Como pastorear un gato — ilustración oficial de Riot

Una historia de Runaterra

Como pastorear un gato

Por Dana Luery Shaw

34 min de lectura Relato

Ilustración · Riot Games

Como pastorear un gato · ilustración de la publicación original · Riot Games

Por Dana Luery Shaw · Historia completa

Como pastorear un gato

''Por fin, les demostraré a todos de lo que realmente soy capaz''.

El profesor encendió el primer interruptor. Una luz centelleante destelló en el laboratorio y lo iluminó todo: las herramientas mecánicas desperdigadas aleatoriamente por el suelo, las notas y planos dibujados a mano pegados en las paredes sucias y una fina capa de cabellos blancos por todos lados. El brillo dejó ver su sonrisa pícara antes de perderse en la oscuridad.

''Me llamaron loco. ¡Loco!''.

Se detuvo. Bueno... Ahora que lo pienso, no creo haber oído la palabra ''loco''. Pero sí que oí ''fastidioso''. ''Fracasado'', ''decepcionante'', ''nunca tendrás titularidad fija''.

Ah, sí, fue eso.

''¡Dijeron que nunca tendría titularidad! ¡Titularidad!'', gritó en la penumbra. ''¡Que mis inventos no eran más que pisapapeles caros! Pues... ¡se acabó!''.

Quiso encender el segundo interruptor, pero se atoró un poco. Tal vez se quedó pegado desde aquella vez en que Mauczka le tiró el café encima. Luego de tres intentos más, aquel interruptor también cedió ante su poder, impresionante y terrible. Un zumbido grave reverberó por todo el laboratorio.

''Durante mucho tiempo, mis supuestos colegas del Departamento de Ingeniería de la Universidad de Piltóver me han faltado al respeto, han desmerecido mis ambiciones y me han negado los fondos necesarios para mi trabajo. ¿Acaso saben lo difícil que es subir los escalones de la vida académica sin el apoyo de una familia rica o un mecenas adinerado? ¡Claro que no! Si lo supieran, reconocerían la desventaja que tuve que superar para subir de rango como... ¡como la crema sobre la leche!''.

Tras pronunciar esas palabras, se oyó una vibración alegre desde el otro lado de la habitación, pero la atención del profesor estaba enfocada en encender el tercer interruptor. El zumbido se volvió más fuerte y las luces comenzaron a parpadear. Un tenue resplandor azul emanaba de la otra pared.

Era la máquina. El preciado tesoro del profesor. La obra por la que sería recordado para siempre. Por fin estaba lista, después de todos estos años de experimentación, de fracaso, de arrancarse los últimos cabellos, de volver a empezar desde cero, una y otra vez. Lista para probarse.

Con los tres interruptores encendidos, la máquina ya podía iniciar la segunda fase. El profesor caminó con calma hacia ella, saboreando la sensación de superioridad que...

Un momento. ¿Dónde estaba Mauczka? Se supone que debía estar sujetada a su silla.

''Ay, por... ¿Mauczka? ¡Mauczka!''. Se tiró al suelo para buscarla debajo de su mesa de trabajo. En ese momento, oyó un leve miau que provenía de abajo de la cama, ubicada en la pared más lejana. Suspiró y echó un vistazo allí debajo. Allí estaba Mauczka, una gatita blanca y la compañera más fiel del profesor, acurrucada a la distancia justa para que él tuviera que meter la mitad del cuerpo debajo de la cama para alcanzarla.

Mauczka le hacía compañía mientras él trabajaba en aquel minúsculo laboratorio, que también era su departamento sin un lugar apropiado para una habitación. Cuando necesitaba quejarse de las tonterías que hacían o decían sus colegas, ella siempre lo escuchaba y asentía con la cabeza o respondía con maullidos comprensivos. Lo único que le pedía a cambio era que la alimentara a tiempo. Cuando él se olvidaba, ella se lo recordaba con llanto apasionado. Si la dejaba llorar por mucho tiempo, los vecinos solían golpearle la puerta o enviarle mensajes de enojo por tubo neumático.

''Mauczka'', dijo el profesor, con un tono que se enternecía mientras intentaba colocarla de nuevo en el arnés. ¿Siempre fue así de inquieta? ''Mauczka, necesito que te quedes aquí. ¿Qué tal un bocadillo?''.

Mauczka observaba con atención mientras el profesor metía la mano al bolsillo y le ofrecía un trozo del pastel que había guardado para más tarde. La gata lo miró con cautela hasta que le quitó el pedazo de las manos y lo tiró al piso, algo que hacía siempre antes de empezar a comer. Poco después, se dejó atar al arnés e hizo puchero cuando le volvió a colocar el brillante casco metálico en la cabeza.

Del otro lado de la máquina, el profesor se ataba a un arnés similar con entusiasmo y se colocaba su propio casco de metal, cubierto de artefactos cristalinos. Había pasado casi una década investigándolos meticulosamente, buscando por todo el mundo aquellos artefactos con la resonancia de frecuencia correcta, y luego experimentando con ellos hasta que descifró la combinación justa de sus poderes e intensidades.

Pudo haber terminado en tres años, si la decana le hubiera otorgado la financiación apropiada. Por supuesto que el proceso podría haberse acelerado con la utilización de la volátil tecnología de Zaun, pero esto era inconcebible en la universidad.

El profesor volvió su atención a los cascos metálicos. Varios artefactos se iluminaron; otros, hicieron bip. ''Llegó el momento. ¡Cuando active esta palanca, probaré que la mente y el cuerpo son independientes!'', anunció mientras gesticulaba hacia la palanca grande de la máquina, a modo de práctica para su presentación ante la decana Svopalit. ''¡Que el cerebro no hace más que almacenar la mente! Que la mente... puede cambiar de cuerpo con facilidad, sin pérdida de la identidad. Y todo el mundo verá lo equivocados que estaban sobre mí'', agregó con un murmullo.

Sí. En cuanto activara esa palanca, nadie volvería a olvidarse de incluirlo en las comunicaciones interdepartamentales. Nadie volvería a burlarse de sus experimentos fallidos, o negarle la titularidad de las buenas clases, o ignorarlo con pretextos durante seis meses en lugar de dejarle argumentar por qué se merecía más subsidios.

Por fin, el profesor Andrej von Yipp obtendría el respeto que se merecía.

Con un rápido latido del corazón, activó la palanca. Sintió que una descarga le recorrió todo el cuerpo y que los ojos se le ponían en blanco. El llanto de Mauczka resonó en sus oídos...

