Por Michael Haugen Wieske · Historia completa
El Expoliador de Altofuerte
La niebla había llegado rápidamente y eclipsaba el sol vespertino que caía sobre el cruce. Jonath había intentado abrirse camino entre los gruesos tentáculos; el mundo a su alrededor se oscureció con un velo impenetrable. Las siluetas empujaban el manto de niebla, intentando aferrarse... Intentando llegar a él por detrás.
Lidió con las riendas que tenía en la mano en busca del coraje para hacer lo que tenía que hacer... Para montarse al caballo y cabalgar hacia un lugar seguro.
''No lo hagas, muchacho. Todos tenemos una obligación''.
Jonath parpadeó para alejar el miedo de sus ojos, y fijó la vista en la jinete sobre el corcel. La había encontrado así, todavía sobre el caballo pero incapaz de siquiera enderezarse en la montura. Tenía la armadura perforada y manchada de sangre, y Jonath desconocía qué tipo de arma podría haber causado semejantes heridas. La jinete se moría de todos modos.
Lo juzgaba con la mirada... y le pareció débil. Indigno. Con su puño revestido por la armadura, tomó las riendas con fuerza y lo acercó a ella.
''Debemos llevar la noticia a la capital. Tú... el heredero tiene que saber. Dile al príncipe Jarvan lo que está pasando aquí; la guarnición no puede frenarlos''.
Los sonidos distantes de una batalla en el sur le comunicaron a Jonath que los seres de la niebla habían llegado a Altofuerte. El aire a su alrededor se tornó más frío y oscuro. La niebla sombría palpitaba y avanzaba poco a poco. Los caballeros de Altofuerte no le importaban. La supuesta fuerza de élite de la corona jamás había hecho algo por él. Y ni hablar de los habitantes del pueblo...
Cerrando con fuerza los ojos, Jonath le quitó las riendas a la jinete e intentó ignorar el quejido de dolor que profirió cuando se deslizó de la montura y cayó al suelo.
''Protector, perdóname'', dijo él con voz temblorosa. Mientras montaba, intentó convencerse de que esta vez no era diferente a las otras veces en que se había llevado un caballo.
La corpulencia del corcel de guerra le dio tranquilidad. Jonath deslizó una mano por el cuello musculoso del semental y alzó la vista para ubicarse en el cruce. El camino del este conducía a la Gran Ciudad, con sus muros altos e incontables soldados. ¿Qué advertencia podrían necesitar? Sin duda, cualquiera que fuera la magia malvada que instaba a las garras y las voces de la niebla no sería rival para las defensas de roca y acero de la capital. Hacia el sur se encontraba Altofuerte, su hogar. Apenas unos instantes atrás, podía ver desde donde se encontraba sus tejados relucientes y las filas de mástiles. Detrás del pueblo, el campo abierto se extendía hasta donde un caballo podría llevarlo.
Jonath había pasado incontables días en esas colinas onduladas, cabalgando a la par de los barcos que entraban bordeando los acantilados blancos de la bahía, dejando que la sal del mar endureciera su cabello y regocijándose en la emoción de la libertad desenfrenada. Nunca se quedaba con nada de lo que tomaba. No era un ladrón merecedor del exilio en las tierras del interior. Él tomaba prestados caballos, y siempre los devolvía después de sus excursiones, cansados pero ilesos.
¿Cómo devolveré este? Si la dejo...
No. No era su culpa que ella se hubiera cruzado con la niebla y hubiera desperdiciado su oportunidad de sobrevivir... Que Jonath tomara el caballo no lo convertía en culpable de su muerte. Sin importar lo que hiciera, siempre lo habían considerado insuficiente. Tenía talento con los caballos y voluntad de trabajar, pero incluso los mayores —criadores de caballos y comerciantes— lo habían rechazado por su negativa de poner las necesidades de los demás por encima de las suyas. De nada sirve el talento si no se puede confiar en él, decían. De nada sirve la aprobación de aquellos que no valoran la verdadera libertad, pensaba Jonath. Sin mencionar a los soldados de la guarnición, amantes de la obediencia por sobre todas las cosas, que le lanzaban miradas despreciativas cuando iba a probar su temple en los campos de reclutamiento.
