Por Jared Rosen · Historia completa
El festín del profeta
Meir sigue a una multitud de miembros de una secta desde la zona de carpas hasta un valle bajo en el límite del desierto. No está seguro de haber tomado la decisión correcta; más allá del afloramiento de rocas donde tendrá lugar el sermón de hoy, hay un... no encuentra otra palabra más que agujero para describirlo, que desciende a las profundidades de las arenas shurimanas hacia un vacío que no solo crece, sino que está vivo.
A lo largo del día, los miembros de la secta arrojan ganado al agujero. Se arrojan entre ellos al agujero. A veces, se arrojan ellos mismos.
Y, según pudo saber Meir, el agujero responde creciendo de forma constante, para que más sectarios arrojen más animales y más personas dentro de él, y así pueda seguir creciendo, y el patrón horrendo pueda repetirse una y otra vez hasta que el agujero sea tan grande para que algo enorme caiga dentro. Tal vez una ciudad.
''Como Nashramae'', susurra Meir... aunque incluso si todo el estado cayera, con sus puertos y todo, a duras penas rozaría los bordes.
Había atisbado el agujero más temprano. Es demasiado grande para ser real, y aún así...
Nadie sabe que está aquí, piensa Meir, pero es lo suficientemente inteligente como para no decir nada.
No puede arriesgarse a que esta gente se vuelva en su contra, aunque ''gente'' es una forma de decir. Algunos tienen un profundo destello lavanda detrás de sus ojos que parece extenderse por sus rostros en patrones venosos y retorcidos, y balbucean todo el tiempo sobre Icathia... o algo llamado El Vacío.
No puede volver a casa. Ni siquiera sabe si su hogar aún existe. Sin embargo, no tiene hacia dónde escapar excepto al sur, donde la tierra se torna gris y criaturas con nombres salidos de antiguos cuentos de monstruos reptan entre las rocas.
Meir tiene que seguir huyendo. Si se detiene, Noxus lo encontrará... y como atacó a un oficial, lo matarán.
''¿Viniste a ver al profeta?'', le pregunta un hombre, mientras la multitud se dirige hacia un espacio abierto parecido a un anfiteatro. Su piel se mueve repugnantemente debajo de una capa harapienta. Meir ve cómo algunos de los dientes del hombre se zarandeaban dentro de su boca.
''Sí'', responde, sabiendo que los miembros de la secta no lo dejarán pasar sin que escuche uno de sus sermones.
El hombre ríe. ''¡Eres nuevo! Nuevo en la ciudad sin nombre, como tantos otros. Algunos buscan al profeta. Algunos otros no buscan nada. Es todo lo mismo''. Se señala la cara, que brilla débilmente en el aire nocturno. ''No te preocupes, amigo mío. Pronto, muy pronto, lo entenderás. El profeta te mostrará''.
Las estrellas vespertinas, negras, profundas y de alguna manera más cerca que antes, parpadean inquietas por encima de las lámparas improvisadas de la multitud. Más allá de esta luz está el desierto. Más allá de eso, el agujero.
¿Y del otro lado del agujero? La libertad. Meir casi puede saborearla.
Shurima está rodeada desde tres flancos: al norte, Noxus se extiende a lo largo de la costa como un cáncer, reclamando para sí desde vastas ciudades-estado hasta pequeños asentamientos rurales. En la antigua capital, se dice que el antaño muerto, aunque ahora supuestamente vivo, emperador Azir se prepara para una guerra inevitable. Y al sudeste... bueno...
Este es el sudeste. Esta gente se lo está comiendo.
Tiene que haber algo más allá del agujero. Al sur de la costa gris y sin vida, en el punto más austral de la península de Icathia. ¿Un puerto de contrabandistas, o tal vez una parada de barcos pesqueros de Aguasturbias? Meir podría subirse a un bote, comenzar de nuevo en las Islas de las Serpientes, y luego...
''Deja de pensar'', lo amenaza el hombre con el rostro roto. Meir alza la vista y ve una docena de pares de ojos destrozados y brillantes que le devuelven la mirada. ''Tus pensamientos son ruidosos. Silencio''.
El hombre señala el afloramiento de rocas, ahora convertido en el púlpito de una figura esquelética.
''Malzahar ya está aquí''.
El profeta está cubierto por vendas y harapos marcados toscamente con los símbolos de la antigua Icathia. Está descalzo; tiene las manos tiesas en algún tipo de rigor mortis, como si estuviera intentando defenderse de una criatura monstruosa. Su rostro está oculto detrás de un gran pañuelo morado, y su cabeza...
Meir siente como si un taladro le estuviera perforando el cerebro. Había mirado el rostro del profeta por medio segundo y había visto dentro de su frente que algo... ¿se movía? No, no puede ser. Todo el cráneo de Malzahar estaba recubierto por una delgada membrana carnosa, con algo horrible en su interior. Una luz dentro de otra luz, que palpitaba hacia afuera. Que se extendía. Hambrienta.
