Confesiones de una hoja rota — ilustración oficial de Riot

Colección de lectura · Jonia

Confesiones de una hoja rota

Disfruta las lecturas completas; aquí encontrarás también a sus personajes y las fuentes originales.

43 min de lectura 3 historias completas

Ilustración · Riot Games

La primera parte de Confesiones de una Hoja Rota abre el cómputo de Riven en Jonia. · Riot Games

Siga la cuenta de tres partes en orden. Esta ruta mantiene las divisiones originales y mantiene las historias completas aquí.

01 · Confesiones de una espada rota: Parte I

Ariel Lawrence · Historia completa

Confesiones de una espada rota: Parte I

- I -

El borde afilado del arado cortaba a través de la dura capa superior del suelo, dejando atrás la vulnerabilidad del invierno para abrir paso a los cielos primaverales. Riven caminó por el pequeño campo detrás de la herramienta impulsada por los bueyes, su atención estaba entre poder estabilizar las amplias asas y las palabras extranjeras que torpemente salían de su boca.

''Emai. Fair. Svasa. Anar''.

Cada paso inundaba el aire de un aroma arcilloso, propio de la tierra recién arada. Riven sostenía con fuerza la madera mientras caminaba. Durante los últimos días, las asas habían despertado callosidades inactivas y recuerdos fugaces.

Riven mordió su labio, intentando deshacerse del pensamiento para continuar con su labor pendiente. ''Madre. Padre. Hermana. Hermano''.

El buey desnutrido sacudió una oreja conforme jalaba y el arado levantó pequeñas rocas. Estas golpearon a Riven, pero ella no les prestó atención. Traía puesta una camisa tejida cuyas mangas, sucias por la tierra, estaban enrolladas en forma de gruesas franjas. Los pantalones, que eran del mismo material, se habían teñido del amarillo oscuro del barro. Los dobladillos ahora serían demasiado cortos para el hombre para el que habían sido hechos, pero en ella apenas rozaban sus tobillos desnudos y la parte superior de sus sencillos zapatos llenos de lodo.

''Emai. Fair. Svasa. Anar''. Riven continuó el mantra, memorizando cada palabra. ''Erzai, hijo. Dyeda...''

Sin disminuir el ritmo de su andar, con su manga retiró de su ceja un mechón de cabello empapado en sudor. Sus brazos eran musculosos y con facilidad podía sujetar el arado con una sola mano. El granjero había subido a la casa por el almuerzo y un poco de agua. El anciano le había dicho que podía parar y esperar en el umbral del bosque sombreado que rodeaba la región, pero Riven insistió en terminar.

Una brisa fresca humedeció la parte trasera de su cuello y ella miró a su alrededor. El imperio noxiano había intentado doblegar a Jonia bajo su voluntad. Como Jonia no se arrodilló, Noxus intentó destruirla. Riven continuó su andar meditativo detrás del arado. A pesar de la fuerza del imperio, la primavera llegaría a estas tierras. Había pasado más de un año desde que Noxus fue expulsado; y los matices grises y marrones de la lluvia y el barro por fin abrían paso a brotes de color verde. El aire mismo parecía contener nuevos comienzos. Esperanza. Riven suspiró mientras sus mechones de cabello rozaron su mentón.

''Dyeda. Hija'', comenzó a invocar nuevamente, decidida. Volvió a tomar las asas de madera con ambas manos. ''Emai. Fair''.

''Se dice fa-ir'', dijo una voz proveniente de las sombras del bosque.

Riven se detuvo de golpe. Las asas del arado se tambalearon en sus manos y el raquítico buey fue jalado hacia atrás por las riendas de cuero. El arado se estrelló contra un gran terrón de tierra y su borde cortante produjo un sonido metálico al colisionar contra una piedra.

La voz no le pertenecía al anciano.

Riven intentó calmar su respiración, exhalando lentamente entre sus labios. Por el momento solo escuchaba una voz, pero podrían haber más tras ella. Peleó contra los años de entrenamiento que la instaban a tomar una postura defensiva. En cambio, se quedó quieta, mirando hacia el arado y la bestia que estaban ante ella. Riven se sentía demasiado ligera. Tomó con fuerza las asas de madera. Debería haber existido a su lado un gran peso que la anclara, que la fijara al suelo. Sin embargo, apenas podía sentir el pequeño cuchillo en su costado derecho. La pequeña y corta cuchilla era muy útil para cortar manzanas frescas y vegetación, pero no para mucho más.

''La palabra es fa-ir''.

El portavoz se reveló en el borde del campo, donde las tierras de cultivo se encontraban con los tupidos pinos ámbar.

''Hay una pausa en el medio'', dijo el hombre, dando un paso hacia adelante. Retiró de su cara un salvaje mechón de cabello oscuro. Un manto tejido envolvía sus hombros. Riven notó que no cubría completamente la hombrera de metal de su hombro izquierdo, ni la espada desenvainada a su costado. Provenía de la clase guerrera, pero no servía a ninguna casa o distrito en específico. Era un trotamundos.

Universe artwork · ilustración del personaje; no representa esta escenaPublicado en Universo de Riot

Peligroso, decidió Riven.

''Fa-ir'', pronunció él nuevamente.

Riven no contestó, no por la falta de palabras sino por el acento que sabía que tendrían. Movió el arado, colocándolo entre ella y el elocuente forastero. Recogió un mechón de cabello detrás de su oreja y se agachó para examinar el filo del arado, fingiendo interés en la roca contra la que este había colisionado. Diseñado para cortar césped y arcilla, su filo sería más útil que el cuchillo que Riven traía consigo. Había observado cómo el anciano lo había fijado a la tranca de madera esa mañana, así que sabía cómo liberarlo.

''No recuerdo haberte visto en la aldea la última vez que vine, pero estuve ausente durante mucho tiempo'', dijo el hombre. Su voz proyectaba la ruda indiferencia que se obtiene durante un largo deambular por caminos.

Riven se rehusaba a llenar el silencio entre ellos. El zumbido incesante de los insectos se volvió más estruendoso.

''Me enteré de que están convocando a los magistrados para escuchar nueva evidencia del caso de la muerte del Maestro Souma'', continuó el hombre.

Riven lo ignoró y le dio una palmada al paciente animal. Sus dedos recorrieron las riendas de cuero como lo haría alguien que está familiarizado con los ornamentos de caballos y de animales de granja, ahuyentando un mosquito de los grandes y oscuros ojos del buey.

''Por otra parte, si eres nueva en la aldea, tal vez sepas muy poco del asesinato''.

Levantó la mirada al escuchar sus palabras, mirando fijamente al forastero, con la inocente bestia entre los dos. Una cicatriz recorría la curvatura de la nariz del hombre. Riven se preguntó si la persona que había dejado esa marca seguiría con vida. En la mirada del forastero había temple, pero debajo de este, curiosidad. Riven sintió el suelo estremecerse debajo de las suelas de sus delgados zapatos de cuero. Había un sonido similar al de los truenos, pero el cielo estaba despejado.

''Alguien viene'', dijo el hombre sonriendo.

Riven miró sobre su hombro hacia la colina que llevaba a la granja del anciano. Seis jinetes armados llegaron a la cima e hicieron una formación en el pequeño campo escardado.

''Ahí está'', dijo uno de ellos. Su acento era tosco y Riven tuvo dificultad para analizar los matices del lenguaje que había estado intentando aprender.

''Pero... ¿Está sola?'', preguntó otro de los hombres, mirando de reojo por las sombras de los árboles.

Una rápida brisa envolvió al arado y a Riven, deslizándose de vuelta hacia las sombras del bosque. Riven miró hacia donde había estado el forastero, pero se había ido, y los jinetes que se aproximaban le dejaban poco tiempo para cuestionamientos.

''Tal vez viste un fantasma'', dijo el líder, riéndose de su hombre. ''Alguien a quien eliminó intentando vengarse''.