Bueno, afuera en las colinas, persiguiendo al viento montado en un corcel indómito, él era el ejemplo. Dejaría atrás esta niebla antinatural y se perdería entre los rebaños cercanos.
Jonath espoleó al semental y fijó su rumbo al sur, mientras el tiempo se detenía a su alrededor. El caballo bajó las orejas, y en un segundo se puso rígido bajo Jonath. Lo que sea que lo hubiese asustado sobrepasaba el estruendo habitual de la batalla; era algo que no pertenecía allí, y Jonath lo sintió también. Un terror primitivo lo envolvió y le apretó el pecho con un puño inflexible. La niebla se cernió sobre él, y luego se abrió sobre el cruce como si unas extremidades corrieran el velo desde adentro. Jonath no escuchaba nada en el silencio mortal.
Luego, le llegó el sonido de herraduras golpeando el duro camino.
Cuando el velo se levantó, Jonath vislumbró las siluetas de jinetes en la penumbra. Aunque podía escuchar las monturas cabalgando a toda velocidad, el ruido de las armaduras y el azote de los estribos, el grupo parecía inmóvil, como un cuadro enmarcado de unos nobles en una cacería o de la élite de la corona defendiendo al pueblo en el último segundo de los peligros más allá de la frontera. Pero estos no eran caballeros demacianos ni héroes de cuentos de hadas. Estos jinetes no estaban aquí para proteger al pueblo. Llevaban armaduras de hierro negro, y una luz maligna brotaba de sus ojos fijos. Un portaestandarte llevaba una bandera inmóvil; sin embargo, se podía escuchar el golpeteo de la tela. Un heraldo con los labios pegados a un cuerno hizo sonar el ataque.
La niebla chilló. Heeeecaaaariiiim.
Era un nombre... de alguna manera, Jonath lo supo. La niebla anticipaba su llegada.
Era el nombre de la mismísima muerte.
Mientras esta revelación desconcertaba a Jonath, advirtió la presencia del jinete líder. Era gigantesco, imponente entre su séquito, y cada paso inmóvil que daba hacía temblar el suelo. Sus ojos, brillantes con fuego interno, lo absorbían todo frente a él. Incluso en la distancia, parecían atravesar a Jonath, registrarlo por completo y despertarle un temor antiguo.
El jinete giró la cabeza y sonrió.
Jonath dejó escapar un grito y el miedo instintivo lo hizo retroceder. Se sacudió dando patadas para permanecer en la montura y asustó al caballo. El semental se encabritó y Jonath cayó al suelo con un golpe seco. Impulsado por la conmoción, el animal salió disparado hacia la oscuridad. Jonath gimió, la cabeza le daba vueltas por el impacto. Apoyó la frente contra el suelo seco mientras el polvo le inundaba las fosas nasales con cada inhalación. Deseó poder desaparecer con sus plegarias la visión que tendría cuando alzara la vista.
''Levántate, escudero'', dijo una voz chirriante. Cada sílaba estaba marcada por una sonrisa. ''Encuentra tu valentía... Mírame''.
Las palabras eran guturales y parecía que las sílabas brotaban de las profundidades del infierno. Jonath no podía saber de dónde era el acento, pero ya había escuchado antes ese tono burlón. Una punzada de resentimiento lo hizo levantar la cabeza.
Las pezuñas con toscas herraduras quemaban el suelo bajo ellas. El caballo del jinete parecía estar hecho enteramente de hierro ennegrecido de cuyo interior brotaba un fuego esmeralda. Jonath se quedó sin aliento cuando vio que el jinete no estaba montado sobre su corcel antinatural... sino que estaba fusionado con él. ¿Qué era eso? ¿Había venido para castigar a Jonath por sus crímenes? La monstruosidad rio, y levantó despacio una guja infernal.
Las lágrimas rodaban por las mejillas de Jonath, y su mente se aferraba a un único pensamiento. Protector, perdóname. Protector, perdóname.
