El Hombre con la Sombra Sonriente — ilustración oficial de Riot

Una historia de Runaterra

El Hombre con la Sombra Sonriente

Por Jared Rosen

31 min de lectura Relato

Ilustración · Riot Games

El Hombre con la Sombra Sonriente · ilustración de la publicación original · Riot Games

Por Jared Rosen · Historia completa

El Hombre con la Sombra Sonriente

''¿Es usted el comisario?'', preguntó el hombre de río; sus rasgos eran una pátina ilegible de polvo de tierras bajas y agujas secas de cepillos de botellas, cubiertas de barro desde el fondo de un antiguo lecho del lago. Estaba parado en la entrada de la cabina privada de tren de Lucian, pequeño y grande al mismo tiempo, vestido con trapos de oro recogidos de un ladrón muerto en las afueras del Progreso.

El hombre de río no inhaló, ni exhaló. No tenía por qué hacerlo.

Lucian había oído hablar de ellos, de los hombres del río, pero nunca había visto uno de cerca. Necesitaban humedad, de lo contrario se secarían, así que jamás se aventuraban lejos de los lodazales ni de los barrancos de los que provenían. Si un viajero no corría con mucha suerte, intentaría llenar su cantimplora con el agua putrefacta típica de un hombre de río, o buscaría oro en el cieno donde ellos viven. Sin advertencia alguna, el lodo se abriría como las fauces de un cocodrilo, conduciéndote hacia la suciedad sofocante con brazos abiertos, llenos de tierra, y así, sin más... habrías desaparecido. Otro fantasma del Viejo Oeste.

''Ya no más'', dijo Lucian.

Miró al hombre de río, y el hombre de río lo miró a él; el pistolero estaba recargado cómodamente contra las cortinas florales de su cabina. Haces de luz entraban ocasionalmente a través de las cortinas mientras el tren traqueteaba, iluminando los ojos oscuros del hombre del río, parecidos a los de un pez, casi ocultos debajo de las grietas de tierra en su rostro.

''Quiero tu insignia'', dijo él.

Lucian asintió. Una insignia federal lo haría llegar más allá del Fuerte Nox, lejos de los cazadores de monstruos del gobierno, y bajando por una caravana hacia los manglares al sur de Bandle. Probablemente pensó que podría comprar algo ahí, ahora que cada vez más habitantes de la costa oriental se estaban estableciendo en el bajo desierto. Eso no hacía que la apuesta de la criatura fuera menos desesperada, pero Lucian apreciaba que lo que estaba en juego fuera claro.

''No deben quedar muchos de ustedes'', dijo Lucian.

''No queda mucho de nada'', dijo el hombre de río.

Los resortes del vagón de carga hicieron un chasquido al comprimirse contra un par de vías de ferrocarril desiguales, y en el instante en que la cabina se desplazó, el hombre de río extendió sus brazos hacia los lados. El lodo en su rostro daba lugar a decenas de dientes afilados como agujas y grandes espinas brotaron de sus hombros. Antes de que los resortes volvieran a chasquear, sonó un disparo; un fino rayo de fuego infernal surgió por el costado del tren hacia el atardecer y, antes de que el hombre del río impactara contra el suelo, el arma de Lucian ya estaba de vuelta en su funda.

La cabeza de la criatura, dividida por el centro y quemada hasta quedar irreconocible, ardía desprendiendo un leve aroma de azufre y endrino. Mientras su cuerpo se retorcía en el suelo y el fuego calcinaba sus membranas internas, Lucian se acomodó el sombrero y regresó a la oscuridad de su salón. La oscuridad se estremeció suavemente a su alrededor y sonrió.

Nadie fue a ver a Lucian. Nadie fue a llevarse el cuerpo disecado del hombre de río. Ambos viajaron juntos en silencio, con la puerta abierta, hasta la última parada en el Pedestal del Ángel.

Luego, fueron con el predicador que hablaba con los muertos.



Corrían los rumores en Progreso de que este era el alguacil que se había enredado con el diablo y había perdido, y que ahora se dirigía a Nuevo Edén para encontrarse con el santo reverendo. Ambos eran malos presagios en el Viejo Oeste, así que nadie se interpondría en los objetivos del hombre con la sombra sonriente. No necesitaban otra catástrofe como la de Cañas Gemelas o la del Río Rojo; poblados enteros tragados y desaparecidos con algún giro sucio de casualidad. Necesitaban que Lucian saliera de su territorio lo más pronto posible y le darían de inmediato todo lo que necesitara.

Este había sido el juego desde su último trabajo con los federales, donde lo habían enviado a enfrentarse al diablo mismo y a llevarlo de vuelta a la civilización. Ellos ''enjuiciarían al diablo'' (o al menos esa era su intención) y le demostrarían al mundo que la frontera podría considerarse segura.

Por supuesto que Lucian sabía que no existía un solo diablo, pero el público pensaba mejor en singular. Él había visto al desierto rebosante de criaturas extrañas provenientes de todos los confines del mundo: demonios con trajes limpios y planchados; ángeles escondidos en los riscos de las montañas; brujas, fantasmas y todo tipo de bestias que podrían ocultarse bajo la luz de la luna y hacer trizas a un peregrino desprevenido. Los nativos occidentales y su armamento foráneo; los colosos con rostro de calavera que se alimentaban de carne madura; los hombres mecánicos construidos por manos humanas, rebelados desde hace mucho tiempo. Y siempre, siempre diablos.

