Por Ian St. Martin · Historia completa
LOS VERSOS DISONANTES
Pentakill · universo alternativo
''¡Necios!''.
La palabra resonó en el oído de Melodie como un latigazo, reverberando desde el otro lado de los muros del templo y sacándola de la tranquilidad habitual de sus meditaciones.
Sus dedos dejaron de danzar a lo largo de las cuerdas de su divinitara y sus ojos de un cálido color avellana se abrieron para contemplar la mampostería en forma de arco del santuario interior del templo. Tras dejar el instrumento con toda la reverencia que merece aquel objeto terrenal que le permitía comulgar con el ser divino Cacophoni, Melodie se levantó y se dirigió a la entrada, de donde provenía la inquietante voz.
Levantó el velo hecho de plectros laqueados que llevaba sobre el rostro, antes de que los espirales de incienso y la luz de los soles del mediodía la cegaran por un momento. La gran ciudad se extendía ante ella. Piedra, hierro y cristal forjados en brutal armonía por los elegidos de los dioses. Grandes monolitos flotaban en el cielo, llevando y reforzando el repique del Temporonomicón, el rítmico latido del mundo.
Todo estaba en armonía, salvo aquella voz enfadada emitida por un hombre, a quien Melodie ahora contemplaba desde lo alto de la escalinata del templo.
Era joven, de complexión delgada y piel clara, con delicados mechones de color rubio platinado que le caían hasta los hombros. Su semblante era apasionado y sus ojos ardían con el fervor de la convicción. Estaba solo, envuelto en harapos, y la multitud se alejaba de él como si estuviera enfermo.
''Les han llevado por el mal camino'', continuó el joven, apelando a la muchedumbre molesta que lo rodeaba. ''Engañados por los que pretenden ser los únicos dueños de la verdad''.
Melodie miró a los Rectificadores, esos altos y corpulentos guerreros vestidos con placas de latón reluciente que ejercían de guardianes del templo, tan quietos como las estatuas que protegían.
¿Por qué no lo detenían?
El joven señaló el patio principal y las representaciones brutales y abstractas de la Hueste del Estruendo que predominaban en él. ''Stentorus, Cacophoni y Perpetuum'', dijo. ''Los dioses son reales y dignos de ser adorados, pero la fe que se levanta en su nombre está basada en mentiras. ¿Y sus campeones?''.
Apuntó con un dedo en señal de acusación a los monumentos un poco más chicos que se alzaban con los dioses en la majestuosidad silenciosa del granito y el mármol dorado, los caudillos que habían elegido para gobernarlo todo.
Pentakill.
''Cimentaron sus tronos con el sudor de todos ustedes'', soltó con desdén. ''Calmaron su sed con su sangre. No son más que esclavos para ellos. ¡El trabajo que ustedes realizan es la argamasa que impide que su acto vetusto e inmutable se derrumbe!''.
Melodie se estremeció ante aquella herejía y las palabras se incrustaron en sus pensamientos. Sacudió la cabeza para liberarse de ellas, pero se aferraron a ella con dolorosas espinas. Sin embargo, no quiso huir de vuelta al santuario del templo, sino que cobró fuerzas con la inevitable réplica de la multitud.
''¡Mentiroso!''.
''¡Blasfemo!''.
''¡Que las escrituras te maldigan!''.
El hombre rio con amargura. ''¿Escrituras? Pentakill quiere que crean que los libros sagrados están completos, que no se han arrancado páginas de ellos ni escondido por temor, que todo el poder en el universo se reparte únicamente por la Hueste del Estruendo. ¡Les repito que les están mintiendo!''.
La inquietud se extendió por la masa reunida, con murmullos de sorpresa y duda.
''Hay más de lo que les han permitido saber'', prosiguió con un tono de voz más suave y empático, aunque con una proyección más firme. ''Ustedes creen que es la voluntad de los dioses la que traza sus caminos... pero amigos míos, hay otro...''.