Pero el golpe nunca llegó. En vez de eso, el monstruo llamó a uno de sus jinetes fantasmales. El jinete también estaba fusionado en el abdomen con el cuerpo de un caballo. Todo el grupo era deforme, como su líder. Hecarim tomó al jinete por el cuello y, despacio y sin esfuerzo, arrancó el torso del tronco equino. El jinete, soltando un humo verde, no emitió ningún sonido mientras se retorcía erráticamente. Donde antes estaba su cuerpo, ahora se encontraba la cabeza de un caballo de guerra blindado y marchito.
''Volveremos por ti más tarde'', carcajeó el líder mientras liberaba al espíritu del jinete. El espíritu flotó en el aire, sin rumbo, ahora que lo habían separado de su mitad animal. El resto del grupo inmortal permaneció inmóvil, congelados en el tiempo.
Hecarim dirigió su vista a Jonath.
''Reclamo esta tierra por orden del rey Viego, regente de las Islas de la Sombra. Que mis leales caballeros sean testigos de que Hecarim, Conquistador de Helia, Gran Maestro de la Orden de Hierro, honra a sus enemigos con una pelea justa''. Las palabras se retorcían en su sonrisa. ''Así que encuentra tu valentía, noble escudero, y monta. La guerra ya llegó''. Le presentó a Jonath las riendas del caballo de guerra espectral.
Jonath vio la intención de Hecarim, el tono de su ofrecimiento lo traicionaba y revelaba la mentira que se escondía detrás. Miró a su alrededor y el séquito de caballeros se cernía sobre él con sonrisas tiesas talladas en sus rostros esqueléticos. Dentro de su cabeza oía un grito a tono con los susurros detrás del velo. Que los soldados se encarguen de estos monstruos. Tomó las riendas y, con un solo movimiento, se subió a la montura.
El cuerpo del corcel era sólido e incorpóreo a la vez, la barda pesada chirriaba cada vez que chocaba contra la bestia. Donde debería percibir el carácter de un caballo, Jonath solo sintió un vacío. Donde debería sentir una unión de mentes afines, se tambaleó en el borde de un abismo voraz. Jonath dejó que su miedo lo guiara y hundió los tobillos en los flancos del caballo. Tomó con firmeza las riendas y se dirigió al sur, perforando el muro de niebla negra...
Uñas curvas arañando mi piel. Rostros muertos hace tiempo me acusan.
... y saliendo del otro lado hacia la luz. Más adelante, el camino estaba despejado. El sol se ponía sobre la bahía, y el mar brillaba con calma más allá de los acantilados.
Detrás de Jonath, una risa hueca e infernal resonaba a través del cruce.
''Persíganlo'', escuchó que ordenaba Hecarim.
Jonath se aferró al corcel, cabalgando por el camino con una velocidad que nunca antes había experimentado. A su paso, dejaba una estela delgada de niebla antinatural sobre la tierra pisoteada. El sol se ponía sobre la bahía y daba paso al azul oscuro del anochecer. Había sido un hermoso día para cabalgar; si mantenía el ritmo, era probable que viviera para ver otro. Levantó la vista y vio surgir el Escudo del Protector en el cielo oscurecido. La sonrisa que la constelación provocó en Jonath desapareció cuando escuchó el largo llamado de un cuerno de caza.
Se le aceleró el pulso cuando vio los tentáculos de niebla acercarse por detrás. El monstruoso Hecarim y su Orden de Hierro cabalgaban en su interior. Varios tentáculos de oscuridad flanquearon a Jonath, quien pensó que podía ver formas fusionándose dentro. La boca se le abrió con horror, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Aún así, podía verla. Podía ver a la jinete que había dejado morir, ahora convertida en una forma fantasmal atrapada en la niebla. Levantó un brazo que terminaba en un muñón harapiento... le faltaba la mano que había sostenido las riendas.
''No tienes honor'', gimió ella. ''¡No eres un demaciano de verdad!''.
''No, por favor'', susurró Jonath mientras apartaba la vista. Golpeó los flancos del corcel desesperadamente, deseoso de que lo llevara lejos de este horror, y bajó la mirada hacia las riendas. El puño cercenado de la jinete estaba cerrado sobre ellas, tirando del caballo para que se detuviera.
''Huye, cobarde'', resonó la voz desde la niebla.
Con un quejido de angustia, Jonath apartó el puño de las riendas y arrojó el guantelete blindado hacia los jinetes que le pisaban los talones.
