Por Graham McNeill · Historia completa
La sombra y la fortuna
Las Carniceras Salvajes atravesaron la mandíbula del Grajilla con un pasador oxidado y lo dejaron colgado para que las alimañas carroñeras del muelle se dieran un festín con sus restos. Esta era la decimoséptima víctima que había visto el hombre encapuchado esta noche.
Una noche tranquila para lo que se acostumbra en Aguasturbias.
Al menos desde que el Rey Corsario encontró su muerte.
Algunas ratas de muelle ya habían devorado con sus colmillos rojos gran parte de los pies del hombre en cuestión y se amontonaban ahora en unas cestas apiladas para arrancar mordida a mordida la suave carne de sus pantorrillas.
El hombre encapuchado siguió su camino.
—Ayuda. Por favor.
Las palabras se ahogaban en una garganta inundada de sangre, de la que apenas lograban salir. El hombre encapuchado dio media vuelta mientras sus manos alcanzaban las armas que colgaban de su cinturón.
Resultaba increíble que el Grajilla aún siguiera con vida, colgado del pincho con mango de hueso. Los ganchos penetraban profundo en la estructura de madera de una grúa de carga. No había forma de liberar al Grajilla sin despedazarle el cráneo.
—Ayuda. Por favor —repitió.
El hombre encapuchado hizo una pausa para considerar las palabras del Grajilla.
—¿Para qué? —dijo al fin— Si te bajo de ahí ahora, estarás muerto por la mañana.
El Grajilla alzó la mano con cuidado y la llevó hasta un bolsillo oculto en su jubón de retazos. De allí sacó un kraken dorado. A pesar de la falta de luz, el hombre encapuchado pudo ver que era genuino.
Los carroñeros bufaron y se erizaron a medida que se acercaba. Las ratas de muelle no eran muy grandes, pero una carne tan apetitosa era un botín por el que darían pelea. Mostraban sus colmillos largos y afilados, y escupían saliva infectada con mil pestes.
El hombre pateó a una de las ratas y la mandó al agua. Luego aplastó a otra. Lanzaban dentelladas impiadosas, pero el astuto juego de pies del encapuchado les impidió acercarse a probar carne; cada uno de sus movimientos era fluido y preciso. Mató a otras tres antes de que el resto se perdiera en las sombras; sus ojos rojos y tétricos brillaban en la oscuridad.
El hombre encapuchado se paró al lado del Grajilla. Sus rasgos no podían distinguirse, pero la luz de una luna solitaria sugería que ese rostro no estaba sonriendo.
—La muerte ha venido por ti —dijo al fin—. Acéptala y ten la certeza de que la haré cumplir su final.
Metió su mano en su abrigo y sacó una cuchilla de plata brillante. Era del largo de dos palmas y lucía grabados de símbolos en los bordes, que se extendían a lo largo en forma de espiral. Parecía un ornamentado punzón de cuero. Colocó la punta bajo el mentón del hombre agonizante.
La mirada del hombre se ensanchó; su mano arañó la manga del hombre encapuchado mientras contemplaba el vasto océano. El mar se asemejaba a un espejo negro que relucía con la luz que emanaba de incontables velas, de los braseros del muelle y de las lámparas, y que se distorsionaba a través del vidrio reciclado de los miles de cascos en la cara del acantilado.
—Saben lo que acecha en el horizonte —dijo—. Conocen del horror que supone. Y sin embargo, se despedazan entre ustedes como bestias salvajes. No le encuentro explicación.
Giró y golpeó la palma de su mano contra la parte plana del mango del punzón, hundiendo la cuchilla en el cerebro del hombre. Un último reflejo cadavérico y el dolor del Grajilla había terminado. La moneda dorada cayó de la mano del cadáver y fue a parar al océano con un ligero chapoteo.
El hombre retiró la cuchilla y la limpió con los harapos del Grajilla. La introdujo en la vaina dentro de su abrigo para luego sacar una aguja dorada y un trozo de hilo plateado bañado en las aguas extraídas de un manantial joniano.
Coció los ojos y los labios del hombre con una habilidad digna de alguien que ha hecho este tipo de trabajo más de una vez. Mientras cocía, recitaba palabras que había aprendido siglos atrás; palabras malditas que un rey muerto pronunciara hace mucho.
—Los muertos ya no podrán reclamarte —afirmó mientras terminaba con su trabajo y volvía a poner en su sitio sus herramientas.
—Quizás no, pero nosotros no nos iremos con las manos vacías, claro que no —replicó una voz detrás del hombre encapuchado.
Se dio la vuelta y se quitó la capucha para revelar un rostro con el color y la textura de una caoba avejentada, y pómulos que lucían angulares y patricios. Su largo cabello oscuro estaba atado al centro dejando ver los costados descubiertos de su cráneo, mientras sus ojos, que parecían haber sido testigos de un horror inefable, examinaban a los recién llegados.
Eran seis hombres, llevaban delantales de cuero manchados de sangre y cortados de forma tal que mostraban sus musculosas extremidades envueltas en tatuajes de espinas. Cada uno llevaba un gancho dentado y portaban cinturones de los que colgaban una variedad de cuchillos de carnicero. Matones de poca monta embravecidos por la caída del tirano que gobernó Aguasturbias con mano de hierro. Con su ausencia, las pandillas rivales buscaban apoderarse de territorios nuevos, y así la ciudad se volvió un caos.
El sigilo no fue su estrategia para esta situación. Las botas con clavos, el hedor a vísceras y el farfullo de maldiciones varias anunciaron su presencia mucho antes que ellos.
—No me importa que una moneda vaya a parar con la Gran Barbuda, claro que no —dijo el más grande de los carniceros, un hombre con una barriga tan prodigiosa que parecía un milagro que pudiera acercarse lo suficiente a un cadáver como para destriparlo—. Pero uno de los nuestros mató al viejo John ahí, con todas las de la ley, verdad. Así que esa serpiente dorada nos pertenecía.
—¿Quieren morir aquí? —preguntó el hombre.
El hombre gordo se echó a reír.
—¿Tienes idea de con quién estás hablando?
—No. ¿Y tú?
—Dime, entonces, así podré grabar tu nombre en la roca que usaré para hundir tus huesos.
—Mi nombre es Lucian —respondió, mientras abría su larga gabardina y sacaba un par de pistolas forjadas con piedras talladas y metales lustrados desconocidos hasta para el alquimista más intrépido de Zaun. Un rayo de luz fulgente derribó al carnicero gordo, dejándole de paso un agujero abrasador donde solía estar su corazón grotescamente hinchado.
La segunda pistola de Lucian era más chica, con una elegancia más vistosa, y disparaba una línea ardiente de fuego amarillo, el cual partió por la mitad a otro de los carniceros, desde la clavícula hasta la ingle.
Los demás quisieron huir como ratas de muelle, pero Lucian se encargó de ellos uno a uno. Cada ráfaga de luz representaba un disparo mortal, y en un abrir y cerrar de ojos, los seis carniceros yacían muertos.
Guardó sus pistolas y volvió a cubrirse con su gabardina. Otros se verían atraídos por el ruido y la furia de su trabajo, y él no tenía tiempo para salvar a estos hombres de lo que venía.
Lucian suspiró. Fue un error detener su marcha por el Grajilla ese; pero quizás aún quede un ápice del hombre que alguna vez fue. Pudo sentir un recuerdo amenazando con resurgir; sacudió su cabeza para evitarlo.
—No puedo volver a ser el hombre que fui —se lamentó Lucian.
No es tan fuerte como para asesinar al Carcelero Implacable.
La cota de malla de Olaf estaba bañada en sangre y vísceras; gruñía mientras usaba su hacha con una mano. Del arma brotaban huesos esquilados y músculos desgarrados; su filo había sido templado en una cama de Hielo Puro en lo más profundo del Fréljord.
Antorcha en mano, atravesaba las entrañas empapadas del krakensierpe; con cada hachazo, más profundo avanzaba. Le tomó tres horas llegar tan lejos. Atravesar sus enormes órganos brillantes y huesos gruesos no era una tarea fácil.
Es cierto, la bestia ya estaba muerta: la ensartó hacía una semana, luego de una larga cacería que comenzó en el norte y duró un mes. Brazos fuertes y espaldas anchas habían lanzado más de treinta arpones desde la cubierta del Beso del Invierno hasta perforar su piel escamada, pero había sido la lanza de Olaf la que ultimó a la bestia.
Matar a aquel animal en el corazón de una tormenta agitada a las afueras de Aguasturbias había sido estimulante, y por un momento, mientas la nave se escoraba y casi lo lanza a las fauces de la bestia, pensó que este sería el momento en que por fin conseguiría la muerte gloriosa que tanto anhelaba.
Pero en ese instante, el timonel Svarfell, maldito sea su poderoso hombro, centró el timón para enderezar la nave.
Y Olaf vivió. Una pena. Un día más cerca del terror de morir pacíficamente durante su sueño, ya anciano y con canas.
Atracaron en Aguasturbias con la esperanza de vender el cadáver y seccionarlo en trofeos de batalla: dientes enormes, sangre negra que arde como petróleo y un costillar tan grande que podría cubrir el salón de su madre.
Los otros miembros de la tribu, exhaustos por la cacería, dormían abordo del Beso del Invierno, pero Olaf, siempre impaciente, no podía descansar. En lugar de eso, tomó su hacha brillante y comenzó a desmembrar al colosal monstruo.
Al fin pudo divisar el interior de las fauces de la bestia: un esófago acanalado tan grande que podría tragarse un clan entero o aplastar a un navío saqueador de treinta remos de un solo mordisco. Sus dientes eran colmillos esculpidos que parecían rocas obsidianas.
Olaf asintió con la cabeza. —Sí. Justo como para rodear un corazón circular de los trotavientos y los leedores de huesos y cenizas.
Clavó la base punzante de la antorcha en la carne del krakensierpe y se puso a trabajar; dio hachazos a la mandíbula hasta que se aflojó un diente. Luego de enganchar el hacha a su cinturón, Olaf alzó el diente sobre su hombro mientras gruñía debido al tremendo esfuerzo.
—Es como si fuera un trol de escarcha juntando hielo para llevarlo a la guarida —se quejó, mientras se abría paso por las entrañas de la bestia, caminando entre sangre y jugos digestivos cáusticos que le llegaban hasta las rodillas.
Al cabo de un rato, pudo salir a través de la gigante herida posterior del krakensierpe y tomó una gran bocanada de aire un poco más fresco. Incluso después de haber estado dentro de las tripas de la bestia, Aguasturbias seguía siendo una sopa nauseabunda de humo y sudor y cosas muertas. El aire tenía la pesadez propia del hedor de mucha gente viviendo hacinada, como cerdos en un lodazal.
Dio un escupitajo nauseabundo y exclamó:
El aire en el Fréljord era tan lacerante que podía cortarte hasta el hueso. Cada bocanada de este aire sabía a leche rancia y carne podrida.
—¡Oye! —gritó una voz desde el agua.
Olaf examinó la oscuridad y divisó a un pescador solitario, remando hacia el mar más allá de una línea de boyas adornadas con pájaros muertos y campanas.
—¿Acaso esta bestia te acaba de cagar? —gritó el pescador.
—No tenía oro para pagar el pasaje en barco, así que dejé que me tragara en el Fréljord y me trajera hasta el sur —asintió Olaf.
—¡Esa es una historia que sin duda me sentaría a escuchar! —dijo dl pescador, y sonrió y bebió de una botella rota de vidrio azul.
—Ven al Beso del Invierno y pregunta por Olaf —gritó—. Compartiremos un barril de Gravöl y honraremos a la bestia con canciones de perdición.
El aire que rodea al Muelle Blanco suele oler a excrementos de gaviota y pescado podrido. Pero hoy no: tenía gusto a carne chamuscada y humo, un sabor al que Miss Fortune ya se estaba acostumbrando. Las cenizas oscurecían el cielo y gases hediondos provenían desde el oeste de contenedores encendidos con grasa de leviatán derretida en los Muelles del Matadero. Miss Fortune tenía una sensación grasosa en la boca; escupió en las vigas torcidas del muelle. El agua de allí debajo tenía una capa de residuos que expulsaban los miles de cuerpos que se fueron hundiendo con el pasar de los años.
—Vaya que tuvieron una noche agitada —dijo, señalando el humo que emergía de los acantilados del oeste.
