La hermandad de la guerra: la trilogía completa — ilustración oficial de Riot

Colección de lectura · Jonia

La hermandad de la guerra: la trilogía completa

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Ilustración · Riot Games

Old Wounds abre la Hermandad de la Guerra, una expedición Noxiana a través de una Jonia todavía marcada por la invasión. · Riot Games

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01 · La hermandad de la guerra, parte I: Viejas heridas

Ian St. Martin · Historia completa

La hermandad de la guerra, parte I: Viejas heridas

''¿Te quedó claro lo que acabas de escuchar?''.

Tifalenji se arrodilló en la oscuridad. No alzó la cabeza al escuchar la voz que se dirigía a ella, puesto que esa voz era parte de la oscuridad. Abarcaba toda la habitación, hinchándose tibia y repugnantemente dulce, con un aroma a flores podridas. Algo así no resultaba particularmente llamativo para alguien cuya vida estaba al servicio de los tejidos de las runas. Ni siquiera una forjadora tan joven como Tifalenji se atrevía a cuestionar aquello que la rodeaba ahora.

Ella sabía cuándo aceptar algo que sobrepasaba su entendimiento.

''Sí, me quedó claro'', respondió.

''Excelente''.

La oscuridad carraspeó, como si estuviera jalando aire. ''Tu señora habló muy bien de ti. Ingeniosa''. Esa palabra la pronunció con una voz diferente. Era la voz de su maestra. ''Y todos aquellos que son ingeniosos son muy útiles''.

Tifalenji tragó saliva. Sintió cómo el aire se desplazaba y la temperatura subía, como si la habitación se llenara de personas. Cuando se atrevió a mirar por el rabillo del ojo, vio los dobladillos de figuras con túnicas que formaban una fila alrededor de las paredes. La llamaban, y también a la fuente de la voz.

''Mira la luna''. De pronto, un rayo de luz, frío y plateado, se reflejó contra el suelo. ''Mira su trayectoria, cómo se mueve''.

Su mente se aceleró al pensar lo que se avecinaba, los momentos que tenía a mano desparramándose uno a uno, como los granos de arena de un reloj.

''Recuerda tu misión sobre todas las cosas''. Una mano se extendió desde la oscuridad y tomó a Tifalenji por el mentón. ''Aquello que te encomendamos que encuentres, aquello que queremos que nos lo traigas de vuelta, no puede ser reemplazado''. La mano levantó la cabeza de Tifalenji y ella alzó la mirada para encontrarse con un reflejo perfecto de su propio rostro, sonriendo con la sonrisa de alguien más.

''Por el contrario, tú sí eres reemplazable''.


Erath era un hijo de Noxus. Como parte de la primera generación de su tribu que nació en el imperio, su entrenamiento comenzó el día que dio sus primeros pasos.

Fortaleza. Disciplina. Valor.

Fue educado entre pastores, cuidando rebaños y bestias de carga, manteniéndolos a salvo hasta que llegara el momento de la cosecha. Aprendió a matar, rápido y pulcro, con el pequeño cuchillo del cual le enseñaron a nunca despegarse. Era una lección que le sería útil cuando llegara el día en que Noxus lo convocara a su servicio.

Había sido educado para matar a sus enemigos, los enemigos del imperio, pero nunca a odiarlos. Porque un enemigo del imperio estaba a solo una ceremonia de convertirse en un hermano o hermana descarriado, recuperado con honor y resolución hacia los brazos de Noxus para pararse al lado de Erath en la línea de batalla. Para fortalecerlo.

Mátalos hasta que formen parte de la familia, le había dicho su padre en una ocasión cuando él le mostró a Erath los senderos violetas trazados por sus viejas cicatrices de batalla. Erath nunca había odiado a sus enemigos, pero aquí, al mirar todo aquello que lo rodeaba, sin siquiera saber quiénes eran sus enemigos, sintió lástima por ellos.

Las calles retumbaban con una procesión interminable, decenas de miles de soldados avanzaban por los bulevares y avenidas del Bastión Inmortal. Docenas de idiomas se sobreponían en los gritos del ritmo primigenio de los cánticos de batalla, llamados a las marchas y canciones de guerra. Era una exhibición del gran poderío desatado de la hueste noxiana, con las espadas y las manos que las blandían a lo largo y ancho del imperio. Los grupos de guerra tribales deambulaban por los caminos, envueltos en pieles y trajes ceremoniales, seguidos por cohortes de tropas estrictamente reglamentadas, revestidas con ennegrecidas armaduras de hierro, y un contingente de soldados navales con uniformes brillantes proveniente de Shurima.

Y muchos más detrás de ellos.

Numerosos pueblos, mas un solo imperio. El espectáculo, la auténtica demostración de poder, paralizó el corazón de Erath al verlo.

La tribu de Erath estaba desembarcando de la barcaza que los había transportado desde las planicies de Dalamor hacia el sur, hacia la capital. Tanto él como sus compañeros que remaban se maravillaron al avistar el Bastión Inmortal, el inmenso monolito central de piedra ancestral visible dos días antes de que llegaran. Apartó la mirada de la riña entre el líder Yhavi y un grupo de contramaestres para contemplar de nuevo el Bastión, ahora dentro de los límites de la ciudad. El sol estaba atrapado detrás de un trío de enormes torres en el centro del Bastión, encerrado como una joya resplandeciente.

El pensamiento sobre sus enemigos desconocidos regresó a la mente de Erath, quien sonrió. ¿Qué podría enfrentarse a esto?

Donnis, uno de los lanceros, sacó a Erath de sus pensamientos y apuntó hacia el líder, quien le hacía señas a Erath para que se acercara. Rápidamente se puso de pie frente a Yhavi, a quien le acababan de dar una resma de vitela con sus órdenes escritas en tinta.

''Pronto nos moveremos'', comenzó Yhavi, hablando en lengua tribal mientras revisaba su mandato.

''¿Ya dijeron dónde será el enfrentamiento?'', preguntó Erath, dejando que su entusiasmo se apoderara de él.

''No'', Yhavi frunció el ceño y entrecerró los ojos para leer mejor el texto noxiano antes de volver a ver al chico. ''Pero eso a ti no te incumbe. No vendrás con nosotros''.

''No entiendo'', dijo Erath a la par que fruncía el ceño al igual que el líder. ''Se supone que yo soy tu escudero de espada''. Erath había ganado el honor en una prueba de sangre antes de que la tribu partiera desde su hogar. Era el derecho de Erath cargar el equipo de guerra de Yhavi en la columna de marcha, pulir y aceitar su espada reliquia en la víspera del combate, armar al líder y vendar sus heridas y, en caso de que la calamidad llegara, resguardar el cuerpo de Yhavi si llegara a perecer. Si no era Erath, ¿entonces quién?

''Sí serás un escudero de espada'', dijo Yhavi. ''Pero no el mío. Te asignaron a otro lado''. El líder percibió la confusión de Erath y su tono se volvió firme. ''Por Noxus''.

Erath se irguió y apartó las dudas de sus pensamientos. Mantuvo sus facciones neutrales y firmes mientras golpeaba su pecho con su puño a manera de saludo. ''Por el imperio''.

Yhavi le devolvió el saludo y bajó su cabeza en señal de aprobación. ''Todos tendremos que responder cuando seamos llamados, con las espadas afiladas y nuestras mentes listas''.

Con una inhalación profunda, Erath se olvidó de su decepción. ''Estoy listo''.

La expresión seca de Yhavi se desmoronó y le sonrió con calidez al chico. ''Sé que estás listo, Erath. Si él te viera hoy, estaría orgulloso. Lo sé''. Erath bajó la mirada por un momento y Yhavi le dio un pequeño pergamino, sellado y atado ajustadamente. ''Ve hacia la novena puerta del Bastión que está cruzando el canal que está adelante de nosotros. Los legionarios te detendrán. Muéstrales esto''.

La mención de la Legión Trifariana hizo que Erath se enderezara aún más. Estudió el pergamino. Era un papel blanqueado y brillante en comparación con la áspera vitela del mandato de los suyos. Nunca antes había visto el papel. Se sentía delicado entre sus dedos.

''Parece que el destino tiene un camino trazado para ti, enhasyi'', Yhavi le daba un trato preferencial a Erath al llamarlo con la expresión tribal de un guerrero preparado para dejar su marca en el camino de la guerra. Posó su mano repleta de cicatrices sobre el hombro de Erath antes de despacharlo a su destino. ''Camínalo bien''.


Erath atravesó la bulliciosa multitud de la ciudad que se alistaba para la guerra. Para un chico criado en una solitaria aldea de pastores, la escala de todo a su alrededor era sorprendente. Enormes monumentos y edificios de piedra, hierro y vidrio se cernían sobre las calles transitadas por los ejércitos que marchaban hacia la siguiente campaña militar. Erath se movía entre las corrientes de humanidad, apenas pudiendo alzar los brazos entre la multitud. Nunca había considerado que existían tantos pueblos, tantos idiomas. Era casi abrumador, pero mantuvo su concentración en su tarea.

Muy pocos de su tribu hablaban noxiano, pero Erath podía darse a entender en va-noxiano, la jerga unificada del imperio, y además poseía un entendimiento irrisorio del lenguaje formal escrito de Noxus. Sabía lo suficiente como para adivinar los signos y los grabados que lo guiaban hacia la puerta nueve, solo un poco más adelante, en donde habría de reportarse con su nuevo comandante.

Tras cargar al hombro el bolso de arpillera en el que llevaba su equipo, Erath metió la mano en su jubón para tocar el dije de hueso que portaba alrededor de su cuello. Apretó el pendiente por un momento con un gesto tranquilizador antes de tocar sus órdenes, inscritas en la enrollada hoja de papel blanqueado. El valor de aquella cosa diminuta hizo que su mente fantaseara con respecto a quién sería su nuevo líder y qué tan importante sería su misión. Se quedó tan absorto en sus pensamientos que no se percató del momento en el que cayó bajo un par de sombras inmensas que se cernían en el patio de la puerta.

''''¡Khosis g'vyar!''.''.

Un golpe seco de hierro dejó paralizado a Erath. Alzó la mirada desde el suelo y vio los brillantes filos de alabardas gemelas, cada una de ellas más larga que su propia estatura, apuntadas hacia su corazón. Quienes blandían las lanzas era unos monstruos cubiertos con ennegrecidas armaduras de hierro. Monstruos que portaban capas del tono de la sangre fresca ondulando desde sus hombros, mirándolo amenazadoramente desde las máscaras imperturbables de sus cascos de guerra con púas.