Aunque este diablo era distinto. Respondía a muchos nombres: el Segador, el Dios de la Matanza, el Viejo Carcelero y el Gran Cuerno. Él, según las historias, recolectaba almas e iba de poblado en poblado llevando a cabo su oscuro negocio, arrancando los espíritus de los vivos y dejando atrás sus pieles desolladas. Una criatura del Viejo Mundo y demonio de la frontera salvaje que, al igual que los de su especie, saciaba su terrible hambre en un río interminable de pioneros jóvenes. Fue suficiente como para que la gente comenzara a darse cuenta y, para un gobierno que tenía como objetivo la expansión, que la gente se diera cuenta era malo para el negocio.

Ya tres alguaciles habían muerto en sus manos. Lucian había conocido a dos de ellos.

''Lo llaman Thresh'', revelaron sus agentes. ''¿Crees poder atraparlo?''.

Lucian miró los bocetos, notando el flagrante y bovino cráneo del monstruo, encendido con las llamas de los siete infiernos. Pensó que la linterna que colgaba curiosamente cerca debía ser la fuente de su poder, y que si lograba un tiro directo, la pelea habría terminado incluso antes de empezar.

Aun así, nada era nunca tan sencillo con los diablos, especialmente con que tenían un registro de muertos federales. Recordó haberse enredado con un espécimen particularmente desagradable cerca de Chaparosa, que se movía con la velocidad de una tormenta desértica, levantando torbellinos a medida que avanzaba. Era demasiado rápido como para lograr alcanzarlo con una bala. Si no hubiera sido por la intervención oportuna de su compañera, Lucian podría no haber sobrevivido. Esta cacería exigía refuerzos.

''No lo haré solo'', dijo Lucian. ''Necesitaré a Senna''.



''Última parada, Pedestal del Ángel'', dijo el conductor de una forma tan suave que fue casi un susurro. El calor del trayecto había marchitado el cadáver del hombre de río, convirtiéndolo casi en cuero crudo, pero en las amplias sombras de la cabina, una criatura peor se había posado en el asiento de Lucian.

Era humo y fuego, dientes y llamas, y sus brazos eran la artillería de un general demonio sacado del fondo de un abismo. Tenía la forma de un hombre, si un hombre estuviera hecho de cenizas de una hoguera, con el sigilo brillante de alguaciles federales invertido en su pecho. Sus piernas eran las torres incineradas de antiguos olmos ardientes. Su corazón rojo pulsaba con la ira de toda la tierra.

''Dios'', dijo el conductor, sin saber a qué dios estaba invocando. La cosa se puso de pie con sus curiosas y desgarbadas piernas, apoyadas contra el aire quieto del tren. Su rostro parecía desbaratarse, su boca rota en un éxtasis horripilante, mientras el fuego infernal iluminaba su irregular y burlona sonrisa.

En ese instante, la ceniza se desprendió y Lucian surgió de la oscuridad.

''Lo siento, amigo'', dijo él. ''No era mi intención asustarte''.

El conductor se estremeció en silencio por un largo tiempo antes de que Lucian pasara junto a él, por los pasillos de acero de la cabina, y saliera hacia la noche crepuscular. Pensó que, con eso, el hombre tendría una gran anécdota.

Pedestal del Ángel. Una ciudad en auge en la frontera de la civilización, donde los árboles crecían mucho y el aire era denso con aroma a miel y vino. Nadie sabía lo que había más allá del anillo de los gigantescos pinos al pie de las montañas al oeste de la ciudad; lo que sí sabían era que tenían suficientes armas y hombres para detener a cualquier cosa que la frontera les arrojara. O al menos eso suponían. Las criaturas que hicieron del Pedestal del Ángel su hogar no revelaban mucho sobre lo que había más allá, y ningún otro ser vivo que se había aventurado tan al oeste había vuelto en sus cabales, si es que volvía.

Lucian se abrió camino a través de la bulliciosa estación de tren del Pedestal hacia el centro de la ciudad, pasando a no menos de tres vendedores de aceite de serpiente, cada uno alardeando de los ungüentos mágicos artificiales del este industrial, y una chica de la cantina con el cuerpo de una cobra. Sus ojos lechosos estaban ocultos detrás de un velo; de lo contrario, los clientes dispuestos a pagar se convertirían en granito incluso antes de sentarse a beber.

Cerca de la boca de la calle principal, más allá de los leñadores y los faroleros, los almacenes generales, los burdeles, y el armero solitario (que según los rumores era una deidad caída), se encontraba la famosa cantina de la ciudad. El mito popular decía que había estado en el negocio desde la fundación del asentamiento, o incluso antes. Su nombre era El Rey Terrenal: sea usted hombre, mujer o bestia con un destino del cual escapar, las puertas del reino estarían abiertas para usted... siempre y cuando tuviera dinero para pagar.

Era, en muchos sentidos, el tipo de lugar donde un hombre podría perderse a sí mismo. Pero a Lucian no le quedaba mucho que perder, siempre sintiendo el tirón de cuerdas invisibles contra el peso de su alma, y su sombra sonriente detrás de él. No podía quedarse por mucho tiempo.

Los seres humanos sabían muy poco de los asentamientos en el lejano oeste, y las criaturas que vivían en la ciudad no escupirían sus preciados secretos sin dar batalla. Los lugareños, si es que hablaban en absoluto, nunca revelarían nada sobre ningún asunto, al menos los pocos que toleraban a los colonos que se enajenaban con sus máquinas extrañas.