... y luego parpadeó, para ajustarse a un nuevo brillo.

¿En qué momento encendí las luces?

Se preguntaba si habría perdido la conciencia. Se preguntaba cuánto tiempo habría pasado. Se... Ay, no. ¿Qué era ese olor tan desagradable?

La nariz de von Yipp tuvo tres sobresaltos y luego estornudó. Pero no sonó normal. No solo fue el estornudo más ruidoso que había oído jamás, sino que fue indudablemente... adorable.

Fue un estornudo pequeño y tierno.

Von Yipp se miró las manos... no, las patas... las patas de Mauczka...

''¡Lo logré!'', intentó decir, pero le salió como un ronroneo de satisfacción. ¡Ajá! Solo puedo hacer sonidos de gato. Tocándose la cara peludita con sus nuevas patas, von Yipp se rio (en realidad, chirrió) con asombro. ''Logré intercambiar cuerpos con...''.

De pronto reconoció el hedor que había olido antes: humo. Nada bien. De hecho, muy mal. Se quitó el casco metálico de la cabeza y vio que muchos de los artefactos estaban comenzando a fracturarse, derretirse o chisporrotear entre el vapor. La mitad de ellos eran piezas únicas que no podrían recrearse ni reemplazarse.

''Oh, cielos'', intentó gritar von Yipp, y en su lugar produjo un maullido sin sentido. ''¡Debemos volver a la normalidad antes de que los artefactos se arruinen!''. Volvió a colocarse el casco en la cabeza, estiró la pata hacia la palanca (instalada muy inteligentemente a una altura razonable para un humano que habita el cuerpo de un gato) e intentó bajarla.

Pero no podía.

Von Yipp se estiró lo que más pudo según su experiencia en un cuerpo humano, y luego un poco más. Se liberó del arnés y puso todo su peso sobre la palanca. Pero era metálica y resbaladiza, y no había manera de sostenerla sin que se le saliera el casco.

''¡Caray!'', aulló. ''¡Qué fácil sería operar esto con un par de pulgares!''.

En ese instante, recordó que su cuerpo humano aún tenía pulgares. Solo que él no estaba usándolo en ese momento. Pero había alguien que sí. Y ella podría usar esos pulgares para activar la palanca y revertirlo todo antes de que fuera demasiado tarde.

''¡Mauczka!'', dijo con un alarido, con la esperanza de llamar su atención. No podía verla desde el otro lado de la máquina. ''¿Mauczka? ¿Me entiendes?''.

La única respuesta fue un grito. Von Yipp volvió a quitarse el casco de la cabeza y corrió hasta el frente de la máquina. Allí, vio su cuerpo humano inclinándose hacia delante, presionando contra el arnés, con una expresión de pánico en la cara.

''¡Necesito salir!'', gritó Mauczka con la voz de von Yipp, gotas de sudor chorreaban por su cabeza casi calva. ''¡No quiero estar aquí dentro!''.

Mientras la observaba, von Yipp pensaba: Ya se familiarizó con el idioma humano. Qué extraño. ''¡Puedes presionar el botón del centro del arnés para liberarte!'', le maulló, con la esperanza de que lo comprendiera.

Mauczka bajó la mirada y estudió el arnés, confundida. Intentó acercar la cabeza al botón como para morderlo, pero no podría lograrlo con el cuerpo relativamente inflexible de von Yipp. ''¡Hazlo tú!'', rogó.

Ah, qué bien, pensó von Yipp mientras saltaba sobre su regazo para presionar el botón. Al menos puede comprenderme. El arnés dejó libre a Mauczka al instante. Se inclinó hacia delante e intentó valerse de las manos y los pies humanos, pero cayó de manera poco elegante y quedó rendida en el suelo, de piernas y brazos abiertos.

''¡Necesito tu ayuda con esta palanca!'', le gimió von Yipp mientras volvía corriendo al lado gatuno de la máquina.

''No, me quedaré por aquí''.

''¿Qué?'', bufó von Yipp. Volteó la cabeza y vio a Mauczka tendida en el suelo, despreocupada.

''No quiero levantarme''.

''¡Vamos! ¡Debes hacerlo!'', le respondió von Yipp. Pero en ese momento sintió un goteo desde arriba y...

Ay, no. El catalizador taumatúrgico se había derretido por completo. Bajó la mirada y en el suelo se encontró con fragmentos de otros dos artefactos que se habían desintegrado. Aunque Mauczka tirara de la palanca en tiempo récord, sería demasiado tarde.

Von Yipp se sentó en el suelo junto a la máquina. Estoy... Estoy atrapado en este cuerpo felino. Desalentado, von Yipp miró a Mauczka, que intentaba meterse bajo la cama, sin éxito. Y Mauczka..., advirtió horrorizado, está atrapada en el mío.

Lo inundó una ola de ansiedad catastrófica, que culminó en unos espasmos causados por la desagradable bola de pelos que escupió. Todos descubrirían que von Yipp, después de todo el alarde sobre el invento que cambiaría el rumbo de la historia, se convirtió en un gato. Qué tonto, dirían. Jamás podría superar la humillación. Ni hablar de la titularidad; sus colegas lo echarían del Departamento de Ingeniería a carcajadas. No tendría dinero ni manera de ganarlo. Perdería su hogar y viviría como un gato callejero, obligado a aprender a cazar ratas en las profundidades de Zaun...

No había escapatoria.

Fue durante esta ominosa epifanía que Mauczka gritó lo más fuerte que pudo.

Von Yipp entró en pánico. ¿Le había pasado algo a su cuerpo? ¿Perdería un brazo? ¿Una pierna? ¿Un ojo? ¿Quedaría algo a lo que pudiera regresar algún día? Corrió hacia Mauczka y le saltó al pecho. ''¡¿Qué?! ¿Qué sucede con mi cuerpo? ¿Qué le has hecho?''.

Mauczka dejó de gritar. Miró fijamente a von Yipp y protestó: ''¡HAMBRE!''.

''¿Hambre?''. No sabía si relajarse o enojarse. ''¡¿Estás gritando porque tienes hambre?! ¡Ese cuerpo no tenía hambre la última vez que lo habité!''.

''¡ME ESTOY CONSUMIENDO!'', gimió Mauczka. ''¡SOY PIEL Y HUESO! ¡ESTOY DESNUTRIDA! ¡A PUNTO DE MORIR!''.