—Así es —respondió Rafen—. Los cuerpos de muchos hombres de Gangplank se hundirán esta noche.
—¿A cuántos más atraparon? —preguntó Miss Fortune.
—Otros diez más de los Cangrejos —dijo Rafen—. Y los Gamberros del Cementerio ya no nos darán más problemas.
Miss Fortune asintió con la cabeza y se volteó a mirar el cañón de bronce ornamentado junto al muelle.
Corvo Navajas yacía dentro del tonel, muerto por el escopetazo que recibió el día en que todo cambió, el día en que la Masacre estalló ante los ojos de Aguasturbias.
Un escopetazo reservado para ella.
Era el momento de Corvo de hundirse con los muertos y ella se lo debía; le debía estar allí y presenciar cómo se perdía en las profundidades. Se habían acercado cerca de doscientos hombres y mujeres para mostrar sus respetos: los tenientes de ella, los antiguos miembros de la pandilla de Corvo y extraños que, pensaba Miss Fortune, eran antiguos camaradas del difunto, o quizás simplemente curiosos que se arrimaron con la esperanza de ver a la mujer que acabó con Gangplank.
Corvo le había contado que una vez fue capitán de su propia nave, un bergantín de dos mástiles que fue el terror de la costa noxiana, pero la única prueba de ello era su palabra. Quizás era cierto, quizás no, pero en Aguasturbias, muchas veces la verdad era mucho más extraña que cualquier historia que pudiera escucharse en los muchos tugurios de la ciudad.
—Veo que también los tienes peleándose en los Muelles del Matadero —dijo Miss Fortune mientras se sacudía partículas de cenizas de las solapas. Una larga cabellera pelirroja caía desde su tricornio y se posaba sobre las hombreras de su levita formal.
—Sí, no fue difícil poner a los Perros del Pueblo Rata en contra de los Reyes del Pantalán —contestó Rafen—. El tal Ven Gallar siempre quiso ese parche. Los muchachos de Travyn dicen que se lo quitaron a su padre hace más de una década.
—¿Será cierto?
—Quién sabe —respondió Rafen—. No importa si pasó ni cómo. Gallar es capaz de salir con cualquier disparate para apoderarse de esa parte de los muelles.
—No queda mucho que controlar por aquí.
—No —asintió Rafen con una sonrisa—. Se han estado matando entre todos. No creo que vayamos a tener problemas con ninguna de las pandillas.
—Otra semana como esta y no quedará vivo ningún hombre de Gangplank.
Rafen le lanzó una mirada de extrañeza, pero Miss Fortune fingió no darse cuenta.
—Vamos, hundamos a Corvo de una vez —dijo Miss Fortune.
Caminaron hasta el cañón, listos para arrojarlo al mar. Un bosque de boyas de madera flotaba en la superficie del agua, desde simples discos de palo seco hasta esculturas elaboradas de sierpes marinas.
—¿Alguien quiere decir algo? —preguntó Miss Fortune.
Nadie dijo nada. Dio la orden a Rafen, pero antes de que pudieran empujar el cañón al agua, una voz resonante hizo eco en todo el muelle.
—Tengo unas palabras para él.
Miss Fortune se dio vuelta para ver a una mujer enorme vestida de túnicas coloridas y acres de tela, que avanzaba a pasos largos por el muelle hacia ellos. Una banda de nativos tatuados la acompañaba: era una docena de jóvenes armados con lanzas hechas de dientes afilados, pistolas anchas y garrotes con ganchos. Se pavoneaban como los pandilleros arrogantes que eran, siempre junto a su sacerdotisa, como si fueran los dueños del pantalán.
—Con mil demonios, ¿qué hace ella aquí?
—¿Illaoi conocía a Corvo? —inquirió Rafen.
—No. Me conoce a mí —dijo Miss Fortune. Escuché que ella y Gangplank... ¿me entiendes?
—¿En serio?
—Es lo que dicen.
—Por la Gran Barbuda, no me sorprende que la gente de Okao nos haya hecho la vida imposible estas últimas semanas.
Illaoi cargaba una piedra enorme y esférica que parecía ser tan pesada como el ancla de la Sirena. La altísima sacerdotisa la llevaba a todas partes, y Miss Fortune suponía que se trataba de una especie de tótem de la religión de los indígenas. A lo que todos llamaban la Gran Barbuda, ellos lo conocían con un nombre impronunciable.
Illaoi sacó un mango pelado de la nada y le pegó un mordisco. Masticó la fruta con la boca abierta y se asomó al interior del barril del cañón.
—Un hombre de Aguasturbias merece la bendición de Nagakabouros, ¿no es cierto?
—¿Por qué no? —dijo Miss Fortune. Después de todo, se encontrará con la diosa en el fondo.
—Nagakabouros no vive en las profundidades —aseveró Illaoi. Solo los tontos paylangi creen eso. Nagakabouros está en todo lo que hacemos, es lo que nos hace avanzar por nuestro camino.
—Sí, qué estúpido de mi parte —dijo Miss Fortune.
Illaoi escupió el hueso fibroso del mango en el agua y revoleó al ídolo de piedra como si fuera una bola de cañón gigante para luego sostenerla justo enfrente de Miss Fortune.
—No eres estúpida, Sarah —dijo Illaoi, riéndose—. Pero ni siquiera sabes quién eres, qué hiciste.
—¿Por qué estás aquí, Illaoi? ¿Acaso es por él?
—¡Ja! Para nada —exclamó la sacerdotisa—. Soy devota de Nagakabouros. ¿Un dios, un hombre? ¿Qué clase de elección es esa?
—Ninguna — dijo Miss Fortune—. Mala suerte para Gangplank.
Illaoi sonrió, dejando a la vista una boca llena de pulpa de mango.
—No estás equivocada —dijo asintiendo lentamente—, pero no me estás escuchando. Permitiste que una anguila filosa se escapara del anzuelo y ahora debes pisotearla y marcharte antes de que te hunda los colmillos. No tardarás en dejar de moverte para siempre.
—¿Qué quieres decir?
—Ven a verme cuando lo entiendas —dijo Illaoi mientras extendía su mano. En su palma se encontraba un pendiente de coral rosado, adornado con una serie de curvas que radiaban con un foco central, como un ojo solitario que no pestañeaba.
—Tómalo —dijo Illaoi.
—¿Qué es eso?
—Una moneda de Nagakabouros para guiarte cuando estés perdida.
—Dime la verdad, ¿qué es?
—No es más que lo que te digo.
Miss Fortune dudó, pero había demasiada gente como para ofender a una sacerdotisa de la Gran Barbuda al rechazar su regalo. Tomó el pendiente y se quitó el tricornio para colocarse la correa de cuero alrededor del cuello.
Illaoi se acercó para susurrarle algo.
—No creo que seas estúpida —le dijo—. Demuéstrame que no me equivoco.
—¿Por qué debería importarme lo que tú pienses? —dijo Miss Fortune.
—Porque se avecina una tormenta —respondió Illaoi, al tiempo que le indicaba algo por sobre sus hombros con la cabeza—. Ya sabes cuál, así que más vale que estés lista para virar la proa hacia las olas.
Se dio la vuelta y pateó hacia las aguas el cañón donde yacía Corvo. Salpicó con mucha fuerza y se hundió entre una espuma de burbujas antes de que volviera a tomar forma la superficie de residuos; quedó solo su cruz, que subía y bajaba para indicar quién estaba debajo.
La sacerdotisa de la Gran Barbuda se marchó por donde había venido, hacia su templo en el acantilado, y Miss Fortune volvió su vista al mar.
Se estaba formando una tormenta en altamar, pero no era allí a donde Illaoi había señalado.
Se refería a las Islas de la Sombra.
Nadie pescaba de noche en la Bahía de Aguasturbias.
Piet, por supuesto, sabía por qué; conocía esas aguas desde que nació. Las corrientes eran traicioneras, las rocas rompecascos estaban al acecho, a escasos metros de la superficie, y el fondo del mar estaba repleto de barcos naufragados cuyos capitanes no le rindieron al mar el respeto que se merecía. Pero aún más importante: todos sabían que los espíritus de aquellos que se ahogaron en el mar se sentían solitarios y querían que otros los acompañaran.
Piet sabía todo esto, pero, así y todo, debía alimentar a su familia.
Debido a que el barco del capitán Jerimíad había quedado reducido a cenizas al verse atrapado en el fuego cruzado entre Gangplank y Miss Fortune, Piet estaba sin trabajo y sin un centavo para comprar comida.
Se bebió la mitad de una botella de Sidra Escurridiza para juntar el coraje y decidirse a empujar su bote al agua en medio de la noche. La posibilidad de compartir luego un trago con el gigante freljordiano lo ayudó también a calmar los nervios.
Piet bebió otro trago de la botella, se acomodó la barba que le incomodaba el mentón y vertió un sorbo del líquido al agua para honrar a la Gran Barbuda.
Caluroso y entumecido por el licor, el pescador remó más allá de las boyas de advertencia y sus pájaros muertos, hasta llegar a un estrecho del océano cerca de donde había tenido algo de suerte la noche anterior. Jerimíad siempre decía que tenía buen olfato para saber dónde estarían los peces, y algo le decía que los encontraría donde fueron a parar los restos del Masacre.
Piet sacó los remos del agua y los guardó antes de terminarse la Sidra. Luego de asegurarse de dejar un último trago en la botella, la lanzó al mar. Sus dedos cansados y confundidos por la bebida pusieron como carnada en los anzuelos unas larvas que encontró en el ojo de un hombre muerto y después ató sus sedales a las mordazas de la borda.
Cerró los ojos, se inclinó hacia un extremo del bote y colocó ambas manos en el agua.
—Nagakabouros —dijo, con la esperanza de que el utilizar el nombre que los nativos usaban para la Gran Barbuda le diera algo de suerte—, no te pido demasiado. Por favor, ayuda a este pobre pescador y convídale algunos bocados de tu alacena. Cuídame y mantenme a salvo. Y si muero en tu abrazo, deja que me quede en el fondo con el resto de los hombres muertos.
Piet abrió los ojos.
Un rostro pálido lo miraba fijamente, algo turbio, a escasos centímetros de la superficie. Resplandecía con una luz helada, sin vida.
Piet gritó y retrocedió en pánico mientras sus sedales, uno a uno, comenzaron a tensarse. Hicieron girar al bote al tiempo que unos ralos espirales de neblina se levantaban desde el agua. La neblina fue volviéndose espesa y la luz de los acantilados de Aguasturbias desaparecía pronto en la oscuridad a medida que una niebla oscura como el carbón se avecinaba desde el mar.
Los pájaros que debían estar muertos en las boyas comenzaron a chirriar, luego se escuchó el clamor de las campanas mientras sus cuerpos convulsionados balanceaban las boyas de un lado a otro.
La niebla negra...
Piet manoteó buscando los remos; el terror no le permitía colocarlos en los escálamos. La niebla era tan helada que entumecía y unas líneas de negro necrótico le perforaban la piel al simple contacto. Lloraba al sentir cómo un escalofrío de ultratumba le congelaba la espina dorsal.
—Gran Barbuda, Madre de las Profundidades, Nagakabouros —sollozó—. Guíame hacia mi hogar, por favor. Te lo ruego, por fa...
Piet ni siquiera pudo terminar su plegaria.
Un par de cadenas con ganchos puntiagudos atravesaron su pecho; pequeñas gotas de sangre carmesí caían desde sus puntas. Un tercer gancho atravesó su estómago, otro su garganta. Otros dos atravesaron sus palmas y lo jalaron hacia abajo con fuerza, para sujetar a Piet a su bote.
La agonía arrebataba su ser y gritaba ante la presencia de una figura de maldad pura que emergía de la oscura neblina. Un fuego verdoso envolvía su cornuda calavera, y unas cuencas excavadas por espíritus vengadores ardían llameantes regodeándose en su dolor.
El espíritu de ultratumba vestía una túnica oscura y antigua, con unas llaves oxidadas que colgaban a su costado. Una linterna cadavérica envuelta en cadenas gemía y se mecía con un apetito monstruoso en uno de sus puños cerrados.
El cristal de la linterna infernal se abrió para recibirlo y Piet sintió cómo su espíritu era arrancado del calor de su cuerpo mientras. Los llantos de innumerables almas torturadas chillaban desde lo más profundo, encolerizadas en su eterno purgatorio. Piet luchó para que su espíritu no abandonara su cuerpo, pero con un guadañazo espectral, su tiempo en el mundo de los vivos llegó a su fin, y el cristal de la linterna terminó de cerrarse.