Los jinetes pusieron a sus caballos a trote, rodeando a Riven y aplastando las zanjas uniformes que había arado esa mañana. El líder llevaba un paquete rígido envuelto en tela en la parte trasera de su montura. Los ojos de Riven siguieron a ese caballo conforme los demás se movían a su alrededor; sus cascos compactaban de nuevo la tierra suelta, transformándola en arcilla fría y dura.

La mujer miró una última vez el filo del arado. Dos de los jinetes traían consigo ballestas. La derribarían mucho antes de siquiera alcanzar a uno de ellos. Sus dedos ansiaban tocar el arma potencial, pero su mente les imploraba mantenerse inmóviles.

Riven · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

Sus músculos se tensaron rápidamente. Su cuerpo, que había sido entrenado durante mucho tiempo para pelear, no cedería tan fácil ante la calma. Un ensordecedor torrente de sangre comenzó a palpitar en sus oídos. Morirás, rugía, pero ellos también.

Los dedos de Riven se estiraron para alcanzar el filo del arado.

''¡Déjenla en paz!''. La voz de la esposa del granjero era sonora a fuerza de gritarles a las vacas descarriadas, así que se dejó escuchar por todo el campo, interrumpiendo el impulso autodestructivo de Riven. ''Asa, apresúrate. Debes hacer algo''.

Cuando el granjero y su esposa bordearon la montaña, los jinetes cesaron de rodear en círculos a Riven. Riven mordió con fuerza el interior de su mejilla. El dolor agudo la hacía enfocase, sofocando la necesidad de pelear. No derramaría sangre jonia en su campo.

''Les dije que se quedaran en casa hasta que hubiéramos terminado'', les dijo el líder.

El anciano, Asa, se abrió paso cojeando por la tierra irregular. ''Ella no ha hecho nada malo. Fui yo quien lo trajo'', dijo el hombre mientras señalaba el paquete envuelto. ''Yo me hago responsable''.

''Maestro Konte. O-pa'', dijo el líder. Una sonrisa condescendiente emergió de las comisuras de sus delgados labios. ''Sabes qué es ella. Ha hecho demasiado daño. Si por mí fuera, la eliminaría ahora mismo'', miró a Riven y arrugó la nariz en señal de disgusto. ''Por desgracia, anciano, podrás contar tu versión en la audiencia''.

Mientras el líder hablaba, los pies de Riven se hundieron en la tierra húmeda, que la sujetó por un momento. La sensación de sentirse inmersa y atrapada la abrumaba. Su pulso se aceleró y el sudor frío se deslizó entre sus hombros mientras forcejeaba para liberarse. Su mente estaba envuelta por un tiempo distinto, por un campo diferente. Allí, los caballos resoplaban y sus cascos pisoteaban el barro empapado de sangre.

Riven cerró los ojos antes de que más terribles recuerdos la enterraran. Inhaló profundamente. Una lluvia primaveral inunda este suelo, no la muerte, se dijo a sí misma. Cuando abra mis ojos, solo estarán los vivos.

Cuando abrió los ojos, la tierra era un campo recién trabajado, y no una tumba abierta. El líder de los jinetes desmontó y se acercó a ella. En sus manos sostenía un par de grilletes, espirales de metal jonio mucho más hermosos que cualquier cosa con que pudieran encadenar a los criminales en su tierra natal.

''No puedes escapar de tu pasado, cerda noxiana'', dijo el líder con un dejo de victoria silenciosa.

Riven dirigió la mirada del filo del arado a la pareja de ancianos. Las líneas de sus rostros cargaban ya con mucho dolor. Ella no les causaría más. No podía hacerlo. Riven intentó aferrarse a esa imagen: los dos reclinándose, uno hacia el otro, sujetándose mutuamente. Era un momento de frágil rebeldía, antes de que supieran que algo les sería arrebatado. Cuando el anciano limpió con su manga su mejilla húmeda, ella miró hacia otro lado.

Riven entregó sus muñecas al líder de los jinetes. Se encontró con su sonrisa arrogante y su fría mirada, y dejó que el acero se cerrara sobre su piel.

''No te preocupes, dyeda'', dijo la esposa del granjero. Riven podía distinguir un aire de tensa esperanza en su voz. Era mucha, demasiada esperanza. El viento se llevó las palabras y el aroma de la tierra recién trabajada, sin reparar en que se llevaran a Riven, cada vez más lejos. ''Dyeda'', susurró. ''Les diremos quién eres''.

''Dyeda'', Riven respondió con un susurro. ''Hija''.

Universe artwork · ilustración del personaje; no representa esta escenaPublicado en Universo de Riot

Durante los dos días siguientes a que la chica se entregara, Shava Konte no pudo hacer mucho, salvo ayudar a su esposo a reparar lentamente los surcos pisoteados y a labrar el campo. Era una tarea más sencilla gracias al trabajo de la chica; no obstante, si sus hijos aún vivieran, sería una tarea que ni ella ni Asa tendrían que hacer jamás.

En la fría mañana del tribunal, la pareja de ancianos sabía que les tomaría más tiempo a sus viejos huesos recorrer el lago camino hacia el centro, por lo que salieron antes del amanecer para llegar a la sala del consejo de la aldea.

''Ellos saben que es noxiana''.

''Te preocupas demasiado'', dijo Shava, chasqueando la lengua por si acaso. Al percatarse de que su tono de voz era más apto para calmar a los pollos que a su marido, le sonrió de forma esperanzadora.

''Noxiana. Es lo único que necesitan para declararla culpable''. Asa ahogó su pensamiento en el manto de lana que envolvía su cuello.

Shava, quien había pasado una gran parte de su vida persuadiendo a los tercos animales hacia el establo del carnicero, se detuvo en seco y se dio la vuelta para encarar a su esposo.

''Ellos no la conocen como nosotros'', dijo, clavando uno de sus dedos en el pecho de Asa, exasperada y desesperada. ''Es por eso que tienes que hablar a su favor, viejo sinvergüenza''.

Asa conocía a su esposa, por lo que sabía que ningún argumento adicional la haría cambiar de parecer. Así que asintió gentilmente. Shava se aclaró la garganta en señal de desaprobación y volvió a emprender el camino, marchando en silencio hacia el centro de la aldea. La sala del consejo estaba llenándose. Al ver a la multitud, se apresuró hacia los espacios estrechos entre las bancas de la sala, para encontrar un asiento tan cercano al frente como le fuera posible... y bruscamente se tropezó sobre la pierna de un hombre que dormía.

Mientras que la mujer solo profirió un débil aullido al caer, el hombre que dormía dejó escapar un gemido. Como un relámpago, su mano se impulsó hacia delante y, con una fuerza de acero, agarró a la mujer del brazo antes de que cayera contra el suelo de piedra.

''Fíjese donde pisa, O-ma'', dijo el forastero respetuosamente. El alcohol se notaba en su aliento, pero no arrastraba ninguna palabra. Retiró su mano en cuanto la anciana se puso de pie.

La anciana miró por encima del hombro a su inesperado salvador, estrechando los ojos. Bajo su escrutinio, el hombre se adentró en las sombras del manto que cubría sus hombros y rostro; la marca de una cicatriz que atravesaba su nariz desapareció en la oscuridad.

''La sala del consejo no es lugar para recuperarse de una noche de juerga, joven''. Shava acomodó su atuendo, con un evidente desdén en la punta de su mentón. ''La vida de una mujer se decidirá hoy. Márchate antes de que te pidan reconocer tus malas acciones ante los magistrados''.

''Shava''. El anciano había llegado hasta su esposa y colocó una mano sobre su hombro. ''Debes mantener tu temperamento bajo control si queremos ser de ayuda el día de hoy. Él no quiso hacerte daño. Déjalo en paz''.