''Shhh, shhh, cálmate''. El laboratorio de von Yipp era parte del alojamiento universitario, y era medianoche. Prácticamente podía oír a sus vecinos caminando enfurecidos hacia su puerta para decirle que se callara. ''¡No puedes alimentarte solo gritando!''.

''Sí que puedo'', dijo Mauczka, y su voz regresó a un tono quejumbroso. Ugh, ¿siempre me oí así? ''Ya me ha funcionado antes. ¿Por qué no funcionaría ahora?''.

''¡Porque suelo ser yo quien te alimenta! Pero en este momento no puedo hacerlo, así que, por favor, Mauczka, no...''.

''¡MURIENDO! ¡INANICIÓN! ¡NO COMÍ UN SOLO BOCADO EN TODA MI VIDA!''.

Von Yipp intentó pensar en algo, pero no era tarea fácil en esta pequeña habitación con una gigante gritando a su lado. Él había pensado que su estornudo había sido ruidoso, pero esto era insoportable. A decir verdad, todos sus sentidos habían cambiado. Podía ver mucho mejor en esta penumbra que antes, los bigotes registraban el movimiento de cada partícula de polvo, su olfato atravesaba los olores del sudor y del aceite para percibir algo grasoso y horneado y...

''¡Mauczka! ¡Tu bolsillo! ¡Revisa tu bolsillo derecho!''.

Mauczka metió la mano en el bolsillo de la bata de laboratorio de von Yipp. Parecía que no sabía usar sus nuevos dedos, que mantenía juntos mientras hurgaba; debía estar confundida por la falta de garras. Pero consiguió sacar el pastelito y lo olfateó con delicadeza. ''¿Qué es esto?''.

''¿Qué...? ¡Ya comiste un trozo!''.

''Huele diferente'', declaró antes de encoger los hombros y tirar el pastelito al suelo. Le pareció perturbador ver su propio cuerpo comer desde el suelo, devorando esa masa como si fuera carne de rata. Y él sabía con exactitud lo desagradable que era ese piso.

Ese era el meollo del asunto: Mauczka, en el cuerpo de von Yipp, seguía comportándose como un felino. Esto confirma mi teoría de la mente, consideró, aunque me gustaría poder disfrutarlo más. No, lo que en realidad necesitaba von Yipp era enfocarse en idear un plan.

Tenía una reunión con la decana en dos días. Debería presentarse ante ella, lo más normal posible, e intentar convencerla de darle más dinero. Von Yipp sabía que no había manera de reparar la máquina dentro del tiempo de vida restante de este cuerpo gatuno, por lo que tendría que presentar otro proyecto. Algo nuevo. Algo que justificara la transformación y la hiciera parecer deliberada, que demostrara su genio de manera única y creativa.

Sería desafiante, pero no imposible. Solo necesitaba ayudar a Mauczka a actuar como humano durante la reunión y que la decana Svopalit estuviera de buen humor. ¡Con algo de suerte, estaría listo para asombrar a sus colegas para el fin del semestre!

Von Yipp observó a Mauczka, que intentaba enterrar el resto del pastel en el frío cemento. ''Ay, Mauczka'', se lamentó. ''¿Te gustó el pastelito?''.

Ella se tumbó y se estiró panza arriba. Tomaré eso como un sí, pensó von Yipp y sonrió. Bueno, en términos gatunos fue lo más cercano a una sonrisa. En realidad, fue más como una señal de agresión. Como lo opuesto a una sonrisa.

''Sé dónde puedes encontrar más'', ronroneó. ''Pero tendrás que hacerme caso. Y no como la última vez que intenté enseñarte a usar el baño. Tendrás que hacerme caso de verdad''.

Fue en ese momento que advirtió que debería enseñarle a Mauczka a usar el baño. Pero dejó esa cuestión para otro momento.

''¿Crees que puedas hacerlo?''. Esperó una respuesta. ''¿Mauczka?''.

Nada. Y luego, oyó el sonido de una inhalación profunda.

''¡TODAVÍA TENGO HAMBRE!''.




La Universidad de Piltóver era uno de los lugares menos pacíficos para educarse. La razón era el prestigioso Departamento de Ingeniería: explosiones por doquier, incendios que consumen la mitad del departamento de danza, y estudiantes y profesores que embisten sus inventos contra todos los edificios del campus. La universidad no era una torre de marfil, sino un caótico patio de juegos para personas con talento e inteligencia. Eso fue lo que más atractivo le había resultado a von Yipp, primero como estudiante y luego como profesor.

Aun así, existían ciertas expectativas de decoro. Por ejemplo, había una regla implícita de que la cantidad de daños materiales causados por un profesor debía ser proporcional a la importancia de su invento. Pero la regla más conocida era que no se permitían animales dentro del campus. La decana Svopalit, que tenía una influencia considerable, había insistido en esta regla.

El plan posterior al desastre maquínico del profesor von Yipp para arreglarlo todo requería que Mauczka lo llevara oculto debajo de un abrigo largo, pero no tenía ninguno, ni mucho menos tenía el tiempo para explicarle el complejo funcionamiento del comercio. Además, ninguno de sus suéteres era lo suficientemente grande como para ocultar a un gato adulto.

¿Y dejar a Mauczka andar por ahí en el cuerpo de von Yipp, sola? De ninguna manera. Si no podía recordar comentarios simples como ''Qué bello día, ¿no?'' o ''Por favor'', ni podía evitar tirar tazas de café caliente, no se le podía exigir que tuviera una conversación compleja. Si hubiera podido reprogramar su reunión con la decana, lo habría hecho. Pero ya había tardado meses en encontrar un momento libre en su agenda y su plan debía avanzar rápido, especialmente porque tenía que explicar por qué había decidido abandonar su investigación después de una década.

Por eso, von Yipp decidió ignorar las miradas de asombro que estudiantes y profesores le dirigían cuando Mauczka, con su cuerpo, se paseaba por el campus con un gato en el hombro. Bueno, ''pasearse'' es un tanto generoso. Más bien era un paso trastabillante. Ya se había estrellado con más de una estatua en el frondoso patio entre los edificios de ladrillo y piedra caliza. Por suerte, la audacia pura de llevar un animal a la universidad hizo que nadie se les acercara. Nadie quería estar cerca cuando la decana se enterara de esta absurda transgresión de protocolo.

Algún día, fantaseaba von Yipp mientras Mauczka llegaba al edificio principal, aquí habrá un monumento en mi honor.

''El Departamento de Ingeniería está subiendo esas escaleras, por aquella puerta'', le indicó. ''¿Recuerdas cómo abrir una puerta?''.