—Un alma desgraciada, eso eres tú —dijo con una voz de ultratumba la parca que le había arrebatado la vida—. Pero apenas eres el primero que reclama Thresh esta noche.
La niebla negra comenzó a propagarse. Las siluetas de los espíritus maléficos, espectros aulladores y jinetes fantasmales se multiplicaban en su neblinoso interior.
La oscuridad cubrió todo el mar y llegó hasta tierra firme.
Y las luces de Aguasturbias se comenzaron a apagar.
Miss Fortune cerró los cañones de sus pistolas y las dejó sobre la mesa junto a su espada de hoja corta. Un sinfín de campanas frenéticas y gritos de alarma provenían de la ciudad sumida en el pánico, y ella sabía perfectamente lo que eso significaba.
Era el Harrowing.
Para hacerle frente a la tormenta que se avecinaba, dejó las persianas de las ventanas de su nueva villa abiertas de par en par, como retando a la muerte a que viniera por ella. Vientos murmurantes traían consigo el hambre de la neblina y un frío que congelaba hasta los huesos.
Posada en lo alto de los acantilados al este de Aguasturbias, la villa perteneció alguna vez a un líder de pandilla muy odiado. En el medio del caos de la caída de Gangplank, lo sacaron de su cama y le aplastaron los sesos sobre el adoquín.
Ahora aquel lugar le pertenecía a Miss Fortune, maldita la cosa si corría la misma suerte. Con la punta del dedo, recorrió las curvas del pendiente que Illaoi le había dado durante el hundimiento de Corvo. El coral se sentía cálido, y a pesar de que en realidad no creía en lo que representaba, era una baratija más o menos bonita.
La puerta de su recámara se abrió y dejó caer el pendiente.
Sabía quién estaba detrás de ella sin siquiera voltear. Solo un hombre se atrevería a entrar sin llamar a la puerta primero.
—¿Qué haces? —preguntó Rafen.
—¿Qué parece que estoy haciendo?
—Parece que estuvieras a punto de hacer algo muy estúpido.
—¿Estúpido? —dijo Miss Fortune, mientras posaba sus manos sobre la mesa—. Se derramó mucha sangre y perdimos a mucha gente buena para deshacernos de Gangplank. No puedo permitir que el Harrowing me arrebate...
—¿Te arrebate qué?
—Me arrebate esta ciudad —afirmó mientras levantaba sus pistolas y las acomodaba en sus fundas hechas a la medida que portaba en la cintura—. Y no vas a detenerme.
—No estamos aquí para detenerte.
Miss Fortune se dio la vuelta para ver a Rafen en el umbral de su recámara. Una veintena de sus mejores guerreros esperaban en el vestíbulo, armados hasta los dientes con mosquetes, pistolas con tambor, paquetes resonantes de bombas de metralla y alfanjes que parecían sacados de un museo.
—Parece que tú también piensas hacer algo muy estúpido —dijo ella.
—Así es —asintió Rafen, mientras caminaba hacia la ventana abierta y cerraba de un golpe la persiana—. ¿En verdad crees que vamos a dejar que nuestra capitana enfrente eso sola?
—Casi muero tratando de derrotar a Gangplank, y aún no he terminado. Y no espero que me acompañen, no esta noche —dijo Miss Fortune, parada ante sus hombres y descansando sus manos en las empuñaduras de nogal grabadas de sus pistolas—. Esta no es tu lucha.
—Por supuesto que lo es —se quejó Rafen.
Miss Fortune respiró hondo y asintió.
—Hay una posibilidad muy grande de que no vivamos para contarlo —dijo sin poder ocultar el atisbo de sonrisa que se formaba en sus labios.
—Esta no es la primera vez que luchamos contra el Harrowing, capitana —exclamó Rafen, mientras golpeaba la calavera en el pomo de su espada—. Y que me condenen si es la última.
Olaf estaba a la vista del Beso del Invierno cuando escuchó los gritos. En un principio, los ignoró, ya que los gritos no son novedad en Aguasturbias; pero luego vio cómo hombres y mujeres huían despavoridos del muelle, y entonces se interesó.
Salían en desbandada de sus botes y huían hacia las tortuosas calles tan rápido como podían. No miraban atrás y tampoco se detenían, ni siquiera cuando algún compañero tropezaba o caía al agua.
Olaf había visto hombres huir del combate, pero esto era otra cosa. Esto era un terror brutal, de la clase que solo había visto grabado en los cadáveres que desechaban los glaciares donde se dice que habita la Bruja de Hielo.
Las persianas se cerraban en todo el pantalán y los símbolos extraños que había visto en cada puerta estaban siendo espolvoreados frenéticamente con polvo blanco. Cabestrantes enormes levantaban estructuras de madera que se formaban con los cascos atrancados de los barcos que se encontraban en lo alto de los desfiladeros.
Reconoció a un tabernero que atendía un bar de mala muerte donde la cerveza era más fuerte que el orín de trol. Lo llamó.
—¿Qué sucede aquí? —gritó Olaf.
El tabernero sacudió la cabeza y señaló al océano antes de cerrar la puerta de un golpe. Olaf dejó el diente del krakensierpe en el pantalán de piedra y dio media vuelta para ver por qué había tanto escándalo.
Al principio pensó que se avecinaba una tormenta, pero se trataba de una niebla muy gruesa y oscura que provenía del mar, aunque se aproximaba a una velocidad desconcertante y a paso fluido.
—Ah, ya veo —dijo mientras se desabrochaba el hacha del cinturón—. Esto parece interesante.
La sensación que le causaba el mango de cuero de su arma de guerra le sentaba bien a su palma encallada a medida que la pasaba de mano en mano, moviendo sus hombros para aflojar los músculos.
La niebla negra barrió con los barcos más lejanos y los ojos de Olaf se ensancharon cuando vio cómo unos espíritus sacados de las más oscuras de las pesadillas se retorcían entre la neblina. Un caballero del terror enorme, una monstruosa quimera parte caballo de guerra y parte hombre, los guiaba junto a una parca negra que irradiaba un fuego verde. Los señores de la muerte dieron rienda suelta a una hueste de espíritus que cubrieron el muelle, mientras ellos volaban hacia el puerto de Aguasturbias a una velocidad alarmante.
Olaf había escuchado a los nativos susurrar sobre algo llamado el Harrowing, un tiempo de perdición y oscuridad, pero no esperaba contar con la dicha de enfrentarlo con hacha en mano.
La multitud de espectros destrozaron las miserables casuchas y los buques comerciantes y corsarios por igual con garras y colmillos; los despedazaban como un osezno cargando una presa en su hocico. Las lonas y los cordajes cedieron tan fácil como tendones podridos. Los mástiles más pesados se astillaron mientras los barcos caían uno encima de otro para quedar hechos añicos.
Unos cuantos espectros aulladores volaron hacia el Beso del Invierno y Olaf rugió de furia cuando vio cómo la quilla del navío saqueador viraba y se partía. Sus vigas se congelaron en menos de un segundo. El barco se hundió con una gran rapidez, como si estuviera cargado de rocas, y Olaf vio como sus compañeros freljordianos se veían arrastrados al fondo del mar por criaturas con extremidades cadavéricas y bocas como anzuelos.
—¡Olaf hará que deseen haberse quedado en sus tumbas! —vociferó mientras salía a la carga avanzando por el muelle.
De la nada, unos espíritus emergieron del océano y dirigieron sus garras congeladas hacia él. El hacha de Olaf se balanceó y formó un surco brillante en forma de arco que atravesó a la hueste. Los muertos daban horripilantes chillidos cuando su filo los iba desgarrando; la hoja de Hielo Puro era más letal que cualquier encantamiento.
Aullaban en su segunda muerte y Olaf cantaba la canción que había escrito para el momento de su muerte con un vigor casi lujurioso. La letra era sencilla, pero igualaba cualquier saga escrita por los errantes poetas de las tierras del hielo. ¿Cuánto tuvo que esperar para cantar aquella canción? ¿Cuántas veces temió no tener la oportunidad de hacerlo?
Una neblina reluciente que formaba unas mandíbulas asesinas lo rodeó, espectros y formas etéreas era aquello. Telarañas de escarcha cubrieron su cota de malla y el toque mortal de los espíritus voraces quemaron su piel.
Pero el corazón de Olaf era poderoso y bombeaba sangre que ardía con una furia ajena a cualquiera que no fuera el Berserker. Se sacudió el dolor del toque espectral, y sintió cómo la razón se desvanecía y la furia se acumulaba.
Una espuma carmesí se formaba en las comisuras de su boca a medida que mordía el interior de sus mejillas y dejaba la carne viva. Rugió y blandió su hacha como un desquiciado, sin importarle el dolor. Solo quería asesinar a sus enemigos.
Que ya estuvieran muertos no le importaba en lo más mínimo.
Olaf alzó su arma, listo para asestar otro hachazo, cuando un ruido ensordecedor de columnas astilladas y vigas de techos cayendo al suelo estalló a sus espaldas. Giró para enfrentar a su nuevo enemigo, mientras una ventisca de madera destruida y piedras caía como cascada sobre el muelle. Fragmentos afilados cortaron su rostro y trozos de piedras del tamaño de un puño aporrearon sus brazos. Grasa derretida y fluidos de animales caían como una llovizna nauseabunda mientras un gemido horrendo provenía de la niebla oscura.
Y fue entonces cuando lo vio.
El espíritu del krakensierpe se levantó de entre los restos de los Muelles del Matadero. Titánico y lleno de furia, sus tentáculos fantasmales se elevaron para luego caer y golpear con la fuerza de rayos lanzados por un dios iracundo. Una calle entera quedó en ruinas en un abrir y cerrar de ojos, y la furia enloquecida de Olaf finalmente salió a flote cuando contempló a un enemigo digno de reclamar su vida.
Olaf alzó su hacha en señal de saludo a su asesino.
—¡Eres una belleza! —gritó, y salió a la carga buscando su perdición.
La mujer era hermosa, con unos ojos anchos y almendrados, labios gruesos y los pómulos muy marcados, como es común en Demacia. El retrato en el relicario era una obra maestra diminuta, pero no captaba la profundidad de la fuerza y determinación de Senna.
Casi nunca miraba su foto, pues cargar con su dolor tan cerca del corazón lo hacía débil. El dolor era una grieta en su armadura. Lucian no podía permitirse sentir el peso de su pérdida, así que cerró el relicario de un golpe. Sabía que debía enterrarlo en la arena de la cueva debajo de los acantilados donde se hallaba, pero no podía sepultar su memoria en la tierra como lo había hecho con el cuerpo de ella.
Evitaría su dolor hasta que Thresh fuera destruido y pudiera vengar con ello la muerte de Senna.
Solo entonces podría lamentar la pérdida de su esposa con lágrimas y ofrendas a la Dama del Velo.
¿Cuánto tiempo había pasado desde aquella terrible noche?
Sintió el acecho del abismo de tristeza insondable que lo perseguía, como si fuera a emboscarlo, pero lo suprimió con la misma saña que lo había hecho tantas veces. Recurrió a las enseñanzas de su orden, repitiendo mantras que él y Senna aprendieron para protegerse de las emociones. Solo así podía alcanzar un equilibrio interno que le permitiera enfrentar los terrores mortales que escapan a toda imaginación.
El dolor menguaba, pero nunca se iba.
En ocasiones, abría el relicario de mala gana y sentía cómo crecía la distancia entre él y el recuerdo de su esposa. Descubrió que ya no podía recordar el contorno de su rostro, la suavidad de su piel o el color particular de sus ojos.
Mientras más avanzaba en su cacería, más atrás quedaba el recuerdo.
Lucian alzó la cabeza, dejando escapar un suspiro de sus pulmones para reducir el ritmo de sus latidos.
Las paredes de la cueva eran de caliza pálida, hundidas en los acantilados sobre los que se edificó Aguasturbias. El movimiento del agua y las piedras que trajeron los nativos formaban un laberinto bajo la ciudad, desconocido para muchos. Las paredes rocosas pálidas lucían un sinfín de grabados de espirales, olas ondulantes y formas que podrían describirse como ojos abiertos.