''¡Ya basta, Viego!''.
Melodie se dio la vuelta, oyendo el susurro de un manto de cuerdas doradas que se arrastraba sobre las losas. Qylmaster el Santificador emergió del sosiego del templo, cruzó el umbral y bajó los escalones con toda la grandeza y seguridad que posee alguien de su rango.
''Me preguntaba cuándo se haría presente, sacerdote'', sonrió levemente el hereje. ''Marioneta de la luz agonizante''.
''Abandona este lugar'', dijo Qylmaster con una voz tranquila y mesurada, pero sin dejar lugar a la discusión. ''¿Has caído tan lejos de la gracia de Perpetuum que eres sordo al veneno que escapa de tus propios labios? No perturbes más a estos inocentes y verdaderos creyentes''.
Viego se inclinó hacia delante y escupió en el suelo. ''Ya no tienes ningún poder sobre mí, anciano. No me inclino ni me postro a los pies de tus desgastados ídolos. Rindo cuentas a un poder más verdadero, uno digno de adoración. ¡Hablo sobre el Disonante!''.
La expresión del Santificador cambió. Su tono se convirtió en un gruñido. ''Vete. Ahora''.
Viego se irguió. ''¿Y si me rehúso?''.
Qylmaster alzó la mano y dejó ver unos pequeños platillos atados a sus dedos pulgar e índice. ''Entonces serás expulsado''.
El Santificador chocó sus dedos una vez, y en respuesta a la campanada los Rectificadores dieron un paso adelante al mismo tiempo. Los acólitos consagrados de Stentorus llevaban mazos de madera de jabí endurecida por las llamas y sus pisadas eran un staccato de percusión sobre la tierra. Rápidamente rodearon a Viego, con las armas en alto y preparadas para abatirlo.
''No toleraremos más apostasía'', dijo Qylmaster. ''Calma tu afilada lengua, o en nombre de la Hueste del Estruendo haré que te la arranquen de la boca''.
Pero Viego solo hizo una mueca. ''¿Por qué no llamas a tus estrellas justicieras, eh? ¿Dónde está Pentakill para contestar por el 'veneno' que profiero?''. Se volvió de nuevo hacia la multitud. ''En lo alto de sus torres doradas, llenos y corruptos gracias al trabajo de todos ustedes. Que vengan aquí y me digan que me vaya. De ser así, me iré sin incidente alguno''.
Hubo un momento de silencio. Viego aguzó el oído y sus ojos se encontraron con los de Melodie, aunque solo por un momento.
Luego sonrió. ''Nada. Eso pensé''.
Melodie observó, estremecida por la escena que se desenvolvía ante ella. No podía aceptar la visión del mundo que Viego les imponía a todos. Cuestionar el poder de la Hueste era como afirmar que los soles gemelos no ardían o que los océanos amargos no subían y bajaban. Pentakill era la mejor banda de todos los tiempos y los legítimos campeones de los dioses. ¿Por qué permitían que esto continuase?
La inquietud comenzó a extenderse entre la multitud. Los gritos y las palabras iracundas se convirtieron en empujones y golpes. La violencia y la incertidumbre se adueñaron del patio del templo conforme amigos se enfrentaban entre sí, incitados por la intrigante locura de los delirios de Viego.
''¡Silencio!'' Exclamó Qylmaster, levantando los brazos. ''¡Paz, hermanos y hermanas! Cierren sus oídos y sus corazones a estas mentiras''.
Miró con desprecio a Viego.
''Has caído muy bajo, hijo mío. Me duele enviarte aún más abajo. Honorables hijos de Stentorus, ¡los desato!''.
Los Rectificadores golpearon al unísono: tres golpes agudos y resonantes de latón que abatieron a Viego. Sus mazos se levantaron y cayeron, una y otra vez. Melodie tuvo que apartar la vista, estremeciéndose al oír cada golpe.
