Por David Slagle · Historia completa
Tú eres el arma
Comenzó su entrenamiento con una sola respiración. Adentro y afuera.
Escuchaba el agua gotear a través de una grieta en el techo de la cueva, la cual humedecía el suelo de piedra hasta que brillaba en medio de la oscuridad. Conocía los patrones sagrados tallados en el suelo de piedra que proclamaban destinos y órbitas. Incluso cuando cerraba sus ojos, podía ver cada arco lunar.
Practicó un par de movimientos tentativos con su espada. La piedra lunar se sentía sólida en su mano, pero permanecía etérea, como si no estuviera ahí. Era un remanente mágico de la primera convergencia, cuando la luna y su reflejo en el reino espiritual se tocaron por un instante a través del velo celestial. La piedra lunar que se desprendió de la unión llovió sobre el mundo, como si fuera un puñado de lágrimas.
Tras seguir sus órbitas, las dos lunas se vieron forzadas a separarse.
En un gesto de aceptación de su propia órbita, Aphelios continuó con su entrenamiento.
Ahora, su espada era su respiración, cada vez más rápida. Sus cuchilladas emulaban arcos que había practicado durante años, incluso hasta que él sangrara, un entrenamiento al borde de la autodestrucción. Siguiendo a su arma, giró en el aire. Golpeaba y esquivaba; cada ataque fluía hacia el siguiente. Cerró sus ojos, para no tener la necesidad de ver... así no recordaría todo lo que sacrificó para blandir su arma.
''Aphelios'', tú ves mi rostro. Mi labio tiembla a pesar de la firmeza de mi voz.
''Aphelios''. Reflejado en mis ojos, tú ves...
Aphelios trastabilló mientras su espada de piedra lunar se tornaba roja y la imagen de un forastero se revelaba frente a él. ¿Una visión? ¿Un recuerdo? ¿Cuántas veces había matado para no saberlo con certeza? La espada cayó de su mano y Aphelios pronto la siguió; se estrelló contra el suelo sin ningún arma que pudiera guiarlo, perdiendo el control de su disciplina.
Todo había vuelto. Todo aquello que había reprimido. Cada corte de su espada infligido en sus enemigos se hacía más profundo en sí mismo.
Alune... su hermana. Ella lo había contactado a través del velo. Le había enseñado... pero había sido apartada.
Aphelios contuvo en su garganta palabras atribuladas que jamás diría. Sus dedos se cerraron en un puño, solo por un momento, listo para golpear las órbitas y destinos tallados en la piedra. Pero, con las manos temblando, decidió dejarlo ir.
Mientras Aphelios se reincorporaba y acomodaba su cabello hacia atrás, se percató de que la luna se había elevado. Su luz iluminaba un santuario que él resguardaba en las profundidades de su templo. Invocándolo, como sucedía cada vez que alguien lo necesitaba.
Había llegado el momento. Su fe sería recompensada.
El poder de los Lunari estaba creciendo, entrando en fase a lo largo del velo celestial. Una magia de espíritu, de los secretos que yacen ahí dentro. A pesar de todo su entrenamiento, Aphelios no podía canalizar el poder de la luna por sí mismo. Pero tampoco lo necesitaría.
Preparó con cuidado flores noctum que había cultivado en el estanque del santuario. Extrajo su esencia para obtener un elixir cáustico; el líquido brillaba tenue dentro del recipiente del mortero.
Apartó su espada de entrenamiento y alzó el contenedor hacia la luz de la luna.
Entonces, sin flaquear, llevó a sus labios el veneno de la flor.
La agonía es indescriptible. El dolor envuelve tu garganta. No puedes decir absolutamente nada...
Todo arde. Miserable, te retuerces, tienes arcadas y toses conforme el veneno corre a través de ti, dándote acceso al poder de la luna...
A mí.
''Aphelios'', susurro desde mi fortaleza y mi espíritu toca el tuyo. Percibes mi presencia a través del velo. Alzas tu mano, sabiendo que estoy demasiado lejos. Que es el dolor a lo que debes aferrarte.
Cierras tu mano a su alrededor. Se convierte en tu arma.
Lo envío hacia ti...
Gravitum.
''Aphelios'', susurro mientras siento cómo te aferras al veneno que te carcome. Sabiendo por qué tomaste esta decisión. Lo que te pido que sacrifiques...
Con una bocanada exasperante, Aphelios emergió del cavernoso templo hacia la noche. Su expresión se endurecía mientras trataba de resistir la tortuosa agonía, la aceptaba y dejaba todo lo demás en el pasado.
El Monte Targón se erguía por encima y por debajo del templo, prolongándose en ambas direcciones.
El aullido del viento creaba volutas congeladas que brillaban hasta desvanecerse mientras bailaban con la bufanda de Aphelios y sacudían su abrigo. La luz de la luna aún brillaba en lo alto. Sería su guía.