El forastero encapuchado levantó dos dedos como súplica de paz, pero mantuvo su rostro oculto. ''Vas directo el corazón del asunto, O-ma'', dijo con un dejo de humor en su voz.

Shava siguió avanzando, portando su indignación como un regalo delicado. El anciano inclinó su cabeza al pasar.

''No la juzgues por la primera impresión, chico. Está preocupada por la posibilidad de que un alma inocente sea declarada culpable antes de que se conozca la verdad''.

El hombre encapuchado gruñó como señal de aprobación mientras el anciano avanzaba. ''En eso coincidimos, O-pa''.

Yasuo · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

El anciano le devolvió la mirada al escuchar las extrañas y susurradas palabras. El asiento estaba vacío, excepto por una tenue brisa que agitó las vestiduras de una pareja que se encontraba cerca, enfrascada en una conversación. El forastero encapuchado se había alejado a las sombras de la sala de consejo.




Shava eligió un sitio para sentarse, delante de la multitud reunida. Los espirales de la banca de madera debían ser cómodos; los habían forjado tejedores de madera para promover el equilibrio y las discusiones armónicas del deber civil, pero la anciana no lograba encontrar una posición cómoda. Miró a su esposo, sentado pacientemente en un banco chirriante, esperando a ser llamado. A un lado de Asa, un alguacil se puso de pie y se limpió los dientes con un trocito de madera. La anciana reconoció al alguacil de nombre Melker, el líder de los jinetes que habían ido por Riven. Lo fulminó con la mirada, pero Melker no se dio cuenta. Él miraba las puertas que se encontraban en la parte trasera de la sala. Cuando se abrieron y cerraron detrás de tres figuras en túnicas oscuras, se incorporó rápidamente, apartando el pedacito de madera de su boca.

Los magistrados, con las suaves y largas túnicas cayendo detrás de ellos conforme tomaban su lugar en la mesa principal, observaron a la multitud que se encontraba en el recinto. El barullo que resonaba en la sala se transformó en un gran silencio. Una de los tres, una mujer alta y delgada con una nariz semejante a la de un halcón, se puso de pie con solemnidad.
''Este tribunal fue llamado para escuchar nuevas declaraciones sobre la muerte del Maestro Souma''.

Un zumbido de murmullos, como cientos de langostas, comenzó a crecer entre la gran multitud. Algunos habían escuchado sobre la nueva evidencia de la que hablaba la jueza, pero la mayoría se había reunido por el rumor de que había un noxiano entre ellos. No obstante, los rumores no cambiaban lo que ellos sabían: la muerte del Maestro Souma no era ningún misterio. La técnica del viento, la magia que recorrió su sala de meditación, era evidencia suficiente. Solo una persona, además del mismo Maestro Souma, podría haber ejecutado tal maniobra.

Una herida, que apenas cicatrizaba, se abrió. El hervidero de gente se fusionó en un momento de dolor colectivo. Si el maestro no hubiera caído, se gritaban entre ellos, la aldea no habría sufrido esas enormes bajas. Poco después del asesinato, la mitad del batallón noxiano había asesinado a muchos en su camino a Navori. Muchos hijos e hijas habían muerto en el enfrentamiento, un enfrentamiento que se hundió en angustia y desequilibrio por la muerte de Souma. Aún peor, la aldea había culpado a uno de los suyos.

Entre el murmullo, se distinguió una voz clara.

''Ya sabemos quién asesinó al Maestro Souma'', dijo Shava, hablando entre sus curtidos labios. ''Fue ese traidor, Yasuo''.

La multitud asintió y voces de consenso se escucharon en la muchedumbre.

''¿Quién conocía la técnica del viento del Maestro Souma? ¡Yasuo!'', añadió Shava. ''Y ahora, Yone no ha regresado de la búsqueda de su hermano imperdonable. Seguramente, ese cobarde también es responsable de eso''.

El barullo en la multitud volvió a crecer, esta vez pidiendo la cabeza de Yasuo. Shava se sentó con mayor tranquilidad en la banca, satisfecha de que la interrogante de la culpa se hubiera redirigido hacia la persona indicada.

La jueza de nariz de halcón provenía de una reconocida familia de tejedores de madera, aclamados por ser capaces de enderezar y desenredar los peores nudos. Levantó una esfera perfecta de madera de castaño y la golpeó con fuerza contra un soporte negro azabache. El fuerte sonido hizo callar a la multitud y el orden regresó a la sala.

''Esta corte está en búsqueda del conocimiento y esclarecimiento de los hechos de la muerte del Maestro Souma'', dijo la jueza. ''¿Desea interponerse en el camino del esclarecimiento, señora...?''.

La anciana miró a su esposo y sintió cómo subía el calor a sus mejillas. ''Konte. Shava Konte'', dijo con menos valentía. Bajó su cabeza. El anciano en el banco la observó y secó el brillo de sudor de su calva cabeza.

''Como decía, estamos aquí para escuchar nuevas evidencias''. La jueza halcón observó la muchedumbre en busca de cualquier nudo necio y asintió hacia el alguacil Melker. ''Háganla pasar''.


- Su historia continúa mañana. -

Fin de esta lectura

02 · Confesiones de una espada rota: Parte 2

Ariel Lawrence · Historia completa

Confesiones de una espada rota: Parte 2

- II -

El cielo nublado se había despejado desde la entrada de los magistrados. Cuando las enormes puertas al fondo de la sala se abrieron nuevamente, Riven vio cómo el recinto repleto de aldeanos se había dividido por un rayo deslumbrante de luz de día. Caminó por el umbral de la sala, su movimiento empujaba el aire inmóvil del recinto como si se liberara una respiración contenida.

Las puertas se cerraron tras ella. Dos sacerdotes guerreros la escoltaron por el largo pasillo que dividía al gentío. Una vez más, la sala de consejo se iluminó con el turbio resplandor de los tragaluces enroscados y las linternas cilíndricas que colgaban del techo esculpido. Observó cómo Shava Konte tragó saliva bruscamente cuando pasó junto a ella.

Sabía lo que habían visto. A una mujer, con el cabello blanco enmarañado con paja por haber dormido en una celda de piedra. A una extraña. A una enemiga. A una hija de Noxus.

La fatiga envolvía los huesos de Riven, tal como lo hacía el lodo de la granja que aún ensuciaba su ropa. Su alma se sentía rígida y deforme, pero cuando Riven vio al anciano sentado en el banco, enderezó un poco su postura.

Vio a los tres jueces sentados en el estrado, frente a ella. El más severo, sentado en el medio, le indicó que tomara asiento en lugar de permanecer de pie encadenada.

Riven rechazó la silla de madera, tallada con magia. Reconoció al alguacil como el jinete líder que había estado en el campo de los ancianos. Sus delgados labios se fruncieron, formando la misma sonrisa arrogante.

''Como prefieras, tú te lo haces más difícil''.

El alguacil se sentó en la silla con un aire de satisfacción. El juez del centro amonestó al alguacil con la mirada y después se dirigió a Riven.

''Sé que no eres de este lugar. Aquí, el dialecto es complicado. Hablaré la lengua común para que podamos entendernos mejor''.

Como la mayoría de los noxianos, Riven había aprendido lo suficiente de la lengua común de Jonia para dar órdenes, pero, como la tierra misma, el acento de cada aldea tenía una personalidad única, nutrido por sus habitantes. Ella asintió hacia el juez y aguardó.

''¿Cómo te llamas?''.

''Riven'', contestó. Su voz estaba ronca, ahogada en su garganta.

''Tráiganle agua''.

El alguacil se puso de pie, tomó un poco de agua y se la entregó. Riven miró el recipiente, pero no lo tomó.

''Solo es agua, niña'', dijo el juez que estaba sentado a un lado del juez del centro, y se inclinó sobre la mesa. ''¿Qué? ¿Temes que te envenenemos?''.

