Por Jared Rosen · Historia completa
El juicio de las máscaras
Luna de sangre · universo alternativo
Sivir contempla cómo las hojas caen por su ventana mientras bebe un sorbo de su té de pétalos de rosa. El líquido baila gentilmente en su lengua. Sus pétalos son finos, rosas y suaves. El aire está quieto, el cielo está gris y debajo del suelo de paja de Sivir yace la tierra dura, obligándola a permanecer en una realidad única e inverosímil.
Durante casi toda su vida, había estado habituada a la tierra, al pasto, a las casas y a los aldeanos. Pero ahora estaba aquí, en su pequeño comedor, en su pequeña cabaña, en la pequeña aldea de Sugiru. Ella cree que el mundo no puede ser un espejo. Es rígido. Concreto.
El mundo de Sivir es un reflejo de la nada.
Evita mirar el rincón de la estancia.
Ahora hay un objeto ahí. Tal vez estaba ahí desde antes. Tal vez estará ahí mañana. Un anillo dorado de diseño inmaculado y complejo... o una rueda monstruosa cuyos rayos terminan en un filo mortal del espesor de un alambre delgado. Es una brújula, una estrella, un arma, una llave. Alguien le dijo que alguna vez fue enterrado, y ahora no lo está.
Las horas pasan entre Sivir y el anillo dorado. Ella bebe té con sabor a pétalos de rosa y su taza jamás se vacía ya que llega a sus labios cae de ellos. Nunca hay amaneceres y las hojas afuera de su ventana jamás dejan de caer. Las horas se convierten en días. Los días se convierten en años. Sivir se asienta en su pequeño comedor, en su pequeña cabaña, en una pequeña aldea en una diminuta isla en medio del mar, con la vista fija en un solo lugar y sus músculos gritan.
Sivir echa un vistazo al rincón de la habitación. El anillo comienza a agrandarse.
Cada sinapsis en su cuerpo se congela. El centro hueco de la rueda colapsa en un océano de noche líquida. Enmarcada con oro, una nada sin estrellas se extiende más allá del infinito y negro horizonte. Un viejo pescador con una forma sombría dentro del abismo del anillo, aguarda los ojos vivientes de Sivir mientras ascienden para encontrarse con los suyos. Él sonríe y su boca muestra cientos de dientes.
El pescador se gira para arrojar su lanza al espacio, cada paso es pesado y la aguja se arquea hacia arriba interminablemente, después baja atravesando la superficie de las resplandecientes aguas de obsidiana. El anillo continúa expandiéndose mientras de su centro se derrama icor. Llena la habitación, llena la cabaña y explota desde las ventanas y las puertas. El anillo se desliza hacia el techo del hogar de Sivir, cortando la fachada de la construcción desde sus cimientos, cortando la cara del acantilado sobre la que se encuentra la propia isla. Al estrellarse contra el mar, Sivir se refleja en la ausencia de la nada que hay debajo de ella, la nada que la rodea, y observa al pescador cuya línea engancha algo muy por debajo de sus pies.
Poco a poco y con seguridad comienza a arrastrarlo hacia ellos.
Sivir pasa su dedo por el borde del anillo dorado. No siente dolor mientras el corte se abre; es apenas un suspiro, una liberación. Sivir estudia su sangre mientras se hunde en el metal: un bermellón profundo y floreciente que parece extenderse en su superficie, por sus laberintos grabados hacia el vacío que se extiende infinitamente en su centro. El anillo se retrae; el portal se cierra y la oscuridad borbota con docilidad antes de desaparecer.
Sivir bebe té con sabor a pétalos de rosa, y contempla cómo las hojas caen por su ventana. Las nubes comienzan a disiparse mientras la mañana se convierte en el día y los árboles se remecen con lentitud contra el viento. Hay una mancha de sangre en el costado de su taza. Un líquido negro se arrastra por el suelo.