''No''.

''Con los pulgares, Mauczka. Usa los pulgares para agarrar la perilla y girarla''.

''No me gustan''.

''¿Los pulgares? Pero si son tan útiles. ¿Cómo que no te...?''.

''Se sienten raro''.

''Bueno, tendrás que usarlos si quieres tu próximo pastelito''. La única manera de lograr que Mauczka hiciera algo que no quería hacer era sobornarla, como siempre.

Cuando Mauczka llegó a la puerta, extendió ambas manos hacia delante e intentó girar la perilla sin usar los pulgares. Von Yipp suspiró. Al menos la puede abrir.

''La oficina de la decana está al final del pasillo'', maulló cuando entraron al ruidoso salón. Sintió que no había estado allí en siglos, pero los olores a sulfuro y grasa, así como la vibración estática de los elementos hextech activos lo recibieron como a un viejo amigo. Lo bueno de sus nuevos sentidos era que aquellos olores y sonidos lo afectaban aún más. Estuvo a punto de dejar caer una lágrima, y luego se preguntó si los gatos podían llorar.

A Mauczka, por su parte, no le gustó ver a decenas de estudiantes yendo de un lado para otro. Por suerte, una de las lecciones que sí aprendió fue que no debía gritar cuando algo le disgustaba. En cambio, susurró: ''Mucha gente. No me gusta''.

''Tienes que caminar entre ellos. No te preocupes, no te pisarán la cola''.

Y no lo hicieron. Si bien miraron boquiabiertos a Mauczka con von Yipp en su hombro, no se acercaron. Pero Mauczka seguía incómoda, así que se agrandó a la mayor altura que pudo y... siseó.

''¡Mauczka! ¡Las personas no sisean!''. El cuerpo gatuno de von Yipp no podía ruborizarse, pero sintió la cara muy caliente.

No sabía si se debía a que había un gato maullando en un lugar donde no se permitían animales o a que un profesor estaba siseando, pero los estudiantes rápidamente se fueron del pasillo. Sin más distracciones, Mauczka encontró la oficina de la decana y abrió la puerta de la lujosa y espaciosa habitación llena de ventanas.

La decana Svopalit estaba sentada en su escritorio de roble, leyendo un expediente de investigación con una expresión de descontento. Cuando Mauczka entró, la decana comenzó a hablar: ''Bueno. Von Yipp. ¿Otra prórroga o quieres una beca más? Porque estoy...''.

Dejó de hablar en cuanto levantó la mirada. Von Yipp pudo reconocer los claros indicios de la furiosa y explosiva reprimenda que se avecinaba e intentó interrumpirla. ''Dile que... se ve... ¿bien descansada?''.

En su lugar, Mauczka se inclinó sobre el escritorio de la decana y, parpadeando lentamente, dijo: ''¿Quieres un pastelito?''.

De todas las amabilidades para recordar..., pensó von Yipp, irritado, esta es la que recuerda.

Con un tono calmado y mordaz que von Yipp entendió como el final de su carrera, la decana Svopalit susurró: ''Cierra. La puerta. Ya''. Luego de obedecer a la decana, von Yipp cerró los ojos y se presionó las orejas contra la cabeza, a la espera de los gritos que estaban por llegar...

... cuando sintió que lo levantaban del hombro de Mauczka. Comenzó a retorcerse en pánico; ¿acaso la decana lo lanzaría por la ventana?

Pero cuando levantó la mirada, se encontró con la sonrisa más grande que jamás había visto. ''¿Y esta ternurita?'', preguntó con voz melodiosa al mismo tiempo que frotaba la nariz sobre la cabeza del felino. ''¿Quién es esta criaturita?''.

Von Yipp miró a Mauczka con desconcierto y la vio frunciendo el ceño por aquella asquerosa actitud hacia su cuerpo gatuno. ''Anda, vamos, ¡dile mi nombre!''.

''Von Yipp'', dijo ella.

La decana Svopalit negó con la cabeza y se rio por lo bajo. ''Solo tú le pondrías tu nombre a un gato, Andrej''.

''¡No, dile tu nombre!'', se quejó von Yipp mientras la decana le hundía la cara en el pelaje. Con razón no permitía animales en el campus. ¡Esto era vergonzoso!

''¡Ah! Mauczka''.

''¡Mauczka!'', repitió la decana, cautivada, frotando las mejillas gatunas de von Yipp y haciendo muecas de besitos. ''¡Mi pequeña Mauczka, tan suave y dulce!''. Tras unos minutos más de admirar al animal, le clavó la mirada a Mauczka. ''Ni una palabra de esto fuera de esa puerta, von Yipp. ¿Entendido?''.

Mauczka asintió con la cabeza. Von Yipp ronroneó, deleitado. ''Perfecto. Podemos decirle que debe otorgarnos financiación o...''.

''Sé que viniste para hablar de tu invento'', dijo Svopalit. ''Para pedir más financiación para lo que sea que haya salido mal. Pero la verdad es que no tengo tiempo. Lo has desperdiciado al traer a este... este...''. Von Yipp intentó volver a ronronear, pero le salió un maullido ahorcado. ''Este angelito parlanchín a mi oficina''.

''Mauczka, escúchame y repite lo que digo. Confirma que me escuchas''.

Mauczka asintió con la cabeza, y la decana entendió que el gesto estaba dirigido a ella. ''Perfecto, me alegra que comprendas''.

''¡Espere!'', exclamó Mauczka, que prestaba atención a los agitados maullidos de von Yipp. ''Yo... he estado en esta universidad durante trece años y...''.

''¿Y qué has hecho en ese tiempo? Hablaste y hablaste, todos los días, pero no has logrado nada. ¿Sabes cuánto me has costado durante todos estos años, von Yipp?''.

''Bah, ahora me dará una lección''.

''Ahora me dará una lección'', repitió Mauczka. Von Yipp se afligió.

''¡Al menos uno de nosotros da lecciones!'', replicó la decana, exasperada. ''¿Cuándo fue la última vez que diste una clase? Algunos invertimos en esta universidad en lugar de exigirle constantemente que invierta en nosotros''.

Esto lo alertó. ''¿Dar una clase haría que... la universidad considere invertir en mí? Porque puedo hacerlo. Sin problema, siempre y cuando tenga tiempo para prepararme''.

Mauczka transmitió el mensaje a la decana, que sonrió, perversa.

''Bueno. El profesor Bunce tuvo que recortar su carga horaria por unas tontas obligaciones familiares; alguien en su lecho de muerte o algo así''.