A Erath se le hizo un nudo en la garganta. Legionarios trifarianos. Después, se dio cuenta de que las puertas no estaban enrejadas. Estos dos miembros de la élite guerrera noxiana eran las rejas.

Uno de los legionarios repitió como trueno el desafío, de alguna forma profundizado y proyectado a un nivel inhumano gracias a la máscara. Las palabras no le sonaban familiares, sino espesas, como si fuera un dialecto extraño.

¿Estaba hablando en va-noxiano? Erath entrecerró los ojos, tratando de recordar lo aprendido. El guerrero inclinó la cabeza y se aclaró la garganta como si estuviera retirando escombros de ella.

''¿A dónde vas, espadita?'', rugió el legionario de nuevo, con un tono entrecortado.

Erath respiró como un hombre que se estaba ahogando cuando finalmente llega a la superficie, capaz de comprender las palabras. No obstante, su lengua se mostró reacia, gruesa y tiesa detrás de su dentadura, a la cual trataba de controlar con desesperación para que dejara de castañear. Lentamente, metió su mano al jubón e hizo una mueca de dolor al ver tensos a los legionarios, hasta que por fin les mostró el pergamino.

Los guerreros intercambiaron una mirada y uno de ellos, aquel que había hablado, colocó su alabarda en su hombro. Avanzó hacia donde estaba Erath con las pesadas pisadas de sus botas y se detuvo a un paso del muchacho. Erath alzó la mirada, apenas pudiendo alcanzar el pecho del hombre, y extendió sus órdenes.

El legionario arrancó el pergamino de la mano a Erath; el papel se veía diminuto entre los grandes dedos cubiertos por guantes. Con un apretón veloz, destruyó el sello en su puño y el pergamino se desenrolló en medio de una pequeña lluvia de pedazos rotos de cera roja. Después de analizarlo por un momento, el legionario giró sobre su talón y golpeó el pulido suelo de piedra tres veces con la empuñadura de su alabarda. El estruendo de cada impacto repiqueteó desde el oscuro arco de la puerta.

En cuestión de segundos, Erath escuchó suaves y reverberantes golpes de pies con sandalias aproximándose. Una figura ataviada con una túnica emergió de la oscuridad de la puerta; sus rasgos escondidos bajo la sombra de una capucha roja. Se detuvo frente al legionario, impávida frente al amenazante tamaño de su armadura, y le arrebató el pergamino.

''Sígueme'', le dijo a Erath sin mirarlo. Dio la vuelta y avanzó a través del patio. Erath se apresuró para alcanzarla, mirando sobre su hombro para observar cómo el guardia legionario regresaba a su lugar junto a su compañero.

Erath siguió a la mujer encapuchada mientras atravesaban otro canal y se adentraban en la bulliciosa ciudad. Anduvieron a través de calles secundarias, evitando las grandes avenidas atestadas de tropas en movimiento y cercadas por filas de tiendas de campaña desplegadas por todos lados.

En poco tiempo, Erath comenzó a detectar olores fuertes en el aire. Paja, pasto cortado, excremento, aromas que eran familiares para cualquier pastor o vaquero de bestias. Escuchó los sordos aullidos de los animales. Pudo reconocer algunos, otros no.

El estrecho callejón por el que caminaban desembocó en un gran espacio abierto lleno de gente que pastoreaba animales. Inmensas manadas de bestias pastaban en parcelas confinadas. Hombres y mujeres revisaban los rediles de ovejas y contaban a las gallinas en sus corrales. Erath pensó que esa área había tenido un uso distinto en el pasado. Tal vez fue un parque o un jardín público, pero ahora había sido decomisada para usarse como parte de la gran movilización.

La comodidad que trae consigo el reconocimiento de lo familiar inundó a Erath, cuya mente se apaciguó al detenerse frente a una carpa ubicada en la periferia de la plaza. La mujer con la túnica le devolvió el pergamino y abrió la puerta de tela, al tiempo que le hizo un gesto para que entrara. Ella desapareció tan pronto él entró.

Adentro de la carpa, el aire era frío y denso, con un fuerte olor a incienso que hizo que los ojos de Erath se tornaran acuosos. Arrugó su nariz mientras permanecía de pie en la entrada, entrecerrando sus ojos para analizar el interior. La única luz que había allí provenía de una figura arrodillada en el centro de la carpa. Sus brazos tejían una hebra de runas verde brillante sobre una espada que pendía suspendida en el aire sobre ella.

Erath observó la magia, fascinado por la elegante danza de las runas que se grababan sobre la cuchilla de la espada y desaparecían, una por una. Recordó haber visto a los chamanes de su tribu cuando era niño, quienes convertían el aire en fuego en sus rituales. Evitó mirar directamente los símbolos, puesto que, aún desde el rabillo de su ojo, hacían rechinar sus dientes. La mujer inclinó levemente su cabeza mientras la última runa titilaba. Al ponerse de pie, atrapó su espada cuando esta caía.

''Me reporto a su servicio'', dijo de pronto Erath para llamar la atención y saludar. Extendió el pergamino hacia donde estaba la mujer. ''Mis órdenes''.

Ella lo ignoró y se desplazó en trance para depositar su espada en el estante de armas. Encendió un farol en el centro de la carpa que bañó a ambos con una suave luz ámbar. Era alta. Su piel morena revelaba una tierra natal lejana de los fríos territorios del norte de donde provenía Erath. Vio cómo la misma luz verde de las runas destellaba en sus ojos que le devolvían la mirada.

''¿Sabes leer?''.

Erath vaciló. Su va-noxiano tenía un acento rítmico y melifluo, muy diferente a las voces bruscas y guturales que había escuchado en la capital. Los ojos de la mujer se entrecerraron.

''¿Sabes leer?'', preguntó una vez más. Se veía entre cansada y aburrida. Erath no supo distinguir cuál de las dos opciones.

Erath asintió. ''Conozco algunas de las palabras escritas, señora''.

''¿Leíste esto?'', preguntó, sosteniendo el pergamino que recién entonces Erath se percató de que ya no estaba en su mano.

''No, señora'', Erath negó con la cabeza.

''Bien'', dijo con brusquedad mientras insertaba el rollo de papel adentro de su manga. ''Yo soy Tifalenji y a partir de este momento mi palabra es la ley para ti. Mientras leas, pienses y hagas lo que yo te ordene, cuando te lo ordene, podremos ahorrarnos muchos momentos de incomodidad entre nosotros. ¿Entendido?''.

Erath asintió con una reverencia. ''Sí, señora''.

''Cuando salgamos de la capital, no harás más reverencias''. Tifalenji tomó un libro de cuentas sobre la mesa y comenzó a hojearlo.

''¿Puedo hacerle una pregunta, señora?''.

Ella alzó la mirada. ''No te acostumbres''.

''¿En qué le serviré?'', preguntó Erath. ''¿Cuáles serán mis tareas?''.

Tifalenji cerró de un golpe el libro. ''Necesitaba a alguien que tuviera experiencia en el cuidado y mantenimiento de las bestias, que fuera joven y de una estirpe de buen corazón. Eres de las planicies de Dalamor, ¿no es así?''.

''Sí, señora'', Erath se esforzó por ocultar el enojo en su voz. Casi había tenido que matar a su primo para ganar su prueba de sangre y así convertirse en el segundo de su líder, pero ahora resultaba que volvería a pastorear animales. ''Fui pastor ahí''.

Ella le sonrió levemente y Erath juró haber escuchado cómo algo gruñía detrás de él, al alcance del oído. ''Las criaturas que estarán bajo tu cuidado aquí son un poco más... exóticas''.

La solapa de la carpa se abrió tras romperse la tela. Erath dio la vuelta. Su mano se posó de inmediato en la empuñadura de su cuchillo.

''Yo no lo haría'', dijo Tifalenji, mientras Erath descubría cuál era la fuente del gruñido.

Cuatro dragartos se alinearon a la entrada de la carpa, eran bestias elegantes de musculatura tensa y marcada, con un caparazón huesudo y garras afiladas como navajas. Cuando era niño, Erath escuchó historias de cuando las tribus de las planicies fueron llevadas al imperio, de que el jefe de jefes fue honrado con un solo cachorro de dragarto, un regalo más valioso que tres carretas de plata. Nunca había visto uno de cerca y, por supuesto, menos a una manada.

Una mujer con una brillante armadura de guerra estaba de pie detrás de ellos, mirando con ojos amenazadores a través de la máscara blindada. Su cabello era de un impresionante rojo carmesí, atado sobre su cabeza, cayendo como una cresta por su espalda. Los dragartos se apartaron cuando ella entró a la carpa, un par a cada lado.

''Arrel'', Tifalenji inclinó su cabeza. ''Llegaste justo a tiempo, rastreadora''.

Erath contempló a Arrel, aún sin poder dimensionar cómo alguien podría tener cuatro dragartos. ''¿Usted es parte de la nobleza, señora?''.

Arrel miró de reojo a Erath, sus ojos eran grises y fríos como su armadura, para después concentrar su atención en Tifalenji.

''Nuestro escudero de espada'', Tifalenji le dijo a Arrel, antes de dirigirse a Erath. ''No enviamos a la nobleza a Tokogol''.

An Ionian farm, from Riot’s regional gallery; a view of the rural world affected by the war.Riot Games

''La frontera occidental'', dijo Erath. ''¿Cuál es su impresión del estado de Tokogol, señora?''.

''Frío'', gruñó Arrel. Su voz era grave y su acento fuerte.

''Ya veo'', respondió Erath mientras asentía con la cabeza. ''¿Y qué tal estuvo su viaje hasta aquí?''.

''Largo''. Arrel miró de nuevo a Tifalenji. ''¿Siempre habla tanto?''.

Erath intervino. ''¿La molesté, señora?''.

''Cuarto'', llamó Arrel. Uno de los dragartos dio un paso al frente y se colocó entre ella y Erath. Una violencia apenas contenida emanaba del aspecto de la musculosa bestia. Delgados hilos de saliva se escurrían de su hocico huesudo, coronado con espuma proveniente de los gruñidos de su garganta.

''Si me hubieras molestado, escudero de espada'', dijo Arrel, ''este dragarto ya te lo hubiera hecho saber. Y yo no soy tu señora''.

''Disculpas'', Erath dio un paso hacia atrás. ''¿Cómo prefiere que me dirija a usted, entonces?''.