Comprendió que estos eran símbolos de la religión de los nativos, pero el que los haya grabado no había visitado el lugar en muchos años. Lo descubrió al seguir los símbolos secretos de su propia orden, símbolos que lo guiarían a lugares de refugio y auxilio en cualquier ciudad de Valoran.
Apenas unos reflejos tenues de luz relucían en el techo de la cueva, pero a medida que sus ojos seguían el espiral de grabados, una luz radiante se propagó desde su palma.
Déjame ser tu escudo.
Lucian bajó su mirada; el recuerdo de sus palabras era tan claro como si estuviera junto a ella.
El relicario brilló con una llama verde centelleante.
Colocó la cadena del relicario alrededor de su cuello y desenfundó sus antiguas pistolas gemelas.
—Thresh —suspiró.
Las calles de Aguasturbias estaban desiertas. Las campanas del océano resonaban aún y los llantos de terror hacían eco desde el fondo del mar. Pueblo Rata estaba totalmente cubierto por la Niebla Negra y las tormentas huracanadas azotaban al desolado Puerto Enlutado. El fuego ardía a lo largo de todo el Puente del Carnicero y una niebla reluciente se aferraba a los acantilados sobre el Puerto Gris.
La gente en los extremos superiores de la ciudad se escondía en sus hogares y rezaba a la Gran Barbuda para que el Harrowing los pasara de largo, que el dolor cayera sobre algún otro desafortunado.
En cada ventana ardía una vela guardiana de color ámbar gris, todas relucientes a través de botellas verdes de cristal marino; de las puertas, persianas y tablones que cubrían las entradas colgaban raíces ardientes de la Emperatriz del Bosque Oscuro.
—¿La gente sigue creyendo en la emperatriz? —preguntó Miss Fortune.
Rafen se encogió de hombros, con los labios tensos y los ojos ceñudos, buscando amenazas en la bruma que se formaba. Sacó un trozo ardiente de la misma raíz de debajo de su camisa.
—Todo depende de dónde deposites tu fe, ¿qué no?
Miss Fortune desenfundó sus pistolas.
—Tengo fe en estas y en nosotros —afirmó—. Pero tomaré un ramito de raíz si te sobra alguno. ¿Qué más traes?
—Este alfanje me ayudó a sobrevivir los últimos seis Harrowings —dijo mientras daba toquecitos a su pomo. —Le ofrecí una botella de ron añejado a la Gran Barbuda y, a cambio, un hombre me vendió este cuchillo, me juró que su hoja es de acero solar puro.
Miss Fortune miró el cuchillo enfundado y, sin siquiera ver la hoja, supo que habían estafado a Rafen. La calidad del arriaz era muy inferior como para ser hoja demaciana, pero no estaba segura si debía decírselo.
—¿Qué hay de ti?
Miss Fortune le dio una palmada a la faltriquera donde guardaba sus balas.
—Todos se han bañado con ron Oscuro de Myron —dijo, asegurándose de que cada uno de los treinta hombres la escuchara—. Si los muertos quieren pelear, los enfrentaremos con nuestros propios espíritus.
El desconsuelo agobiante no daba mucho lugar para reír, pero de todos modos alcanzó a ver algunas sonrisas, no esperaba más en una noche así.
Dio la media vuelta y avanzó hacia Aguasturbias. Bajó por unas escaleras retorcidas, esculpidas con las rocas de los acantilados; cruzó puentes secretos con sogas a punto de ceder y callejones olvidados que no habían sido pisados en años.
Guio a sus hombres hasta la gran plaza de uno de los barrios pobres del muelle, donde las viviendas se balanceaban juntas, como si sus aleros retorcidos se murmuraran secretos. Cada fachada era una armazón de maderas flotantes, y patrones de escarcha se aferraban a las vigas torcidas. Vientos helados soplaban a través de los retales de madera flotante, cargados con llantos y gritos que provenían de la distancia. Braseros en llamas, que colgaban de los cientos de cables encordados entre los edificios, sahumaban hierbas extrañas. Los charcos de agua ondeaban y mostraban imágenes de cosas que en realidad no estaban allí.
En días normales este lugar era un mercado próspero, repleto de puestos, vendedores de carne inquietos, taberneros ambulantes cargados de bebidas, comerciantes vocingleros, piratas, cazarrecompensas y restos de naufragios crujientes de todas partes del mundo. Este lugar estaba a la vista de casi todo Aguasturbias, y eso era justamente lo que ella quería.
La neblina se aferraba a cada risco de madera.
Los restos de los mascarones lloraban lágrimas congeladas.
La niebla y las sombras se reunían.
—¿La Plaza Robacarteras? —dijo Rafen—. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Este era mi territorio cuando era apenas un ladronzuelo. Creía que conocía cada rincón de este lugar.
—No todos —dijo Miss Fortune.
Las casas que quedaban en pie reposaban en silencio y estaban oscuras; resistió el impulso de mirar a través de las sábanas rotas y ondulantes que habían clavado en cada una de las portillas.
—¿Cómo es que tú conoces todos estos caminos y yo no?
—Doña Aguasturbias y yo somos tal para cual —aseveró Miss Fortune, mientras su vista se angostaba al divisar la niebla oscura que se acercaba a la plaza—. Ella me susurra sus secretos como si fuéramos viejas amigas, así que conozco muchos callejoncitos de los que tú no tienes idea.
Rafen gruñó mientras el grupo se desplegaba en la plaza vacía.
—¿Y ahora qué?
—Ahora a esperar —respondió Miss Fortune una vez que llegaron al centro de la plaza, donde se sentían más expuestos.
La niebla negra se agitaba con cosas que se retorcían en sus oscuras entrañas.
De pronto, una espectral calavera incorpórea surgió de las tinieblas, sin ojos y con dientes afilados. Su mandíbula podía abrirse más de lo que cualquier otra estructura ósea pudiera permitir, y un gemido ansioso se formaba en su garganta.
Las balas de Miss Fortune atravesaron las dos cuencas de sus ojos y la calavera desapareció con un chillido de frustración. La capitana hizo girar el tambor de ambas pistolas para que los ingeniosos mecanismos dentro de ellas las recargaran.
Por un momento, reinó el silencio.
Al cabo de un rato, la niebla negra brotó exhalando insoportables chillidos y los espíritus de los muertos hicieron su aparición en la plaza.
Por segunda vez esa tarde, Olaf se abrió paso en las entrañas del krakensierpe. Blandió su hacha como un leñador enloquecido, cortando a diestra y siniestra con un júbilo desenfrenado. Las enormes extremidades de la bestia eran tan frágiles como la misma neblina, y sin embargo, el hielo de su hoja las cortaba como si fueran carne.
Los tentáculos se agitaban y golpeaban sobre las piedras del pantalán, pero Olaf era muy rápido para un hombre de su tamaño. Los guerreros lentos no sobrevivían en el Fréljord. Daba tumbos y hachazos a su paso, y así amputó un trozo importante de una extremidad, que desapareció tan pronto como se vio cercenada del cuerpo del monstruo.
Incluso bajo las garras del sudario rojo, Olaf pudo ver el cráneo de la criatura en medio del caos de extremidades fantasmales que lo rodeaban.
Los ojos de la criatura estaban encendidos con la furia del espíritu de su vida.
Un momento de conexión sublime se apoderó de ellos.
El alma de la bestia lo conocía.
Olaf se rio de buena gana.
—¡Este es el que te quitó la vida, y ahora nos unimos en la muerte! —rugió—. Si me llegaras a matar, combatiríamos por siempre más allá de los reinos conocidos por los mortales.
La posibilidad de luchar eternamente contra un enemigo tan implacable llenó de fuerza sus músculos adoloridos. Embistió contra las fauces de la bestia sin importarle el dolor; cada sacudida de los tentáculos del krakensierpe quemaba su piel mucho más que las ventiscas que soplan esquirlas en las costas de Lókfar.
Saltó por el aire con su hacha por todo lo alto.
Vio el rostro de la muerte gloriosa.
Un tentáculo lo sorprendió y lo atrapó por el muslo.
Lo revoleó de forma vertiginosa, levantándolo por los aires.
—¡Vamos! —bramó Olaf, mientras levantaba su hacha hacia el cielo como homenaje a su destino compartido—. ¡Hasta la muerte!
Una criatura espectral con garras afiladas y una boca llena de colmillos congelados emergió de la masa turbulenta de espíritus. Miss Fortune puso una bala en su rostro y se esfumó como si lo arrastrara un vendaval.
Un segundo disparo, y otro espíritu desaparecía.
Dejó brotar una sonrisa en medio de su miedo mientras buscaba refugio detrás de una baliza de roca erosionada con la efigie del Rey del Río, para recargar sus pistolas. Arrastrada por el impulso, se inclinó y le dio un beso justo en medio de su mueca dientona.
Todo depende de dónde deposites tu fe.
¿Los dioses, las balas o la habilidad innata?
La sonrisa se esfumó de su rostro cuando una de sus pistolas se atascó con un pedazo de metal. Los sermones de su madre surgieron desde lo más profundo de su memoria.
Miss Fortune dejó su refugio, y comenzó a disparar su pistola cargada y a blandir su espada contra las criaturas de la neblina. Su disparo hizo caer a otro espectro y el filo de su espada lo cortó como si aquello fuera de carne y hueso. ¿Acaso los espíritus de los muertos tenían un componente físico que podía lastimarlos? Parecía imposible, pero estaba hiriendo algo en su interior.
No tenía tiempo para pensarlo demasiado y sospechaba que si seguía haciéndolo, el poder al que había accedido desaparecería.
Hombres y mujeres gritaban a medida que la tormenta impiadosa de espíritus colmaba la Plaza Robacarteras. Los espectros rasgaban con garras que congelaban su sangre o atravesaban sus pechos para arrancar sus corazones con un terror indescriptible. Siete habían muerto, quizás más, y sus almas torturadas habían abandonado sus cuerpos para voltearse en contra de sus camaradas. Sus hombres luchaban heroicamente con espadas y mosquetes al grito de la Gran Barbuda, sus seres queridos e incluso dioses paganos de tierras lejanas.
Rafen estaba en una rodilla, con su rostro ceniciento; respiraba como una prostituta de muelle luego de un turno largo. Restos de niebla se aferraban a él como telarañas y la raíz llameante alrededor de su cuello ardía con un brillo carmesí.
—De pie, a esta batalla le falta mucho para concluir —dijo.
—No me digas cuándo termina la batalla —se quejó, al tiempo que volvía a erguirse—. He pasado por tantos Harrowings que no te alcanzarían los dedos para contarlos.
Antes de que Miss Fortune pudiera decir algo, Rafen se inclinó a un costado y le disparó a algo detrás de ella. Un espíritu mezcla de lobo y murciélago chilló mientras se desvanecía, y Miss Fortune devolvió el favor al acabar con un ente de garras y colmillos afilados que se abalanzaba sobre su lugarteniente.
—¡Todos al suelo! —gritó Miss Fortune, antes de sacar unas bombas de metralla de su cinturón y lanzarlas a la neblina huracanada.
La explosión que generaron fue ensordecedora; el fuego y el humo invadieron el lugar. Astillas de madera y fragmentos de rocas rebotaron por doquier. Trozos de vidrio roto cayeron como si fueran una lluvia brillante de dagas. Una niebla punzante colmó la plaza, pero fabricada por vivos y libre de espíritus.
Rafen sacudió la cabeza y se llevó un dedo al oído.
—¿Qué había en esa bomba?
—Pólvora negra mezclada con esencia de copal y ruda —respondió Miss Fortune—. Es una de mis reservas especiales.
—¿Y eso tiene efecto sobre los muertos?
—Así lo creía mi madre —volvió a responder.
—Me basta y me sobra —dijo—. Sabes, quizás podamos llegar a...
—No lo digas —le advirtió Miss Fortune.
La neblina comenzó a amalgamarse con la plaza, primero en zarcillos e hilillos delgados, y luego en contornos luminosos de monstruos: cosas con piernas compartidas, mandíbulas llenas de colmillos y brazos que terminaban en ganchos o pinzas. Los espíritus que pensaron que habían asesinado.
Recobraban sus formas y volvían.
¿Qué decía la gente acerca de los planes y los contenidos de una letrina?
—Parece que los muertos no son nada fáciles de matar —se quejó Miss Fortune, tratando de no demostrar el miedo que sentía.