¿Bunce? El corazón de von Yipp se hundió hasta sus patitas peludas. No... no puede referirse a...

''Por lo que necesitamos un reemplazo para su asignatura introductoria''. Observó atenta por sobre sus lentes.

''¡Odio darles clase a esos tontos de primer año! No saben nada. No son capaces de ayudarme con mi investigación. Son... ¡son niños!''.

La decana levantó a von Yipp y se lo devolvió a Mauczka. ''Parece que tu Mauczka se molestó un poco''.

Mauczka se acercó y le susurró a von Yipp: ''Entonces... ¿le digo que odias a los niños?''.

''¡No! ¡Dile que tomaré la clase!''.

Mauczka miró a la decana. ''Daré la clase''.

''Perfecto''. Svopalit se paró e hizo un gesto a la puerta. ''Es en el aula dos-diecisiete. Apresúrate''.

''¡¿Ahora?!''.

''¿Ahora?''.

''Es solo Introducción a Hexógrafos, Andrej. Hasta Mauczka podría enseñarlo''.




Von Yipp se desesperaba mientras Mauczka intentaba, sin éxito, sostener una tiza y escribir su nombre en el pizarrón. Esto será agotador. Rápidamente, le maulló instrucciones a Mauczka, cosas para que pudiera decir algo.

Dándoles la espalda a los estudiantes en aquel inmenso salón, dijo: ''Soy el profesor von Yipp y estaré con ustedes el resto del sem... se... período''.

No le sale la palabra ''semestre'', temió von Yipp. No puede escribir mi nombre, mucho menos dibujar las representaciones gráficas que necesitará usar. ¿Cómo dará esta asignatura?

Por suerte, estos eran estudiantes de primer año, ineptos que apenas sabían lo que era un hexógrafo. Además, no estaban prestando mucha atención al profesor que no sabía escribir, ya que los distraía la gata que maullaba en su escritorio.

''Mauczka, imita las formas que hago con las patas. Intenta copiar eso en el pizarrón''. Trazó su nombre en el escritorio, letra por letra. Mauczka observaba con mucha atención y escribía una ligera aproximación a Profesor von Yipp en el pizarrón, sosteniendo la tiza con las dos palmas.

Le llevó seis minutos enteros.

Sudando de los nervios, von Yipp volteó la mirada hacia los estudiantes y vio que una alumna valiente levantaba la mano. Le dijo a Mauczka que la escuchara.

La estudiante comenzó: ''Profesor von Yipp, quería asegurarme de que sepa hasta dónde llegamos. Cuando el profesor Bunce se fue, justo había terminado de explicar los hexógrafos cuadrílicos''.

''Hexo... mmm, sí, entiendo''. Mauczka ojeó a von Yipp, que le indicó que continuara. ''Hasta dónde llegamos...'', dijo sin pensar.

La estudiante se levantó con su cuaderno en mano. ''Un hexógrafo registra el estado de la frecuencia vibratoria de la magia que potencia un transmisor hextech'', recitó. ''La correcta lectura de las oscilaciones permite una mejor comprensión de la manera en la que cierto cristal interactúa con...''. Frunció el ceño. ''¿Está... escuchando?''.

Von Yipp le gritó a Mauczka, que intentaba acurrucarse detrás del atril, reposando la cabeza entre las manos. ''¡¿Qué estás haciendo?! ¡Tienes que dar la clase!''.

''¿Cómo puedes dormir con una espalda tan poco flexible?'', susurró Mauczka, despreocupada, al voltearse boca arriba.

''¡¡¡Mauczka!!!''.

Mauczka se aclaró la garganta. ''Estoy descansando los ojos'', dijo con fuerza para que la escucharan los estudiantes. ''Si eres tan aburrida que me das sueño, entonces...''.

''... Reprobarás''. Sorprendentemente, esta no era la peor técnica de enseñanza que conocía von Yipp.

''Eso, reprobarás'', dijo Mauczka.

Una bocanada de asombro se adueñó de todo el salón, y los estudiantes comenzaron a susurrarse. Con su sentido agudizado, von Yipp pudo oír algunos comentarios:

''Sabía que esta asignatura era difícil, pero...''.

''Debe haber alguna razón''.

''Quizás quiere enseñarnos cómo presentar de manera interesante...''.

''¿... Para que consigamos financiación para nuestros inventos?''.

''¡Sí, debe ser eso! Ningún profesor sería tan... insensible''.

Von Yipp no podía creer su ingenuidad. Ya les quitarán esa idea de la cabeza, pronto.

Con un ademán impaciente, Mauczka le pidió a la estudiante que continuara. ''Prosigue con tu cuadri... hexo... eso''.

La estudiante tragó saliva y siguió leyendo, con gesticulaciones más exageradas y metáforas. Von Yipp vigiló a Mauczka. Tenía que hacerla escuchar; esta payasada duraría varios meses, y un gato no puede sobornar a un humano adulto con pastelitos frente a otras personas. Debo encontrar otra manera de motivarla.

Cuando la estudiante terminó, Mauczka abrió un ojo y asintió con la cabeza. ''Buena, eh..., explicación. Bien hecho. Ya pueden retirarse. Seguimos la próxima''.

Se suponía que habría una hora entera de clase, pero ningún estudiante se atrevió a mencionarlo. Escaparon del salón, aliviados por no haber tenido que interactuar mucho con este extraño profesor.

En cuanto se fue el último alumno, Mauczka rogó: ''¿Podemos volver a casa? Tengo hambre''.

''Bien'', respondió von Yipp, y se subió al hombro del humano que volvía a chocar contra otra pared. ¿Cuánto tiempo más podremos seguir así?




Durante las semanas siguientes, a von Yipp le costó acostumbrarse a su nueva vida de gato. Se sentía pequeño, débil y a merced de algo mucho más grande y menos inteligente que él. Como profesor universitario, ninguna de estas cuestiones era una novedad, pero ahora se habían magnificado.

Mauczka seguía siendo una gata... pero había aumentado su nivel de atención y las cosas le importaban un poco más. Había aprendido a pronunciar algunos de los términos más difíciles. Con la ayuda de von Yipp, logró explicarle a los alumnos que su pésima escritura se debía a un accidente de verano, y parecía disfrutar cada vez que debía regañarlos por equivocarse. Von Yipp se preguntaba si su progreso se debía a que su mente estaba alojada en un cerebro humano, y si la estructura cerebral tenía efectos sobre el funcionamiento de la mente.