''A menos que fuera necesario, prefiero que no lo hagas''. Su semblante se tornó tenso, como si esa conversación le hubiera causado dolor de garganta. Con su muñeca hizo un ademán para indicar el fin de esa discusión.

''Aquí afuera hay un intendente encargado de reunir nuestros suministros'', dijo Tifalenji, quien le entregó a Erath una orden de requerimientos. ''Ve a buscarlo''.

Erath exhaló y caminó con cuidado alrededor de Arrel y sus dragartos para salir de la carpa. Escuchó que Arrel preguntaba algo en el instante en que él se marchaba. Era la misma pregunta que seguía haciéndose.

''¿Por qué estoy aquí, forjadora de runas?''.


''¿Nunca antes habías visto un basilisco, muchacho?''.

Erath apenas escuchó al intendente. Su atención estaba dirigida por completo a la gigantesca y magnífica bestia que tenía frente a él. Era un saurio gigantesco: la carne verde del basilisco era dura como el hierro. Bandas de músculo firme y espeso se abultaban por todo su cuerpo, desde sus extremidades gruesas como troncos, hasta su larga y marcada cola. Erath pensó que esa bestia podía aplastar a un hombre sin darse cuenta de ello.

''¿Qué solías pastorear?'', le preguntó el intendente.

''Ovejas'', respondió Erath.

''Ah, no hay de qué preocuparse'', dijo el intendente mientras le daba una palmada en la espalda. ''Cuando pienses en él, imagina que es una oveja gigante. Aún es un bebé, así que no te causará problemas. El tiempo aún no lo envilece''.

Erath miró al hombre. ''¿Esto es un bebé?''.

El intendente se rio. ''Los basiliscos adultos se ocupan de derribar los muros de los castillos, muchacho''.

Erath miró la orden de requerimientos que la forjadora de runas le había dado. Por fortuna, estaba escrita de manera coloquial, casi todo el texto eran números, y el intendente le ayudó a descifrar aquello que no podía entender. El basilisco llevaría a cuestas gran parte de un campamento, pero parecía que llevaban mucho más equipo del necesario para tres personas, incluso con los dragartos de Arrel.

''¿Todo en orden?'', Tifalenji apareció detrás de Erath. Se percató de que ahora llevaba puesta su armadura, con la espada de runas grabadas a la espalda y un morral de tela a sus pies.

''Estamos terminando de alistar todo'', respondió el intendente. ''Ya está cargado casi todo, excepto las botas de agua. Nos encargaremos ahora mismo de eso y después podrán partir''.

''Bien'', dijo la forjadora de runas, mientras sopesaba la altura del sol. ''Nos uniremos a las caravanas que salen por la entrada sur. Tenemos que estar en marcha y lejos de la ciudad antes del atardecer''.

''¿En marcha?'', preguntó Erath. Desde que llegó a la capital, Erath había observado cómo los ejércitos y las huestes de Noxus, incluida su propia tribu, se disponían a embarcar grandes naves de combate en los muelles. ''¿No viajaremos con el resto por el mar?''.

La forjadora de runas negó con la cabeza. ''No, aún no hemos acabado lo que tenemos que hacer en tierra firme. Hay alguien a quien tenemos que encontrar antes''.


Dejaron atrás el caos organizado de la capital. La imponente silueta del Bastión Inmortal permanecía en el horizonte mientras Erath, Arrel y Tifalenji se unían a una inmensa procesión de tropas que iba hacia el este a través de la estepa sureña de Noxus. Marchaban como si fueran una colosal serpiente de estandartes rojos y hierro oscuro, atravesando planicies que avivaban en Erath el recuerdo de Dalamor, su tierra natal.

''Somos demasiados'', le dijo una noche un sargento canoso a Erath, mientras esperaban en la fila para recibir su ración alimenticia. ''Los muelles de la capital son inmensos y están activos día y noche. Sin embargo, no dan abasto para la movilización entera''.

''¿Por eso nos dirigimos al este?'', preguntó Erath.

El sargento resopló y sonrió mientras llenaban su taza de hojalata con un estofado y un trozo duro de pan integral. ''Mientras los demás tienen que compartir con las ratas las entrañas húmedas de los barcos, nosotros podemos estirar un poco las piernas antes de que nos separemos hacia los embarcaderos a lo largo de la costa''.

''¿Y luego a dónde?'', preguntó Erath mientras asentía con la cabeza en señal de agradecimiento al cocinero que le servía su porción. ''¿A dónde vamos todos?''.

''¿Nadie te ha dicho?'', el sargento de línea se rio de él. ''Vamos a Jonia, muchacho''.

Erath se detuvo en seco. Su comida casi se le cae de las manos. Palpó su pecho, en busca del abultado pendiente que portaba. Jonia.

''Estás estorbando en la fila'', le dijo el sargento con una mueca.

''La última vez...'', dijo Erath en voz baja. ''La guerra. El imperio, ellos reclutaron a la mitad de los hombres de mi tribu para ir a la batalla''. Miró al sargento. ''Ninguno regresó''.

''Me parece que esta es tu oportunidad para vengarte''. El sargento jaló hacia abajo el cuello de su túnica para dejar al descubierto una retorcida cicatriz roja que se expandía como un relámpago por todo su pecho. ''Magia. Muchos de nosotros tenemos cuentas que arreglar allá, muchacho. Y hemos sido muy pacientes. Llegó la hora de la revancha''.

Erath sonrió por compromiso al sargento y se encaminó de vuelta hacia su alojamiento. De repente, el hambre se le había esfumado.

Continuaron la marcha a paso ligero y sin percances. Con el paso de los días, más segmentos de la columna de marcha se separaban y dirigían a los puertos asignados para movilizarse. Erath se sentía aislado de sus compañeras de viaje. La forjadora de runas Tifalenji se mostraba distante, mientras que Arrel era hostil. Por su parte, optó por concentrarse en la tarea por la cual fue transferido de su tribu y se dedicó a cuidar al enorme basilisco del grupo.

A pesar del inmenso tamaño y fuerza de la criatura, el intendente al que conoció en la capital estaba en lo cierto. Erath se dio cuenta de que era dócil y receptivo a sus cuidados, algo que esperaba que con el tiempo surtiera efecto también con los dragartos de Arrel, aunque no apostaba mucho por ese escenario. La manada orbitaba todo el tiempo alrededor de la noxiana armada en un despliegue de obediencia total ante su líder alfa.

Erath comenzó a llamar al basilisco Talz, que era el mismo nombre del viejo perro pastor de su infancia. El pesado saurio respondió a su nuevo nombre mientras Erath lo llevaba a pastar y lo mantenía en línea con el convoy.


Después de una semana de viaje, la forjadora de runas reunió al grupo y les anunció que, a pesar de que la columna principal continuaría hacia el este, ellos seguirían su propio camino por una ruta hacia el sur.

''Iremos a los Acantilados sangrientos'', dijo Tifalenji, mientras Erath observaba cómo el convoy se encogía a la distancia, sin perder la formación de una columna de guerreros noxianos en marcha hacia la costa.

''¿Qué hay ahí?'', preguntó.

''No es qué'', respondió la forjadora de runas, ''sino quién''.

Erath asintió al recordar que Tifalenji había mencionado a alguien más con anterioridad. Miró las provisiones adicionales que Talz cargaba sobre el lomo. ''¿Quién es?''.

''Una arrogante k'naad'', dijo Arrel con tono sarcástico, mientras vertía agua de una botella en la palma de su mano para que sus dragartos bebieran. Era la primera vez que Erath escuchaba esa palabra y aunque desconocía su significado, podía intuir lo que quería decir. Arrel miró con desdén a Tifalenji. ''Es una pérdida de tiempo, no la necesitamos''.

''Yo seré quien decida eso'', respondió con firmeza la forjadora de runas. Miró a Erath y habló entre dientes. ''Su nombre es Marit, escudero''.

''A Marit le encanta recordarle a todo aquel dispuesto a escucharla que ella era parte de la nobleza antes de la revolución'', se quejó Arrel. ''Despojaron a su familia de sus propiedades y de su poder, aunque al hablar con ella no podemos dar por hecho que esté al tanto de la situación''.

Arrel examinó el paisaje. ''Ella nunca para de hablar sobre estas maravillosas tierras que eran de su familia''. Negó con la cabeza. ''Qué pocilga''.

''Ella es un soldado de élite'', replicó Tifalenji. ''Experimentada y puesta a prueba en batalla. Será un elemento valioso. Fin de la conversación''.


El camino hacia los Acantilados sangrientos atravesó planicies áridas y colinas bajas endurecidas al sol. El calor era una experiencia nueva para Erath, ajena al frío neblinoso de Dalamor. Se ocupó de racionar el agua que tenían mientras andaban bajo el sol resplandeciente en medio de un ardiente cielo azul sin nubes.

Arrel se detuvo y Erath le dio una palmada a Talz en el costado para que se detuviera mientras observaba a la rastreadora. Ella se arrodilló y puso una mano sobre la tierra. ''Algo anda cerca''.

Desde la parte más alta del lomo de Talz, la forjadora de runas extrajo un catalejo de su cinturón. Extendió el tubo de latón y miró a través de él. ''Hay jinetes más adelante'', confirmó. ''Y no son noxianos''.

Erath pudo ver dos figuras diminutas que coronaban la cima de una colina. Solo pudo distinguir que montaban a caballo. Su pulso se aceleró y su mano se posó sobre la empuñadura de cuero del bracamante corto que llevaba atado a la cadera. Después de estar en el camino por tanto tiempo, en medio de una sucesión de días monótonos, la posibilidad de una pelea era recibida con emoción.

''Segundo, Tercero'', llamó Arrel y los dos dragartos saltaron al frente.

''Espera'', dijo Tifalenji, luego de conseguir ver detrás de los jinetes. ''Hay más''.

Erath dio la vuelta y vio cómo aparecían más figuras detrás de ellos y después a sus costados. Apenas pudo escuchar la nota aguda de un cuerno mientras descendían de la colina hacia donde ellos estaban.

''Invasores''. Tifalenji desenvainó la espada de runas a su espalda. ''Formen un círculo, ahora''.

El suelo comenzó a temblar, primero con un leve movimiento para después incrementar con firmeza hasta convertirse en un estruendo mientras los jinetes iban a la carga. Erath giró hacia donde estaba Talz, tratando de encontrar algo con qué atarlo al suelo e impedir que el basilisco huyera si se apanicaba, pero retrocedió cuando Tifalenji lo golpeó en la cabeza.