Fue una tonta al pensar que insignificantes chucherías y fe ciega podrían con los espíritus de los muertos. Quería mostrarle al pueblo de Aguasturbias que no necesitaban a Gangplank, que podían forjar su propio destino.
En lugar de eso, iba a terminar muerta mientras la ciudad quedaba en ruinas.
De pronto, un retumbo grave se hizo eco en la plaza. Luego otro.
Truenos ensordecedores crecían dentro de la tormenta amenazante.
Tanto así que semejaba el martilleo sobre un yunque. Golpearon de forma veloz y estruendosa hasta que su violencia sacudió el suelo.
—¿Qué demonios es eso? —preguntó Rafen.
—No lo sé —respondió Miss Fortune, mientras la figura de un jinete espectral bañado en plata negra emergía de la neblina. Montaba un caballo de guerra de proporciones extrañas, y su yelmo tenía la forma de un demonio pavoroso.
—Un caballero de la muerte —dijo Miss Fortune.
Rafen sacudió su cabeza, su rostro estaba pálido.
—Ningún caballero —dijo—. Es la Sombra de la Guerra...
Un terror paralizante invadió a la compañía de Miss Fortune con la sola mención de esta pesadilla eterna de ira asesina y furia sin fin.
La Sombra de la Guerra.
En tiempos remotos, su nombre había sido Hecarim, pero nadie sabía con certeza si aquello era cierto o el invento de un antiguo cuentista. Solo los tontos se atrevían a contar su leyenda macabra alrededor del fuego, y no sin antes haber bebido el suficiente ron como para hundir un buque de guerra noxiano.
A medida que la Sombra de la Guerra emergía de la niebla, Miss Fortune comenzaba a percatarse de que no era un jinete común y corriente. Un temor frío cayó sobre sus hombros, como un velo ante la visión de una criatura monstruosa.
Quizás Hecarim fue alguna vez un caballero, un hombre y un caballo por separado, pero ahora eran uno solo, un gigante imponente cuyo propósito era destruirlo todo a su paso.
—Nos tienen rodeados —dijo una voz.
Miss Fortune se arriesgó a despegar la vista del centauro blindado para ver a un ejército completo de caballeros; sus siluetas centelleaban una radiante transparencia verdosa. Apuntaban con lanzas o espadas de fulgor oscuro. Hecarim desenfundó una guja enorme y puntiaguda cuyo filo emanaba fuego verde.
—¿Conoces algún corredor secreto para salir de aquí? —preguntó Rafen.
—No —respondió Miss Fortune—, quiero enfrentarme a ese bastardo.
—¿Quieres enfrentarte a la Sombra de la Guerra?
Antes de que Miss Fortune pudiera contestar, una figura encapuchada saltó desde la terraza de una tienda de granos para descender sobre la plaza. Aterrizó con estilo; una gabardina de cuero gastado se extendió detrás de él. Cargaba dos pistolas, pero no eran como ninguna que Miss Fortune hubiera visto antes en la mesa de armas de su madre. Eran una artesanía de metal, hechas de bronce, reforzadas con trozos de lo que parecía ser piedra tallada.
La luz se impuso en la plaza gracias a los rayos ardientes que soltaban cada una de sus pistolas, cuya descarga dejaba en ridículo la destrucción del Masacre. El hombre giró en espiral, al tiempo que marcaba objetivos y los mataba, uno por uno, con una velocidad asombrosa. La neblina ardía donde caían sus rayos, y los espectros chillaban mientras eran consumidos por la luz.
La neblina se retiró de la Plaza Robacarteras, llevándose a Hecarim y a los caballeros de la muerte con ella. Algo le decía a Miss Fortune que esto era apenas un respiro momentáneo.
El hombre enfundó sus pistolas y se dio vuelta para ver a Miss Fortune. Se retiró la capucha y reveló unos rasgos apuestos y oscuros, y unos ojos atormentados.
—Es lo que sucede con las sombras —dijo—. Un poco de luz y desaparecen.
Olaf no estaba contento con esta perdición.
Esperaba que los hombres hablaran de su batalla épica con el krakensierpe, y no de esta innoble caída hacia su muerte.
Albergaba la esperanza de que alguien lo hubiera visto cargar contra la bestia marina.
Rezaba para que al menos una persona lo hubiera visto atrapado en el abrazo del tentáculo espectral, siendo sacudido en lo alto del cielo, para luego huir antes de ver cómo lo lanzaba como a un trozo indigno.
Olaf se estrelló y atravesó el techo de un edifico atornillado al costado del acantilado. ¿O quizás era el casco de un barco? Cayó demasiado rápido como para ver lo que era. Vigas estropeadas y cerámicas lo acompañaron en su estrepitosa caída a través del edificio. Pudo ver rostros asombrados que gritaban durante su viaje al abismo.
Olaf atravesó un piso. Una vigueta lo impulsaba contra el viento mientras se precipitaba por los acantilados de Aguasturbias. Rebotó en un afloramiento de rocas y se estrelló de cabeza contra una ventana para luego atravesar otro piso más.
Maldiciones violentas lo seguían en su descenso.
Terminó dando trompos en un bosque colgante de sogas y poleas, banderas y gallardetes. La caída le dio una buena paliza, y su arma y extremidades quedaron colgando. El destino se burlaba de él; en lugar de un sudario rojo, lo envolvía un capullo de lona doblada.
—¡Así no, maldición! —gruñó—. ¡Así no!
—¿Quién eres y dónde puedo conseguir unas pistolas como las tuyas? —preguntó Miss Fortune, mientras le ofrecía la mano al recién llegado.
—Mi nombre es Lucian —respondió, tomando su mano con cautela.
—Es un verdadero placer conocerte, amigo —exclamó Rafen, luego de darle una palmada en la espalda como si fueran viejos camaradas. Miss Fortune vio que la confianza de Rafen incomodaba a Lucian, como si hubiera olvidado cómo comportarse ante otros.
Sus ojos inspeccionaron los bordes de la plaza; sus dedos jugueteaban con la empuñadura de sus pistolas.
—Eres más que bienvenido —dijo Miss Fortune.
—Debemos movernos —dijo Lucian—. La Sombra de la Guerra regresará pronto.
—Tiene razón —dijo Rafen, implorando la aprobación de su capitana—. Es hora de volver y cerrar todas las escotillas
—No. Estamos aquí para luchar.
—Mira, Sarah. Lo entiendo. Ganamos Aguasturbias y quieres pelear por ella, para demostrarles a todos que eres mejor que Gangplank. Pues bien, está hecho. Nos adentramos en la Niebla Negra y luchamos contra los muertos. Es mucho más de lo que él jamás hizo. Cualquiera que se atreva a espiar por esas ventanas lo sabe. Rayos, hasta los que no tienen las agallas de mirar seguramente se van a enterar. ¿Qué más quieres?
—Luchar por Aguasturbias.
—Hay una diferencia entre luchar y morir por Aguasturbias —refutó Rafen—. La primera opción me sienta mejor que la segunda. Estos hombres y mujeres te siguieron hasta el infierno, pero es hora de regresar.
Miss Fortune enfrentó a su compañía de guerreros, a cada uno de esos andrajosos y despiadados revoltosos. Todos parecían capaces de vender a su madre por una baratija brillante, pero le dieron todo y mucho más de lo que pudo esperar. Aventurarse en la Niebla Negra fue la acción más valiente que cualquiera de ellos había realizado, y no podía recompensarlos guiándolos directo hacia la muerte solo por su sed de venganza.
—Tienes razón —dijo al fin, mientras tomaba un respiro—. Ya no hay nada que hacer aquí.
—Entonces que la fortuna los acompañe —dijo Lucian, mientras se alejaba y volvía a desenfundar sus pistolas.
—Espera —dijo Miss Fortune—. Ven con nosotros.
Lucian sacudió su cabeza. —No, hay un espectro de neblina al que tengo que destruir. Lo llaman Thresh, el Carcelero Implacable. Le debo una muerte.
Miss Fortune notó como se profundizaban las líneas alrededor de sus ojos y reconoció la expresión que ella misma llevaba desde que asesinaron a su madre.
—Te arrebató a alguien, ¿no? —interrogó.
Lucian asintió lentamente sin decir palabra, pero el silencio pesaba más que cualquier sonido de su voz.
—Claramente esta no es la primera vez que te ves las caras con los muertos —agregó—, pero no llegarás al amanecer si te quedas aquí solo. Quizás eso no signifique nada para ti, pero quien sea que este Thresh te haya arrebatado, no le gustaría que murieras en este lugar.
Lucian bajó la vista, y Miss Fortune notó el relicario que colgaba de su cuello. ¿Acaso era su imaginación o algún truco de la neblina que lo hacía radiar a la luz de la luna?
—Ven con nosotros —dijo Miss Fortune—. Busquemos un sitio seguro hasta mañana y vivirás para hacerlo de nuevo.
—¿Seguro? ¿Qué sitio es seguro en esta ciudad? —ironizó Rafen.
—Creo que conozco un lugar —contestó Miss Fortune.
Abandonaron la Plaza Robacarteras y se dirigieron al oeste, hasta el Puente de la Serpiente donde encontraron al freljordiano. Colgaba de un palo torcido como si fuera un cadáver envuelto en una horca. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los cuerpos sin vida, este se revolcaba como pez fuera del agua.
Una pila de escombros astillados lo rodeaba. Miss Fortune alzó la mirada para ver la distancia de su caída y cuántas viviendas del acantilado había atravesado.
La respuesta era un largo camino, y el hecho de que siguiera con vida era prácticamente un milagro.
Lucian apuntó sus pistolas, pero ella sacudió la cabeza en negación.
—No, este de aquí está del lado correcto de la tumba.
Se escuchaban gritos ahogados dentro del envoltorio; podían percibirse maldiciones dignas de una paliza en cualquier lugar del mundo, proferidas en un marcado acento freljordiano.
Miss Fortune colocó la punta de su espada sobre la lona y comenzó a cortarla de arriba hacia abajo. Un hombre barbudo cayó sobre los cantos como un ballenato recién expulsado de un saco amniótico rasgado. Lo abrazaba el hedor a tripas de pescado y vísceras.
Logró ponerse de pie a duras penas para luego blandir un hacha con una hoja que parecía un fragmento de diamante de hielo.
—¿Cómo llego a los Muelles del Matadero? —preguntó, tambaleándose como si estuviera borracho. Miró a su alrededor, confundido; su cabeza era una masa de chichones y moretones.
—Siempre recomiendo guiarse por la nariz —respondió Miss Fortune—, pero a ti no creo que pueda serte de mucha ayuda.
—Mataré al krakensierpe diez veces si es necesario —declaró el hombre—. Le debo una muerte.
—Parece que muchos tienen la misma deuda —contestó Miss Fortune.
El freljordiano se presentó como Olaf, guerrero de la verdadera dama del hielo, y, luego de recuperarse de su conmoción, declaró su intención de unírseles hasta que pudiera luchar contra el espíritu más peligroso que encontraran dentro de la Niebla Negra.
—¿Desea morir? —preguntó Lucian.
—Por supuesto —respondió Olaf, como si la pregunta fuera el epítome de la estupidez—. Busco un final digno de una leyenda.
Miss Fortune dejó al hombre con sus sueños de muerte heroica. Mientras blandiera su hacha en la dirección correcta, sería bienvenido al grupo y avanzaría con ellos.
La niebla los asedió en tres ocasiones, y en cada oportunidad tomó la vida de un desafortunado de la compañía. Una risa maliciosa se hacía eco desde los costados de los edificios. Era como el sonido de un molejón afilando acero oxidado. Filas de aves carroñeras graznaban en las terrazas, anticipándose a un banquete de carne a la luz de la luna. Luces de bienvenida danzaban en la oscuridad de la neblina, como velas cadavéricas seductoras sobre un pantano que todo lo traga.
—No las miren —advirtió Lucian.
Su advertencia no llegó a tiempo a los oídos de un hombre y su esposa. Miss Fortune ignoraba sus nombres, pero sabía que habían perdido a su hijo a causa de una fiebre marina hacía un año. Cayeron por el acantilado al seguir una visión en las luces que solo ellos podían ver.
Otro hombre se cortó la garganta con su propio garfio antes de que sus amigos pudieran detenerlo. Otro más desapareció en la niebla sin que nadie lo notara.