Lucian tenía que apoyarse en sus amigos. La mayoría de ellos eran alguaciles federales, pero no eran muy amables con los demonios y, le gustara o no, eso era justo en lo que Lucian se estaba convirtiendo a una gran velocidad. Tuvo que retroceder aún más, antes de los contratos gubernamentales y las calles adoquinadas de San Zaun, hasta sus días como un joven y descarado pistolero a sueldo. En esa época conoció a muchos amigos que vivieron (y murieron) con un revólver en su mano, pero una figura se mantuvo tan firme y obstinada como siempre, demasiado grande para matar y demasiado vieja para morir. Como tal, no era un hombre, pero había estado peleando desde mucho antes de que las primeras embarcaciones llegaran al continente, y probablemente continuaría peleando mucho después de que todos los demás fueran polvo y susurros.

Lucian cruzó las amplias puertas del Rey y, por un instante, la cantina permaneció en completo silencio mientras sus desagradables clientes examinaban al atormentado extraño. ''Estoy buscando al cuernoslargos'', dijo él, y de inmediato volvieron a enfocarse en sus juegos de cartas y cervezas, y la estridencia de un piano desafinado chocando contra una docena de gritos incomprensibles volvió a inundar el lugar.

Pronto, Lucian vio al cuernoslargos en el otro extremo del bar; era difícil pasar por alto su corpulencia, incluso entre la juerga de la clientela del Rey. A pesar de su imagen, a él le agradaba estar solo, aunque era común que los arrogantes luchadores jóvenes lo desafiaran por un desaire percibido, esperando derrotar a la bestia a cambio de fama y gloria. Eso nunca terminaba bien, y la mayoría de las noches un bullicioso retador terminaba con el cráneo destrozado tras un solo y veloz golpe a la cabeza.

Alistar era un minotauro de al menos tres metros de alto y dos metros de ancho. Si peleabas contra él, te merecías lo que sucedía.

''Cuernoslargos'', dijo Lucian.

''Alguacil'', contestó Alistar.

''Voy en camino hacia Nuevo Edén'', dijo Lucian.

“”¿Acaso no vamos todos?'', contestó Alistar mientras Lucian se sentaba a su lado.

Alistar ya era viejo. Quedaban muy pocos de su especie y sin duda viviría por más tiempo que los demás. Pasaba sus días como un matón glorificado por otras criaturas más débiles, y sus noches en el banco de una cantina construido para seres de la mitad de su tamaño.

El par observó con solemnidad hacia el frente. Ningún hombre acudía a Pedestal del Ángel sin razón alguna, y muy pocos atravesaban las puertas de El Rey Terrenal sin un motivo urgente. Era el tugurio para beber de los renegados y de los hombres muertos, un desagüe por el cual los que ya carecían de objetivos giraban lentamente en círculos descendentes, y aquellos que buscaban una batalla final gastaban su dinero antes de desaparecer en el desierto.

Lucian se estaba adentrando en el noroeste inexplorado, donde no había trenes y dioses malvados caminaban entre los árboles, buscando un rumor con tiempo prestado.

Ambos conocían los riesgos y los beneficios, aunque no habían preguntado nada.

''¿Qué crees que dirá ella?'', preguntó Alistar. ''Cuando llegues ahí''.

''No lo sé'', contestó Lucian. ''No lo sé con certeza''.

El cuernoslargos suspiró mientras bebía de una gruesa jarra de aluminio del tamaño de un niño. Nunca le habían gustado las despedidas largas.

''Déjame hacerte un mapa''.



Lucian conoció a Senna al otro extremo de un arma, la de ella, durante un sangriento tiroteo en una de las más sórdidas cantinas del Barranco del Buitre. Los tiroteos eran frecuentes en ese lugar, pero este había involucrado a un cazarrecompensas que se había aprovechado de un Forastero cuando se dio la espalda. La cosa se puso fea.

Según decían, los Forasteros venían de todas partes y de ninguna a la vez: criaturas en trajes limpios y planchados cuyo amor por los juegos de azar los había hecho infames entre los clanes ilegales y los agricultores desesperados. Vencer a uno significaba una riqueza incomparable, invocada de la nada y garantizada por un sello de cera de un Forastero, con el valor de una pequeña fortuna. Pero perder era otro asunto, ya que no aceptaban una apuesta con valor menor a la posesión más preciada de un hombre. Granjas, relojes, niños, almas... un cuchillo favorito... la apuesta siempre era exorbitante, incluso si aún no lo sabías.

Los rumores decían que este espécimen había vencido a Jeremiah James, un barón millonario del ferrocarril para el que Lucian había hecho trabajos pequeños. Jeremiah era un gigante, y uno muy malo en su práctica. Ofrecía una recompensa altísima cada vez que perdía un premio preciado que había puesto como garantía en su apuesta, con el valor suficiente para llevarlo a la bancarrota total dos veces.

Y como casi todos los pistoleros sabían, una vez que una recompensa se descolgaba de la asquerosa, traicionera y embustera tarifa que ofrecía el tablón de ''Se busca'' del Barranco del Buitre y se trasladaba al reino de los industrialistas desdeñados, los cazarrecompensas responderían al llamado. La mayoría de ellos amaba el dinero y matar, y no mucho más.

La cazadora desenfundó repentinamente y la habitación quedó en silencio al instante. El Forastero bebió su whisky con una calma que sugería la ausencia de cualquier intención. Senna, un montón de alguaciles federales y cuernoslargos estaban presentes, así como el habitual espectáculo de bribones y asesinos armados. Todos aguardaron para hacer un movimiento.