Riven negó con la cabeza, rechazando el ofrecimiento. Aclaró su garganta, determinada a hablar sin mayor asistencia. El alguacil frunció los labios y bebió un gran trago, el agua escurría por las comisuras de su boca. Mostró sus dientes en una mueca de desprecio hacia ella.

''Has sido convocada ante este consejo'', interrumpió la jueza, recuperando la atención de Riven hacia las tres figuras en túnicas y a la multitud reunida en el recinto. ''Porque deseamos saber lo que tengas que decir''.

''¿No estoy siendo sentenciada?''.

La jueza ocultó su sorpresa.

''No tengo claro cómo se ejecuta la justicia en el lugar del que provienes, pero aquí creemos que la justicia se cumple primero mediante la comprensión y el esclarecimiento''. La jueza se dirigió a Riven como si fuera tan solo una niña. ''Creemos que tienes conocimiento sobre un suceso que es de vital importancia para esta comunidad. Si ese conocimiento revela un crimen, entonces podrías ser sentenciada y castigada en consecuencia''.

Riven dirigió su mirada desde la jueza hasta Asa, y de regreso. La justicia en Noxus solía decidirse en combate. Si uno tenía suerte, se definía con celeridad y con la afilada punta de un arma. Riven miró a la jueza con recelo. ''¿Qué es lo que desean saber?''.

La jueza se inclinó hacia atrás. ''¿De dónde eres, Riven?''.

''No tengo un lugar de origen''.

La mirada entrecerrada de la jueza le indicó que sus palabras habían sido tomadas como un desafío. La magistrada con rostro de halcón hizo una pausa, controlando su respuesta. ''Debes haber nacido en algún lugar''.

''En una granja en Trevale''. Riven miró al anciano. ''Noxus'', admitió.

La sala de consejo, que había permanecido en un silencio sepulcral para escuchar a la prisionera, inhaló colectivamente.

''Ya veo'', continuó la jueza. ''Y a ese lugar ya no lo llamas hogar''.

''Cuando tu hogar trata de matarte, ¿es aún tu hogar?''.

''¿Entonces fuiste desterrada''.

''Eso implicaría que deseo regresar'', dijo Riven.

''¿Y no es así?''.

''Noxus ya no es lo que alguna vez fue''. La impaciencia aumentó en la voz de Riven. ''¿Podemos proseguir?''.

''Que así sea'', dijo la jueza con tal calma que irritó a Riven aún más que los grilletes en sus muñecas. ''Tú viniste con la flota noxiana, ¿cierto?''.

''Eso supongo''.

''¿No lo sabes?'', la jueza parecía confundida.

''No lo recuerdo'', dijo Riven. Se volvió a la multitud por un instante, tratando de cruzar miradas de reojo con Shava. La anciana le había preguntado algo similar. Riven negó con la cabeza. ''¿Acaso importa? Hubo una batalla. Muchos murieron. Eso es todo lo que sé''.

El doloroso recuerdo de la guerra que latía entre la multitud revivió en las palabras de Riven. Se empujaron entre sí, sus hombros chocando unos con otros y gritando mientras trataban de ponerse todos de pie al mismo tiempo.

Alguien arremetió contra ella. ''¡Basura noxiana! ¡Mi hijo murió por tu culpa!''.

Un mohoso canistel voló por los aires y golpeó el cuello de Riven. El jugo fermentado y su pulpa resbalaron por la parte de atrás de su camisa. El olor a podrido impregnó el ambiente, pero Riven no permitiría que el aroma de la muerte la transportara a ese lejano momento. Cerró los ojos y dejó que su respiración saliera de entre sus labios partidos.

Con eso, la multitud estalló. Riven sabía cómo se interpretaba eso: que no sintió nada por lo que le había sucedido a esta gente. ''Por favor'', murmuró para sí, sin saber si estaba implorando que se detuvieran, o si los estaba alentando para que dejaran salir su rabia apenas contenida.

A cambio, más frutas podridas explotaron contra el suelo de piedra. Una de ellas golpeó a Riven en la corva. Se tambaleó y batalló por no perder el equilibrio con sus manos atadas.

La jueza se levantó y dejó ver su tamaño real, sobresaliendo entre los aldeanos sentados y Riven. Su túnica de magistrada resplandeció al azotar la esfera de castaño contra su base. Las bancas de madera debajo de la multitud se torcieron, gimieron y flexionaron según la voluntad de la magistrada.

Confesiones de una espada rota: Parte 2 · ilustración de la publicación originalRiot Games

''¡Exijo orden en la sala!''.

Los aldeanos regañados guardaron silencio.

''Sí, Riven, el consejo recuerda aquel tiempo'', continuó la jueza con más recato. ''Muchos jonios... y noxianos... fallecieron. ¿Y tú?''.

Esa era una pregunta que acechaba a Riven. ¿Por qué ella había sido perdonada, cuando otros no? No podía ofrecer una respuesta satisfactoria. ''Parece ser que no'', dijo en voz baja.

''Sin duda''. La jueza sonrió con frialdad.

Riven sabía que ninguna palabra que saliera de su boca podría tranquilizar a la multitud desconsolada. Les debía la verdad, pero ni siquiera eso le pertenecía. Sus recuerdos de esa época estaban rotos. Inclinó su cabeza.

''No lo recuerdo'', dijo Riven.

La jueza no detuvo el interrogatorio. Riven supo en ese momento que detenerlo solo daría paso a más interrupciones por la rabia que hervía en el recinto.

''¿Cuánto tiempo has estado en estas tierras?''.

''No lo recuerdo''.

''¿Cómo llegaste a esta aldea?''.

''No lo recuerdo''.

''¿Has estado aquí antes?''.

''Yo...'', Riven dudó, pero no podía recordar el momento que le proporcionaría una respuesta concisa. ''No puedo recordarlo''.

''¿Conociste al Maestro Souma?''.

El nombre despertó algo dentro de ella. El recuerdo de un recuerdo, confuso y nítido al mismo tiempo, la atravesó. El enojo inundaba el lugar vacío donde alguna vez vivió su pasado. Había sido traicionada. Ella había traicionado.

''¡No puedo recordarlo!'', gritó Riven con frustración, los grilletes en sus muñecas se sacudieron.

''La guerra acaba con muchas cosas'', dijo la jueza, intentando calmar las cosas. ''Algunas no las podemos ver''.

Bajo esta aclaración, perdió un poco de fuerza la pelea de Riven. ''No puedo recordarlo'', dijo, más tranquila que antes.

La jueza asintió. ''Hay otras personas que tal vez puedan decir lo que tú no logras recordar''.


Riven miró al anciano desplazarse lentamente al banco de los testigos dispuesto frente a los jueces. Los dedos del anciano temblaron al acomodar algunos vellos descarriados de sus pobladas cejas.

''Asa Konte'', dijo la jueza pacientemente. ''O-pa, gracias por compartir su conocimiento con nosotros el día de hoy''.

El anciano asintió.

''¿Conoce a esta mujer a la que llaman Riven?'', preguntó la jueza.

''Sí'', contestó el anciano. ''Acudió a nosotros al inicio de la temporada de lluvias pasada''.

''¿A nosotros?''.

''A mí y a mi esposa, Shava''.

La jueza levantó la mirada hacia la señora Konte, quien se encontraba incómoda en la banca, al frente de la sala. La jueza señaló a Riven.

''¿Ella acudió a ustedes?''.

''Bueno, la encontré en nuestro campo'', dijo el anciano con timidez. ''Un becerro se había escapado durante la noche. Al amanecer, fui a buscarlo. En su lugar, la encontré a ella''.

Murmullos de sorpresa y desconcierto surgieron una vez más de la muchedumbre.

''¡Espía!''.

''¡Vendrán más!''.

''¡Debemos protegernos!''.

La jueza colocó una mano en la pesada esfera de madera frente a ella. El recinto guardó silencio. ''¿Qué quería ella, Maestro Konte?''.