El cuerpo frágil de Viego fue aprehendido, arrastrado por las calles y acribillado con insultos y restos de basura. Al final de este desfile indignante, las puertas de la ciudad se abrieron de par en par y lo arrojaron a un montículo de tierra al otro lado de ellas.
Melodie sintió cómo Qylmaster posaba la mano en su hombro suavemente mientras pasaba. ''Ven, niña. Esto no es algo que los devotos deban presenciar''.
Sin embargo, no pudo moverse. El miedo la inmovilizó por completo y... algo más. Una nueva sensación subió por su espalda, mientras veía a Viego ponerse temblorosamente de rodillas fuera de las puertas.
Duda.
''No... pueden detener la... tormenta que se avecina...'', exclamó entre labios partidos. ''¡Todas sus mentiras y... mo-monumentos serán arrasados! Su... arrogancia reducida... a cenizas...''.
Cuando las puertas se cerraron, Viego se levantó desafiante.
''¡Soy un discípulo de la Disonancia! ¡Les mostraré! ¡Les mostraré a todos!''.
II: Las dudas de la penitente
La música era un manantial de calma en la vida de Melodie. Los riffs y los acordes eran un oasis que hacía que todas las demás preocupaciones se desvanecieran. Sin embargo, por mucho que lo intentara, no podía olvidar las palabras de Viego, a pesar de que habían pasado varios días desde el incidente afuera del patio del templo. Rasgueó su divinitara deseando dejar que todo, excepto su corazón, su mente y sus dedos, se alejara.
Aun así, la duda seguía presente.
La tonada que Melodie estaba tocando se distorsionó cuando su dedo resbaló, cortando el aire con discordancia. Se detuvo y maldijo en voz baja detrás de su velo al escuchar el suave roce de las cuerdas doradas que se acercaban.
''Hay sufrimiento en tu música, Cuerdista''.
Melodie alzó el rostro y su mirada se encontró con Qylmaster el Santificador. Él la observó con preocupación. ''¿Los sucesos del otro día aún te perturban?''.
Melodie apartó la mirada. ''Confieso que sí''.
Un suave suspiro de comprensión salió de los labios de Qylmaster. ''La herejía no suele ser generosa'', dijo, sentándose a su lado. ''Y menos con los propios herejes. Hay que compadecerse de ellos, ayudarlos siempre que sea posible, pero no hay que prestar atención a sus delirios y mucho menos profundizar en ellos''.
''Ojalá fuera tan sencillo'', replicó Melodie, casi sorprendida por su propia franqueza. ''Sus palabras sembraron temor en mi corazón. Un temor que se aferra a mí, incluso ahora''.
El Santificador asintió una vez y se puso de pie.
''Camina conmigo, Cuerdista Melodie''.
Siguió a Qylmaster desde el santuario interior y ascendieron por una escalera de caracol atravesando un piso tras otro del templo, hasta que salieron de su torre más alta.
La vista le quitó el aliento. Nunca antes había estado a tal altura, capaz de contemplar toda la ciudad a la vez. Los templos menores y la variada vociferación poblaban el paisaje, ofreciendo cantos y estrofas a los dioses en las alturas con tal fervor que podían oírse incluso en los páramos más allá de la ciudad. Y allí, al oeste, se encontraba el Cenicentro, esa gran arena erigida en el lugar de la triunfal ascensión original de Pentakill.
Sintió como si pudiera estirar la mano y tocar los monolitos flotantes en lo alto, y dejó que sus ojos se posaran en el sagrado Temporonomicón en toda su grandeza. Sin embargo, las palabras de Viego seguían rondando su cabeza. ¿Acaso ya no miraba aquella edificación con el mismo asombro?
''Observa, querida niña'', dijo el Santificador, como si leyera los pensamientos de Melodie. ''Contempla todo lo que hemos construido juntos. Todo lo que hemos logrado. Dime, ¿esto se realizó en el transcurso de un solo día?''.
Ella frunció el ceño. ''Claro que no, santidad''.