''Ahora, amigo'', dijo la cazadora, con la voz teñida de sangre, ''sé que tienes lo que vine a buscar. Entrégamelo y todos saldrán caminando por donde llegaron''.

El Forastero no dijo nada... su rostro era tan plácido como el de una muñeca de porcelana, inmóvil e imperturbable ante la amenaza de su agresora con dos pistolas de seis tiros. Todo el tiempo él sabía que ella vendría. Probablemente lo supo antes de que ella aceptara el trabajo. Pero en el calor del sol bajo, lleno de la bebida en el borde del mundo, era difícil distinguir quién estaba ansioso por una pelea y quién solo alardeaba.

La cazadora rompió el silencio con una bala, y una ráfaga de tiros explotó de su pistola hacia el centro del pecho de la criatura. El cuerpo del Forastero se expandió, el agujero ondeó humo negro con la forma de cuervos y de la masa humeante surgió una garra feroz sobre la mesa de los jugadores de póker. Las cartas, las fichas y la sangre abrasadora se derramaron por toda la habitación mientras la cazadora descargaba sus armas.

Lucian desenfundó y apuntó hacia ella, los alguaciles desenfundaron y apuntaron hacia Lucian y el cuernoslargos atravesó la cantina para llevarse la mayor tajada que le permitiera el tiempo. Todos los cañones en el lugar se iluminaron y, mientras las balas atravesaban rápidamente a pistoleros y alguaciles por igual, Lucian se refugió detrás de una mesa de billar, donde se encontró con un dilema completamente diferente.

''Hola, forastero'', dijo Senna, su arma dirigida hacia la frente de Lucian. Sus ojos eran del color de una tranquila pradera, moteados con manchas negras. Lucian casi olvidó que estaba hablando hacia un arma cargada.

''Señorita'', contestó.

''¿Supongo que prefieres asociarte con estos ejemplares individuos?'', preguntó, mientras el cuerpo de un camarero acribillado colapsaba rendido a un lado de ellos. Humo negro salió suavemente de su boca.

''Con algunos de ellos'', respondió Lucian.

Senna se agachó cuando otro proyectil pasó por la parte trasera de la cantina, volando un pedazo de la mesa de billar. El movimiento fue tan veloz que fue casi imperceptible para Lucian... aunque pensándolo bien, él nunca había visto a nadie esquivar una bala. Al menos no con esa seguridad, y Senna tenía seguridad de sobra.

Sonrió con calidez, su insignia resplandecía con la luz. Era la estrella de un alguacil en jefe, uno de los duelistas más mortíferos del mundo conocido.

''Bueno, cada quien con su cada cual'', sonrió ella, confiscando con cautela la pistola de Lucian. ''No te preocupes, te la regresaré... si para cuando todo esto termine sigues con vida''.

Y con dos rápidos disparos desde su refugio, ella volvió a la batalla, dejando a Lucian preguntándose qué es lo que acababa de ocurrir.

El resto del tiroteo fue borroso. En algún momento, la cazarrecompensas arrebató un objeto que parecía estar cubierto de aceite del cuerpo agitado del Forastero y corrió por las puertas de la cantina; la criatura salió gritando tras ella. Con la mayoría de la clientela muerta y con nadie más a quién disparar, los sobrevivientes fueron al otro lado de la calle a terminar sus tragos. Al Barranco del Buitre nunca le hicieron falta cadáveres, ni licor.



Fue entonces, como les gusta decir a los alguaciles, que Lucian decidió colgar su sombrero y cazar monstruos para el gobierno.

Aunque ellos también mencionan que no era tanto por salvar a la gente de las bestias, sino por una chica bonita que esquivó una bala sonriendo.



El mapa de cuernoslargos había sido útil, a pesar de ser descuidado. Lucian lo siguió a pie por lo que pareció un siglo, adentrándose más hacia el norte del Pedestal del Ángel, más de lo que la mayoría de las almas vivientes se atreverían a ir. Ahí, los colores eran más vívidos, el propio aire se respiraba con magia inusual y, cuando Lucian se distraía, podía jurar que criaturas titánicas acechaban justo en el borde de su visión, observándolo. A pesar de eso, Lucian no sentía miedo. Hizo un campamento mientras el sol se ocultaba en el horizonte, y se preparó. La sombra era más fuerte por las noches.

Podía sentir su maldad arrastrándolo hacia abajo, arrancándolo de sí mismo. Poco después, la piel de Lucian le provocaría escozor y se descarapelaría, mientras su boca se torcería en una sonrisa hambrienta. Sentiría las llamas y escucharía al demonio susurrar con su propia voz. Se hundiría en el crepitante infierno de tierras índigo de salvia estallando en un mar de fuego infernal. Y sentiría el enojo. El terrible enojo imperecedero, la vergüenza, la repulsión. Bilis de odio nacida de la oscuridad de su propia alma. Solo en ese momento comenzaría la batalla: el demonio apoderándose del cuerpo de Lucian, mientras que lo que quedara del hombre intentaría recuperarlo.

Últimamente, las transformaciones empezaban a durar más de lo que le gustaba a Lucian.

Comenzaba a sentir un escozor en su piel y veía cómo se resquebrajaba contra el aire frío de la noche. Lucian se recargó en un viejo tronco, de la manera más cómoda que pudo. Sus músculos se paralizaron; aguardaban el cambio, la lucha y la promesa de un mañana.