''¡Concéntrate!'', dijo entre dientes.

Erath se olvidó de Talz, desenfundó su bracamante y lo sostuvo con firmeza. Se distanció de Arrel y de la forjadora de runas con la intención de resguardar su tercio correspondiente del perímetro que formaron. Los invasores estaban a la vista, armados con capas y estandartes turquesa que ondulaban desde las puntas de sus lanzas con púas.

Los noxianos se prepararon para la carga. Un fuego esmeralda alumbró las runas de la espada de Tifalenji. Los dragartos de Arrel aullaron.

En el último segundo, los caballos se abrieron hacia ambos lados, acelerando y formando un círculo a su alrededor. El polvo que alzaban sus pezuñas recubiertas en hierro se transformó en una cortina espesa y arremolinada, la cual se elevaba para desaparecerlos del mundo. Erath apenas podía distinguir las siluetas que se azotaban a su alrededor.

El aire soplaba y Erath se hizo a un lado cuando una lanza se insertó en el sitio en el que él había estado parado. Escuchó cómo Arrel gritaba una orden y uno de sus dragartos saltó hacia el polvo. Tifalenji comenzó a cantar. Las palabras lastimaban los oídos de Erath mientras gusanos de luz verde se estremecían a lo largo de su espada.

''¡Say-RAH-dech!'', rugía mientras blandía su espada y lanzaba una ola de relámpagos jade a través del muro.

Erath no podía distinguir si le había dado a algo. O si el dragarto de Arrel seguía vivo. Todo era un caos. Ruido. Un lamento cortante partió el aire. El ciclón que los acorralaba se sacudió. Erath escuchó cómo algo se desgarró y dio un salto hacia atrás cuando un chorro de sangre oscura atravesó el muro de polvo, un chorro de ardiente carmesí que cubrió su cara y su pecho.

Se paralizó. Ayúdalos, idiota.

El polvo comenzó a asentarse y Erath se armó de valor. Se concentró en una sombra que estaba frente a él y se abalanzó con el bracamante en alto y el grito de guerra de su tribu en sus labios. Se lanzó por sobre las arenillas punzantes y al abrir sus ojos se dio cuenta de que aquello que tenía enfrente no era un caballo.

Lo que sea que fuera esa cosa, en un instante su jinete apuntó con su guja hacia su garganta.

''Vaya, vaya'', dijo una voz tranquila y sofisticada. ''Mi querido corcel se dio un banquete el día de hoy, pero puede ser que aún tenga espacio para algo más''.

La punta de la lanza alzó a Erath por la mandíbula para que mirara a quien le hablaba. Era una mujer alta y delgada. Su rostro estaba escondido detrás de una máscara de hierro y cuero negro. Un estandarte noxiano colgaba de su guja, mientras que un segundo estandarte hecho jirones que Erath no reconocía cubría sus hombros como si fuera una capa.

Montaba con paso seguro una criatura bípeda ágil y musculosa, cuya cola daba latigazos. Una mezcla de lagarto y ave. Sus colmillos manchados de sangre surcaron su rostro despiadado en señal de desafío. Ahora que la nube de polvo se había disipado, quedaban al descubierto los invasores muertos a su alrededor, algunos de ellos descuartizados.

Erath sintió cómo lo analizaba la penetrante mirada detrás de la máscara. Los ojos de la mujer se entrecerraron en señal de satisfacción al enterrar su guja en el cuerpo de un invasor muerto, cortando su estandarte con un solo movimiento de su muñeca. En ese momento se dio cuenta de los otros que colgaban de su montura mientras Tifalenji y Arrel se acercaban.

''¡Pero si es la fría k'naad de Arrel!'', exclamó la noxiana, mientras se acercaba con seguridad hacia el grupo. ''¿De qué cueva te sacaron? La última noticia que tuve de ti fue que estabas cazando recompensas en aquel miserable tugurio de Zaun''. Se estremeció melodramáticamente. ''Esa ciudad es como una criatura sin dientes. ¡Espantosa!''.

''Marit'', dijo Arrel con brusquedad. Erath miró a la rastreadora. Incluso para Arrel, ese saludo había sido distante. También notó algo diferente en el gris acero de sus ojos.

''¿Y quiénes son tus amigos?'', Marit observó a Erath y a Tifalenji. ''Me cuesta trabajo pensar que solo estás de paso''.

''Saludos'', dijo Tifalenji mientras inclinaba su cabeza en señal de respeto. ''Tus instintos son lo suficientemente correctos. Estamos al servicio del imperio. Nuestro mandato''.

La forjadora de runas le entregó un pergamino a Marit. La mujer enmascarada lo desenrolló. Mientras leía, sus ojos oscuros miraron a Tifalenji en varias ocasiones.

''Bajo pena de muerte'', Marit leyó dramáticamente, antes de devolverle el pergamino a Tifalenji. ''Bueno, todo esto parece estar en orden. ¿Cuándo partimos?''.

''Ahora mismo'', respondió Tifalenji.

The Unquiet Dead is the middle chapter of Sisterhood of War, continuing the Noxian expedition through Jonia.Riot Games

''De acuerdo''. Marit miró de reojo a Erath. ''Un sirviente, ¿cierto?''.

Erath dudó. ''Eh, soy un escudero de...''.

''Cuando te dirijas a mí, llámame 'mi señora', sirviente''. Marit señaló su montura. ''Y este es mi glorioso corcel, Doña Henrietta Eliza Vaspaysian IV de Orogonthis''. Miró a Erath; entrecerró los ojos. ''Pero tú pareces demasiado tonto, así que con llamarla Henrietta bastará''.

Henrietta sacudió su cuello largo y musculoso hacia donde estaba Erath mientras exhalaba un siseo agudo a través de sus colmillos relucientes.

''¿Qué come?'', preguntó Erath.

''Devora a las personas que me molestan'', dijo Marit mientras se encaminaba hacia su pabellón. ''Ocúpate de sus necesidades y no hables a menos que se te indique''.

Erath abrió la boca para responder, pero Henrietta siseó de nuevo, así que tuvo que contener su enojo.

Juntos, trabajaron rápido, empacaron el campamento de Marit y lo cargaron en el lomo de Talz. El basilisco llevaba con soltura el peso, como si no se diera cuenta de que le habían añadido más carga. A partir de estas experiencias, para Erath era razonable que los basiliscos adultos derribaran fortificaciones.

''¿Está todo listo para seguir?'', preguntó la forjadora de runas.

Erath asintió y ella dio la señal para que avanzaran. Marit subió de un salto sobre una pulcra silla de montar en el lomo de Henrietta. Ató el estandarte noxiano en su guja y su segundo estandarte alrededor de su cuello, como si fuera una capa.

''¡Vamos, Talz!'', gritó Erath para que el basilisco se apresurara y dejara de comer las suaves pasturas de la tierra irrigada.

Marit inclinó su cabeza hacia un lado. ''Esperen, ¿le puso nombre a nuestro animal de carga?''.

''Así es'', respondió Arrel.

Marit se rio. ''Bueno, supongo que podremos usar las lágrimas del tonto para aderezar la carne del basilisco cuando tengamos que comérnoslo en el camino''.

''Aquellos jinetes'', intervino Tifalenji, mientras apuntaba a la dirección en la que los había visto desvanecerse en el horizonte.

''¿Sí?'', Marit se inclinó desde su montura. ''¿Qué hay con ellos?''.

''¿No te preocupa que vuelvan a invadir en tu ausencia?''.

Marit hizo un ademán con la mano. ''Tonterías. Estas son mis tierras ancestrales. Si eligen ser buenos custodios de ellas, no habrá problema. Si no, tendré que matarlos en cuanto regrese. Las preocupaciones sacan líneas de expresión''.


Salir de los Acantilados Sangrientos les tomó unos cuantos días de viaje. La forjadora de runas mantuvo la marcha del grupo a paso enérgico. Dormían por turnos y solo se detenían cuando fuera absolutamente necesario. Todas las noches, Erath la observaba, ya fuera en el camino o en el campamento, apartada del resto del grupo con la intención de su mirada dirigida hacia la luna.

Rodearon hacia el este cruzando la base de las montañas bajas antes de llegar a la parada obligada en el Portal de Drakken, justo con el primer destello del amanecer. Para Erath, los muelles estaban igual de atestados que cualquier otro, atrapados en el mismo caos organizado de la movilización armada que parecía tener lugar en toda la costa este de Noxus. Miles de guerreros, acompañados por innumerables armeros, cocineros, constructores, reparadores, sacerdotes y herreros a su servicio, abordaban las gigantescas naves de combate, listos para desenrollar las inmensas velas carmesí y zambullir sus remos para atravesar el mar.

Erath se dispuso a conseguir suministros tan pronto como llegaron allí. Si bien las naves contaban con provisiones suficientes para los soldados y los animales comunes, su grupo se distinguía por la variedad de criaturas exóticas de las cuales era el responsable. Por fortuna para él, el mandato que la forjadora de runas llevaba consigo les garantizó un paso veloz a través de las filas repletas y se impuso sobre los intendentes más obstinados. Antes del mediodía, estaban listos para abordar.

''Allí'', Tifalenji señaló hacia los muelles. ''Ese es nuestro barco. El Atoniad''.

La mirada de Erath se posó sobre la nave. El Atoniad era una embarcación militar de inconfundible diseño noxiano, desde sus líneas contundentes y su enchapado con hierro ennegrecido, hasta sus tensas velas rojas, listas para ser desatadas y llevar a la nave hacia las olas. El barco más grande que había abordado fue aquel bote de río que transportó a su tribu al Bastión Inmortal. En comparación con el Atoniad, era como un palillo frente a un hacha de combate.

Hombres y mujeres en fila ya estaban abordando, acomodándose en las rampas de embarque, mientras que por las rampas más anchas subían los animales y las tarimas con herramientas, piedras y madera.

''No veo a muchos soldados'', dijo Erath.

''Viajaremos con trabajadores y mamposteros, sobre todo'', respondió Tifalenji. ''El Atoniad se dirige a Fae'lor, no hacia las islas principales''.

''¿Fae'lor?''. Erath miró a la forjadora de runas. ''¿Iremos a la gran fortaleza?''.

''A lo que queda de ella'', masculló Arrel.