Aunque él se sentía igual que siempre. Igual de ingenioso y ambicioso. Von Yipp debía encontrar la manera de revelar su forma gatuna a sus colegas, de un modo que los impresionara e intimidara, y estaba tan determinado en lograr esto como lo había estado en el pasado. Hasta entonces, continuarían fingiendo que todo era normal.

Por eso, las pequeñas cosas que Mauczka se negaba a hacer lo molestaban tanto. Les quedaba un largo camino por delante y el menor desliz podría salirles muy caro.

''Tus uñas están sucias y tan largas que dan asco'', maulló. ''Debes cortártelas''.

''¿Por qué no puedo rasguñar algo hasta que queden bien?''.

''Porque las uñas humanas no funcionan así. Te quedarían los dedos sangrando''.

''Entonces no me las corto. No pasa nada''.

A von Yipp no se le ocurría otra razón para que Mauczka se cortara las uñas aparte de ''los estudiantes se quejarán con la decana sobre tu higiene'', y eso ni la inmutaba. Era igual de reacia a dejarse cortar las uñas incluso antes de intercambiar cuerpos, y los bocaditos para sobornarla perdieron cierta efectividad ahora que ella podía obtenerlos sin ayuda. Von Yipp comenzaba a desesperarse.

''¡Te... irás a la cárcel!'', soltó.

''Bueno''.

''No puedes ir a la cárcel. Tu cuerpo de gato se moriría de hambre en tu ausencia''.

''No sé qué es una cárcel''.

Von Yipp suspiró. ''Piensa en lo mucho que detestas que te levante y te abrace''.

Mauczka tembló y respondió: ''Es horrible''. Admiró la máquina, que todavía ocupaba gran parte del departamento. ''Pero ese arnés es peor''.

''La cárcel es peor que el arnés''.

Mauczka no le creyó. ''No iré a la cárcel. Y si voy, me... escabulliré. Como hago siempre''.

A von Yipp le dolía la cabeza. ''No puedes escabullirte de la cárcel''.

''Claro que sí''.

''¡No!'', replicó. ''¡No puedes! Irás a la cárcel por... no cortarte las uñas y los guardias te darán comida que no te gusta...''.

''Les lloraré''.

''¡No les importará, Mauczka!''.

''A ti siempre te importó cuando lloré''.

''¡Porque eras una gata!''.

''¿Y?'', preguntó llanamente.

''¡Ahora estás en un cuerpo humano! ¡Ya no eres tierna!''.

Mauczka dio una bocanada de asombro y abrió grande los ojos. Claramente, esto fue una revelación. ''¿No lo soy?''.

''No''.

''¿Porque estoy en tu...?''.

''Sí''.

''¿Y no puedo...?''.

''No, ya no puedes salirte con la tuya''.

Mauczka se quedó mirando hacia la nada, con una expresión pensativa. Von Yipp se preguntó si habría ido demasiado lejos. Pero debía darse cuenta de que las reglas son distintas cuando uno es tierno y pequeño y peludito. Eres más débil por un lado pero, por otro, eres quien da las órdenes.

Qué curioso.

Mauczka se acercó a la máquina. Algunas partes eran tan brillantes que la dejaron ver su reflejo, y no le gustó lo que vio. Se apretó las mejillas y frunció el ceño. ''Soy... ¡horrible! ¡Vuélveme a la normalidad!''.

Qué grosera. Por fin parecía haber entendido lo que significaba habitar el cuerpo envejecido y próximamente calvo de von Yipp. ''Ya te expliqué que no puedo. No tenemos los cristales necesarios. Así que tendrás que hacerme caso si no quieres... ir a la cárcel''.

''Está bien'', respondió indignada. ''Me cortaré las uñas''.

''Y te lavarás el pelo''.

''¡¿Con agua?! ¡Eso no era parte del trato!''.

Tenían una larga noche por delante.




Un mes y medio después, la decana por fin tuvo disponibilidad. Mauczka y von Yipp volvieron a su oficina y, una vez cerrada la puerta, la dejaron embobarse con el felino.

''Escuché ciertos comentarios de tus alumnos'', dijo la decana Svopalit.

Pero Mauczka cambió de tema. Habían ensayado este discurso durante una semana entera. ''Esperoquehayavistoqueestoycomprometidoconestauniversidad'', dijo de corrido. ''Ahoraconsideroquememerezcofinanciaciónparaunnuevoproyecto''. Inhaló profundamente. ''Poresoqueríasolicitarsiporfavormeotorgarasuaprobación...''.

''Lento, von Yipp. No entiendo qué estás queriendo decirme''.

Mauczka ojeó a von Yipp, como pidiendo permiso. El felino asintió ligeramente. Volvió a empezar, lo más lento que pudo: ''Espero... que... haya... visto... que...''.

''Basta''. La decana estaba molesta. ''A juzgar por tus reseñas parciales, parece que las cosas van bastante bien. Hubo algunas quejas, pero es una asignatura introductoria. A nadie le importa mientras haya una persona viva al frente. Es prácticamente cuidar niños''. Von Yipp lanzó un ''miau'' en señal de acuerdo. ''Entonces. Mencionaste que querías financiación para un nuevo proyecto''.

Mauczka asintió con la cabeza.

''Quizás eso te haga bien'', continuó la decana. ''Has estado experimentando con esa 'máquina de la mente' tuya, o como se llame, durante mucho tiempo. Me alegra que por fin reconozcas la derrota. No valía la pena intentarlo. Bueno, ¿completaste los papeles? ¿Y escribiste la propuesta?''.

Mauczka volvió a asentir, luego de otro furioso maullido de von Yipp. Habían estado practicando la escritura; Mauczka imitaba las líneas que von Yipp hacía con la pata. No le salía para nada bien, pero al menos era legible. Aun así, se habían tardado semanas en llenar los formularios a mano, ya que el sonido de las teclas de la máquina tipográfica asustaba a Mauczka y le causaba jaqueca a von Yipp.

''¿Y reclutaste a los alumnos de posgrado para que te asistan?''.

Von Yipp se quedó helado. Los alumnos de posgrado no se seleccionaban hasta después de haberse aprobado un proyecto. Desde siempre, von Yipp había tenido problemas para conseguir asistentes; problemas atribuibles a su ''historial patético'' y a que trabajar con él era como ''prender fuego a tu currículum''. Era obvio que Svopalit intentaba buscar pretextos. De nuevo.

''Eh...''.