Para cuando llegaron al Puente de la Serpiente, su compañía se había reducido a menos de una docena de individuos. Miss Fortune No podía sentirse mal por ellos. Les había advertido que no la acompañaran. Si lo que querían era una vida eterna, se hubieran refugiado detrás de puertas cerradas y tallas protectoras, aferrados a talismanes con espirales de la Gran Barbuda, rezando a lo que fuera que les otorgara consuelo.
Pero en contra del Harrowing ni eso podía garantizar su seguridad.
Pasaron junto a incontables casas destruidas; sus puertas y persianas colgaban muertas de bisagras de cuero. Miss Fortune tenía la vista fijada hacia adelante, pero era imposible evitar sentir las miradas acusadoras de los rostros congelados y sentir el terror de sus últimos momentos.
—Hay que darle algo de crédito a la Niebla Negra —dijo Rafen mientras pasaban por otro osario con familias frías y muertas en el interior.
Quería sentirse enfadada con él por aceptar semejante horror, ¿pero de qué serviría? Después de todo, tenía razón.
En lugar de eso, se concentró en la silueta de la estructura envuelta en la niebla que estaba del otro lado del puente. Se encontraba en el centro de un cráter excavado del acantilado, como si una poderosa criatura marina hubiera arrancado un gran pedazo de la roca de un mordisco. Estaba construida con los restos que arrastra el océano, como la mayoría de los sitios en Aguasturbias. Sus muros estaban compuestos por maderas arrastradas por el mar y ramas de tierras muy lejanas, y sus ventanas las constituían los restos saqueados de los barcos que salían a flote del fondo del mar. La construcción tenía la característica peculiar de no poseer ni una sola línea recta en toda su estructura. Sus singulares ángulos daban la sensación de que se movía, como si algún día pudiera irse a plantar raíces temporales a otro lugar.
Su aguja estaba igual de torcida, estriada como el cuerno de un narval y coronada con el mismo símbolo en espiral que colgaba del cuello de Miss Fortune. Una luz reluciente envolvía al emblema, y donde brillara, la oscuridad cedía.
—¿Qué es ese lugar? —preguntó Lucian.
—El templo de la Gran Barbuda —respondió Miss Fortune—. La casa de Nagakabouros.
—¿Es un sitio seguro?
—Es mejor que quedarse aquí afuera.
Lucian asintió y todos iniciaron el cruce del sinuoso trecho del puente. Así como la figura del templo, el puente era bastante inconsistente; sus cables ondulaban, como si estuvieran vivos.
Rafen se detuvo en el parapeto derruido y miró hacia abajo.
—Sube más cada año —dijo.
De mala gana, Miss Fortune fue junto a él y miró sobre el borde.
Los muelles y el Pueblo Rata estaban sumidos en la Niebla Negra; la red de góndolas apenas podía divisarse. Aguasturbias se ahogaba en la neblina, atrapada en su agarre letal; sus zarcillos se filtraban aún más en lo profundo de la ciudad. Se escuchaban gritos de terror en la distancia. Cada uno representaba el fin de una vida y la adición de un alma fresca a la legión de los muertos.
Rafen se encogió de hombros. —Unos años más y ningún lugar en Aguasturbias estará fuera de su alcance.
—Muchas cosas pueden pasar en unos años —dijo Miss Fortune.
—¿Esto sucede todos los años? —preguntó Olaf, con un pie posado en el parapeto, ignorando la caída vertiginosa, sin temor alguno.
Miss Fortune asintió.
—Excelente —dijo el freljordiano—. Si mi destino no es morir aquí esta noche, regresaré cuando la Niebla Negra se vuelva a hacer presente.
—Como digas —contestó Rafen.
—Gracias —dijo Olaf, y le dio una palmada en la espalda tan fuerte que casi lo tira del puente. Los ojos del freljordiano se ensancharon cuando vio que una multitud de tentáculos emergía de la neblina y se desenroscaban para aplastar las viviendas del Pueblo Rata.
—¡La bestia! —exclamó.
Y antes de que alguien pudiera detenerlo, se subió al parapeto y se lanzó desde el borde.
—Maldito loco —dijo Rafen mientras la figura de Olaf desaparecía en la neblina debajo de ellos.
—Todo aquel que blande hielo está mal de la cabeza —dijo Miss Fortune—. Pero este tipo es el más loco que haya conocido.
—Que todos entren —imploró Lucian.
Miss Fortune sintió la urgencia que transmitía su voz, y al dar media vuelta lo vio enfrentado a una figura encumbrada cubierta por una túnica oscura y unas cadenas con ganchos. Una luz verde clara envolvía al espectro, que con una de sus pálidas manos alzaba una linterna oscilante. El miedo invadió a Miss Fortune, un miedo que nunca había sentido, jamás desde que vio morir a su madre, y miró fijamente el cañón del arma del asesino.
Lucian desenfundó sus pistolas. —Thresh es mío.
—Todo tuyo —le dijo ella, y se fue.
Miss Fortune dirigió su mirada hacia arriba donde unas sombras cercaban el templo. Su respiración se detuvo unos instantes cuando vio a Hecarim y a sus caballeros de la muerte en la cresta del cráter.
La Sombra de la Guerra erigió su ardiente guja y los jinetes espectrales instaron a sus corceles infernales a descender. Ningún jinete mortal podría descender tan fácilmente de ese lugar, pero estos jinetes estaban muertos.
—¡Corran! —gritó Miss Fortune.
Una luz verde y nociva volvía espeso el final del puente. El Carcelero Implacable escondía sus rasgos cadavéricos debajo de una capucha horrorosa, pero la luz de su linterna reveló los restos de carne desfigurada, demacrada y despojada de toda emoción salvo un placer sádico.
Se movía suavemente, como todos los de su clase, gemidos de dolor brotaban de su túnica a medida que avanzaba. Thresh levantó un poco su cabeza, y Lucian vio cómo el esbozo de una sonrisa se ampliaba con anticipación dejando relucir unos dientes afilados.
—Mortal —dijo Thresh, saboreando la palabra como si fuera una golosina.
Lucian se arrodilló y recitó el mantra de claridad para preparar su alma para la batalla que estaba a punto de comenzar. Se había preparado para este momento unas mil veces, y ahora que el momento había llegado, su boca estaba seca y sus manos empapadas en sudor.
—Mataste a Senna —recriminó mientras alzaba la cabeza y se erguía—. La única persona que me quedaba en este mundo.
—¿Senna...? —se preguntó Thresh. El sonido que emitía era húmedo, espumoso, como si lo profiriera el cuello estrujado de una víctima del nudo de una horca.
—Mi esposa —contestó Lucian, aunque sabía que no debía hablar, ya que cada palabra podría volverse un arma que el espectro podría usar en su contra. Las lágrimas nublaron su vista; el dolor tiraba por la borda toda preparación y pizca de lógica. Levantó el relicario que colgaba de su cuello y lo abrió en un intento de hacerle comprender al espectro la profundidad de todo lo que había perdido.
Thresh sonrió; sus dientes filosos centelleaban mientras tocaba el cristal de la linterna con una uña amarillenta.
—Sí, la recuerdo —dijo engolosinado—. Un alma vital. Todavía fértil y cálida. Lista para ser atormentada. Tenía la esperanza de una vida nueva. Florecía en ella. Fresca, nueva, como una flor en primavera. Es tan fácil deshojar y marchitar a los soñadores.
Lucian alzó sus pistolas.
—Si la recuerdas, quizás también te acuerdes de estas —profirió.
La sonrisa dentada debajo del hábito harapiento nunca flaqueó.
—Las armas luminosas —dijo.
—Y la luz es la perdición de la oscuridad —exclamó Lucian, mientras canalizaba cada resto de odio a sus pistolas antiguas.
—Espera —rogó Thresh, pero Lucian no esperó.
Soltó un par de disparos deslumbrantes.
Una conflagración de fuego purificador envolvió al Carcelero Implacable; sus aullidos eran música para los oídos de Lucian.
Pero pronto los aullidos se transformaron en risas burbujeantes.
Un halo de luz oscura se disipaba alrededor de Thresh para luego terminar dentro de su linterna sin que el fuego lo tocara en lo más mínimo.
Lucian volvió a disparar una lluvia de rayos radiantes que, a pesar de asestar en el objetivo, no tuvieron efecto. Cada disparo se disipaba sin infligir daño alguno contra la niebla brillante de energía negra que emanaba de la linterna.
—Sí, recuerdo esas armas —dijo el espectro—. Despojé sus secretos de la mente de Senna.
Lucian se congeló.
—¿Qué acabas de decir?
Thresh rio con un chirrido ruidoso y tísico.
—¿No lo sabes? ¿Nunca sospechaste ni un poco luego de que la orden renacida supiera de mi existencia?
Lucian sintió un terror frío en su estómago. Un temor que nunca quiso reconocer por miedo a volverse loco.
—Ella no murió —continuó Thresh, mientras alzaba la linterna.
Lucian vio a espíritus torturados retorciéndose en su interior.
Thresh sonrió. —Le arranqué el alma y la conservé.
—No... —dijo Lucian—. Yo la vi morir.
—Todavía grita desesperada dentro de mi linterna —dijo Thresh, mientras se iba acercando con cada palabra sofocada que emitía. —Cada segundo de su existencia es agonía pura.
—No —sollozó Lucian, al tiempo que sus pistolas antiguas caían contra las piedras del puente.
Thresh lo rodeó con las cadenas serpenteantes que surgían de su cinturón de cuero para deslizarse por el cuerpo del caído purificador. Los ganchos atravesaron su gabardina en búsqueda de la carne suave que se encontraba debajo.
—La esperanza era su debilidad. El amor, su ruina.
Lucian observó los rasgos desfigurados de Thresh.
Sus ojos eran agujeros que no contenían más que un vacío infinito y oscuro.
Ya no quedaba rastro de lo que sea que Thresh haya sido durante su vida terrenal. Sin compasión, sin misericordia, sin humanidad.
—Todo es muerte y sufrimiento, mortal —dijo el Carcelero Implacable, mientras su mano buscaba el cuello de Lucian—. No importa a dónde intentes huir: tu único legado es morir. Pero antes que la muerte, estoy yo.
El aire pesaba en la garganta de Miss Fortune mientras corría hacia el templo. Sus pulmones luchaban para tomar aire, y el hielo volvía lento el trabajo de las venas. Unos espirales de neblina enervante llegaron a la roca del templo, impulsados por la presencia de los dos señores de los muertos. Destellos brillantes de luces resplandecían detrás de ella, pero no miró atrás. Sintió el estruendo de pezuñas pisando fuerte sobre la roca; podían verse chispas fulgurantes en la oscuridad.
Se imaginó el aliento de los jinetes espectrales en la nuca.
El espacio entre sus omóplatos ardió de solo pensar que podría alcanzarla una lanza espectral.
Un momento, ¿cómo pueden producir chispas si son fantasmas?
El pensamiento le resultó tan absurdo que la hizo reír, y reía aun cuando azotó contra las puertas torcidas de madera del templo. Rafen y su banda agotada ya se encontraban ahí, golpeando con puños y palmas la puerta.
—¡En el nombre de la Gran Barbuda! ¡Déjennos entrar! —rogó.
Miró hacia arriba cuando Miss Fortune llegó a su lado.
—Las puertas están cerradas —explicó.
—Me di cuenta —dijo jadeando, mientras tiraba del pendiente que Illaoi le había dado. Colocó su palma sobre la puerta, presionando con fuerza el coral contra la madera.
—¡Illaoi! —gritó—. Estoy lista para pisotear a esa maldita anguila. ¡Ahora abre la condenada puerta!
—¿Anguila? —interrogó Rafen—. ¿Qué anguila? ¿De qué estás hablando?
—No importa —contestó, mientras golpeaba hasta hacer sangrar su mano contra la madera—. Creo que era una metáfora.
La puerta se abrió hacia afuera, como si su entrada nunca hubiera sido bloqueada. Miss Fortune retrocedió para permitir que sus guerreros entraran primero y luego dio la media vuelta.
Hecarim alzó y blandió su guja buscando su cráneo.
Una mano la tomó por el collar y la tiró hacia atrás. La punta del arma cortó un centímetro de su garganta.
Cayó duro contra sus espaldas.
Illaoi se encontraba parada en la entrada, sosteniendo su ídolo de piedra delante de ella a manera de escudo. Una neblina blanca se aferraba a él como si fuera electricidad.
—Los muertos no son bienvenidos aquí —declaró.