Sus ojos se acristalaron. El cielo se tornó en un profundo carmesí, superado por un atardecer perpetuo, rodeado de llamas, y los árboles a su alrededor se irguieron como abominables tótems envueltos en neblina densa y sobrenatural. Solo la hoguera iluminaba al mundo como realmente era, dejando ver los verdes y los marrones de la pradera irregular. El cambio había comenzado.

Y si no era el cambio, era algo mucho peor.

En la profundidad del bosque, sonó el silbato de un tren. Su resonar era hueco, era un sonido deformado y abismal que provenía de la niebla oscura de la visión del demonio. Esto era algo nuevo, Lucian no estaba preparado para enfrentar a esa criatura y, al estar encerrado en un combate consigo mismo, no podía girar ni retirarse. Intentó ponerse de pie mientras gruesas piernas metálicas astillaban los bosques primitivos como si fueran juguetes, arrastrando un torso colosal torpemente detrás de ellos. No podía moverse ni apartar la mirada del núcleo resplandeciente de carbones hambrientos, o de la siniestra carne, o del humo proveniente de la hilera de válvulas locomotoras que recorrían los hombros de un gigante muerto desde hacía mucho tiempo.

Lucian pensó que era un diablo. Otro diablo.

La cosa descomunal avanzó hacia él, aún oscurecida por la niebla, y dobló sus gigantescas piernas hasta que un rostro familiar se asomó a la luz de la hoguera.

Lucian · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

''Lucian'', dijo.

Lucian lo reconoció de inmediato. Era el millonario que durante mucho tiempo consideraron como desaparecido o muerto; el millonario que hacía muchos años había apostado su propio corazón en el juego de azar de un Forastero.

''¿Jeremiah?''.

El viejo empresario se rio. Estaba horriblemente deforme; los últimos rastros de su humanidad habían desaparecido y habían sido reemplazados por máquinas de vapor infernales y los esqueletos destripados de una decena de trenes de carga arruinados. Su vientre se hinchó con el calor de la caldera de un diablo; la hoguera que estaba entre los dos viajeros parecía sentirse atraída hacia él, como si Jeremiah la estuviera inhalando.

''Ya me deshice de ese nombre, mi buen alguacil'', dijo con una voz que se derretía sobre la tierra mientras Lucian estaba sentado, completamente paralizado, frente a él. ''Ahora puedes llamarme Urgot, porque ese es el nombre que adopté''.

''Sé qué te estás preguntando'', continuó. ''Entiende que derribaron mis esfuerzos por civilizar esta desesperada tierra, y abandoné mis planes de tener un gran imperio de acero. No, cometí un error de arrogancia: acepté un trato, al igual que tú lo hiciste alguna vez... y pagué un precio muy, muy alto por él''.

El coloso señaló hacia donde podría haber estado su corazón; ahora solo había una masa enredada de cobre blanco ardiente. Los rumores eran ciertos. Jeremiah había muerto.

''No fue una muerte'', dijo él, como si arrebatara la idea del aire. ''Aunque para el momento en que me devolvieron mi valiosa propiedad, era demasiado tarde para seguirme considerando vivo. Mi cuerpo fue abandonado al borde del desierto por unos... asociados... que han conocido el terrible precio de la traición. Sin embargo, como tú sabes, existen muchos diablos... y a diferencia del monstruo que no pudiste destruir, a mí me visitó uno con una oferta particularmente tentadora''.

Urgot estaba cerca, la hoguera se vertía por completo hacia su estómago. El rechinar de miles de engranajes ansiosos resonaba desde algún lugar de su interior. Lucian se imaginó unas fauces devoradoras encadenando el cielo antes de engullirlo por completo.

''Sé que perderás el duelo en tu interior, alguacil. Yo lo hice. Abandonado por mis pérdidas, recurrí a la delincuencia común y a los vacíos más oscuros de mi triste imaginación mortal. Cuando me sigas por ese camino, porque créeme que lo harás, pretendo encontrarme con la criatura que lleva puesto tu cuerpo. Tenemos... muchas cosas por discutir''.

Habiendo dicho eso, las enormes piernas metálicas alejaron a Urgot, hasta que su boca infernal iluminada desapareció de la vista. El cielo se torció y se rompió... un sol amargo fue reemplazado una vez más por la fría y oscura medianoche, y Lucian se encontró solo.

La sombra lo reclamaría dentro de poco.

Tenía que actuar con rapidez.



Lucian había sido descuidado.

Olvidando lo que era un diablo y el tipo de poder que podría ejercer, él y Senna se apresuraron a una tundra alpina a caballo, decididos a terminar con Thresh de un solo tiro. Lucian era uno de los mejores alguaciles que el equipo había llegado a ver; Senna era la mejor. Eran valientes, impulsivos y estaban enamorados... y Thresh había estado esperándolos.

El diablo llamado Thresh no era un monstruo ordinario de la frontera del norte. Rapaz y cruel, había vivido por eones antes de que los hombres del Viejo Mundo pisaran las costas orientales de su continente.

Los seres cósmicos que dieron a luz a los dioses envejecieron y murieron, y sus cuerpos ancestrales cayeron en la tierra para convertirse en montañas, valles y mares primigenios, pero Thresh continuó, su vida antinatural era sostenida por una voraz sed insaciable de destrucción. Antes de que las palabras habladas pudieran dar forma a su nombre, todos los seres vivientes conocían su rostro: el cráneo de una bestia y una ardiente mirada llena de odio, observándolos con una expresión amenazante. Su malicia estaba entrelazada tan profundamente con su forma ancestral que jamás podría ser purgada. Caminó sobre los destrozados cuerpos de las vastas cosas a las que él había sobrevivido, devorando las almas de sus tristes y abandonados niños.