El anciano tocó de nuevo sus cejas y observó a Riven. Su mirada suplicaba ser perdonado.

''Quería morir, magistrada'', dijo suavemente.

La jueza se inclinó hacia delante.

''La temporada de lluvias estaba comenzando'', continuó Asa. ''Estaba empapada, era un saco de huesos febriles, unidos solo por lodo y necios músculos noxianos''.

''¿Sabía que era noxiana?''.

''Traía consigo un arma, un cuchillo, y la funda estaba grabada con las marcas de la lengua de su padre. Ningún jonio portaría un arma así''.

Vetas y cicatrices follows Riven’s life in Jonia after her break with the Noxian army.Riot Games

La jueza frunció los labios. ''Maestro Konte, ¿perdió a algún ser querido durante la invasión?''.

''Sí, magistrada'', contestó el anciano. Observó a su esposa. ''Dos hijos''.

''¿Qué hizo con la mujer?''.

El anciano inhaló profundamente.

''La llevé a casa con Shava'', dijo.

Los murmullos en el recinto se avivaron nuevamente, cuestionando la indulgencia del hombre por acoger a un enemigo que había sido tan despiadado. Los rostros dentro de la sala reflejaban las historias de sus pérdidas. Nadie en su comunidad había salido ileso del conflicto. El anciano levantó la cabeza y giró hacia la multitud, desafiando la dureza en sus corazones.

''Mis hijos... Mis chicos... El cielo limpió sus huesos hace ya mucho tiempo. ¿Acaso a quienes perdimos les gustaría que nos enterráramos de dolor a su lado?''.

Riven miró cómo el anciano y su esposa compartían una mirada cómplice. Los ojos de Shava estaban llenos de lágrimas.

''No estábamos listos para dejarlos ir, pero...''. La voz del hombre se quebró. ''Pero no nos hace ningún bien quedarnos en el pasado cuando aún hay vida por delante''.

Shava se mordió el labio inferior y se enderezó, desafiando a aquellos que, sentados cerca de ella, se atrevieran a juzgar la decisión que habían tomado. Asa evitó las miradas de la multitud. Se sentó en dirección a la magistrada; el banco crujía debajo de él.

''Fueron tantas las muertes que no podía soportar la idea de una más'', explicó. ''La aseamos y le ofrecimos lo que teníamos en señal de paz''.

La jueza asintió sin demostrar emoción alguna. Riven observó cómo la jueza analizó los pantalones y la camisa de Riven, mentalmente desenrollando las mangas y dobladillos. Sabía lo que la jueza se imaginaba porque ella misma lo había pensado muchas veces desde que la anciana le había ofrecido las prendas. Eran propias de un hombre joven, más alto que ella por una cabeza... Tal vez era un hombre con la sonrisa de Shava o la bondadosa mirada de Asa.

Para Riven, ese era un constante recordatorio de su propia debilidad. Había pasado tantos años viviendo (o muriendo) por la fuerza de Noxus, y Riven había aceptado su frágil oferta de esperanza, había permitido que la vistieran y había querido formar parte de lo que pudo haber sido una familia.

''Cuando recobró fuerzas, ella quiso trabajar en el campo'', siguió hablando el hombre. ''Mi esposa y yo somos viejos. Aceptamos la ayuda''.

''¿Usted y su esposa no temieron por sus vidas?''.

''La chica no quiere tener nada que ver con Noxus. Odia a Noxus''.

''¿Eso les dijo?''.

''No'', contestó el hombre. ''No dijo nada sobre su pasado. Shava le preguntó alguna vez y ella no contestó. Vimos que eso la lastimaba, así que no volvimos a preguntar''.

''Si no dijo nada, entonces, ¿cómo infiere sus sentimientos acerca de su lugar de origen?''.

El Maestro Konte secó sus viejos ojos. Riven vio su rostro afligido, como si no le correspondiera a él contestar. Habló con rapidez, con una abrupta conciencia de la audiencia que lo rodeaba.

''Por los sueños febriles, magistrada'', dijo. ''La noche que llegó a nosotros. Algo que le pertenecía, algo que le era de suma importancia, se había roto. Por eso, ella gritaba en contra de Noxus''.

''¿Sabe a lo que se refería?''.

''Eso creo, magistrada''. El anciano asintió lentamente. ''La empuñadura de su arma estaba unida a la funda. Hace cuatro días, la vi deshacer los cordones. Vi que la espada estaba rota''.

Riven pensó que solo la había visto el gato gordo en el establo.
Algunos comentarios despectivos sobre la calidad de las armas noxianas se esparcieron como apretones de manos entre la multitud.

''¿Y qué fue lo que hizo con ese conocimiento, Maestro Konte?''.

''Llevé la espada al templo''.

La jueza ladeó su cabeza hacia un costado, su nariz rapaz apuntaba hacia el anciano. ''¿Con qué fin?''.

''Esperaba que los sacerdotes fueran capaces de enmendarla. Si la espada estaba completa, tal vez se liberaría de algunos de los fantasmas que la atormentan''. A pesar de que la multitud estalló contra él, el anciano miró a Riven y a las cadenas que ataban sus manos. ''Tal vez conseguiría un poco de paz en el presente''.

''Gracias, Maestro Konte, por compartir su conocimiento con el consejo'', dijo la jueza, mirando fríamente a la congregación para exigir silencio. ''Su declaración ha terminado''.

Miró el pergamino desenrollado y luego de vuelta al alguacil.

''Traigan el arma''.


Riven miró cómo dos sacerdotes del templo cargaban una gran bandeja de madera, envuelta con tela lavanda, colocada con delicadeza sobre la mesa frente a los jueces del consejo. Un sacerdote guerrero dio un paso hacia adelante, su alto rango era evidente por los estriados pliegues de su hombrera de madera y de su coraza.

''Enséñanos'', dijo la jueza.

El sacerdote guerrero retiró la tela lavanda, revelando un arma y una funda, ambas aún de mayor tamaño que un escudo oblongo. La funda estaba grabada por los fuertes golpes de los noxianos con ángulos y cortes difíciles en contraste evidente con la escritura fluida de Jonia. Pero fue la espada la que captó el interés de los jueces. Una espada tan pesada y gruesa que parecía capaz de romper el brazo bien entrenado de un sacerdote del templo al levantarla, por no hablar de la delgada muñeca de la chica encadenada frente a ellos. De hecho, cuando Riven vio el arma por primera vez, pensó exactamente lo mismo.

Ahora, en vez de una espada sólida, el arma estaba fracturada en piezas enfurecidas, como si garras monstruosas hubieran arañado y atravesado la carne metálica. Las cinco piezas más grandes habrían sido letales por sí mismas, pero al estar dispuestas en tela jonia, igual de rotas, eran aterradoras.

La jueza miró a Riven. ''Esta arma te pertenece''.

Riven asintió con la cabeza.

''Supongo que, al estar dividida en tantos fragmentos, es un poco difícil blandirla'', se dijo la jueza a sí misma.

Surgieron risitas de la multitud.

El sacerdote guerrero intervino, incómodo. ''Esta espada está hechizada, magistrada. Los noxianos pusieron magia dentro de la espada''. Se escuchaba un gran disgusto en su voz.

Riven no sabía si la jueza estaba escuchando al sacerdote, pues solo asentía, distraída. Su mirada analizaba el arma, hasta llegar al lugar que Riven sabía que encontraría: el espacio vacío que tanto se había esforzado en llenar. La nariz de halcón de la jueza se frunció.

The final part of Confesiones de una hoja rota brings Riven’s reckoning in Jonia to its conclusion.Riot Games

''Le falta una pieza''.


Un joven adepto del templo se aceró nerviosamente ante la sala de consejo.

''Adepto, ¿es esta el arma que el Maestro Konte presentó al templo?'', preguntó la jueza principal.

''Sí, magistrada''.

''¿Fuiste tú quien alertó a esta corte?''.