Rafen y los demás cerraron la puerta y trabaron ambas anclas oxidadas con un palo pesado de roble estacionado. Un fuerte impacto estremeció la puerta.
La madera se rajó y volaron algunas astillas.
Illaoi se dio la vuelta y pasó al lado de Miss Fortune, que aún estaba desparramada sobre un mosaico de fragmentos de caracolas y arcilla.
—Te tomaste tu tiempo, niña —dijo la mujer, mientras Miss Fortune se ponía de pie. El templo estaba lleno, con al menos doscientas personas, quizás más. Reconoció una parte representativa de los habitantes de Aguasturbias: su población nativa, piratas, comerciantes y una variedad de gentuza de mar, además de viajeros desafortunados o poco inteligentes que atracaron con el Harrowing estando tan cerca.
—¿Crees que aguante esa puerta? —preguntó.
—Quizás sí, quizás no —contestó Illaoi, al tiempo que se dirigía hacia una estatua con muchos tentáculos ubicada en el centro del templo. Miss Fortune trató de entender lo que representaba, pero se rindió luego de la enésima vez que sus ojos se perdieron en los muchos espirales y curvas circulares.
—Esa no es una respuesta.
—Es la única que tengo —dijo Illaoi, mientras colocaba a su ídolo en un hueco cóncavo de la estatua. Comenzó a moverse alrededor de ella, para luego dar una serie de golpes rítmicos sobre sus muslos y pecho con sus puños. La gente dentro del templo la imitaba. Golpeaba sus palmas contra su piel desnuda, además de pisotear y hablar en un idioma que la capitana desconocía.
—¿Qué están haciendo?
—Le devolvemos algo de movimiento al mundo —respondió Illaoi—. Pero necesitaremos más tiempo.
—Pues lo tendrán —prometió Miss Fortune.
Lucian sentía cómo los ganchos espectrales penetraban su carne. Eran mucho más fríos que el hielo del norte y el doble de dolorosos. La mano del carcelero se cerró en su garganta y su piel ardió con el tacto del espectro. Sintió cómo le quitaba su fuerza, y cómo desaceleraba el latido de su corazón.
Thresh levantó a Lucian y alzó su linterna, lista para recibir su alma. Las luces en su interior se lamentaban y retorcían inquietas; rostros y manos fantasmales presionaban el cristal desde adentro.
—Anhelé tu alma durante mucho tiempo, cazador de las sombras —dijo Thresh—. Pero recién ahora está lista para ser segada.
La visión de Lucian se nublaba, y sentía cómo su alma abandonaba sus huesos. Luchaba, intentaba resistir, pero el segador implacable cosecha almas desde que el mundo es mundo, y de este arte sabía más que nadie.
—Esfuérzate más —dijo Thresh, con un apetito monstruoso—. Las almas arden aún más cuando dan pelea.
Lucian intentó hablar, pero las palabras no salían de su boca, solo una corriente de aliento cálido que transportaba su alma.
Una guadaña brillante flotaba sobre Lucian, una segadora de almas bañada en sangre. Su hoja tembló con anticipación.
Lucian...
Esa voz. Su voz.
Mi amor...
El filo asesino de la cuchilla de Thresh giró para buscar un ángulo que facilitara separar el alma del cuerpo.
Lucian contuvo la respiración al ver un rostro resuelto en el cristal de la linterna. Uno entre miles, pero uno que tenía más de una razón para abrirse paso hasta el frente.
Unos labios carnosos y ojos almendrados y anchos le imploraban que viviera.
—Senna... —suspiró Lucian.
Déjame ser tu escudo.
Supo de inmediato qué quiso decir con eso.
El vínculo entre ambos era tan fuerte como en la época en que cazaban criaturas de las sombras juntos.
Con la última porción de fuerza que le quedaba, Lucian agarró y arrancó el relicario que colgaba de su cuello. La cadena reflejaba un brillo plateado a la luz de la luna.
El Carcelero Implacable vio que algo andaba mal y bufó enojado.
Lucian fue más rápido.
Tomó la cadena como si fuera una honda, pero en lugar de soltar una bala de plomo, la usó a modo de látigo para atrapar el brazo que sostenía la linterna. Antes de que Thresh pudiera deshacerse de ella, Lucian sacó el punzón plateado de la vaina que se encontraba dentro de su abrigo y lo hundió en la muñeca del espectro.
El Carcelero Implacable chilló del dolor, una sensación que probablemente no había experimentado en mil años. Soltó a Lucian y se revolcó en agonía. De pronto, las miles de almas que estaban atrapadas en su linterna encontraron la forma de atacar a su atormentador.
Lucian sintió cómo su alma retornaba a su cuerpo. Tomó grandes bocanadas de aire, como un hombre a punto de ahogarse que logró subir a la superficie.
De prisa, mi amor. Es demasiado fuerte...
Su vista retornó, mucho más clara que nunca. Lucian recogió sus pistolas del suelo. Alcanzó a ver el más breve destello del rostro de Senna en la linterna y lo grabó en su corazón.
Su rostro no volvería a desdibujarse de sus recuerdos nunca jamás.
—Thresh —dijo, mientras le apuntaba con ambas pistolas.
El Carcelero Implacable alzó la vista. El vacío de sus ojos ardía iracundo al ver cómo sus almas capturadas lo desafiaban. Miró a Lucian a los ojos y extendió su linterna, pero las almas rebeldes disiparon toda protección que en su momento habían ofrecido.
Lucian disparó una ráfaga abrasadora y perfecta.
Las balas atravesaron la túnica fantasmal del Carcelero Implacable y quemaron su forma espiritual, volviéndolo un infierno ardiente de luz. Lucian avanzó hacia Thresh; sus armas gemelas estaban en llamas.
El Carcelero Implacable, que aullaba agonizante, se alejaba de la despiadada cortina de fuego de Lucian, ahora que su forma espectral no tenía el poder de resistir el ataque de estas armas de poder ancestral.
—La muerte ha venido por ti —aseveró Lucian—. Acéptala y ten la certeza de que la haré cumplir su final.
Thresh aulló por última vez antes de saltar del puente y caer a la ciudad como un cometa en llamas.
Lucian lo observó caer hasta que la Niebla Negra se lo tragó.
Se desplomó de rodillas.
—Gracias, mi amor —dijo Lucian—. Mi luz.
Las paredes del templo se sacudían por la violencia del ataque. La niebla negra supuraba entre las tablas desiguales y las rendijas del cristal descartado de las ventanas. La puerta se estremeció en su propio marco. Unas garras desesperadas rasgaban la madera. El eco de incontables gritos, como un vendaval de aullidos, golpeaba contra el techo de vigas disparejas.
—¡Allí! —gritó Miss Fortune al divisar a una infinidad de criaturas de neblina que observaban con ojos carmesí a través de la parte rota de la pared que alguna vez fue una serie de cajas para té de Jonia.
Se arrojó justo en medio de los espectros. Fue como saltar desnuda en medio de un hueco de hielo cavado en un glaciar. Hasta el más mínimo roce con los muertos absorbía calor y vida.
El pendiente de coral ardía y quemaba su piel.
Empuñó su espada robada y comenzó a atravesar a las criaturas con ella, y volvió a sentir el mismo ardor de la última vez. Sus balas no servían contra los muertos, pero la espada demaciana podía herirlos. Retrocedían; se alejaban de ella, chillando y bufando.
¿Será que los muertos conocen el miedo?
Parecía que sí, ya que huían despavoridos del filo brillante de la espada. Pero no permitiría que se escaparan: apuñaló y acuchilló a la niebla, sin importar dónde apareciera.
—¡Eso es! ¡Corre! —gritó.
Una niña gritó pidiendo auxilio, y Miss Fortune salió de inmediato a su rescate, antes de que la niebla pudiera alcanzarla. Se lanzó y la atrapó entre sus brazos rodando por el suelo para ponerla a salvo. Unas garras frías se clavaron en su espalda. Miss Fortune resolló mientras un frío asolador se abría paso a través de sus extremidades.
Lanzó una puñalada detrás de sí, y algo muerto chilló horriblemente.
Una mujer que se refugiaba detrás de un banco volcado se estiró para alcanzar a la niña. Miss Fortune la soltó para que corriera a su resguardo. Tuvo que esforzarse para ponerse de pie; la debilidad le recorría el cuerpo como una infección rabiosa.
Se escuchaban disparos y el choque del acero por doquier, acompañados de aullidos y gritos de terror.
—¡Sarah! —gritó Rafen.
Alzó la vista justo para ver cómo la barra de roble que aseguraba la puerta se resquebrajaba de palmo a palmo. Rafen y una docena de hombres apoyaban sus espaldas contra la puerta en un intento por contener el ataque, pero la puerta comenzaba a ceder, hundiéndose hacia adentro con cada golpe. Las rajaduras comenzaron a esparcirse, dejado entrar a las ansiosas manos de la niebla. Las falanges neblinosas arrebataron a un hombre cuyos gritos, que rogaban piedad, se cortaron de forma abrupta para desaparecer en la espesa negrura.
El brazo de otro hombre que se disponía a ayudarlo también desapareció en la niebla..
Rafen revoleaba y clavaba su daga a través del hueco.
Las garras arrancaron la inútil arma en su mano.
Un cuerpo aullante se abrió paso por la puerta derruida y hundió sus manos en el pecho de Rafen. El lugarteniente rugió de dolor; su rostro se volvió pálido.
Miss Fortune fue tambaleándose hacia él, ya casi sin fuerzas. Su espada rebanó los brazos espectrales y la criatura chilló mientras desaparecía. Rafen se derrumbó sobre ella, cayeron juntos y quedaron tendidos en la nave.
Rafen jadeaba intentando respirar; su semblante estaba tan débil como el de ella.
—¡No te me vayas a morir, Rafen! —resolló.
—Se necesita más que un muerto para matarme —gruñó—. El muy bastardo solo me sacó el aire.
Se rompió un cristal en algún lugar del techo. Sobre sus cabezas se fusionaban espirales de neblina oscura que formaban una masa sofocante de dientes, garras y ojos hambrientos.
Miss Fortune intentó ponerse de pie, pero no podía con sus fatigadas extremidades. Rechinaron sus dientes de impotencia. Apenas unos pocos integrantes de su compañía seguían en pie, y la gente que se refugiaba ahí dentro no sabía pelear.
Los muertos estaban entrando.
Miss Fortune se dio la vuelta y miró a Illaoi.
La sacerdotisa estaba rodeada por su gente, quienes continuaban circundando la estatua con su ritual de golpes de puños y palmas. No parecía que estuviera surtiendo efecto alguno. La extraña estatua seguía inmóvil e impotente.
¿Qué esperaba? ¿Que cobrara vida y expulsara a los muertos como si fuera un gólem de hierro de Piltóver?
—¡Lo que sea que estés haciendo, hazlo más rápido! —gritó Miss Fortune.
Una parte del techo se desprendió y voló hacia la tempestad que rodeaba al templo. Una columna arremolinada de espíritus penetró el lugar, aterrizando como si fuera un tornado. Espectros y otras cosas que desafiaban a la comprensión humana se desprendían del vórtice fantasmal para atacar a los vivos.
Finalmente, la puerta cedió y terminó por abrirse. Las maderas estaban secas y podridas debido al contacto de los muertos. El estridente sonido de un cuerno de cacería colmó el templo, y las manos de Miss Fortune se apresuraron a cubrir sus oídos para protegerse de los ecos ensordecedores.
Hecarim irrumpió en el templo, pisoteando a los hombres que apuntalaban la puerta con sus cuerpos. La guja en llamas de la Sombra de la Guerra los despojó de sus almas, y el fuego helado de su filo iluminó el templo con un resplandor nefasto. Sus caballeros de la muerte entraron cabalgando detrás de él, y los espíritus que ya estaban dentro del templo se retiraron en reconocimiento a la infame gloria de Hecarim.
—Dije claramente que los muertos no son bienvenidos aquí —bramó Illaoi.
Miss Fortune alzó la vista para ver a la sacerdotisa erguida a su lado, robusta y majestuosa. Una luz pálida se aferraba a sus extremidades y lanzaba chispas sobre el ídolo de piedra que sostenía con sus manos temblorosas. Las venas de su cuello sobresalían como si fueran calabrotes, su barbilla estaba tensa y el sudor le corría como un arroyo por el rostro.