''Te ofendes fácilmente'', se burló Hecarim. ''No creía que tuvieras el coraje. Si me retas a un duelo, entonces acepto. Después de todo, nosotros los nobles tenemos ciertos códigos''.
Jonath se llevó el brazo a la cara mientras Hecarim se acercaba para golpearlo, pero en vez de caer decapitado por la guja, Jonath fue engullido una vez más por una oscuridad empalagosa. Los rostros de los muertos lo rodeaban, sus risas despectivas eran un himno para los engaños retorcidos de su amo. Jonath espoleó a su corcel espectral y, mientras salía despedido de la niebla, Hecarim y los otros jinetes desaparecieron de la vista.
Ya había caído la noche cuando Jonath cabalgó por los establos en las afueras de Altofuerte. El sonido de la batalla se había detenido, y las cercanías del pueblo parecían estar en gran medida intactas. Sintió una breve oleada de alivio. Aquí encontraría soldados que pudieran pelear. El comandante Tyndarid y su guarnición vencerían a los jinetes que perseguían a Jonath... porque gracias a su apremiante arrogancia, el gobernador era un guerrero indomable.
Jonath vio caballos de guerra, algunos con la montura y la barda a medio poner, otros todavía enganchados a la barra cerca del abrevadero, muertos. El alma se le cayó a los pies.
Mientras el caballo de Jonath se adentraba en el asentamiento, el verdadero horror de la niebla negra a su alrededor se volvía evidente. Jonath giró la cabeza lentamente. Nada de esto... podía ser real. Tenía que ser producto de su turbada imaginación o de alguna magia oscura lanzada por un mago vengativo de segunda.
Sin embargo, sus ojos decían lo contrario.
En las calles, los espíritus de los aldeanos recién muertos flotaban encima de sus propios cadáveres, encogidos de miedo, gimiendo en silencio, reviviendo el instante en el que habían sido pisoteados por la Orden de Hierro. Orgullosos caballeros de la corona permanecían de pie en silencio en el mismo lugar donde habían muerto luchando. Cuando Jonath pasaba, uno a uno, los espíritus clavaban sus ojos vacíos en él. Un caballero, con la lanza de su asesino todavía clavada en su escudo hasta atravesar su cuerpo, dio un paso en dirección a Jonath, quien dejó escapar un jadeo de sorpresa cuando reconoció al comandante Tyndarid. Agitados, varios astilleros muertos se acercaron tambaleando con paso vacilante hacia Jonath. Él espoleó su caballo y se dio a la fuga. Una voz en su interior le susurró que, incluso en la muerte, ellos sabían que él no encajaba.
Invasores espectrales atravesaban la zona comercial, acorralando a los sobrevivientes y lanzando antorchas hacia los techos de las herrerías y puestos de venta. Un fuego esmeralda engullía los edificios y proyectaban una luz mortal sobre la plaza... De alguna manera, los techados de paja y la madera permanecían inalterables ante las llamas. Pero los aldeanos en su interior... Jonath apartó la vista mientras cabalgaba, obligándose a no escuchar.
En el puerto, los botes pesqueros y las barcazas de río pasaban yacían contra el muelle de piedra blanca, hundidos y en llamas. Jonath dirigió la mirada hacia la bahía y hacia las calmas aguas del mar, atraído por el sonido largo y lúgubre de un cuerno de caza. Un escuadrón de jinetes espectrales cabalgaba a través de las calmas aguas bajo la luz de la luna, bajando las lanzas a medida que se acercaban al último barco de vela que todavía estaba a flote. El ataque finalmente llegó, seguido por el choque distante de las armas y los gritos de los marineros que morían. El barco desapareció de la vista en una masa de niebla retorcida.
La totalidad de Altofuerte estaba bajo asedio... era imposible saber cuánto de Demacia había sido afectada por esta invasión.
Girando sobre sí mismo, Jonath intentó controlar su miedo y encontrar una salida. Tal vez podría acelerar su propio corcel hasta el muelle y cabalgar sobre las aguas a través de la bahía. No era capaz de dejar atrás a estos monstruos inmortales, pero tal vez podría pasar desapercibido y escapar de esta terrible pesadilla...