''Sí, magistrada''.

''¿Cómo sabías que esta arma sería de nuestro interés?''.

Riven observó cómo el adepto se limpiaba las manos en las largas mangas de su túnica. Estaba pálido, al borde del desmayo, o de vomitar en el suelo de piedra.

''¿Adepto?'', insistió la jueza.

''Soy un lavador de huesos, magistrada''. Las palabras salieron del joven. Sus manos colgaban como cera de velas derretida. ''De los maestros. Una vez que sus cuerpos son abandonados, yo los tomo y los preparo''.

''Estoy familiarizada con las labores de un lavador de huesos, adepto. ¿Por qué esta arma te concierne?''.

''La espada es la misma''.

Un momento de confusión pasó por el rostro de la jueza. El mismo aturdimiento invadió a la muchedumbre, pasando de persona en persona, con miradas de perplejidad. Sin embargo, Riven sintió una oleada de inquietud reptar sobre su piel.

''Me refiero a que cuando preparé los huesos del Maestro Souma, después de su tiempo, para el templo''. La explicación irregular del adepto provocaba que muchos empezaran a perderse. En vez de continuar, sacó de un pliegue de su túnica una pequeña bolsa de seda y comenzó a deshacer los apretados nudos con sus largos dedos. Sacó de la bolsa un fragmento de metal y lo levantó. ''Este metal, magistrada. Es el mismo de la espada rota''.

El adepto abandonó su lugar y se acercó a la jueza. Ella tomó el fragmento de la mano estirada del hombre y lo giró entre sus dedos. Incluso a la distancia, el metal parecía similar al de la espada rota.

Riven se atragantó con su propia respiración. Ahí estaba la pieza de su pasado que había buscado y que había perdido la esperanza de encontrar jamás. Ahora, todo estaba a punto de tomar forma, iluminando un rincón oscuro y olvidado de su mente. La culpa que Riven tenía y que enterró profundamente comenzó a salir a la luz. Riven se armó de valor sabiendo lo que ocurriría.

''¿Dónde encontraste esto?'', preguntó la jueza.

El adepto aclaró su garganta. ''En los huesos del cuello del Maestro Souma''.

La sala del consejo se quedó sin aliento.

''¿Y no lo trajiste antes?''. Los ojos de la jueza se entrecerraron al concentrarse en su objetivo.

''Lo hice'', dijo el adepto, intentando desesperadamente mirar hacia cualquier dirección que no fuera el sacerdote guerrero que se paró junto a la espada rota de Riven. ''Pero mi maestro dijo que no era nada''.

La jueza no tuvo ningún problema en mirar fijamente al sacerdote guerrero.

''Acércate'', le ordenó. Le dio el fragmento de metal mutilado al sacerdote guerrero. ''Colócalo con el resto''.

El sacerdote guerrero miró al adepto, pero acató las órdenes que recibió. Se acercó a la espada de Riven y, en el último momento, se dirigió a la jueza. ''Magistrada, hay magia oscura en esta arma. No sabemos qué revelará este fragmento''.

''Procede''. Las palabras de la jueza no dejaban lugar a discusión.

El sacerdote guerrero dio de nuevo la vuelta. Todos los ojos de la sala del consejo vieron cuando tomó el fragmento de metal golpeado y lo colocó muy cerca de la punta de la espada rota.

El arma no reaccionó.

La jueza dejó escapar un pequeño suspiro. Sin embargo, Riven no apartaba la vista del anciano y de su esposa. Sabía que su esperanza solo duraría un momento más. Había sido débil al aceptarla, al creer que había algo en este mundo para alguien tan roto como ella. Su alivio ante su fugaz inocencia fue lo más doloroso de todo. Dolía porque Riven supo en ese momento que la buena concepción que tenían sobre ella era una mentira. La verdad sobre su pasado era más filosa y más dolorosa que cualquier cuchilla.

Riven escuchó a la espada zumbar. ''Por favor'', dijo. Forcejeó para ser escuchada entre el revuelo del recinto. Forcejeó contra sus ataduras. ''Por favor, deben escuchar''.

La vibración incrementó. Además de escucharse, podía sentirse. Los aldeanos entraron en pánico, empujándose y arremetiendo contra los demás. La jueza se puso de pie rápidamente, sus brazos se estiraron hacia la mesa de madera en la que estaba la espada rota. El borde de la mesa comenzó a crecer y a enroscarse, de la madera brotaron nuevas extremidades verdes sobre el arma, pero Riven sabía que esa magia no sería suficiente.

''¡Al suelo, todos!''. Gritó Riven, pero el sonido de la espada era más estruendoso que su voz, que todas las voces, conforme el arma alcanzaba un punto álgido.

Después, en un instante, el poder explotó en una descarga de energía rúnica y madera fragmentada. Una ráfaga de viento derribó al suelo a todos los que estaban de pie.

Desde el suelo, los rostros de la multitud se enfocaron en Riven.

Los labios de ella estaban fríos y sus mejillas sonrojadas. Los fantasmas de su mente, todos los recuerdos que había enterrado, estaban llenos de vida y aparecían uno a uno ante ella. Eran granjeros jonios, hijos e hijas, la gente de esta aldea que no se arrodillaba ante Noxus. La estaban mirando. Acechándola. Conocían su culpa. Ellos también eran sus guerreros, sus hermanos y hermanas de armas. Se habrían sacrificado por voluntad propia por la gloria del imperio, pero ella les falló. Los había guiado bajo el estandarte de Noxus, un estandarte que les había prometido un hogar y un propósito. Al final, fueron traicionados y abandonados. Todos ellos eliminados por el enfermo veneno de la guerra.

Ahora, estos fantasmas estaban de pie entre los vivos, y los espectadores del recinto habían sido derribados por el poder de la espada. Los aldeanos lentamente se pusieron de pie, aunque Riven seguía en aquel valle de hace tanto tiempo. No podía respirar. La muerte sofocaba su nariz y garganta.
No, esto no es real, se dijo a sí misma. Miró a Asa y a Shava, y ellos la miraron también. Dos sombras se pararon cerca de ellos. Una, con los ojos del anciano y otra, con la boca de Shava. La pareja de ancianos se sujetaron entre sí, se estabilizaron y se pusieron de pie, ajenos al pasado mortífero que los rodeaba.

''Dyeda'', dijo la anciana.

Ante eso, Riven no podía contener más su culpa y vergüenza.

''Yo lo hice''. Las palabras salieron de la boca de Riven con un enorme vacío. Aceptaría su destino a manos de esas personas. Dejaría que la juzgaran y respondería por sus crímenes.

''Yo asesiné a su Maestro'', les dijo, sin aliento. Su áspera confesión llenó el recinto. ''Los asesiné a todos''.


- Su historia continúa mañana. -

Fin de esta lectura

03 · Confesiones de una espada rota: Parte 3

Ariel Lawrence · Historia completa

Confesiones de una espada rota: Parte 3

- III -


La sala de consejo que había permanecido quieta como una tumba volvió a la vida. Los sacerdotes guerreros armados, atraídos por la conmoción, atravesaron las puertas, empujando a los aldeanos que solo trataban de escapar de la peligrosa magia que se había conjurado sobre ellos.

La juez con nariz de halcón encontró su base y azotó su esfera de madera contra la mesa.

''En esta sala se reestablecerá el orden'', exigió.

Una vez más, el recinto guardó silencio. Se enderezaron las bancas volteadas. La multitud tomó asiento. El forastero encapuchado rascó su nariz marcada y avanzó para examinar la nueva quemadura a la altura del pecho, que ennegrecía los muros de la sala de consejo. Un sacerdote guerrero se acercó tímidamente al arma mágica.

Entre las patas rotas de la mesa estaba la espada y su funda. Un brillo verdusco de energía centelleaba alrededor de las piezas rotas. El sacerdote guerrero se inclinó y tomó la empuñadura, usó sus dos manos al sentir el verdadero peso de la espada. A pesar de la fractura, el arma mantenía su forma.