La noticia de la tragedia de Fae'lor llegó hasta Dalamor. Erath recordó cuando se reunió con su tribu alrededor de una fogata y escuchó a los chamanes narrar cómo un cobarde grupo de jonios atacó la fortaleza noxiana de ese lugar. En su desesperación, los jonios usaron magia que estaba fuera de su control, lo cual causó estragos terribles para las defensas.

Quince días después, la tribu recibió el llamado para llevar sus lanzas a la capital.

Todas sus lanzas.

''Vamos a embarcar'', dijo Tifalenji. Señaló los puntos de acceso más anchos. ''Lleva contigo las bestias y asegúrate de que embarquen, escudero de espada''.

Erath asintió y miró a Arrel. ''¿Me llevo también a los dragartos?''.

Los cuatro dragartos miraron a Erath. De alguna forma, consiguieron gruñirle en simultáneo con la misma intensidad. Un coro de mandíbulas furiosas.

''Se quedarán conmigo''. Arrel tronó un dedo y la manada guardó silencio.

Erath tomó las riendas de Talz. Marit le entregó las riendas de Henrietta y le dio una última caricia a su corcel en el mentón.

''Asegúrate de que la señorita tenga su cuarto propio'', gritó Marit mientras Erath guiaba a las bestias hacia el barco. ''En caso de que comparta el espacio con otro acompañante, pronto volverá a encontrarse sola''.


El viento era frío e intenso, acompañado por la brisa salada. Doce naves más zarparon junto con el escuadrón del Atoniad. Sus velas rojas se hinchaban con un viento generoso y aminoraban los esfuerzos de los remeros bajo cubierta, al menos por ahora. Entre las habladurías compartidas por los soldados aburridos se esparció el rumor de que la noche anterior habían cruzado por rutas de piratas, aunque todos sabían que ningún corsario sería tan tonto como para enfrentarse a una docena de barcos de guerra imperiales atiborrados de proa a popa de asesinos marciales.

Erath dejó de ver al escuadrón en cuanto se percató de que Arrel se acercaba. Estuvo a punto de saludarla con una reverencia cuando recordó las instrucciones que le habían dado. Arrel ignoró la situación incómoda. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que el chico se aferraba con fuerza a la baranda. ''¿Es tu primer viaje?''.

El escudero de espada asintió. ''Tres días a la mar, y luego otros tres más, dicen, hasta que lleguemos a Fae'lor''. Con su mano señaló la totalidad de las aguas grises que se extendían hasta el horizonte, interrumpidas solo por las siluetas cubiertas de sal de otras naves de guerra. ''Nunca imaginé que hubiera tanta agua''.

Arrel gruñó, evasiva.

''Tú estuviste en la guerra anteriormente'', dijo Erath, a quien le incomodaba el tema. ''¿Cómo es Jonia?''.

Arrel no le respondió de inmediato. La rastreadora miró el océano y bajó una mano para rascar la piel lisa y curtida detrás de la cresta de Segundo. Respiró lentamente. ''Es un sitio de belleza y muerte''.

''Toda Jonia es un gigantesco dagarraco selvático decapitado''. Marit apareció detrás de ellos, pavoneándose para recargarse contra la barandilla. ''La vez pasada lo decapitamos y ahora solo se revuelca y desordena todo. Es demasiado estúpido como para darse cuenta de que ya está muerto''.

''Yo he cazado dagarracos'', dijo Arrel. ''E incluso decapitados todavía pueden destriparte''.

''¿Así que esto es una guerra?'', preguntó Erath. ''¿Otra guerra con Jonia?''.

Marit se encogió de hombros. ''Qué sé yo, pero el Gran General acaba de enviar muchas botas a través del océano solo para agitar espadas. Solo espero que esta vez tenga el temple suficiente como para permitirnos terminar aquello que comencemos''.

Arrel se alejó. Erath observó la insondable extensión de las olas que rompían. ''¿Cómo se llama este océano?'', preguntó.

''A quién le importa cómo se llama''. Marit se inclinó sobre el hombro de Erath antes de marcharse. ''Es nuestro''.


Erath nunca había estado tan agradecido en toda su vida ante el avistamiento de tierra firme.

La fortaleza de Fae'lor se hacía cada vez más grande en el horizonte frente a él. A pesar de que el viaje del Atoniad hacia la isla fue corto y rápido, Erath descubrió que la vida en el mar no era lo suyo. El agitado movimiento de la nave de guerra privó a su estómago de muchas comidas, las cuales ofrendó al océano como tributo revuelto en episodios de náusea. Todo estaba empapado y recubierto por una crujiente costra de sal que quemaba su piel.

Estuvo bajo cubierta la mayor parte del viaje, asegurándose de que las criaturas a su cuidado tuvieran una travesía cómoda, en la medida de sus posibilidades. Talz parecía estar bien. Comía con frecuencia y pasaba la mayor parte del tiempo dormido en su corral. No obstante, Doña Henrietta requería una atención más diligente. Al ser una bestia astuta y energética, la montura de Marit se encontraba infeliz confinada en la nave. Erath tenía mucho cuidado cuando la alimentaba; no quería convertirse en su platillo principal. Anhelaba sacar a Henrietta del Atoniad para que pudiera estirar sus piernas.

Cuando los vigías dieron el grito de tierra a la vista desde la proa del barco, Erath subió a ver. La cubierta principal estaba repleta de noxianos ansiosos por tener un espacio para mirar. En un principio, era poco más que una mancha a la distancia, levemente más definida que la línea difusa en la que se encontraban el agua y el cielo. Mientras más se acercaban, se volvía más reconocible. Erath vio lo que parecían ser bancos de niebla alrededor de la isla. Eran color marrón rubicundo que, visto con detenimiento, se volvía rojo.

Fae'lor estaba rodeada por barcos noxianos.

Había círculos concéntricos de embarcaciones circundando la isla, buques de defensa que se desplazaban constantemente. El Atoniad fue detenido por las patrullas de la línea de defensa exterior, un par de fragatas que se ataron a la embarcación de mayor tamaño con ganchos mientras escuadrones de soldados navales saltaban a bordo.

Erath miró sus semblantes adustos mientras inspeccionaban la nave de combate. Con armas en mano, leían cuidadosamente el mandato y la lista de embarque del capitán. Registraron cada cubierta. El escudero de espada observó cómo un trío de magos ataviados con túnicas rojo sangre revisaba cada soldado. Cantaban suavemente al mirar a los ojos a cada hombre y a cada mujer.

''¿Qué están buscando, señora?'', le preguntó a Tifalenji.

''Evidencias de disimulo'', respondió la forjadora de runas. ''Engaños. Magia salvaje''.

Todo era extraño para Erath. ''Pero todos aquí somos soldados noxianos, a bordo de una nave imperial. ¿No es un poco paranoico?''.

''Paciencia, muchacho'', dijo Tifalenji. ''Cuando atraquemos en Fae'lor lo entenderás''.

Después de revisar cada centímetro del Atoniad, un contingente de la soldadesca permaneció a bordo mientras que el resto regresó a su fragata. La nave recibió autorización para avanzar al siguiente anillo de la barricada. Las inspecciones y revisiones se repitieron en cada puesto de control; la guardia rotaba cada vez que el Atoniad era detenido. A Erath lo picaron, empujaron y escudriñaron tantas veces que cuando por fin avistaron el puerto, se cuestionó si alguna de sus compañeras confiaba en él, o si, para tal caso, alguien lo hacía.

Pero tras observar mejor la isla de Fae'lor, lo entendió todo.

La fortaleza había sido destruida. Solo podía aventurar ecos de las grandes murallas que alguna vez estuvieron en su corazón. Las antiguas fortalezas impenetrables fueron reducidas a escombros y astillas que se alzaban del suelo como negros dientes rotos y podridos. Pero la devastación iba más allá de los muros y torres. La tierra misma estaba partida, arrasada y arrancada. Su superficie marcada con las huellas de un inverosímil desastre natural.

El Atoniad llegó a su atracadero y los noxianos retomaron las labores, tanto a bordo como en el muelle, tan pronto se detuvo. Los artesanos se apresuraron a ocupar sus lugares asignados, mientras los materiales y suministros eran descargados y llevados a la orilla. Erath descendió bajo cubierta, tratando de sobreponerse de la conmoción de haber visto la isla mientras se ocupaba de que Talz y Henrietta bajaran del Atoniad.

En claro contraste frente a los rebaños de ganado y otras manadas de animales más mundanos, Erath guio a sus bestias por una rampa ancha que les permitía salir de la bodega del barco. Mientras esperaba a que revisaran a quienes iban delante de él para entrar a Fae'lor, se paralizó al ver descender a varias tripulaciones sobre los restos de otra nave de guerra, como si fueran una horda de hormigas furiosas.

Inmensos cabrestantes y cadenas extraían del agua lo que quedaba del naufragio, un pedazo a la vez. Los equipos se movilizaban allí abajo. Sacaban en aluvión las siluetas pálidas e hinchadas de los muertos. La embarcación era del doble de tonelaje del Atoniad. Su casco se había roto en dos, como una vara sobre la rodilla de una persona.

¿Qué clase de poder habría hecho algo así?

Erath recordó cuando estuvo al abrigo de la sombra del Bastión Inmortal. Al ver al imperio marchar hacia la guerra, sintió la certeza de que no había nada en toda la creación que pudiera enfrentarse a ellos.

Por vez primera, al ver lo ocurrido con Fae'lor con sus propios ojos, sintió cómo la duda se escabullía en su corazón.

Por fin llegó al final de la rampa y pasó de pisar madera mojada para avanzar sobre la roca quebrada. El aire era denso, húmedo y polvoriento. Olía a especias, cosas que Erath no lograba identificar hasta que, por fin, cayó en la cuenta de que estaba allí.

Esto era Jonia.

Erath perdió la noción del tiempo y no se percató del momento en el que las riendas de cuero de Henrietta se deslizaron de sus dedos. Cuando reaccionó, la montura de Marit corría hacia el campamento.

''¡Oye!''. El escudero de espada se dispuso a perseguirla, pero antes, se dirigió a Talz. ''No te muevas'', le advirtió, mientras sacaba su cuchillo y con él clavaba las riendas del basilisco al suelo antes de correr tras Henrietta.

''¡Ohh!'', le gritó al saurio errante mientras deambulaba por una fila de tiendas de alojamiento. Henrietta se detuvo y giró su largo cuello para ver a Erath. Bufó a través del metal brillante de su careta, a la que Marit se refería como ''su joyería''. Cubría su cráneo y su rostro. Era un casco protector y también un arma, la cual acentuaba sus colmillos despiadados con afiladas cuchillas de hierro.