''¿Un año, entonces?'', insistió él. ''¿O incluso toda una vida?''.
Melodie negó con la cabeza.
''Piensa en las primeras reuniones, en esos primeros grupos primitivos que ofrecían música y cantos, como podían, a los dioses. ¿No crees que estaban atemorizados?''.
''Deben haberlo estado'', admitió Melodie.
''Bastante. Y, sin embargo, perseveraron, porque tenían la verdad de sus creencias para sostenerlos. Triunfaron sobre su miedo y por esa victoria la Hueste del Estruendo nos consideró dignos de apadrinamiento. Todo lo que hemos hecho desde entonces ha sido por su gracia eterna''. Su brazo se volvió a extender hacia la majestuosidad de la ciudad. ''¡Y he aquí! ¡Qué maravillas hemos hecho!''.
Melodie sonrió. ''Es hermoso, en su brutalidad''.
''Entonces, puedes estar tranquila. Porque nuestro camino es justo y tan fuerte como el acero. Las palabras del mentiroso e insensato Viego no son nada en comparación''.
''Sus palabras fueron astutas'', dijo Melodie. ''Fueron tan sinceras. Me avergüenzo de mi duda''.
''Nunca debemos dudar. La duda es una puerta que solo lleva a la ruina. Desgracia sobre su nombre. Castigamos a Viego y lo expulsamos, y ahora me maldigo incluso por la bondad de aquello. Es mejor que haber ido aún más lejos''.
El velo de plectros tintineó cuando Melodie hizo una breve reverencia. ''Le agradezco su sabiduría, santidad''.
''Vamos'', dijo Qylmaster señalando las escaleras que bajaban al templo. ''Te he oído tocar, hija mía. La inspiración de Cacophoni te ha bendecido generosamente. Tu fuerza no se limita solo a la música, sino también a la mente, a la voluntad. No necesitas mis débiles palabras para enfrentarte a los desafíos de este mundo''.
''De igual forma, las agradezco''.
Descendieron, caminando en un silencio reconfortante, hasta llegar a su humilde alcoba. Melodie contuvo una risa.
''Pensar que podría haber un capítulo perdido de las escrituras, otro dios...''
''¡No se hablará más de este asunto!'' Exclamó Qylmaster, perdiendo todo rastro de su calidez anterior. Melodie se arrodilló, sumida en un silencio mortificador, aferrada a su divinitara para apoyarse.
Un vacío llenó el santuario. Adeptos con velos, acólitos y místicos intercambiaban miradas y susurraban. No pudieron evitar escuchar la réplica del Santificador, sus ojos como dagas atravesaron a Melodie desde todas las direcciones.
''Existe la Hueste y nada más''. Qylmaster se alzó sobre ella. ''Tus dudas nos perturban a todos, sacando nuestra fe de su cadencia divina. ¿Acaso no eres digna del rango de cuerdista? Reza por misericordia, Melodie. Reza para que tus irreflexivas palabras sean perdonadas''.
Melodie agachó la cabeza, maldiciéndose por su frivolidad. ''En nombre de Cacophoni''.
''Tu penitencia será una docena de solos''. Qylmaster le entregó un delgado frasco de cristal, que ella aceptó. ''Medita sobre la majestuosidad de la Hueste del Estruendo mientras haces tu ofrenda''.
Melodie comenzó a tocar. Sus dedos se desvanecían sobre las cuerdas. Después de un rato, el metal vibrante comenzó a lastimarla, pero el alivio la invadió. Terminó el primer solo en menos de una hora.
No fue sino hasta la mitad del cuarto solo que los callos de sus dedos se abrieron.
La sangre manchaba las cuerdas y llegaba hasta el borde inferior del diapasón de la divinitara. Tuvo sumo cuidado en guardar cada gota carmesí en el frasco. Al final del solo número doce, Melodie apretó sus manos temblorosas hasta llenar el frasco.
Miró sus dedos ensangrentados, sin poder apartar de su mente la figura vapuleada de Viego, quien yacía maltrecho en el suelo.