Lo que sea que Illaoi estuviera haciendo, le demandaba mucho esfuerzo.
—Estas almas mortales son mías —proclamó Hecarim. Miss Fortune no pudo evitar retroceder ante las palabras de hierro que emitía su voz.
—No, no lo son —refutó Illaoi—. Esta es la casa de Nagakabouros, cuya postura es opuesta a la de los muertos.
—Los muertos tendrán lo que reclaman —afirmó Hecarim, mientras apuntaba su guja al corazón de Illaoi.
La sacerdotisa sacudió su cabeza.
—Pues no será hoy —respondió—. —No mientras pueda moverme.
—No puedes detenerme.
—Tan sordo como muerto —se burló Illaoi, y sonreía mientras un brillo prominente surgía detrás de ella—. No dije que yo iba a detenerte.
Miss Fortune se dio la media vuelta y vio que la estatua de espirales irradiaba un brillo deslumbrador. Una luz blanca emanaba de su superficie; las sombras huían de su alcance. Se cubría sus ojos a medida que el resplandor aumentaba, como tentáculos retorciéndose. La luz disipaba a la Niebla Negra por completo al tocarla, y dejaba a la vista a las almas retorcidas que se encontraban dentro de ella. La sinuosa luz expulsaba a los muertos; purgaba la magia maligna que les negaba su descanso eterno desde hace muchísimo tiempo.
Miss Fortune esperaba gritos, pero en lugar de eso los muertos lloraban de alegría mientras sus almas eran liberadas para continuar su camino. La luz se propagaba por las paredes agrietadas, y Miss Fortune gritó luego de que la tocara y retirara el entumecimiento mortal de su cuerpo con una ráfaga de calor y vida.
La luz de Nagakabouros cercó a Hecarim, y ella vio el miedo que le provocaba pensar en la transformación que esta le ocasionaría.
¿Qué podría ser tan espantoso como para elegir permanecer maldito?
—Puedes ser libre, Hecarim —dijo Illaoi. Su voz se notaba cansada, casi al límite de lo que podía soportar, debido a todos los que había liberado—. Puedes seguir adelante, vivir en la luz como el hombre que siempre soñaste ser antes de que su dolor e insensatez te doblegaran.
Hecarim rugió y esgrimió su guja hacia el cuello de Illaoi.
La espada de Miss Fortune la interceptó y el choque produjo un fulgor de chispas. Sacudió su cabeza.
—Vete de mi ciudad —exclamó.
Hecarim retrajo su guja para un segundo ataque, pero antes de que pudiera hacerlo, la luz lo alcanzó y perforó su velo de oscuridad. Bramó de dolor; su roce ardiente provocó que se desplomara. La silueta del jinete centelleó, como si fueran dos fotografías en un estuche agitándose con la luz de las velas sobre el mismo telón.
Miss Fortune alcanzó a ver un destello fugaz de un jinete alto, cubierto por una armadura de plata y oro. Un hombre joven, apuesto, imponente, de ojos oscuros y con un futuro glorioso por delante.
¿Qué le pasó?
Hecarim rugió y huyó del templo.
Sus caballeros de la muerte y la oscuridad se fueron con él; una hueste de espíritus chillones y andrajosos lo siguió.
La luz de Nagakabouros se propagó por toda Aguasturbias como el amanecer inminente. Nadie que la haya visto podría recordar una vista tan placentera. Era como los primeros rayos de sol luego de la tormenta, como el primer atisbo de calor luego de un invierno amargo.
La Niebla Negra cedió ante ella; se enturbiaba en un torbellino agitado de espíritus estremecidos por el miedo. Algunos muertos se enfrentaban entre sí en una especie de lucha frenética para volver de donde habían venido mientras que otros buscaban entusiastas el abrazo liberador de la luz.
El silencio reinó una vez que la Niebla Negra se retiró hacia el océano, en dirección a la isla maldita donde demandaba autoridad.
Finalmente, rompió el alba en el horizonte, al tiempo que soplaba un viento purificador en la ciudad y la gente de Aguasturbias soltaba un respiro colectivo.
El Harrowing había terminado.
El silencio se adueñó del templo. La falta absoluta de sonido era un contraste severo con el caos de hacía unos momentos.
—Ya terminó —dijo una aliviada Miss Fortune.
—Hasta la próxima vez —contestó Illaoi, agotada—. El hambre de la Niebla Negra arde como una enfermedad.
—¿Qué fue lo que hiciste?
—Lo que tenía que hacer.
—Sea lo que sea, te lo agradezco.
Illaoi sacudió la cabeza y posó su poderoso brazo sobre el hombro de Miss Fortune.
—Agradécele a la diosa —dijo Illaoi—. Hazle una ofrenda. Algo grande.
—Lo haré —contestó Miss Fortune.
—Más te vale. A mi dios no le agradan las promesas vacías.
La amenaza solapada la exasperó, y por un momento pensó en atravesarle el cráneo con una bala; pero antes de que pudiera sentir siguiera el cosquilleo de sus pistolas, Illaoi se desplomó como una gavia rota. Miss Fortune trató de sujetarla, pero la sacerdotisa era demasiado corpulenta como para sostenerla ella sola.
Se fueron de bruces juntas contra el piso.
—Rafen, ayúdame a quitármela de encima —suplicó.
Juntos apoyaron a Illaoi contra un banco roto. Rezongaron debido al esfuerzo de tener que levantar su peso colosal.
—La Gran Barbuda surgió de entre los mares... —dijo Rafen.
—No digas estupideces, anciano —reprochó Illaoi—. Ya te dije que Nagakabouros no vive bajo el mar.
—Entonces, ¿dónde vive? —preguntó Rafen—. ¿En el cielo?
Illaoi sacudió su cabeza y le pegó un puñetazo en el corazón. Rafen refunfuñó y se dobló del dolor.
—Ahí es donde la encontrarás.
Illaoi sonrió ante lo tangencial de su respuesta. Entonces, sus ojos se cerraron.
—¿Está muerta? —preguntó Rafen, mientras se frotaba el pecho adolorido.
Illaoi levantó su brazo y lo abofeteó.
Luego, comenzó a roncar como un estibador enfermo de los pulmones.
Lucian estaba sentado al borde del puente y observaba a la ciudad emerger luego de disiparse la Niebla Negra. Había odiado a Aguasturbias a primera vista, pero dejaba entrever una belleza oculta a medida que la luz del alba bañaba sus techos de cerámica con un resplandor tibio de color ámbar.
Una ciudad renacida, como cada vez que se desvanecía el Harrowing.
Un nombre apropiado para un momento tan tétrico: el Horror, el Harrowing; pero uno que cargaba con apenas una fracción de la tristeza de sus orígenes. ¿Entendería alguien realmente la verdadera tragedia de las Islas de la Sombra?
Y si así fuera, ¿les importaría?
Se dio la vuelta al escuchar pisadas a sus espaldas.
—Es una vista algo bonita desde aquí arriba —dijo Miss Fortune.
—Pero solo desde aquí arriba.
—Sí, este es un nido de sabandijas —reconoció Miss Fortune—. Te encuentras a gente buena y a gente mala, pero he estado tratando de deshacerme de los peores.
—Según me cuentan, comenzaste una guerra —dijo Lucian—. Hay quienes dicen que quemaste la casa entera para matar una sola rata.
Vio un rastro de coraje aparecer en su rostro, que pronto desapareció.
—Creí que estaba mejorando la situación de todos —dijo la capitán mientras se sentaba a horcajadas sobre el parapeto —. Pero las cosas no hacen más que empeorar y tengo que hacer algo al respecto, desde ya.
—¿Es por eso que te aventuraste en la Niebla Negra?
La mujer lo pensó por un momento.
—Al principio tal vez no —respondió—. Dejé escapar una anguila de su anzuelo cuando maté a Gangplank, y si no la atrapo y vuelvo a engancharla, va a morder a mucha gente.
—¿Una anguila?
—Lo que quiero decir es que cuando derroqué a al Rey de los Piratas, no sabía bien qué pasaría cuando él no estuviera. Tampoco me importaba mucho —reconoció—. Pero ya vi lo que sucede ahí abajo, cuando no hay alguien que tome el control. Aguasturbias necesita a alguien fuerte en la cima, y no hay razón para que ese alguien no sea yo. La guerra apenas ha comenzado, y la única manera de que termine rápido es que yo la gane.
El silencio entre ellos se estiró.
—Mi respuesta es no.
—No pregunté nada.
—Ibas a hacerlo —replicó Lucian—. Quieres que me quede y te ayude a ganar esta guerra, pero no puedo. Tu lucha no es mi lucha.
—Podría serla —argumentó Miss Fortune—. La paga es buena y estarías matando a muchos malvados, y salvando un montón de almas inocentes.
—Solo hay un alma a la que me interesa salvar —respondió Lucian—. Y no la salvaré en Aguasturbias.
Miss Fortune asintió y le ofreció su mano.
—Entonces me despido y te deseo una buena cacería —dijo, ya de pie y sacudiendo el polvo de sus pantalones—. Espero que encuentres lo que estás buscando. Solo ten en cuenta que puedes perderte en la venganza.
Lucian la observó volver rengueando hacia el templo en ruinas, al tiempo que los supervivientes salían, intermitentes, a la luz del día. Pensó que entendía lo que lo motivaba, pero no tenía la más pálida idea de lo que sentía.
¿Venganza? Su misión iba más allá de la venganza.
Su amada estaba bajo el tormento de un espectro imperecedero, una criatura de tiempos ancestrales que entendía el sufrimiento más que nadie.
Miss Fortune no comprendía ni una fracción de su dolor.
Lucian se incorporó y alzó su vista hacia el mar.
El océano se había calmado. Era una vasta extensión de color verde esmeralda.
Ya había movimiento de gente en los muelles; gente reparando barcos y reconstruyendo sus hogares. Aguasturbias nunca se detuvo, ni siquiera después de las secuelas que dejó el Harrowing. Le echó un vistazo al bosque de mástiles que se mecían; buscaba un barco que no estuviera muy dañado. Quizás podría convencer a un capitán desesperado de que lo llevara a su destino.
—Voy por ti, mi luz —dijo—. Y te liberaré.
El pescador refunfuñaba mientras renegaba con el cabrestante de la popa para tirar del grandulón y sacarlo del agua. La soga estaba desgastada, y él sudaba en el aire helado mientras jalaba de la manija.
—Por los pelos de su mentón barbudo, sí que eres un bastardo enorme, seguro que sí —se quejaba, mientras lo enganchaba de la armadura con un arpón y lo colocaba en la cubierta ondulante. Estaba atento por si aparecía algún depredador, de la superficie o de las profundidades.
No pasó mucho tiempo luego de que la Niebla Negra se retirara para que muchos barcos se lanzaran al mar. Las aguas estaban atiborradas de saqueadores, y si no eras rápido, te quedabas sin nada.
Fue el primero en divisar al hombre a la deriva, y tuvo que luchar contra seis rufianes de alcantarilla antes de poder llegar hasta él. Que lo partiera un rayo si unas escorias del muelle lograban robarle este botín.
El hombre grande había estado flotando en una cama de lo que parecían los restos de un krakensierpe gigante. Sus tentáculos estaban maltrechos e hinchados con gases nocivos, los cuales fueron los que mantuvieron a flote la figura del grandulón y su armadura.
Soltó al hombre aquel en la cubierta y lo recostó junto a la borda antes de echarle una mirada de diagnóstico a su cuerpo.
Una pesada cota de malla de hierro compuesta de anillos y escamas, botas resistentes y forradas en piel, y una magnífica hacha colgaba del cinturón de su armadura.
—Oh, sí. Voy a ganar algunos krakens contigo, preciosidad —dijo, mientras bailaba una giga alegre en su barco—. ¡Algunos krakens, claro que sí!
El grandulón tosió y escupió agua salobre.
—¿Todavía sigo con vida? —preguntó.
El pescador detuvo su alegre giga y deslizó una de sus manos en busca del cuchillo largo de su cinturón. Lo usaba para destripar pescados. No veía por qué no podía usarlo para degollar a una persona. No sería la primera vez que un rescatista ayudaba a alguien a encontrar a la Gran Barbuda para reclamar su botín.
El grandulón abrió los ojos.
—Vuelve a tocar ese cuchillo y te cortaré en más pedazos que a ese maldito krakensierpe.
Fin de esta lectura