''Tranquila, señorita'', dijo Erath para persuadirla. Sus brazos estaban abiertos mientras avanzaba para abarcar la distancia que había entre ellos. ''Tranquila''.

''¡Controla a esa cosa!'', gritó alguien de un grupo cercano. Tanto Henrietta como el escudero de espada miraron hacia esa dirección con hostilidad.

''¡Ha estado encerrada en un barco por días!'', gritó Erath a los soldados. Aprovechó que Henrietta estaba distraída y tomó sus riendas, envolviendo el cuero alrededor de su antebrazo. ''Necesita ejercitarse. ¿Quieres ayudarme? ¡Entonces sal de mi camino!''.

Erath miró a los soldados dispersarse, para después darse cuenta de que la forjadora de runas lo estaba llamando. Regresó por Talz y guio a sus bestias, empujando al basilisco para que fuera al frente y conteniendo a Henrietta por detrás mientras se dirigía hacia donde Tifalenji lo esperaba con Arrel y Marit. Se percató de que había una nueva tensión entre las compañeras de la forjadora de runas; sus posturas eran más rígidas que de costumbre.

Irreparable is the final part of Sisterhood of War, following the consequences of a Noxian mission in Jonia.Riot Games

''No hay prisa'', dijo Marit con desdén y le arrebató las riendas de Henrietta. Arrel se acuclilló, con sus dedos tocó los escombros esparcidos por el suelo mientras sus dragartos daban vueltas a su alrededor.

''Esto fue magia antigua'', masculló la rastreadora. ''El retorno de algo que estuvo dormido por mucho tiempo''.

''¿En dónde aprendiste a percibir la magia?'', escéptica, Marit alzó una ceja.

''Aquí'', suspiró Arrel.

''Estupendo'', respondió Marit. Luego, miró a Tifalenji, esperando sus instrucciones. ''¿Y bien?''.

''El último miembro de nuestra expedición está aquí, en Fae'lor'', dijo la forjadora de runas. ''Solo tenemos que encontrarla''.

''Busca una arena de pelea'', dijo Arrel. ''No estará lejos del aroma de la sangre''.

Erath asintió, acostumbrándose a deducir lo que podía de inferencias y palabras crípticas. ''¿También tiene una bestia de la cual tendré que hacerme cargo?''.

''Ah, sirviente'', Marit negó con la cabeza. ''¿Teneff? Ella es la bestia''.


Arrel tenía razón. Mientras Fae'lor estaba en medio de su reconstrucción, aún quedaba un campamento militar noxiano. Siguieron el sonido de los repiqueteos del acero, más agudos que el ritmo proveniente de los martillos de la forja, lo cual los llevó hasta el sitio en el que entrenaban los guerreros de la isla.

Más allá de las filas de carpas de alojamiento, había cavados unos pozos superficiales, cada uno de ellos en uso por un par de soldados que se batían en duelo. Peleaban con espadas desafiladas, varas de madera o con sus propias manos, pero una pareja en particular había capturado la atención de la multitud. El grupo se abrió paso a empujones entre los soldados curiosos para observar qué pasaba en la arena.

Dos noxianos se rodeaban mutuamente, cubiertos de pies a cabeza con sus armaduras. Uno de ellos blandía una espada de entrenamiento y un escudo. La otra, un pesado gancho de hierro engarzado a una larga cadena. Los soldados espectadores aplaudían mientras los combatientes medían su distancia e intercambiaban amagos.

El espadachín detectó una oportunidad. Dio un paso al frente y sacudió su escudo hacia el rostro de su oponente mientras por lo bajo lanzaba un ataque con su espada. Su contrincante dio un paso atrás para esquivar la espada, mientras lanzaba su cadena con gancho y atrapaba el brazo con el que el hombre sostenía su escudo. Latigueó con su brazo hacia abajo y torció al espadachín hacia el frente, para propinarle un cabezazo brutal. Cayó como piedra sobre el lodazal. La sangre brotaba a chorros de su nariz rota.

''Para mí, esto es primera sangre'', alardeó, y la multitud comenzó a vitorear.

''Eso fue una movida sucia, Teneff'', gruñó el espadachín, quien retiraba la sangre que corría de su nariz machacada con la mano mientras reía de manera retorcida. ''Lleguemos a segunda sangre. No he terminado contigo''.

''Primera sangre era el trato'', repitió Teneff, sin la intención de ceder. ''Te necesitamos en la batalla, Cestus''.

El espadachín maldijo y se puso de pie, arrastrándose fuera de la arena. Teneff enrolló la cadena en su antebrazo. Cuando alzó la vista, vio que Erath y el resto del grupo la miraban. Confundida, sus ojos se ensancharon. ''¿Marit? ¿Arrel?''.

Marit se rio. ''Sigues quebrando cráneos, ¿eh, Ten?''.

Teneff escupió una flema al suelo. ''Algunos de nosotros nunca dejamos de hacerlo'', dijo con una sonrisa, tomando la mano que Arrel le había ofrecido para salir de la arena.

Erath se apartó mientras ella salía. Teneff llevaba las marcas de un rompeescudos, un guerrero de la línea frontal que destaca cuando el enemigo está al alcance de su brazo. Las cicatrices se entrecruzaban por toda la piel que no estaba protegida por la armadura de hierro y cuero. Relatos de sangre y honor grabados en ella tras una vida en el campo de batalla. Erath se preguntó cuántas de ellas habían sido obtenidas aquí en Jonia.

''La última vez que vi a cualquiera de las dos'', dijo Teneff, ''todas estábamos...''.

''Aquí'', completó Marit. Por un momento, entre las soldados hubo silencio. Había un vínculo entre ellas; Erath lo veía claramente. Pero también había un vacío, algo inefable, incluso una ausencia. Él había vivido con soldados lo suficiente como para saber que lo mejor era no entrometerse.

''Bueno'', dijo Teneff, rompiendo el silencio. ''Si todos ustedes vienen de Valoran, habrán estado comiendo porquerías del barco por días. Nuestro cocinero no es espectacular, pero sus comidas son mucho mejor que eso. Vengan''.

El sol comenzó a ponerse en el horizonte, pintando el cielo con rayos dorados, naranjas y escarlata, hasta tornarse índigo. Atravesaron el campamento y encontraron sitio para sentarse alrededor de una fogata mientras el viento se tornaba frío. Las mujeres hablaron entre ellas sobre lo que habían estado haciendo desde la última vez que pelearon juntas y de las viejas heridas que soportaron juntas. Erath permaneció en silencio y escuchó.

''¿Y tú, chico?'', dijo Teneff, concentrando su atención en el escudero de espada. ''¿Eres un guerrero avezado? ¿Ya peleaste en una batalla principal?''.

Erath se enderezó. ''Le serví a mi líder, sí''.

Su aspecto era serio, analítico. ''¿En dónde?''.

''Fue una pelea fronteriza al oeste de las planicies de Dalamor'', respondió Erath. ''Un ataque veloz, muy ágil''. Miró a cada una de ellas y se dio cuenta de que su respuesta era insuficiente. No estaba frente a la mirada ignorante de cualquiera, en busca de satisfacer alguna idea elegante de lo que era pelear en una guerra que jamás experimentarían. Ellas eran veteranas, guerreras que se encontrarían con él en la línea, que necesitaban saber qué cosas había presenciado y cómo se había conducido en esas circunstancias.

''Fue una expansión superficial a través de un valle fértil'', continuó. ''Eran chicos grandes, ganaderos, pero habían sido enviados a labrar la tierra, no a teñirla de rojo. Cuando nos acoplamos al veloz ritmo del tambor y fuimos a la carga, cerramos filas y duplicamos la velocidad mientras rodeábamos su flanco derecho. Los abrimos rápidamente''.

''¿Alguno de los que quedaron después de eso labró la tierra?'', preguntó Arrel.

Erath negó con la cabeza. ''Tratamos. Después de que vinieron sus mayores, trajimos a otros para ayudarles a empezar con el trabajo. La cosecha necesitaba ser sembrada, no había tiempo que perder''.

Marit inclinó su cabeza. ''¿Y con cuántos de esos granjeros teñiste el suelo de rojo, eh?''.

''No lo molestes'', dijo Tifalenji.

''Yo estaba en la retaguardia'', Erath se encogió de hombros. ''Cuando las líneas rotaron hacia mí, ya estaban hechos añicos. Nosotros nos encargamos de matar a quienes estaban demasiado heridos para salvarse y cavamos tumbas''.

Sin pedirlo, el recuerdo emergió en la mente de Erath. Lidiar con las consecuencias del quiebre de un muro de escudos, sentir cómo alguien tomaba su tobillo. Bajar la mirada, ver a un hombre con una lanza atravesada en el vientre, hablándole en palabras que él no comprendía, pero cuyo mensaje entendía con claridad.

Colocar la punta de su lanza sobre su garganta. El hombre inclinando su cabeza hacia atrás en señal de aceptación.

''¿Cuándo fue esto?'', preguntó Teneff.

''La primavera pasada'', respondió Erath.

''¡Un infante!'', exclamó Marit.

''Te dije que no lo molestes'', gruñó la forjadora de runas. ''Él está aquí para pastorear bestias, nada más''.

Marit se rio y, entretenida, entrecerró sus ojos. Teneff miró a Tifalenji. ''¿Y tú, escultora de runas? ¿En dónde has servido?''.

''Lejos de aquí'', respondió. Una extraña luz en su mirada convenció a Erath de que eso sería lo único que escucharían de sus experiencias.


Dormir era un lujo para los soldados. Todo periodo de descanso ininterrumpido era precioso, equivalente a un estómago lleno o a un par de botas bien hechas para los peleadores. Erath había tratado de ajustarse al eterno vaivén del Atoniad, pero solo había podido conciliar el sueño por momentos. De vuelta en tierra firme, con su capa extendida sobre un pedazo de terreno plano, cerca de los corrales de los animales, tras culminar con su faena, el escudero de espada recargó su cabeza contra su equipaje y saboreó la idea de dormir por las siguientes horas antes de que llegara la hora del desayuno.

Su siesta se sintió como si tan solo hubiera cerrado los ojos por un momento cuando escuchó una voz, fría y penetrante como el filo del cuchillo que sintió contra su cuello.

''Haz lo que te digo, en silencio, o te cortaré la garganta''.