''¿Todavía sin alumnos? Bueno, supongo que deberás ir a buscarlos''. La decana Svopalit sonreía mientras organizaba una gran pila de carpetas. ''Pero debo advertirte: casi todos los mejores ya fueron seleccionados''.




El profesor von Yipp tenía una oficina en la universidad, técnicamente. En realidad, había sido un cuarto de baño, pero las tuberías habían dejado de funcionar hacía años. En los días de calor, aún olía a alcantarilla. Y era tan pequeña que apenas entraba un escritorio y una persona a la vez. Pero tenía su nombre en la puerta, así que por ahora sería suficiente.

Por desgracia, la oficina era tan pequeña que la puerta no podía cerrarse cuando se le sumaba una segunda silla; por eso, durante las entrevistas a los alumnos de posgrado la silla se ubicaba en la entrada. Cualquier persona que pasaba caminando podía golpear las patas traseras, pero a von Yipp este inconveniente no le molestaba mucho. O al menos no tanto como tener que pasar por este ridículo proceso, o el hecho de que la decana supusiera, erróneamente, que su máquina no había funcionado cuando que lo hizo.

''Pregúntale sobre alguna vez en la que completar el experimento fue más importante que seguir el protocolo o la normativa ética'', le indicó a Mauczka. Esta era la pregunta más importante de la entrevista, y los dos primeros alumnos no habían dado una respuesta satisfactoria.

La joven frente a él frunció el ceño y cambió de posición en la silla, lo que movió los papeles en su regazo. ''Bueno...'', dijo, cautelosa, ojeando el rostro gatuno de von Yipp con incomodidad. ''Supongo que debería decir... nunca. Un experimento que no sigue el protocolo es uno en el que los resultados pueden cuestionarse con facilidad, y yo trato de...''.

Bla, bla, bla. El resto de lo que tuviera para decir ya no importaba. Von Yipp ya la había descartado. Pero hizo que Mauczka terminara la entrevista y le informara amablemente que le darían una respuesta dentro de las dos próximas semanas. La joven se encogió de hombros, ya desinteresada, se levantó y se fue.

Mauczka le acercó la carpeta siguiente a von Yipp. ''¿Esta es la última? ¿Después vamos por unos pastelitos?''. Sí que debería tener una conversación con ella sobre la nutrición en algún momento. Su cuerpo humano comenzaba a verse pálido y malnutrido por su dieta a base de pastelitos.

Von Yipp ojeó la página. ''No puede ser. Dice aquí que tenemos dos entrevistas al mismo tiempo. Pídele a alguno que vuelva mañana''.

Se oyeron dos pares de pisadas por el pasillo. Dos hombres se pararon frente a la puerta de la oficina: uno tenía cara larga y un gran bigote; el otro, patillas pronunciadas y una taza de té caliente. El de bigote bajó la mirada hacia la silla. ''Me quedo parado'', dijo con seriedad, y le hizo gestos al hombre de patillas para que se sentara. Este se sentó y apoyó la taza en el escritorio de von Yipp.

Mauczka se dirigió a ellos: ''Lo siento, los he anotado al mismo tiempo. Podría uno de ustedes...''.

''No nos anotó al mismo tiempo'', dijo el hombre sentado, con una expresión rígida.

''Somos un paquete, somos...'', dijo suavemente el hombre de bigote. ''Jakubb y Natyaz Batadel''. Mientras decía esto, indicó con gestos que él era Jakubb y el hombre de las patillas era Natyaz.

''Ah, son hermanos. Entiendo. Bueno, pregúntales sobre sus proyectos''.

Los hermanos Batadel describieron sus estudios con cautela, algo común entre los alumnos de la universidad, que debían evitar que les robaran sus ideas. Pero parecían bastante talentosos. Ahora, la verdadera pregunta.

''Cuéntenme sobre una vez en la que completar el experimento fue más importante que seguir el protocolo o la normativa ética''.

Los hermanos se miraron. Jakubb se aclaró la garganta pero Natyaz se apuró en contestar. ''Había una parte que necesitábamos que no conseguíamos por ninguna parte en Piltóver. Así que nos fuimos a buscarla a otro lugar''.

''Eso no suena como una infracción del protocolo'', respondió Mauczka a la orden de von Yipp.

''Era una parte quimtech'', dijo Jakubb, con discreción. Las palabras quedaron suspendidas, y provocaron un gran silencio.

Von Yipp parpadeó con asombro. La tecnología quimtech, de Zaun, no estaba bien vista en Piltóver. Estaba prohibida en la universidad para proteger la integridad de los proyectos científicos piltovianos. Ya había una gran variedad de inventos en el departamento que explotaban, y agregarles volátiles químicos zaunitas volvería aún más peligrosas a estas máquinas inestables.

''¿Para qué rayos necesitaron quimtech?'', se preguntó en voz alta von Yipp.

Mauczka hizo la pregunta, y Jakubb se encogió de hombros. ''Estábamos creando algo que solo pudiera ser operado por una persona específica. Estábamos investigando qué hace a cada persona única y... cuánto puede cambiar una persona sin perder su identidad''.

''Ah. Interesante...''.

Al final de la entrevista, Mauczka se preparó para darles la clásica frase ''quedamos en contacto'', pero von Yipp la detuvo. ''Diles que el puesto es suyo''.

Mauczka observó a los hermanos mientras Natyaz tomaba otro sorbo de té. Lo miró fijo y le preguntó: ''¿Cómo está tu té?''.

Parpadeó asombrado y apoyó la taza. ''Está rico'', dijo. ''Pero ya se enfrió un poco. Creo que...''.

Sin perder el contacto visual, Mauczka empujó lentamente la taza hasta que la tiró del escritorio. Cayó al suelo y se partió, y el té se desparramó por todo el piso.

Von Yipp, entretenido con esta prueba improvisada, observó a los hermanos para ver cómo reaccionarían frente a tal comportamiento de parte de un profesor.

Ni Jakubb ni Natyaz se inmutaron.

''El puesto es suyo'', dijo Mauczka.

Jakubb asintió con la cabeza. ''¿Y qué... implica el puesto?''.

''Les contaré más cuando se apruebe el proyecto''.




''¿Los hermanos Batadel?'', exclamó la decana, irritada. ''Casi los suspenden el semestre pasado''.

''Casi''.

''No se les permite anotarse a las asignaturas más avanzadas''.

''Por eso tienen más tiempo para mi proyecto que el alumno de posgrado promedio''.

La decana Svopalit tiró las carpetas de los Batadel sobre su escritorio con un gesto de frustración. ''Está bien. Pero se suponía que tendrías que haberme contado más de este gran proyecto tuyo a estas alturas, von Yipp''.