Lucian ni siquiera vio a su oponente antes de que un látigo afilado hiciera un corte limpio en su hombro, derribándolo del caballo e inutilizando su brazo de tiro. Senna saltó por el arma de su amante, pero a ella también la alcanzó el poder del diablo; muros de llamas explotaban de la tierra mientras su risa resonaba en su decolorado cráneo descubierto. Su voz retumbó dentro de sus cabezas, un profundo aullido primigenio y, en su mente, Lucian vio a la bestia hundir su espada profundamente en la garganta de Senna. La batalla había durado tan solo unos segundos, y Thresh ya era el ganador.

El diablo estaba de pie ante Senna, las llamas dentro de su cuerpo ancestral se retorcían ante el aire frío y sacó una cuchilla dentada de algún lugar de su andrajoso y ondeante abrigo. Lucian había visto los cadáveres desollados de una decena de poblados fronterizos en el camino a la guarida de Thresh, y las pilas de músculos retorciéndose donde desafortunados vagones de tren habían atraído su mirada infernal. Lucian estaba preparado para que el diablo lo tomara, siempre lo había estado... pero no permitiría que Senna compartiera el destino de un joven y tonto pistolero.

Y Thresh, probablemente entretenido de forma momentánea después de tantos años de matanza oscura y suntuosa, le ofreció un trato.

Lucian pensó que era algo muy simple. Tan sencillo de aceptar.

Su alma a cambio de la vida de la chica.

Entonces la sombra se apoderó, el odio y la vergüenza dentro del joven alguacil cobraron vida, secuestrando sus sentidos y su cuerpo, corrompiéndose ante los ojos suplicantes de Senna. El trato se había cerrado y el pacto estaba sellado. Cuando la visión de Lucian se convirtió en llamas, vio cómo el monstruoso diablo al que habían enviado a cazar giraba hacia el cuerpo indefenso de Senna, riendo espantosamente mientras le arrancaba el corazón.



El santo reverendo de Nuevo Edén era poco conocido o comprendido, pero los rumores de su supuesto poder se habían extendido por todos los territorios del este. Se decía que era un hombre que podía comunicarse con los muertos, aunque muy pocos sobrevivieron la peregrinación hacia el inexplorado noroeste para comprobar si los rumores eran ciertos. Aquellos que se embarcaron hacia Nuevo Edén jamás volvieron, y ahora, mirando hacia el enclave desde una colina cerca, Lucian comprendió la razón.

La comunidad de la modesta iglesia era pequeña y próspera, intacta por los elementos y sin la contaminación de las bestias del bosque, estaba rodeada de cosechas abundantes y pintorescas casas que parecían estar rebosantes de vida. Los niños corrían por los senderos de tierra, mientras que los tenderos y los habitantes de la aldea transitaban pacíficamente, alejados de demonios y forasteros, gorgonas y gigantes, y las maquinaciones de clanes bandidos que deberían haber saqueado cada edificación desde hacía ya mucho tiempo. Era un lugar sacado de un cuento de hadas, limpio y reluciente. Lucian se preguntó por un momento si ya habría perdido el duelo contra el demonio, y esta era su recompensa.

Descendió de la colina y los aldeanos voltearon a ver al recién llegado.

''¿Vienes a ver al santo reverendo?'', preguntó un joven de rostro fresco.

Lucian asintió.

''Entonces, aleluya, forastero'', sonrió él. ''Has venido a casa''.

Ningún poblado que Lucian recordara se comparaba con las vistas de Nuevo Edén. Una panadería inundó su olfato con el aroma de pan fresco mientras una joven bailaba y violinistas tocaban en la calle. Canciones de salvación se desplazaban por las salas de hidromiel, que nunca habían conocido la locura violenta del Viejo Oeste. La gente común lo saludaba al pasar, le ofrecían comida y agua, y le preguntaban de dónde venía y adónde se dirigía.

En su interior, el demonio se enfureció, pero en la luz del día Lucian podía dominarlo y controlarlo. Y había algo en este lugar que lo tranquilizaba, haciéndolo sentir como hacía mucho tiempo no se sentía.

''Aquí nadie le teme a la muerte'', dijo alguien. Lucian se dio la vuelta para encontrar a un amable anciano usando las modestas vestiduras de un predicador, y que poseía un brillo juvenil en sus desvanecidos ojos. ''El miedo a la muerte es el miedo a la vida. Aceptamos a la muerte por lo que es y vivimos una vida libre de las trampas de su incertidumbre''.

A Lucian le agradaba la forma de hablar del hombre. Su discurso tenía una cadencia suave, como la de una canción.

''No sé si creo eso'', contestó Lucian.

El hombre sonrió. ''Por supuesto''.

Continuó avanzando sin ninguna dirección en particular. Lucian lo siguió.

''Vivimos en una tierra de ángeles y demonios. Vemos su influencia todos los días, para bien y para mal, y las calamidades que desatan. El mundo es viejo, pero muchos de nuestros dioses siguen vivos, observando a su progenie justo ahora''.