Faltan tres días para el ascenso de la luna de sangre y unas hermanas gemelas desaparecieron en la playa por la noche. El día se alarga. Sivir recuerda cómo los ancianos se lamentaban, cómo sus llantos perforaban el aire nocturno y cómo sus elaborados rituales fúnebres llenaban las olas con faroles de papel chisporroteantes; una antigua tradición cuya intención era guiar a casa a las almas perdidas. Nunca encontraron los cuerpos de las niñas.
Sivir observa el anillo que está en el rincón de su hogar.
El anillo permanece en silencio. Satisfecho, por el momento.
La carne está incompleta.
Le tomó horas a Sivir desenterrar el anillo del bosque. Ella ni siquiera habría sabido cuándo detenerse hasta que casi cortó su mano a la mitad; su filo brillante sobresalía de la base de una piedra vieja. Cuando levantó la mirada, el día había transcurrido por completo y no tenía claro cómo ni porqué se encontraba ahí.
¿Tal vez Sivir lo había llevado a la aldea? Es difícil recordarlo. Sus recuerdos parecen distantes y ajenos, como si descansaran en el fondo de un lago transparente que ella no puede quebrantar. Sivir lleva el anillo hasta el otro extremo de la isla y lo entierra con arena. Sivir toma el anillo y lo lanza al mar.
El anillo siempre regresa. Y se apoya tranquilamente contra el rincón polvoriento de su hogar aguardando hambriento por ella y por nadie más. Y cuando Sivir lo mira, el anillo se abre una y otra vez: el viejo pescador vuelve a fijar la mirada en ella en una medianoche inmóvil y atemporal, y comienza a jalar desde el fondo del mundo a un horror innombrable.
A veces, Sivir piensa que está muerta. Se frota el pulgar con los brazaletes de caracolas que hacen juego en su bolsillo durante esos momentos, cada uno pequeño y delicado, y encuentra en una pesadilla a medio recordar a un par de niñas tomadas de la mano, dejándose llevar por el mar carmesí iluminado por la luna.
Ella está contigo.
Sivir vive en un camino costero cuya vista da a un pequeño archipiélago en el lejano borde de una isla silenciosa. Se encuentra lo suficientemente lejos de Sugiru para disfrutar un respiro de sus disputas diarias, y lo suficientemente cerca para ser aceptada como miembro de la comunidad. Cuando Sivir mira por los acantilados, se ve a sí misma hecha pedazos contra las rocas de abajo. Una Sivir distinta mirará hacia arriba desde la playa: con las manos negras por la sangre de cientos de personas.
Sivir despierta en una cama hecha de algodón y paja, a dos días de la ascensión de la luna de sangre. Echa un vistazo hacia el vestíbulo y se encuentra con otra Sivir más, una que está aferrada al anillo dorado con tal fuerza que sus dedos penden de hilos de piel. Su mano libre tiene agarrada una media máscara astada hecha de madera, blasonada con el rostro de un demonio, y entonces comienza a colocarla sobre su cara. Sivir cierra los ojos y, cuando los abre, nuevamente está sola.
Los recuerdos de Sivir se superponen con frecuencia. Grandes lapsos de tiempo se desvanecen detrás de ella. Recientemente, comenzó a verse de pie en el exterior mirando hacia arriba a un cielo blanco y abismal. Camina por la aldea y saluda a sus habitantes; camina por el bosque y se deleita en su silencio. Se mira los pies y encuentra el cráneo lacerado de un hombre que vio hace tan solo una hora, pero cuando se obliga a despertar, él se encuentra frente a ella en el puerto con el ceño fruncido de preocupación. Sivir imagina sus manos rodeando el cuello del hombre, arrancando su garganta con sus dientes.
Sus dedos se estiran y se doblan; sus huesos perforan la carne en destellos índigos y rojos. Grandes cuernos brotan de su cráneo; su piel se resquebraja cuando la crisálida de su cuerpo mortal finalmente cede, por fin dando lugar al verdadero cuerpo que está debajo, y ella aúlla a través de su único ojo en llamas, mientras que pequeñas y tristes criaturas corren para ponerse a salvo. Se mueve contra la dirección del giro del mundo; sus pies golpean a través del tiempo como si garras dentadas atravesaran cosas diminutas que roen y suplican. Ella desprende los muros de una construcción y cae sobre las figuras cobardes en su interior, deleitándose con sus gritos mientras ríos densos de sangre fluyen por su monstruosa sombra pasan junto a ella y llegan al mar.
