursino. El primero de ellos salió huyendo. Pronto, la retirada se convirtió en una matanza. Infundidos con la ira salvaje Volibear, los freljordianos fueron tras los enemigos en fuga como si fueran lobos. Aullaban mientras los perseguían por la nieve.
Volibear miró con satisfacción la masacre. De sus fauces goteaba sangre.
La mujer que lo había invocado se postró frente a él con un gesto de reverencia e inclinó su cabeza.
''¡Oh, gran Valhir!'', exclamó. ''Yo soy la Matriarca Raetha, la Mano Sangrienta. ¡Gracias a tu intervención, nuestra aldea está a salvo!''.
Cuando su deseo por la batalla por fin disminuyó, Volibear pudo ver las casas de piedra y las granjas cercanas. Entrecerró sus ojos. Miró a la mujer arrodillada.
Se cernió sobre ella. Era cuatro veces más grande que ella y no cesaba de crecer, a la par de su rabia. Su majestuosa complexión estaba marcada por antiguas cicatrices y nuevas heridas de batalla. Portaba cada una de ellas con orgullo. Sus inmensas garras chorreaban sangre. Las ansias por destrozar y desgarrar eran avasallantes.
Le rugió a la matriarca. ''Vol t'svaag dakk skolj''.
Confundida, alzó la mirada para verlo. Era claro que la lengua antigua había quedado en el olvido.
''De pie'', dijo con fuerza en la lengua joven y corrupta que ella hablaba. ''Un guerrero no se arrodilla frente a nadie''.
Su mirada se posó en algo que estaba más allá del valle. Un poderoso y sombrío gruñido emanó de su interior, como un anuncio de la violencia venidera. Con renovada cautela, Raetha dio un paso atrás.
''¿Qué es esto?'', vociferó el semidiós. La tensión en el aire aumentaba junto con su enojo.
La mujer miró sobre su hombro, confundida e incómoda.
''¿La...? ¿La presa?'', preguntó.
El hocico de Volibear dejó al descubierto sus colmillos ensangrentados. Ese era su río, el cual había corrido libre y salvaje mucho antes de la llegada de los humanos. Los mortales se atrevieron a bloquearlo, a restringir su poder, era una abominación.
Empujó a un lado a la mujer; su ira crecía con cada paso que daba. Cuando llegó hasta la vulgar estructura, su furia era apenas una vorágine contenida. El aire a su alrededor restallaba con su poderío. La matriarca Raetha y unos cuantos más lo seguían a una distancia prudente.
El dios ursino se zambulló en las aguas superficiales bajo la presa. El agua apenas llegaba sobre sus patas. Su furia se duplicó. El río debía retumbar.
Con un rugido, derribó las piedras y liberó el cauce de las aguas.
Ahora sí retumbaba con el estallido de una gran ola. El poder del río se estrelló a su alrededor.
Se escucharon gritos cuando el aluvión alcanzó el terreno inundable. El dios ursino observó con satisfacción el momento en el que una de las casas freljordianas fue destruida, las maderas se hicieron añicos y la mampostería se derrumbó. La gente salió corriendo, tratando de llevar consigo a los más pequeños, mientras las aguas asolaban el asentamiento entero.
Cuando no quedó rastro de la civilización, Volibear se dirigió a los freljordianos. Horrorizados, su conmoción no daba cuenta de lo que había provocado.
''¡Hoy, son libres!''.
Percibía el miedo en el aire, pero también se percataba del asombro y de la veneración de los humanos.
''¡Vivan!'', les ordenó. ''¡Vivan salvajes! ¡Cacen! ¡Maten! ¡Honren las viejas costumbres y estas los honrarán a ustedes!''.
La matriarca Raetha estaba de pie y asentía lentamente. Poseía el espíritu de una verdadera guerrera. Y en su corazón inmortal, él sabía que la gran mayoría la seguiría.
Volibear la miró y asintió. Después, miró al horizonte.
Aún quedaba mucho por hacer.
Fin de esta lectura