Señaló hacia el centro del pueblo, donde se encontraba una pintoresca iglesia de muros blancos y techo azul. El edificio era inmaculado, incluso los vitrales parecían brillar, pulidos hasta tener un destello radiante. Los aldeanos entraban y salían, hablando y riendo, mientras que los niños se reunían alrededor de sus piernas. Parecía que la hubieran construido ayer.

''Y otorgan muchos regalos a los fieles. El regalo de la vida, el regalo del amor''.

El hombre se volvió hacia Lucian con una sonrisa conocida en el rostro.

''Y el regalo de la muerte''.

Algo resonó curiosamente en los oídos de Lucian. Había sido la forma en que el hombre dijo la palabra muerte, la forma en que el sonido fue delimitado por sus labios, como un secreto dicho a una amante. Los transeúntes también se habían quedado inmóviles, con los ojos cerrados como si estuvieran soñando, y solo volvieron a abrirlos cuando la extraña melodía terminó de inundarlos.

''Cuando estés preparado, encuéntrame adentro'', dijo él. ''Me llaman reverendo Karthus y tengo mucho que quiero mostrarte''.



El interior de la iglesia era limpio y blanco, sus bancos estaban pulidos y su púlpito era modesto. Karthus envió al resto de su congregación afuera y observaron a Lucian amorosamente al pasar. Algunos susurraron ''bienvenido'' mientras avanzaban, otros juntaron sus manos como reverencia silenciosa. Para Lucian, Nuevo Edén parecía ser un niño dormido que aún no ha despertado para ver a los monstruos del mundo afuera de su puerta. El hecho de que permaneciera de pie era un testimonio de los poderes que Karthus afirmaba poseer, reales o no.

En lo profundo de Lucian, la sombra enfureció. Una vez más sintió escozor en su piel, llamas burbujeando desde un rincón oscuro de su alma y su boca retorciéndose, formando una sonrisa burlona y forzada. Pero había algo distinto: la criatura estaba aterrada y Lucian no podía comprender el porqué.

''Vaya, vaya'', dijo Karthus, con una sonrisa en el rostro. ''No podemos tener eso ahora, ¿verdad?''.

El reverendo recogió un pequeño libro negro encuadernado, con el símbolo de una llave de oro. Con una suave seña y unas palabras ininteligibles, de pronto, el demonio había quedado en silencio, pero no antes de que Lucian sintiera algo más, algo que la criatura nunca había hecho. Suspiró suavemente en su oído, un gemido bajo y crepitante de un fuego agonizante.

''Ellos son monstruos''.

''En una tierra de ángeles y demonios, me pregunto, ¿en qué te convertirás tú?'', continuó Karthus, poniendo una estola desgastada en sus hombros. El reverendo le indicó a Lucian que se arrodillara ante él, y para la sorpresa de Lucian, lo hizo.

''¿Por qué peleas esta batalla? ¿Qué es lo que puedes ganar?''.

Lucian no contestó. La luz había comenzado a atenuarse mientras la música esperanzadora de Nuevo Edén se deformaba lentamente en un lamento extraño y asimétrico. Karthus asintió despacio, su sonrisa se volvió más grande, y Lucian mantuvo los ojos enfocados hacia delante. Un curioso deslizamiento resonó desde las tablas del piso a sus espaldas. Era un sonido que conocía bien.

''Entregamos demasiado de nosotros mismos al miedo'', dijo Karthus con una voz cada vez más profunda y oscura. ''Y tú has entregado más que todos''.

Las energías se arremolinaron alrededor del anciano: luminiscencias azules y verdes en formas toscas de amigos que Lucian había perdido y de cosas que había matado. Bailaron contra las vigas de la iglesia ahora decrépita; la pintura de los muros se despegaba para dar lugar a una putrefacción negra y enmohecida.

Lucian sintió la presencia de al menos una decena de figuras detrás de él. Algunos estaban agachados en sus cuatro extremidades, otros trepaban suavemente sobre los bancos destrozados y retorcidos, y otros aguardaban fuera de la iglesia mientras sus disfraces humanos se derretían. Lucian comprendió la razón por la que el poblado permanecía intacto, la razón por la que su gente parecía tan buena y amable: no eran personas. O si alguna vez lo fueron, habían muerto hace mucho tiempo.

Las manos de Lucian se dirigieron lentamente hacia sus pistolas.

El reverendo se cernió sobre él, levantándose del suelo mientras sostenía el libro con la llave dorada, su sermón explotó en un coro eufórico de voces superpuestas: ''¡Nuestras almas serán purificadas en las frías aguas de la muerte! ¡Nuestros destrozados espíritus serán reparados y lo que perdimos regresará!''.

Las criaturas detrás de Lucian se arrastraron hacia delante, babeantes y hambrientas, mientras que Karthus flotaba aún más alto, con los brazos estirados, ascendiendo por el aire mohoso. Imágenes del pasado de Lucian giraron a su alrededor, hombres y mujeres cuyas muertes se reprodujeron una y otra vez.

Una voz familiar llegó a su oído, casi pronunciando una palabra, pero no.

''¿La escuchas?'', preguntó Karthus.

Lucian escuchó.



El sonido era crepitante, cenizas de una hoguera y los golpes de una batalla. Hablaba sobre la muerte de Senna y de cómo Lucian se había hundido en desolación. Durante años, el alguacil arruinado había deambulado de un lugar a otro, muerto en todos los aspectos salvo en su nombre, carente de toda felicidad. A medida que pasaban los días, otro pensamiento pequeño y cruel llenaba su mente, y la sombra se había vuelto salvaje en su interior; su oscuridad ansiaba tomar el control. Había que investigar toda oferta de paz, sin importar cuán peligrosa o insensata fuera.