Y donde antes había dudas, la ira ocupó su lugar. Una ira distinta a la que jamás había sentido antes.
''¿Has cumplido tu penitencia?'', le preguntó el Santificador cuando se acercó a él. ''¿Y te hizo entrar en razón, Cuerdista?''.
''Rezo para que así sea'', respondió Melodie entre dientes. ''Sé que las palabras de ese hombre eran mentiras. Porque si fueran ciertas, nadie aquí las negaría, ¿verdad?''.
''Creía que ese asunto había concluido'', refunfuñó Qylmaster. ''¿Me equivoqué?''.
Melodie se estremeció. ''No, Santificador, es solo que...''.
''¡Tal parece que la penitencia no fue suficiente para calmar tu mente! ¿Es necesario que te saque de este templo hasta que hayas entrado en razón? Tal vez así sea. Oh, niña, parecías destinada a elevarte tan alto entre nosotros. ¡Pudiste convertirte en una fuente de sabiduría sagrada! ¡Y enseñar a otros los principios de la fe!''. Qylmaster negó con la cabeza. ''Ahora solo mírate. Soporta esta vergüenza como yo soporto mi decepción''.
Melodie dirigió su mirada hacia el templo, pero solo encontró juicios, frialdad e incluso algunas risas ahogadas ante su situación. Sabía que entre ellos había gente como ella, con preguntas y dudas. Sin embargo, le dieron la espalda. Su negación era una fuerza casi física que alejaba a Melodie de la luz del templo.
Nunca se había sentido tan sola.
''Ahora te irás'', dijo Qylmaster. ''Regresa cuando tu fe lo haya hecho y decidiremos si eres digna de un lugar entre nosotros''.
Melodie recorrió las calles sin saber adónde ir. Con la vista empañada por las lágrimas, chocó con un artista callejero que intentaba torpemente apaciguar a los tres dioses al unísono, con un extraño aparato de instrumentos atados a sí mismo. El hombre cayó al suelo en medio de un estruendo de platillos baratos y el chirrido de cuerdas de cátgut.
Melodie se arrancó el velo de la cara y mientras lo contemplaba, la sangre de sus manos se mezclaba con la laca de la tela. Después, lo arrojó a la alcantarilla.
Estaba furiosa. Furiosa consigo misma, con el Santificador... y sobre todo con la idea de que las mentiras de Viego pudieran no serlo.
III: Una tormenta de disonancia
Melodie barría los escalones del templo con un ritmo suave y uniforme, tratando de ignorar el calor sofocante de los soles. Se concentró en el balanceo equilibrado de la escoba, con sus ásperas cerdas rozando la piedra, satisfecha de que, incluso en esta humilde tarea, estaba volviendo a hacer música.
Las semanas que había pasado vagando por la ciudad no habían disipado sus dudas, ni la nueva ira que surgía en su corazón. Pero aun cuando parecía que todo lo demás se había derrumbado a su alrededor, se aferró a lo que sabía que le traería paz.
La música.
Había permanecido con los demás mendicantes y aspirantes en la puerta todos los días, mirando fijamente los impasibles visores de los Rectificadores, viendo cómo la luz de la tarde se reflejaba brillante en el latón. Cuando por fin fue autorizada a entrar de nuevo, Melodie se entregó a la misericordia de la fe, soportando toda la purificación que exigían para demostrar que era digna de volver al redil.
Sin embargo, una vez dentro de los muros del templo, había comenzado a buscar, a escondidas y en secreto, lo que ahora estaba convencida que les estaban ocultando a todos. Capítulos perdidos de las Sagradas Escrituras. Dioses prohibidos.
Estaba decidida a encontrar respuestas.