''Estoy trabajando en el borrador del resumen. Te lo entregaré el...''. Mauczka se perdió.

''¿Cuándo?''.

Lo había estado haciendo tan bien. Von Yipp, sentado en el hombro de Mauczka, apenas iba una o dos palabras delante de ella en su respuesta a la decana, y ella estaba mejorando en la repetición casi exacta de sus palabras.

Pero notó el problema al instante, ya que se volvía difícil de ignorar para su nuevo cuerpo gatuno. El sol entraba por la preciosa ventana que daba a la parte linda del complejo. Y cada vez que la decana movía las manos, la luz del sol se reflejaba en el reloj que llevaba en la muñeca. Era difícil resistir ese puntito de luz, pero él conseguía contenerse. En cambio, a Mauczka la distraía mucho.

La decana intentó seguir los ojos de Mauczka para ver qué estaba mirando, pero abandonó la idea rápidamente. ''Vienes a mi oficina una y otra vez, Andrej, para pedir financiación para un proyecto que supuestamente 'lo cambiará todo', pero ya se sabe que eso supera tus aptitudes'', dijo en voz baja. ''Y ni siquiera tengo toda tu atención cuando vienes a rogarme por ayuda''.

''Yo...'', Mauczka intentó abandonar la luz movediza, pero no lo logró.

''Estás... loco, ¿verdad?''. La decana se levantó y se apoyó sobre el escritorio, amenazante, e intentó hacer contacto visual con Mauczka. ''Porque no entiendo por qué malgastarías mi tiempo y lo último de mi buena gana de esta manera. Estoy cansada de gastar dinero en tus egocéntricos proyectos y no ver ni un resultado. Ni datos utilizables, ni descubrimientos útiles, nada. Y para empeorarlo todo aún más, te esfuerzas en cubrir tus ideas en misterio. Como si el drama de la revelación fuera más importante que una supervisión apropiada. Déjame decirte: no es así'', agregó, levantando la voz.

Von Yipp pudo sentir cómo se formaba el gruñido en su garganta y, sin darse cuenta, se lanzó hacia la decana con las garras extendidas. Mauczka volvió a la realidad en el momento justo para detenerlo.

La decana lo notó. ''Necesito que te deshagas de la gata''.

''¡¿Qué?!''.

''Mira, sí que es linda. Pero mi política sobre los animales dentro del complejo parece no importarte, lo que es una clarísima falta de respeto. Y no lo toleraré de ti''.

Si von Yipp hubiera estado en su cuerpo humano, habría comenzado a gritar y golpear cosas. No era justo. ¿Cómo se suponía que demostraría su habilidad y se ganaría el respeto de sus colegas cuando una decana reticente le ponía toda clase de obstáculos?

Extendió una sola garra y rayó su escritorio.

''¡Saca a tu animal de mi escritorio!'', vociferó Svopalit, mientras levantaba el cuerpo gatuno de von Yipp del cogote. ''Esto es una antigüedad. Es... es...''.

La decana quedó muda por lo que vio.

En la madera laqueada, von Yipp había rayado:

Soy v

Ya no le importaba si se descubría la verdad. Sus colegas se enterarían de lo que había pasado y toda la institución se burlaría de él. Y qué. Al menos la decana tendría que ir a trabajar todos los días sabiendo lo equivocada que estaba sobre él. Von Yipp sabía lo que hacía. Sus máquinas funcionaban, ¡y cómo funcionaban! ¿Cómo se atrevía la decana a hablar de cosas que no entendía en absoluto? Von Yipp era un genio. Lo sentía en su cuerpecito gatuno.

¡Si tan solo hubiera podido terminar de escribir su nombre!

La decana quedó absorta mirando lo escrito. ''Von Yipp'', dijo por lo bajo.

Una nube que se cruzó delante del sol liberó a Mauczka del hermoso control de la lucecita movediza. ''Decana Svopalit''.

''No me dijiste... que estabas... trabajando en ¡inteligencia animal!'', exclamó ella. ''Ahora entiendo por qué Mauczka te ha estado siguiendo por todos lados''.

''Eh...''.

''¿Qué otra cosa puede hacer?''.

Von Yipp quedó aturdido por la reacción de la decana, pero no desperdiciaría esta oportunidad. ''Mauczka, pregúntame cuánto es cincuenta y dos por veintiuno''.

''Eh... Mauczka, ¿cuánto es cincuenta y dos por veintiuno?''.

Con el placer de seguir vandalizando el escritorio de la decana, von Yipp rayó 1092. La decana tomó una bocanada de asombro y aplaudió.

''¡Esto es extraordinario, Andrej! Hemos intentado potenciar la inteligencia animal durante años, pero nunca tuvimos éxito, y tú...''. Hizo una pausa y miró al humano delante de ella. ''Has logrado algo que nadie más pudo lograr. ¡Y con esta revelación tan dramática, además! Me... Me equivoqué sobre ti''.

Le extendió el brazo para darle un apretón de manos. Mauczka miró la mano, pensando en qué debería hacer.

''¡Dale la mano! Ya me has visto hacerlo''.

Mauczka golpeó su palma con la de Svopalit, pero sin hacer uso del pulgar para dar un apretón firme.

''Entonces'', dijo la decana, perpleja, y tomó asiento. ''Hablemos de financiación''.




''Como lo practicamos. Sostén el lápiz, sigue el movimiento de mis patas e imita lo que hago''.

''Lo intentaré''. Mauczka ya había perdido varios lápices debajo de la cama, y von Yipp no andaba con ganas de ir a recuperarlos.

Tras horas de dibujar, borrar, volver a empezar, Mauczka logró producir una aproximación razonable de lo que necesitarían construir. Von Yipp admiró el resultado orgulloso.

Con la ayuda de Mauczka, de la financiación de la decana y de la asistencia de los hermanos Batadel, von Yipp demostraría de lo que es capaz un científico de verdad. Y estos planos serían el primer paso para hacerlo realidad.

He aquí la revelación dramática.

El exotraje catastrófico.

Inteligencia animal, en efecto.

Fin de esta lectura

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Las publicaciones originales

Fuentes y lecturas relacionadas

Historia completa de Dana Luery Shaw. Publicado 2021-04-27. La fecha de publicación no es una fecha en el mundo. Las ilustraciones conservan sus propias leyendas y fuentes.

  1. Como pastorear un gato · Dana Luery Shaw ↗

Publicación oficial

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