Erath abrió los ojos. Aún faltaban horas para el amanecer. La luna era una delgada hoz sobre su cabeza mientras se ponía de pie. Le habían quitado su cuchillo. Caminaron. Erath tuvo el cuidado suficiente como para mantener sus movimientos lentos y sus manos a la vista mientras era guiado a las afueras del campamento.

Un grupo de siluetas estaba de pie más adelante. Escuchó el silencioso gruñido de los dragartos mientras se acercaban. Las indistinguibles siluetas resultaron ser Arrel y Marit, con la figura arrodillada de la forjadora de runas entre ellas.

''¿Qué estás haciendo en Jonia, muchacho?'', le preguntó la voz mientras lanzaba a Erath al suelo junto a Tifalenji. Se dio cuenta de que la voz detrás de él era la de Teneff.

''Yo...''.

''Él no sabe nada'', dijo con calma Tifalenji. Teneff retiró el cuchillo de la garganta de Erath y se acercó a la forjadora de runas.

''¿Y qué sabemos de ti, eh?''. Teneff miró a sus compañeras veteranas. ''Los documentos pueden falsificarse, los mandatos pueden alterarse''.

''Mi mandato es genuino'', dijo Tifalenji, dirigiendo su espeluznante calma hacia Erath, ''al igual que el poder al que amenazan con oponerse''.

Marit inclinó la cabeza. ''¿Acaso el chico sabe a quién dices que estás cazando? ¿A quién quieres que nosotras cacemos?''.

''Sabe solo lo necesario, nada más''.

''Entonces tal vez sea momento de que se entere''. Teneff miró hacia abajo a Erath. ''Estás buscando a un fantasma. Una guerrera que murió de manera honorable como una heroína para Noxus. Nuestra compañera''. Hizo un gesto hacia Arrel y Marit. ''¡Nuestra hermana!''.

''Está viva'', dijo la forjadora de runas.

''¡Mentiras!'', bufó Teneff. ''Dime por qué debería creerte y no matarte en este momento''.

''Porque los poderes a los que sirvo no cometen ese tipo de errores. Si dicen que está viva, entonces así es. Todas ustedes sirvieron a su lado, en nombre del imperio. Ahora, el imperio nos ordena que la encontremos y la llevemos de vuelta. Mi autoridad sustituye a la de las guarniciones aquí. No saben nada de nuestra misión y no tienen por qué conocerla''.

''¿Qué pruebas tienes de todo esto?'', exigió Marit.

''Su espada'', suspiró Tifalenji. Las mujeres se tensaron.

''¿Qué dices?'', bufó Teneff.

''¿Sabían que trató de destruirla?'', les preguntó la forjadora de runas. Inhaló profundamente y sus ojos se tornaron esmeralda. ''Fracasó y la magia impregnada en la espada aulló durante la profanación. Mis maestros la escucharon y vieron quién fue responsable de ese acto, tan claro como si hubieran estado con ella en esa misma habitación. Así es como lo sabemos''.

''Si es que aún vive'', dijo Teneff, ''entonces es una desertora, el mismo crimen que nos pides que ahora cometamos. Su castigo es la muerte''.

Tifalenji se enfrentó a la mirada fulminante de Teneff. ''Si triunfan en esta tarea y me ayudan a cazarla para llevarla de vuelta a Noxus en donde será juzgada, no habrá castigo para ustedes. Mírense, todo aquello que sacrificaron en este lugar, y díganme que su traición no las hiere. Díganme que le darían la espalda al cumplimiento de la justicia y que no les interesa que la infractora responda por la vida que ha llevado estos últimos años''.

Un silencio oscuro se cernió sobre el grupo. La tensión irradiaba de Teneff, Marit y Arrel. La amenaza de la violencia pendía del filo del cuchillo. Erath luchaba por controlar sus nervios; la rabia contenida por los secretos y la idea de que tal vez moriría aquí, en Fae'lor, sin ningún indicio del por qué.

''Iremos contigo''.

Todos miraron a Arrel. Era lo primero que decía desde que habían arrastrado allí a Erath. Marit rodeó a la rastreadora. ''¿Ahora hablas en nombre de todas nosotras?''.

''Así es'', dijo Arrel de manera rotunda. Aclaró su garganta con cierto esfuerzo. El sonido le pareció casi doloroso a Erath. ''Porque todas nosotras somos soldados. Y un soldado cumple con su deber. Pero, sobre todo, ella era nuestra hermana. Y las hermanas merecen respuestas''.

Marit posó su oscura e intensa mirada sobre Arrel, pero después cedió. ''Respuestas'', repitió.

Teneff rechinó sus dientes y miró a las otras veteranas, quienes asintieron solemnemente. Tomó a la forjadora de runas por el cuello y la levantó, sin soltarla. ''Al primer indicio de que lo que nos has dicho aquí son mentiras, bruja, te cortaré la cabeza''.

''Solo digo la verdad'', respondió Tifalenji. ''Y sobre todo ahora que ya no podemos demorarnos más. Tenemos que cruzar hacia el corazón de las Tierras Originarias, y debemos hacerlo de inmediato''.

Tifalenji miró a Erath por primera vez. ''Lo que les dije a ellas deberá de ser igual de verdadero para ti, escudero de espada. Si nos acompañas en este camino, nos asistes y nos sirves, serás recompensado''.

''Soy un guerrero leal de Noxus'', proclamó Erath. ''Cumplo con mi deber y no necesito promesas sombrías ni la amenaza de una garganta cortada para hacerlo. El imperio ordena que le sirva y eso haré. Solo tengo una pregunta''.

Tifalenji miró a Erath con seriedad. ''Dime''.

''¿Quién es?'', preguntó Erath. ''¿A quién estamos cazando?''.

La forjadora de runas sacó su espada. ''Tal vez haya cambiado de nombre ahora; puede que haya adoptado algún nombre local para su nueva vida en las Tierras Originarias''.

Aquellas runas que Erath había visto ser grabadas por la forjadora a lo largo de la espada, se elevaron del hierro hacia el cielo, como un camino que conducía hacia la mística tierra oscura que los esperaba.

''Pero en Noxus, su nombre era Riven''.

Fin de esta lectura

02 · La hermandad de la guerra, parte II: Los muertos inquietos

Ian St. Martin · Historia completa

La hermandad de la guerra, parte II: Los muertos inquietos

No puede respirar.

Sus ojos están abiertos, pero alrededor solo hay una oscuridad pesada y sofocante. La aplasta. La asfixia. Inhala lenta y rasposamente. Su nariz se llena de olor a sangre y vísceras, un hedor de matadero. Hay algo más: algo fino, cáustico y punzante que se mete en los pulmones.

El peso a su alrededor cambia. Escucha cómo cae algo pesado: es el sonido amortiguado de extremidades sin vida que se desploman en el lodo. La oscuridad comienza a disminuir y revela la textura de su prisión. Harapos ensangrentados. Armaduras destrozadas. Carne fría y maltratada.

Cuerpos. Está enterrada bajo una pila de cuerpos.

La urgencia por luchar, por escapar y sobrevivir, la invade por completo. La adrenalina fluye por sus venas exhaustas. Forcejea, se retuerce de un lado a otro para formar un espacio entre ella y la masa. Divisa una fisura delgada por la que entra un tenue hilo de luz. La esperanza alimenta su frenesí. Araña y rasguña. La vista se le nubla y tiene dificultad para respirar mientras agranda el hueco.

Estira la mano y logra sacarla. Siente el aire frío y respira a bocanadas, pero esa cosa tóxica y amarga también está allí. Siente náuseas cuando llega a su lengua y baja por la garganta. Saca un brazo y empieza a arrastrarse para salir.

Su cabeza y su brazo están libres. Intenta recuperar el aliento, pero sus pulmones son dos faroles en llamas. Ve el suelo enlodado; algunas áreas arden con llamas azules y plateadas. Hay cuerpos esparcidos por todos lados. El tronco de un árbol caído se estira para buscar sus ramas perdidas, sus hojas aúllan en otras lenguas. La batalla terminó.

Vislumbra formas que deambulan en la niebla pálida y asfixiante. Diversas criaturas se reúnen alrededor de los restos: pájaros perversos y perros demacrados. Los muertos ahora son carroña. Los derrotados, comida.

Hay un cuerpo justo delante de ella, el mismo que había escuchado caer de la cima del montículo. Un muchacho tumbado en el suelo con la armadura rota, sin la protección que alguna vez le brindó.

Un perro se alimenta con él. El muchacho se estremece como una marioneta a causa del hocico que va y viene. Intenta gritar para alejar a la bestia, pero siente como si tuviera la garganta repleta de navajas. La niebla lo cubre todo con su manto corrosivo y agrio. La cabeza del muchacho cae hacia un costado. Su mirada vidriada y sin vida se encuentra con la de ella.

Entonces, parpadea.

Arrel se incorporó y apoyó las manos en el suelo para detener el mareo. El aroma a tierra mojada y a pasto se impuso sobre el de la sangre y el aire agrio del sueño. El agua de lluvia goteaba a través de los orificios de la carpa sobre su cabeza.

Miró hacia un costado y allí estaba sentado Segundo, que la observaba con atención y con su casco en el hocico. Contempló al dragarto por un momento. Intentaba quitarse de la cabeza las imágenes de las fauces de una bestia hambrienta repletas de sangre. Hizo un gesto y el animal se acercó. Dejó caer el casco en sus manos mientras la solapa de la carpa se abría unos centímetros.

''Señora'', llamó una voz familiar desde afuera. ''Es hora''.

Arrel se colocó el casco, respiró lentamente e ignoró el dolor punzante que sintió en los pulmones antes de levantarse. La tela húmeda de su saco de dormir chapoteó bajo sus pies cuando se inclinó para salir de la carpa hacia la lluvia que reinaba afuera. Primero caminó detrás de la rastreadora, uniéndose al resto de la manada que esperaba afuera, y todos siguieron sus pasos obedientemente.

Erath se apartó de la carpa, mirando a Arrel con cautela. Su sueño no había sido uno silencioso y las pesadillas habían empeorado desde que se marcharon de Fae'lor.

''¿Se encuentra bien?'', preguntó.

''Desmonta la carpa'', respondió la rastreadora. Arrel paseó la mirada por el pequeño claro en las colinas boscosas que habían elegido para montar el campamento, ahora envuelto en una lluvia ligera que brillaba y resplandecía con todos los colores del arcoíris. Algunas gotas impactaban en el suelo como era de esperarse; otras titilaban en el aire como pequeñas estrellas y se disolvían en una mota de luz con el repique suave de una campana lejana.