Era la luz de ella, manifestándose a través de la luz lunar.
Ella le había dado lo que él necesitaba.
Gravitum era mucho más que una espada de piedra lunar. Durante el entrenamiento, él había cortado, apuñalado y perforado. Para usar esta arma, haría lo mismo, pero su alcance sería mucho mayor. Una simple estocada desataría su poder, así como la convergencia del talento de él y la magia de ella.
Tras disparar las balas negras del cañón hacia una roca flotante que estaba suspendida gracias a la magia celestial del Targón, el poder de Gravitum hizo que la isla descendiera lentamente. Con un solo salto, Aphelios comenzó a correr para subir sobre esa isla; sus botas lanzaban pequeños montículos de nieve al abismo. Cada bala que él disparaba acercaba otra roca; los monolitos flotantes se estrellaban detrás de él mientras saltaba de uno a otro. Así, escalaba rápidamente una montaña que le tomaría varios días al resto... si es que se atrevían a emprender el ascenso.
Solo los Solari y aquellos que buscaban poder permanecían en vigilia aquí.
Atravesó sus asentamientos más abajo, cada uno de ellos callado e ignorante de la noche. Durante años, se había cuestionado cómo era posible que los fanáticos Solari negaran la existencia de su fe mientras recorrían sus caminos para seguir al sol, temerosos de la oscuridad que solo los Lunari se atrevían a enfrentar, pero su destino estaba claro.
La luz de la luna revelaría a los fanáticos.
Aphelios saltó hacia el último islote de piedra y se detuvo por un momento sobre un claro nevado en donde un grupo de Solari estaba reunido, con sus armas en llamas. Los Ardientes, los llamaban los Lunari. Por la noche, quemaban a los herejes de la luna. Durante el día, sus sacerdotes negaban que existiera algo más que el sol. Cubiertos con capuchas oscuras, sus rostros quedaban escondidos por las llamas, tan impersonales como su juicio. Rodeaban a un bárbaro enfundado en acero y una capa carmesí.
El forastero de su visión.
La luz de la luna se detuvo en este claro. Se detuvo a los pies del bárbaro.
''Aphelios'', repito. Susurro hacia tu alma y reúno mi magia; sé cuáles son las únicas palabras que quieres escuchar.
''Estoy contigo...''
Aphelios saltó de la isla rocosa y entró a la batalla. Las armas de los Ardientes resplandecían más que nunca mientras la oscuridad de Gravitum se esparcía entre ellos. Dando la voz de alerta, los Solari se dispusieron a pelear, pero se encontraron inmovilizados al suelo gracias a una bala negra. Aphelios soltó el cañón y una nueva arma apareció en su mano.
''Severum'', susurro.
Tras aterrizar de su descenso sin perder de vista los rostros ardientes de sus enemigos, Aphelios disparó detrás de él con Severum: el rayo creciente de la pistola atravesó la isla de piedra. Aterrorizados, los Ardientes solo pudieron mirar cómo los trozos gigantes caían sobre ellos, desprendidos por la energía de la luna menguante.
Los sobrevivientes se dispersaron rápidamente a lo largo del claro mientras atacaban a Aphelios con sus lanzas fundidas. Zigzagueando entre los golpes, Aphelios continuó su ataque con Severum y, con su mano libre, tomó un arma más a través del velo, sabiendo que allí estaría.
''Crescendum'', le digo a la noche.
Con un arco elevado, Crescendum cortó las gargantas de los Solari que aún permanecían en el claro. Aphelios tomó de nuevo la espada de piedra lunar después de que esta diera la vuelta y regresara a su mano.
En segundos, todo había terminado.
El bárbaro se yergue ante ti. Alza su mirada, agradecido. Junto de él está aquello que buscaban los Ardientes: una cimitarra curva como la luna.
Abre su boca para agradecerte, pero ve cómo tu expresión cambia, a pesar de que intentas disimularla. Luchas contra el miedo, golpeas tu hombro allí en donde las lanzas de los Ardientes perforaron tu capa. Tratas de recordar el dolor. Lo buscas.
No quieres matarlo, pero sabes que tienes que hacerlo.
Tu cara está demasiado entumecida para que puedas sentir las lágrimas. En cambio, sientes las mías.
''Aphelios'', te digo por última vez, forzando mi voz a través del velo. Una ráfaga vertiginosa emerge mientras nuestras órbitas nos acercan.
A través de tus ojos, veo lo que revela la luz lunar alrededor de la cimitarra. El por qué fue abandonada.
Ella está huyendo...
Debemos encontrarla.
El bárbaro de la capa carmesí yace sobre la nieve entre los Solari.
Con una bocanada, Aphelios se deja caer sobre sus rodillas.
Mira la luna, escucha un suspiro que solo él puede oír.
Su expresión se entumece de nuevo. Sin una sola palabra, toma la cimitarra y camina hacia la noche.
Fin de esta lectura