''¡Aparta esa cosa embrujada!'', gritó alguien entre la multitud. El sacerdote deslizó el arma de vuelta en su funda una vez que más sacerdotes se acercaron para removerla.

''Yo lo asesiné'', repitió Riven. La voz era y no era la suya. Era el pasado hablando a través de ella. Miró los rostros de la sala. Con la memoria restaurada, una vez más estaba despierta en una esquina oscura de su historia.

''Riven'', dijo la jueza.

La atención de Riven pasó de la espada a la jueza.

''¿Te das cuenta de lo que estás confesando?'', le preguntó.

Riven asintió.

''¿Por qué lo hiciste?''.

''No lo recuerdo''. Sus palabras eran lo único que tenía para dar. Como sus manos estaban atadas, Riven no podía limpiarse las lágrimas silenciosas que corrían por su mandíbula.

La jueza la miró profusamente, esperando a que se revelara algo más, pero al ver que no sería así, llamó al alguacil.

''Riven, permanecerás encadenada en esta sala hasta el amanecer, para que así todos los que necesiten hablar contigo para hacer las paces puedan hacerlo antes de que seas sentenciada''.

Riven miró las cadenas de su muñeca.

''Los otros magistrados y yo consultaremos los pergaminos y a los maestros para encontrar un castigo apropiado para tu crimen''.

Los aldeanos se fueron en silencio. Los últimos en irse fueron la pareja de ancianos. Riven se dio cuenta de esto porque escuchó a Shava susurrarle, con su voz campirana, al viejo, aunque la emoción tornó difusas las palabras. Cuando escuchó que sus ancianos pies habían atravesado el umbral, Riven alzó la mirada. El recinto se vació de los vivos; los únicos que quedaban eran los fantasmas de su pasado.


El aire de la medianoche era frío y claro. La luna llena sostenía un helado anillo en lo alto del oscuro cielo. La luz se filtró a través de las puertas aún abiertas de la sala, pero no logró alcanzar las sombras que mantenían a Riven al fondo del recinto. Nadie de la multitud entró durante el día para hacer las paces. Los sacerdotes guerreros se habían llevado la espada, pero en realidad era la marca puntiaguda de madera quemada que rodeaba el salón la que mantenía a los aldeanos alejados de la sala de consejo. Algunos habían ido a la puerta abierta, otros llevaron más fruta podrida, pero finalmente Riven se quedó sola con sus pensamientos. Por fin el sueño había llegado, pero era ligero e intermitente, el sueño de alguien que sabía que la madrugada venidera podría ser la última. Cuando escuchó unos pasos acercándose en las horas oscuras previas al amanecer, se despertó al instante.

Riven abrió los ojos.

''O-pa'', dijo. ''¿Qué estás haciendo aquí?''.

El anciano se agachó junto a ella y desenrolló un trapo lleno de herramientas. Riven se percató de que esos instrumentos de metal eran los mismos que él usaba para arreglar la larga cuchilla del arado.

''¿Qué parece que estoy haciendo, niña?''. La silueta de la luna profundizaba el borde arrugado de su cara, pero la oscuridad de las sombras presentes en el lugar en el que los dos estaban sentados no lo tocó de la manera en que Riven hubiera pensado.

''Eres terca en tu deseo por morir'', la reprendió. ''Así no encontrarás el equilibrio''.

Se puso a trabajar en los grilletes de las muñecas y tobillos de Riven. Contrario a lo que su mente le decía, Riven no lo apartó ni le dijo que se fuera a casa. Su corazón egoísta no se lo permitía. Si el anciano era la última persona con la que se sentaría en su vida, Riven quería prolongar ese momento todo lo que fuera posible. Estuvo sentada así por unos minutos, hasta que escuchó pasos sobre la grava, afuera de la sala. Riven miró a Asa. Él sonreía, agitaba las esposas abiertas ante sus ojos como si fueran un juguete infantil.

''O-pa. Rápido. Debes esconderte. Alguien viene''. El tono de voz de Riven fue repentino y afilado, y no dejó ningún espacio para discusiones. El anciano se arrastró a una esquina oscura para esperar en las sombras. Riven inclinó su cabeza de nuevo, en la practicada postura del dormir. Dejó que su cabello cubriera su rostro, pero mantuvo los ojos abiertos.

Un fuerte viento sopló a través de los árboles y se enroscó en los postes de las grandes puertas de la sala. Ahí, enmarcado por un rayo de luna, el contorno de un hombre se detuvo en el umbral.


El forastero retiró el manto de su rostro y lo dejó caer sobre sus hombros, lo que reveló claramente su espada y su espaldera de metal. Como los otros, se detuvo en la puerta. Pero, a diferencia de los aldeanos, entró. Sus pies no emitían sonido alguno contra el suelo de piedra. Cuando estuvo a una espada de distancia de Riven, se detuvo.

Tomó de su espalda una funda de cuero con una tosca escritura rúnica grabada en ella. La lanzó estrepitosamente a los pies de Riven.

''¿Qué pesa más, Riven?'', le preguntó. ''¿Tu espada o tu pasado?''.

Era evidente que el forastero sabía que Riven no estaba durmiendo, por lo que ella no siguió pretendiéndolo. Lo miró. A pesar de que su cara se reducía a una sombra gris, podía vislumbrarse la cicatriz en su nariz.

''¿Quién eres?'', preguntó ella.

''Otra espada rota'', contestó. ''Estás lista para admitir la culpa. Es por ello que te admiro''.

Riven vio cómo un dejo de emoción atravesaba su rostro.

''Hay más sobre la historia de tu espada'', continuó. ''¿Deseas saber la verdad de lo que sucedió?''.

''Yo lo maté. Él murió por mi culpa. Todos murieron por mi culpa'', replicó Riven. No estaba segura de poder cargar con más pena.

''Levanta tu arma''.

Riven se sentó. Podía escuchar el suave lamento de frustración del hombre.

''Levántate y enfrenta a tu pasado'', dijo el hombre. Su voz no dejó ni un espacio para discutir.

Una ráfaga de viento comenzó a intensificarse, arremolinándose en la habitación, derribando las bancas y empujando a Riven sobre sus pies. El instinto y la memoria muscular guiaron el brazo de la joven. Cuando Riven encaró al forastero, la espada envainada estaba en su mano.

''Yo le pedí que la destruyera'', dijo ella.

''¿En serio?'', la voz del hombre tenía un tono burlón.

La pregunta del forastero fue cortante y llegó hasta lo más profundo de los recuerdos de Riven. Se estremeció por una visión que no lograba recordar por completo. El Maestro Souma había hablado con una voz muy calmada. El aire en la sala de meditación era denso por los pensamientos y por el aroma del incienso. El Maestro Souma no la había juzgado, ni a su carga.

Riven miraba al forastero ante ella. Sentía una enorme angustia en su corazón que inundaba todo su cuerpo hasta que llegó a sus manos. Tensó sus dedos alrededor de la empuñadura y sacó la espada rúnica de su funda.

''¿Qué haces aquí?'', preguntó Riven.

La espada rota emanaba poder. La luz cegadora proyectaba sus sombras en los muros.

''Escuché que querías morir''. El forastero sonrió.

Los fantasmas que la atormentaban habían regresado por completo y Riven los golpeó salvajemente. La espada del hombre bloqueó la tristeza y la furia. Eso la enardeció y la devolvió al presente. Bailaron en círculos. El aire zumbaba y crujía con cada ataque y bloqueo.

''Vine por el asesino de mi maestro''. Respiraba agitado a través de sus apretados dientes. ''Vine a matarte''.

Riven se rio, con lágrimas en los ojos. ''Entonces, hazlo''.