Sivir se encuentra repentinamente en la playa frotando los brazaletes de caracolas de las niñas muertas entre sus manos.
La noche entra sigilosamente. Momento a momento, los rayos de sol se desvanecen bajo un manto de estrellas frías; Sivir está de pie ante la oscura estática de un océano con olas sin luz que se agitan contra su mundo especular sin reflejo.
La lanza del pescador a lo largo de un vasto vacío. No hay luz ni sonido cuando arroja su línea; su peso se hunde en el abismo sin fondo sobre el cual está parado. El suyo es un mar sin fin: reflejos gemelos de un nihilismo infinito, la tumba de una época perdida y sin nombre. Sonríe con el hambre de un tiburón antiguo.
Su anzuelo se adhiere con rapidez conforme comienza a jalar una gran forma desde lo profundo.
Centímetro a centímetro, segundo a segundo, una silueta montañosa emerge más allá de los límites del oscuro horizonte del pescador. Es una torre, una fortaleza, un sol; denso icor brota de él sin cesar, una gran barrera de oscuridad impenetrable arrastrada desde algún abismo pelágico olvidado. La lanza se desprende de la superficie del objeto con una máscara de madera empalada en su punta.
Un día antes de la noche de luna de sangre, Sivir se coloca la máscara en el rostro.
Descenso.
Sivir es Sivir, y Sivir no es.
En la luz roja de la luna de sangre, Sivir recorre el camino de un desértico Sugiru, aferrándose al anillo dorado con una mano y a una máscara con la otra. Sus músculos se crispan con el menor sonido. Sus órganos estallan de manera antinatural, las piedras se lavan suavemente con el avance atemporal del mar biológico.
Alrededor de ella hay cadáveres. Mil muñecas rotas, sus brazos estirados en un espantoso éxtasis, congeladas en una invocación grotesca de patrones, dioses domésticos y espíritus ancestrales hace mucho tiempo ausentes. Estas víctimas son un jardín delicado: estas ofrendas, sus palmas enrolladas, son las flores de una cosecha oscura y suntuosa brindada en nombre de entidades demasiado terribles como para entenderlas. Algunas no están completamente muertas, sus dedos sujetan suavemente la nada.
La luna de sangre desciende.
Es más grande de lo que Sivir había imaginado, demasiado grande, amenazante como una gran esfera carmesí sobre su isla perdida y sin rumbo. No arroja ningún reflejo contra el mar, puesto que no tiene igual; ensombrece la luna verdadera y la devora por completo, su hambre es colosal, infinita e insaciable.
Sivir deja caer la máscara de madera y el anillo dorado. Cae sobre sus rodillas debajo de esta cuna de espejo, su centro es un núcleo principal de alas batientes y sangre que hierve y ondea. Una gran figura se mezcla en ella: la solitaria progenie demoníaca del alma hermanada de la humanidad, un gran demonio con la forma de un hombre deslizándose por el vientre de luz mientras se abre el caparazón embrionario de la luna. La gigantesca figura cae en las olas: una perversa espada en su mano, alas batiéndose con el sonido de glaciares que se quiebran. Enterrado una vez, mas no ahora.
Por un instante, Sivir imagina las hojas fuera de su ventana, así como el té de pétalos de rosa y una pequeña cabaña en una pequeña isla que ahora parece muy, muy diminuta. Imagina a las niñas junto al mar, sus cuerpos destrozados flotando más allá del reflejo de un farsante pálido e inepto, y los oscuros susurros de algo ancestral e innombrable, de pie frente a ella en la noche teñida de sangre.
Ella levanta la cabeza e imagina el mundo como un espejo.
La luna acaricia las dos caras de Sivir y las envuelve.
Fin de esta lectura