Jonath volvió a la realidad al escuchar el sonido de unas pisadas. Se percató de un grupo de sobrevivientes que intentaban abrirse camino entre la plaza del mercado destrozada. Eran cuatro personas. Un par de jóvenes de pelo castaño, claramente hermanos por su parecido, empuñaban cuchillas cortas, y sus ojos escudriñaban la plaza con miedo. Protegían a una anciana que seguía sus pasos, que iba vestida con el atuendo de los Iluminadores y que llevaba una maza de acero en la mano. Jonath reconoció a la corpulenta figura a la cabeza del grupo: era Adamar, el herrero. Empuñaba una espada pesada y un escudo, aún sin adornos y ennegrecido por el hollín de su forja.
''¡Jonath!'', Adamar habló por lo bajo. ''Creíamos que éramos los últimos con vida. Nos iremos lejos de aquí. Eres bienvenido si quie...''. El herrero enmudeció cuando vio el corcel de Jonath. La ira invadió su mirada, y les hizo señas a los demás para que se pusieran detrás de él, con el escudo ennegrecido en alto. ''¡Estás aliado con estos monstruos!''.
La Iluminadora anciana puso una mano sobre el hombro de Adamar. ''Mira sus ojos, Ada. Está tan asustado como nosotros. No está con ellos''. Se dirigió directamente a Jonath. ''Bájate de esa abominación, muchacho, y ven con nosotros''.
''Ojalá pudiera'', se escuchó decir Jonath. La culpa por sus acciones lo golpeaba como una ola, y sentía que su cabeza se ahogaba. Vio de nuevo el rostro de la jinete moribunda, acusándolo. ''Pero Adamar... Tiene razón. No pertenezco aquí, y no merezco su piedad. No sabe lo que hice hoy, quién soy realmente. No soy un demaciano''.
''Basta con eso. Eres Jonath de la Calle del Cordelero, no un completo desconocido. No pienses que no te he visto rezar en el altar del Protector después del atardecer. Sé que tu corazón quiere guiarte a hacer lo correcto. No puedo decirte si tendrá éxito, pero esta noche solo importa sobrevivir. No quedamos muchos aquí, y tú eres uno de los nuestros. Uno de los vivos. Ahora, bájate de esa... cosa, y vayámonos en paz''.
Jonath asió la montura, levantando la pierna para desmontar. ''Gracias, Protector, por tu piedad...''.
Espirales de niebla se formaron sobre la plaza del pueblo, y de ella brotaron jinetes espectrales. Hecarim iba primero, galopando en el aire y balanceando su guja dentada. Antes de que Jonath pudiera comprender lo que estaba viendo, la cuchilla golpeó el pecho de la Iluminadora y la partió en dos. Abruptamente, los jinetes de Hecarim atacaron a Adamar y a los dos jóvenes, antes de detenerse a medio galope. Al igual que la primera vez que Jonath los había visto, se quedaron completamente inmóviles... las lanzas tiesas levantadas, los estandartes y piñones congelados; solo el sonido de su vestimenta inerte perforaba el silencio ensordecedor.
Liderando el grupo como siempre, estaba Hecarim; sus pezuñas rasguñaban el suelo, su cuerpo animal se movía hacia adelante y hacia atrás y sus ojos brillaban con una inteligencia antigua. Gran Maestro, conquistador. Expoliador de Altofuerte. ¿Cómo podía Jonath enfrentarse al poder de este maestro de guerra infernal? ¿Alguien acaso podría?
Hecarim redujo la distancia y se acercó a Jonath hasta que quedaron uno al lado del otro. Despacio, estiró la mano hacia el freno del corcel prestado de Jonath, dejándolo inmóvil. El Gran Maestro era casi el doble de alto que Jonath.
''Te defendiste bien hoy'', dijo Hecarim, el rugido infernal y grave de su voz suavizado hasta un gruñido. Dejó vagar la vista hasta posarla en la bahía bañada por la luz de la luna detrás de Jonath. ''He visto reyes enloquecer al enfrentarse a la Niebla Negra y la angustia eterna que trae consigo. Todas las personas que conocías murieron esta noche, pero aún así tu voluntad de sobrevivir está intacta. ¿A quién más estás dispuesto a sacrificar para poder vivir? ¿Estás dispuesto a que muera tu señor feudal también?''.