Lucian había escuchado sobre un hombre que podía hablar con los muertos y había ido tras él sin dudarlo. Se había entregado a una sombra que tomaba la forma de su odio monstruoso y le permitió controlarlo por completo.

Lucian se encontró solo con el demonio, lejos de la iglesia, y lejos de las calles de Nuevo Edén. Los dos se encontraban separados, uno frente al otro, en un campo de flores blancas iluminado por la luz de la luna. Lucian podía sentir el viento frío contra su piel. Podía ver las luces distantes de un poblado, en lo alto de las montañas, y a la luna colgando en el cielo. Debajo del demonio, las flores ardían, pero la criatura se mantuvo calmada, con el rostro retorcido en una sonrisa familiar y maliciosa.

Lucian respiró. Gran parte de sí mismo se había perdido en la sombra, en Thresh y en el espectro del implacable oeste. Pero él aún tenía control de su propia alma, no corrompida por completo, y la sombra era parte de ella... era parte de él.

Se acercó más, despacio, cada paso quemaba más a las flores.

Lucian extendió su mano y la sombra apoyó una extremidad carbonizada sobre ella. Susurró: ''¿Arrojarías a tus enemigos al fuego?''.

Lucian permanecía en silencio. Su piel crepitaba ante el contacto con la sombra, pero no dijo nada. Ya tenía su respuesta.

Susurró una vez más, ahora con la propia voz de Lucian mientras su cuerpo de cenizas se unía con su carne mortal: ''entonces iremos juntos''.



''¿Escuchas el amor que perdiste?'' Karthus cantó.

Lucian desenfundó su pistola. ''No''.

Su brazo se alargó, estirándose al cañón infernal del demonio dentro de él, y un rayo de fuego profano rasgó la frente de Karthus. Mientras el cuerpo del predicador caía, Lucian giró, derritiéndose en la sombra a la vez que un monstruo saltaba gritando hacia él desde uno de los bancos rotos. Disparó nuevamente, destruyendo a la criatura, y dio un tercer disparo hacia la multitud de sus semejantes, quienes observaban asombrados y boquiabiertos: violinistas y panaderos, bailarines y granjeros estaban ahora encogidos, retorcidos y vacíos. La bala explotó entre ellos, haciendo volar sus cuerpos en pedazos, y de inmediato, la corriente de un mar de horrores fluyó a través de las puertas, ventanas, y grietas de la fachada arruinada de la iglesia. Nuevo Edén se había alzado para saludarlo.

El cuerpo de Lucian dio paso a la sombra y levantó los brazos mientras una corriente de fuego líquido atravesaba la multitud de monstruos. El demonio chilló de alegría, su voz se fusionaba con la de Lucian, y salió disparada por los aires mientras el fuego infernal salpicaba en todas direcciones. Madera ardiente cayó del techo cuando los disparos desgarraron los frágiles muros de la iglesia, atravesando los páramos deslumbrantes de Nuevo Edén, encendiendo el pueblo. Los monstruos chillaron de terror, sus hordas intentaron huir, pero el demonio era rápido; saltaba rápidamente a través del techo derruido y se dirigía hacia las calles deterioradas, disparando los cañones del infierno hacia las bocas aún abiertas de las criaturas.

Después, Lucian surgió desde el interior de la forma del demonio, su cuerpo rebosante de bruma con cenizas. Juntó sus pistolas mientras las hordas de no-muertos se dispersaban en todas direcciones. La magia artificial entretejida en el cañón de metal burbujeó, sus intricadas filigranas hacían una espiral hacia fuera mientras los cañones se fundían, hambrientos. Un haz de luz concentrado surgió del interior de ellos, haciendo cortes por las planicies mientras los no-muertos se derretían debajo de su furia en medio de gritos.

Pronto, la luz se desvaneció, y el metal se desenrolló mientras Lucian examinaba su entorno.

Esperó. La sombra de su interior estaba en silencio. Los monstruos no salían más de las casas abandonadas en llamas ni de los cultivos podridos. Karthus yacía muerto mientras su iglesia colapsaba a su alrededor, las llamas consumían incluso el recuerdo de su magia caída. A través del borde de su mirada, Lucian juraba que podía ver al viejo predicador, sonriendo entre la multitud de los habitantes de Nuevo Edén, cuando el techo en llamas finalmente se desplomó sobre sus cabezas.

El otrora alguacil le dio la espalda a la civilización y comenzó a caminar, con la sombra sonriente detrás.

Había estado cerca de volver a hablar con Senna. Más cerca que nunca. Pero Lucian ya no necesitaba el consuelo de los antiguos rituales y encantamientos; volvería a ver a su amor, de una forma u otra, el día en que lo sepulten bajo tierra. Ese era un fin apropiado para un verdadero y valeroso pistolero. Hasta ese momento, había cosas terribles acechando en la oscuridad, por lo que solo podía imaginar que pronto el demonio llamaría a sus puertas.

Ahí fuera, en algún lugar de las salvajes extensiones de la gran frontera, Lucian tenía un diablo que matar.

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Las publicaciones originales

Fuentes y lecturas relacionadas

Historia completa de Jared Rosen. Publicado 2018-08-30. La fecha de publicación no es una fecha en el mundo. Las ilustraciones conservan sus propias leyendas y fuentes.

  1. El Hombre con la Sombra Sonriente · Jared Rosen ↗
  2. Lucian ↗

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