Todo se desenvolvió tal y como ella esperaba. Interrogada y flagelada por el Santificador Qylmaster, este al fin cedió a recibir a Melodie de nuevo en las filas de los fieles, aunque con el mismo trato que se le da a un mendigo, sin que se le preste atención ni amistad. El futuro prometedor que una vez tuvo, incluso el potencial para convertirse un día en una Caminante ungida, aquellos siervos consagrados que cuidan los instrumentos sagrados de Pentakill, se esfumó para siempre. Donde antes iba adornada con galas, y sus dedos eran un conducto para la música sagrada de la Hueste del Estruendo, ahora llevaba ropas sencillas y se limitaba a arrastrar los pies en las sombras mientras limpiaba el templo y cambiaba las cuerdas de las divinitaras de los demás.
Melodie era invisible, pero incluso la simple familiaridad del santuario interior era un consuelo... y en realidad era lo mejor para lograr el verdadero propósito en su corazón.
Se detuvo para limpiarse el sudor de la frente y suspiró. Hacía calor y estaba agotada, pero los soles empezarían a ocultarse dentro de poco y ella tendría la oportunidad, en las horas tranquilas de la noche, de buscar los capítulos perdidos, si es que los había...
De repente, se detuvo. Algo le hizo sentir una punzada en la conciencia, llegando a sus oídos y helando su sangre. Se dio cuenta de que no era un sonido lo que la había sobresaltado, sino su ausencia.
Había silencio. Mucho silencio.
Melodie nunca antes había escuchado el verdadero silencio. ¿Se había quedado sorda por un cruel giro del destino, excomulgada de los cantos que la conectaban con lo divino? Corrió hacia la puerta principal del templo, con la intención de acompasar sus pensamientos con la santa inmensidad del lejano Temporonomicón, y sus ojos se abrieron de par en par.
Se había detenido.
¿Qué podría detener el Temporonomicón?
En el momento en que se enfrentó a esa imposibilidad, una sombra cayó sobre ella, pero no solo sobre ella.
Cayó sobre todo.
El mundo se sumió en un espantoso crepúsculo cuando los soles fueron engullidos por una floreciente y maligna oscuridad. Energías mágicas de color púrpura se abrieron paso y relámpagos palpitantes de un rojo cegador se extendieron para enloquecer el cielo, descendiendo y serpenteando hacia la tierra.
Y con todo esto llegó... un sonido, o mas bien un horrible sin sonido, sustituyendo el fiel latido del Temporonomicón por el aullido de la ruina.
Los enormes monolitos que colgaban sobre la ciudad comenzaron a inclinarse y a hundirse. Sin un ritmo sagrado que los mantuviera en su sitio, dos de ellos chocaron y cayeron en picada con una lentitud titánica hasta estrellarse como meteoritos en el horizonte. Violentas ondas sísmicas recorrieron las calles a causa de los impactos. La oscura tormenta de energía trajo consigo vendavales de polvo y ráfagas de escombros que rechinaban y se estrellaban, dándole mayor voz al estruendo.
Melodie retrocedió y se aferró a una columna para mantener el equilibrio mientras veía a hombres y mujeres huir por las calles del horror que avanzaba. Los más afortunados encontraron refugio, pero fueron pocos. La tormenta atrapó a muchos y solo después de presenciar sus efectos en ellos, Melodie se dio cuenta de que estaba gritando.
Avanzaba como un depredador que envuelve a su presa. Recorría sus extremidades como una serpiente, pasando entre sus dientes para producir un sonido que ninguna cosa natural debería ser capaz de producir. Por imposible que parezca, era una especie de canción, pero su afinación era disonante, terrible y aguda. Sus rostros se hundían entre gritos ahogados de agonía y caían rendidos e inertes. Lo que llevaban dentro era extraído de entre sus ululantes labios, sacado hasta colgar por sobre ellos como las ramificaciones de un árbol carmesí.
Este nuevo y espantoso bosque se expandió por toda la ciudad, estremeciéndose con la discordancia mientras amplificaba el gran canto de la destrucción. Creció más y más fuerte, con cada nueva voz que reclamaba.