El corazón de Jonath latía desbocado, y su vista se nubló cuando las inevitables lágrimas de pánico amenazaron con abrumarlo. Apenas unos instantes atrás, Hecarim había asesinado a los últimos sobrevivientes de su pueblo, y ahora conversaba con él como si estuvieran discutiendo por un duelo de práctica en los campos de entrenamiento.
''El... El rey ya está muerto. El príncipe heredero, que el Protector guíe su mano, es el siguiente en la línea de sucesión, y no hay nadie que lo merezca más. Yo... no quiero ponerlo en peligro por mi propio beneficio''.
Hecarim permaneció inmóvil por un momento, y luego soltó una ácida risa burlona. ''En la línea de sucesión, la corona no siempre va al heredero más apropiado. Y a mí no me importan los frágiles reinos de los vivos. Todos tenemos que arreglarnos con las cartas que el destino nos ha dado''.
De cerca, Jonath podía ver los incontables agujeros y rasguños en la armadura de Hecarim. Podía ver infinitos años de conflicto marcados en las placas de hierro negro que encerraban las llamas que componían su cuerpo, y comprendió una verdad fundamental sobre esta criatura... La guerra lo había creado, y estaba hecho para la guerra. Por siglos, no había tenido más opción que luchar, condenado a revivir sus peores trasgresiones. Este era su castigo por los crímenes cometidos en vida.
Y cada segundo interminable le daba placer.
Adonde sea que la niebla antinatural fuera, allí irían Hecarim y su Orden de Hierro... saqueando, asesinando y deleitándose con las atrocidades que cometían con los vivos. ¿Qué sería de Demacia si nadie detenía esta maldad? Jonath finalmente entendió algo que había desconocido toda su vida. El coraje no era una cualidad única inculcada a los demacianos verdaderos desde su nacimiento, o una medida de su valía ante el mundo. Era una cuestión de darse cuenta de lo que había que hacer y decidir hacerlo sin importar las consecuencias. Por primera vez desde el cruce, se sintió calmado. Recordó una vez más las palabras de la jinete moribunda.
Ya no quedaban soldados en Altofuerte para advertir al príncipe heredero, y pronto tal vez no quedaría ninguno en todo el reino. Clavando la mirada en el Gran Maestro, arrebató las riendas del puño blindado de Hecarim y tomó el control del corcel de guerra. Hecarim le dio el gusto; su postura cambió de la introspección a la curiosidad.
Jonath giró, ganando unos pocos pasos de distancia. ''Te vi pisotear aldeanos indefensos y deleitarte con los alaridos de los desamparados. Sé que estás atado a tus instintos más básicos para toda la eternidad, pero también sé que hay más de ti de lo que veo. Si todavía conservas una pizca de tu ser vivo, si tienes aunque sea un poco de honor, abominación, ¡me dejarás pasar!''.
Jonath se recompuso. Sabía que no llegaría hasta la Gran Ciudad, pero lo intentaría. Los músculos de su incansable montura se tensaron cuando percibieron lo que iba a pasar. Con todas sus fuerzas, Jonath espoleó el caballo, y su corcel espectral cargó hacia adelante. Por primera vez en su vida, Jonath creyó de verdad las palabras que brotaron de sus labios.
''¡Por el rey no coronado! ¡Por Demacia!''.
Hecarim sonrió con satisfacción mientras el muchacho cargaba voluntariamente contra las lanzas de la Orden de Hierro. La estupidez de la juventud lo había acompañado hasta la muerte, un defecto muy común según la experiencia de Hecarim. Pero mientras Viego perseguía su tonta obsesión a través de los mares del mundo, dejando a su paso el terror de la Niebla, Hecarim disfrutaba de los botines de guerra.
A su alrededor, y hasta donde llegaban sus ojos, sus jinetes sembraban terror y muerte. Una sonrisa de hierro fundido se extendió en su calavera ardiente.
''Si tan solo nuestras manos no estuvieran atadas por la lealtad...'', reflexionó, mientras observaba morir a la última alma viva de Altofuerte.
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