''Hijos míos'', dice Malzahar, aunque su voz no se oye nada como una voz. Es una proyección dentro de los pensamientos de Meir, una extensión de la no luz del profeta que es escurridiza, reluciente y errónea.
Meir tiene que salir de aquí, pero no puede correr. Los miembros de la secta forman una masa compacta, y jamás podría rodear el gran agujero sin que lograran atraparlo y lo arrojaran en su interior.
''Esta es una noche de confesiones''.
Ahora es demasiado tarde. Malzahar se fija en Meir; Meir no está seguro cómo, pero entre la multitud de cientos de personas la mirada del profeta lo atraviesa y lo inmoviliza. Meir ni siquiera puede gemir.
''Ah, un recién llegado'', dice Malzahar. ''Que este sea tu despertar''.
Hay destellos dentro de la mente de Meir. Una figura enorme que se cierne detrás del profeta y ocupa todo el cielo nocturno. Edificios... o algo parecido a edificios, pero invertidos y torcidos, sumergidos en un océano enorme y antinatural. Miles de criaturas voraces nadan en cardúmenes tan grandes que bloquean incluso la tenue luz del no sol y crean sus propias corrientes en la no agua.
Y... un nombre...
Un nombre que baila entre los canales de su cerebro como un acróbata, elusivo pero al borde de la materialización.
''Creyentes'', continúa Malzahar. ''Siempre les dije que el final es incuestionable. El Vacío vendrá y barrerá al mundo con todas sus miserias. Y con él, a cada uno de ustedes''.
La mente de Meir está hecha pedazos. Los pensamientos van y vienen tan rápido que a duras penas puede llevar la cuenta de lo que sucede. Alas. Arañas del tamaño de lobos. Una figura que flota debajo de Shurima, un enfrentamiento. Ve a Noxus consumido por una ola imposible de criaturas, el Bastión Inmortal se resquebraja grotescamente antes de desplomarse. El hielo se rompe, y de él surgen criaturas.
Ve de nuevo a Malzahar, eclipsado por una sombra demasiado grande, ¿por qué es tan grande, por qué ella...?
¿... Ella?
''Pero a todos nos cambian nuestras experiencias, ¿verdad? Vi morir a mis padres en Amakra. Consumidos por una enfermedad. Pero no se fueron. Sus recuerdos tienen un propósito, y la huella que dejaron en mí me hizo ser quién soy, y lo que soy los hizo a ustedes''.
La figura se agranda aún más. No es física, no, pero la mente de Meir se aferra desesperadamente a lo que sea, a algo donde sujetarse y que le permita escapar del peso sofocante del profeta.
''El Vacío saboreó estos recuerdos. Y quiere más''.
Los miembros de la secta alzan los brazos al cielo, y las estrellas parpadean más cerca que nunca. Meir tiene que aguantar. La libertad está más allá del abismo, intenta pensar.
Pero las palabras se le escapan.
Ante él, ante todos los presentes, está Malzahar. No hay otra cosa.
''El Vacío adoptó una nueva forma. Una nueva... posibilidad. Una vez vi el mundo acabar en la ausencia de luz y oscuridad, en la totalidad de la nada. Y eso estaba mal. Así que hoy, a ustedes, a todos mis hijos, les confieso que... El Vacío habló. Y ahora, debajo de su mar lavanda, desea. Los desea a ustedes, a sus recuerdos, a sus experiencias, a sus existencias. Lo quiere todo''.
Meir solo empieza a correr cuando el suelo bajo sus pies comienza a ceder. La expansión repentina del abismo se traga todo a su paso... la zona de carpas, los miembros de la secta, todo, mientras Malzahar flota en el aire y observa cómo todos caen hacia la palpitante y animada nada.
''Y'', concluye el profeta, ''lo tendrá todo''.
Algunos de los miembros de la secta quedan suspendidos en el aire, y corales luminosos y sombríos brotan de su piel antes de que los engullan las ondulantes paredes del agujero. Cardúmenes rápidos de extraños peces iridiscentes despedazan a muchos otros. Algunos dejan escapar un grito antes de desaparecer por completo, como por arte de magia.
Los recuerdos de Meir, como las estrellas en el firmamento, se apagan uno a uno mientras él cae cada vez más rápido. La invasión noxiana, su mano golpeando a un oficial, su familia, sus amigos, su niñez, sus sueños. Va a la deriva debajo del mar lavanda, dejando atrás extraños edificios invertidos que emergen torpemente de la nada moteada de luz más allá del horrendo firmamento del Vacío, y ve de reojo el inminente nacimiento de algo masivo.
Mientras sus recuerdos se desvanecen, la figura parece moverse, respondiendo a su nueva fuente de sustento... Fortaleciéndose a medida que Meir, los miembros de la secta, los animales, las carpas y todo se desvanece, erradicados por completo de las apacibles costas de la realidad y reconvertidos en algo terrible y nuevo.
Un hombre que alguna vez se llamó Meir cierra los ojos, vacío de todo.
Toca el fondo del Vacío.
Y luego desaparece.
Fin de esta lectura