El guerrero de viento bajó su espada y comenzó a manipular el propio aire que los envolvía. La magia llegaba a puntos álgidos y el hombre concentraba toda la energía en la espada rúnica. Los hechizos noxianos dentro del arma vibraron, los fragmentos rotos se separaron por un instante y liberaron el trozo del extremo.

La energía colapsó y el trozo se desprendió, dirigiéndose hacia el rincón sombrío donde estaba Asa. El pequeño fragmento de muerte estaba a punto de enterrarse en la garganta del anciano. El recuerdo del incienso inundó la nariz de Riven y se encontró de vuelta en la sala de meditación del Maestro Souma.

''¡No!'', gritó ella. Riven dejó caer su espada, incapaz de impedir lo que ya había ocurrido.

Justo cuando la esquirla estaba por enterrarse en la piel desgastada del anciano, se detuvo, y permaneció en su lugar por una corriente de aire. El hombre con la cicatriz en la nariz dejó escapar un suspiro de tensión y el pequeño fragmento de la espada rota de Riven cayó sin causar daño en el suelo de piedra.

''Tiene suerte de que su respiración sea tan fuerte, Maestro Konte'', dijo el forastero, casi sin aliento en sus palabras.

Riven corrió hacia el anciano y lo abrazó. Miró sobre su hombro hacia el forastero. Una brisa aún agitaba su cabello cuando se limpió una gota de sudor con la parte trasera de su mano libre.

''Eso es verdad''. El forastero se unió a ellos y tomó la esquirla de la espada. Riven observó cómo parte de su enojo se convirtió en comprensión. ''Tú mataste al Maestro Souma, pero no lo asesinaste''.

''Lo siento. Lo siento mucho''. Estaba viviendo el momento que tanto había buscado. Habló rápida y abruptamente. Estaba temblando y se aferraba al anciano.

''Vine a él. Le rogué...''. Riven forcejeó para pronunciar cada palabra mientras las emociones la abrumaban. ''Le rogué que me ayudara. A romper esto. A romperme''.

''El Maestro Souma intentó destruir tu espada'', dijo el hombre de la cicatriz. Su voz se volvió más gruesa. ''Pero no podemos destruir nuestro pasado, Riven''.

Riven sabía lo que era enfrentarse a recuerdos que no podían regresar a la vida, pero que tampoco permanecerían muertos. Pudo ver que el forastero traía sus propios fantasmas. Los torbellinos de aire cesaron a su alrededor mientras suspiraba con pesar.

''El Maestro Souma era mi responsabilidad. Si hubiera estado ahí... esa noche... podría haberlo protegido. No era tu intención matarlo''. Riven observó, sabiendo que ambos eran guerreros, cómo el hombre alojó nuevamente la carga de sus propios demonios invisibles sobre sus hombros. La miró fijamente. ''Al final, yo tengo la culpa de su muerte''.

''¿Yasuo?''. El anciano miró más de cerca al hombre y agitó su nudoso dedo. ''Has demostrado un gran honor al admitir la verdad sobre este acontecimiento''.

''Mi honor se desvaneció hace mucho tiempo, O-pa''. Riven vio en Yasuo su propia resistencia ante una oferta de esperanza y de redención. El hombre con el cabello salvaje negó con la cabeza ante el indulto del anciano. ''Un error al que le han seguido muchos desde entonces. Ese es mi castigo''.

La declaración fue interrumpida por el desplazamiento de la grava. Una mujer con nariz de halcón entró a la sala del consejo. Caminó cuidadosamente por el recinto, inspeccionando el daño de la pelea entre los dos guerreros rotos. Un tintineo metálico acompañaba sus pasos. La jueza bajó el ritmo cuando se aceró a Riven y al anciano. Riven reconoció un lazo de cuero que colgaba con las llaves de sus grilletes. Cuando la magistrada estuvo de cara a cara con el forastero, se detuvo.

''Asumir la responsabilidad es el primer paso de la expiación, Yasuo'', dijo con calma.

''¿Y el segundo?''. Había un dejo de desesperación en las palabras de Yasuo.

Mantuvo la mirada a la magistrada. El recinto permaneció inmóvil, conteniendo la respiración.

La silenciosa voz de la jueza era estruendosa en la sala del consejo vacía. ''Perdonarte a ti mismo''.

Riven miró al guerrero más de cerca. Él no podía pronunciar las palabras que lo liberarían de su dolor. Riven había querido morir durante mucho tiempo, pero ahora, viendo a Yasuo en su propia lucha interna, sabía que lo más difícil que podría hacer era vivir, y hacerlo a sabiendas de lo que había hecho. Yasuo la miró. ¿Se quedaría y enfrentaría su pasado?

El hombre que cargaba el peso del viento se dio la vuelta y se alejó de la sala del consejo, perdiéndose en la noche. Riven se aferró con fuerza a las manos desgastadas del anciano.


El amanecer era un poco frío, pero había una capa gruesa en el manto de las nubes que sugería que el día se tornaría cálido y húmedo. Cuando el sacerdote guerrero y la jueza con rostro de halcón fueron por Riven, con la cinta de cuero en mano, la jueza levantó una de sus estilizadas cejas ante la ordenada pila de cadenas en el suelo. Riven se puso de pie y salió de la sala para hacer frente a su futuro.

Los otros magistrados habían reunido a los aldeanos que esperaban en la plaza, afuera del recinto. Riven supuso que ninguno de ellos deseaba estar confinado con ella ni con su espada rúnica. Una fría brisa agitó las trenzas del cabello de la jueza.

''Tras examinar la evidencia y consultar con los maestros, la mujer noxiana responderá por sus crímenes'', comenzó la jueza.

A Riven le irritó la inclusión de su tierra de origen. Vio cómo Shava y Asa se sujetaban entre sí.

''Aunque es fácil de ejecutar, una sentencia de muerte no mantiene al mundo en equilibrio'', continuó la magistrada. ''Sirve muy poco para reparar la destrucción que provoca un crimen en una comunidad''.

La gente de la aldea asintió en un solemne consenso. Riven analizó sus rostros y notó un patrón de todos los que faltaban: padres y madres para los jóvenes, hijos e hijas para los mayores.

''En cambio, este consejo busca una sentencia más severa y duradera'', prosiguió la jueza. ''Nos aseguraremos de que Riven, la exiliada, enmiende lo que ha roto''.

La jueza dirigió su nariz de halcón hacia Riven.

''El castigo será una ardua labor'', anunció la jueza. ''Comenzando por los campos del maestro y la señora Konte''.

Un murmullo surgió de la multitud.

''Esta corte también se encargará de que Riven repare la sala del consejo. Y de todos aquellos cuyos hogares y familias sufrieron durante la invasión noxiana''.

La jueza miró a Riven, expectante. ''¿Acatarás esta decisión?''.

Todos los ojos estaban sobre Riven. Un nuevo sentimiento inundó su garganta. Miró a su alrededor. Los fantasmas que llevaba no desaparecieron con la declaración. Riven vio cómo se mezclaban libremente entre los vivos. Eso la sorprendió. Aceptó las visiones. Les demostraría que era digna del regalo que le habían ofrecido.

''Sí''. Apenas reconoció su propia voz, repuesta.

La pareja de ancianos avanzó, abrazando a Riven. Riven se abandonó en sus brazos, abrazándolos como ellos la abrazaron.

''Dyeda'', murmuró Shava entre los mechones de cabello blanco de Riven.

''Hija'', le susurró de vuelta.

Fin de esta lectura

Sus vidas tienen su propia historia

Personajes de esta historia

Las publicaciones originales

Fuentes y lecturas relacionadas

Las historias de Riot completas conservan su autor original y el texto. The Rune narrativas se acreditan por separado; orden de colección es una opción de lectura.

  1. Confesiones de una espada rota: Parte I ↗
  2. Confesiones de una espada rota: Parte 2 ↗
  3. Confesiones de una espada rota: Parte 3 ↗
  4. Vetas y cicatrices ↗

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