Melodie se lastimó la garganta, lo cual cortó sus gritos en seco. Observó cómo el frente de la tormenta se extendía sobre los Rectificadores que estaban preparados en el patio. Los guardianes del templo se sacudieron y se retorcieron, perdiendo el equilibrio mientras el bronce de sus armaduras escurría como cera fundida. Los mazos de madera de jabí en sus puños se incendiaron. Tropezaron, cayendo al suelo en charcos expansivos de inmundicia hirviente y metal líquido.
Melodie tuvo una arcada cuando las espirales de humo y vapor se enroscaron en el aire procedentes de los guardianes destruidos, atrayendo su mirada hacia la gran vía. Allí, a través del polvo y la oscuridad, vislumbró una figura que atravesaba las puertas de la ciudad como un conquistador, con los brazos abiertos.
''¿Viego?'', exhaló. No estaba completamente segura.
Si se trataba de Viego, no tenía el mismo aspecto que antes: un lunático vestido con harapos. Este hombre era trascendente, su carne carecía de cualquier herida que pudiera haberle causado el ultraje de las masas.
¿Acaso tuvo la razón todo este tiempo? ¿Fueron estas las bendiciones de su ''Disonante''? ¿Era esta su ira por la falsedad y la ignorancia de los fieles? Melodie debía saberlo.
''¡Al templo!'', la voz de Qylmaster llegó desde detrás de Melodie cuando ella dio su primer paso. Los ciudadanos desesperados se abalanzaron sobre ella en busca de refugio.
Pero Melodie estaba anclada en su sitio.
''No estaba mintiendo, ¿verdad?'', exclamó, aún paralizada por la destrucción que se estaba produciendo, con todas sus grandes obras en ruinas. Se volvió hacia el Santificador. ''¿Dónde está Pentakill?''.
''¡Ven aquí, niña!'', gritó. ''¡Ahora ves los males de esta herejía! ¡Ponte a salvo con nosotros!''.
''Este es un poder que solo una divinidad podría otorgar'', respondió Melodie, señalando la locura que envolvía la ciudad. ''Y esto no es obra de la Hueste del Estruendo. Existe otro dios, ¿no es así?''.
El Santificador se quedó con la mirada perdida. ''Pentakill vendrá'', murmuró. ''Vendrán a proteger a sus fieles seguidores''.
''Entonces, ¿dónde están...?'', Melodie refunfuñó. Miró hacia arriba y vio que la torre del campanario del templo, coronada por una estatua dorada de Karthus, se estaba desmoronando. ''No van a venir. Lo sabes''.
El Santificador le tendió la mano. ''Hermana Melodie...''.
Nunca había tenido un aspecto más viejo, ni más débil.
''Todos hemos estado viviendo una mentira'', Melodie le dio la espalda. ''Yo he estado viviendo una mentira. Hay respuestas, unas que creía escondidas por temor a la muerte, o por ignorancia, pero ahora lo sé''.
Señaló la tormenta.
''La respuesta está ahí''.
Melodie bajó los escalones, moviéndose contra la corriente de hombres y mujeres. Viego estaba ahí afuera, en algún lugar, haciendo precisamente lo que había prometido que haría. Estaba abriendo los ojos del mundo, a través de tal violencia y catástrofe que nadie podría negar la realidad de su protector, ese tal Disonante.
En medio de toda la devastación, sintió que casi podía oír una palabra, un nombre, casi imperceptible en el caos.
''Muuuutaaaarisssss...''.
A pesar de su horror, Melodie avanzó hacia las fauces carmesí de la tormenta. Para ella, la revelación valía cualquier precio. Si ese valor resultaba ser su propia existencia, que así fuera; la suya había sido una vida de ignorancia, pero ya no más. De alguna manera imposible, la emoción surgió dentro de ella, disipando todas las dudas y la ira a medida que aparecía un nuevo sendero, por muy oscuro y sinuoso que fuera.
Y tal vez Viego le mostraría el camino.
Fin de esta lectura