Odiaba Jonia, y ese odio perseguía a Arrel hasta en los sueños. Podía jurar, al rememorar las imágenes, que el cuerpo de Riven estaba entre los muertos. Qué fácil sería todo si eso fuera cierto.

Arrel miró a Erath por encima de su hombro. ''¿Ha conservado el rastro?''.

El escudero de espada asintió con la cabeza una sola vez. ''La espada de la forjadora de runas aún le canta''.

''Entonces me adelantaré'', dijo Arrel, poniéndose en marcha.

''No será necesario'', replicó Erath. ''Teneff y yo encontramos una aldea cercana y planeamos detenernos allí para conseguir suministros''.

Arrel gruñó, apretó los puños y se detuvo. ''Debemos evitarlos. No somos bienvenidos aquí''.

''Nuestras provisiones escasean'', explicó Erath. ''Teneff y yo iremos solos. Ella piensa que Marit, Henrietta y tus dragartos llamarán la atención, y eso es lo que último que deseamos. Regresaremos pronto y luego nos pondremos de nuevo en marcha''.

Después de unos momentos, Arrel asintió.


Erath no sabía el nombre de la aldea. Como casi todo en Jonia, simplemente supuso que sería un nombre misterioso y poético, como un secreto susurrado entre amigos que él no podía escuchar ni comprender.

Había pensado que la lluvia los ayudaría a ocultarse mejor. Cuando se fueron de Fae'lor, se deshicieron de casi todo el equipo noxiano para evitar ser reconocidos tanto por los locales como por el imperio mientras llevaran a cabo su misión. A pesar de ello, eran extranjeros en una tierra desconocida. Mientras seguía a Teneff por la calle principal de la aldea, Erath sintió los ojos de todos sobre él, disuadiéndolo de cualquier pretensión de camuflaje.

''Mantente cerca de mí'', dijo Teneff con una voz brusca que afectaba la calma que Erath intentaba mantener, aunque sin éxito. Ambos estaban armados, pero eso no era algo inusual para alguien en Navori. Aunque Erath comenzaba a darse cuenta de que no todas las armas podían verse.

''Espera'', susurró Teneff, y ambos retrocedieron para apoyarse en la pared de una casa de té. Más adelante, había un enfrentamiento entre un puñado de guerreros con uniformes rojos y un anciano jonio. Una pequeña multitud se había congregado para observar.

''¿Qué están haciendo aquí?'', preguntó Erath con la mirada fija en los soldados noxianos.

''Tenemos un puesto de avanzada al sur no muy lejos de aquí'', respondió Teneff en voz baja. ''Podrían ser solo una patrulla, o una cuadrilla de represalia si una incursión de la Hermandad nos atacó durante la noche''.

Se acercaron un poco más y rodearon al grupo de personas que observaban la confrontación. Erath se bajó aún más la capucha; sus dedos acariciaron el pendiente de hueso que colgaba de su cuello y luego se deslizaron hasta la espada corta que llevaba en el cinturón. Se detuvieron cuando los gritos se convirtieron en palabras audibles.

''Vengo del festival'', intentaba explicar el anciano con cierta dificultad para pronunciar el va-noxiano. ''En Weh'le''.

''Weh'le'', repitió el líder de los soldados. ''Eso es bastante lejos''. Dirigió la vista a un paquete envuelto en papel que el anciano sostenía en las manos.

''T-té''. El jonio apretó el paquete contra su pecho para protegerlo. ''Es té, té de flor''.

El soldado entrecerró los ojos. ''¿Fuiste hasta Weh'le de ida y vuelta solo por té?''.

''He escuchado hablar de ese festival'', comentó otro de los noxianos. ''Es su festival de los muertos''.

''¿Honran a los héroes de guerra?''. El líder de los noxianos se acercó un poco más al hombre. ''Recordar un poco, desenterrar algunos dolores antiguos... A la gente se le pueden ocurrir ideas locas cuando hacen eso''.

''Como prenderle fuego a una estacada anoche'', sugirió otro soldado.

''Nada de eso'', replicó el jonio. De repente, el paquete que llevaba brilló con una tenue luz azul. Los noxianos asumieron enseguida posiciones de combate y apuntaron sus espadas al jonio.

''Eso es magia'', rugió el líder. ''¡Es un arma!''.

''¡No! Es..., es...'', al anciano le costaba trabajo encontrar las palabras correctas. ''¡Ezari! Ezari, mi... hijo. Mi esposa es muy anciana para ir. Lo traigo para que lo vea''.

''Más mentiras'', gruñó un noxiano.

''Sí, sí, igual que antes'', acotó otra soldado entre dientes, con ojos vidriosos por las cicatrices de un recuerdo detestable. ''¡Todos ustedes fingen ser amables, pero apenas nos damos vuelta murmuran alguna maldición y luego bum! ¡Boyod estalla en llamas, las piernas de Iddy desaparecen y el corazón de mi amigo Kron se convierte en sal dentro de su pecho! ¡Eso es lo que ustedes hacen!''.

''Esto se está poniendo feo'', murmuró Erath. ''¿Qué hacemos?''.

''Nada'', respondió Teneff, todavía conservando la calma. ''No es nuestra pelea''.

''Entrega el arma'', gruñó el líder noxiano, la empuñadura de su hacha rechinaba en su mano.

''No es un arma'', alegó el anciano. Miró hacia la multitud, pero los ojos de todos estaban clavados en las espadas de la docena de soldados noxianos y no hicieron nada para ayudarlo.

''Ya lo oíste'', gritó otra soldado. Avanzó y le arrebató el paquete. Ambos forcejearon y Erath escuchó el sonido del papel rompiéndose.

El jonio gritó y una angustia sin palabras inundó sus labios al mismo tiempo que el té se desparramaba por el suelo. El hombre intentó salvar una porción del té, pero la lluvia ya se lo estaba llevando.

''Ezari...'', masculló el anciano mientras caía de rodillas y observaba cómo el té se desintegraba en el lodo. Cada gota de lluvia que tocaba las hojas pulverizadas provocaba un latido de azul brillante, aunque con cada una el color se hacía más y más débil hasta que finalmente desapareció.

''Intenten hacer algo'', le dijo el líder a la multitud mientras los noxianos cerraban filas y comenzaban a retroceder. ''Por favor. Quemaré todo esto hasta reducirlos en cenizas''.

''¡Xiir!'', chilló el jonio con la cara hacia el cielo lluvioso. ''¡Xiir!''.

Erath sintió que alguien le tocaba el hombro.

''Nos vamos'', dijo Teneff, sin apartar los ojos de los soldados mientras caminaban hacia el lado opuesto.

''¿Ves a esos jonios?'', dijo Erath. ''Nuestros camaradas no saldrán con vida de esta aldea''.

''No es nuestra pelea'', repitió Teneff. ''Puedes compadecerte por ellos con el estómago vacío, escudero de espada. Ahora tenemos que volver al camino''.

''La palabra que gritaba'', dijo Erath, mirando por encima de su hombro mientras seguía a Teneff. ''¿Qué significa?''.

''Xiir'', repitió Teneff. ''Es una maldición que usan con aquellos que venimos de las 'Tierras Cautivas'. Significa plaga''.


Tifalenji los esperaba justo en las afueras de la aldea. La espada de la forjadora de runas estaba desenvainada y débiles rastros de luz esmeralda envolvían su superficie.

''¿Qué fue todo eso?'', preguntó.

''Anoche atacaron el puesto de avanzada que tenemos no muy lejos de aquí'', respondió Teneff. ''Seguramente fue obra de la Hermandad Navori. Parece que el líder de guerra envió tropas a buscar pistas o simplemente a causarle problemas a los locales''.

La forjadora de runas sopesó sus palabras por un momento. ''¿Los vieron?''.

''No'', respondió Teneff. ''Ante esa situación, no parecía buena idea quedarse y buscar algún trueque''.

''Muy sabio de tu parte'', asintió Tifalenji. ''Vámonos''.

Erath recibió las riendas de Talz, el enorme basilisco del grupo, de manos de la forjadora de runas. Con una palmada en el costado del lomo, divisó a Arrel y sus dragartos. Le parecía que la rastreadora no tenía buen semblante, pero había aprendido que era mejor no entrometerse.

''¿Dónde está Marit?'', preguntó Teneff.

''Dijo que esperarlos era aburrido, así que se adelantó'', respondió Tifalenji.

Caminaron en silencio por un largo rato, mientras atravesaban un lodazal profundo con la lluvia resplandeciente sobre sus cabezas. Erath rememoraba lo ocurrido en la aldea y la secuencia de eventos que había tenido lugar. La ira, el odio y el miedo que había visto en los rostros de los soldados noxianos. Dirigió su mano al pendiente de hueso que colgaba alrededor de su cuello.

''¿Teneff?''.

La veterana se dio vuelta para mirarlo. ''¿En qué estás pensando?''.

''En todos esos aldeanos, todos esos jonios. ¿Cómo podemos convencerlos de unirse al imperio de esa manera?''.

La mirada de Teneff se ensombreció y se detuvo para que Erath pudiera alcanzarla. ''No juzgues a tus compañeros noxianos, muchacho, hasta que no hayas pasado por lo que ellos pasaron y visto lo que ellos vieron''.

Erath miró a Teneff.

''Cada uno de ellos vino aquí a traerles la promesa del imperio a todos aquellos a los que llamarían hermanos'', continuó, ''así como nosotros lo hicimos en Valoran y en Shurima. Esta tierra es... diferente. Representa un gran desafío para el alma de cada soldado al servicio de Noxus. Todos luchamos para iluminar a estas personas, para acercarnos a ellas y enriquecernos mutuamente, pero no siempre es fácil. Jonia no es para nada fácil''.

''Aquí todo es tan diferente'', convino Erath. ''¿Los jonios de verdad se transforman en flores cuando mueren?''.

Tifalenji gruñó. ''Una flor espiritual. Las almas de los muertos las habitan. Cuando florecen, llaman a los vivos, o al menos eso es lo que me han contado''.

''Eso coincide con lo que yo sé'', aportó Teneff.

''¿Solamente los jonios pueden habitar las flores?'', le preguntó Erath a Teneff.

''No lo sé, ¿por qué?''.

Erath metió la mano dentro de su jubón y sacó su pendiente. ''Durante la guerra, todos los guerreros de nuestra tribu vinieron aquí. Pasaron años sin tener noticias de ellos, hasta que un día una mujer vino con esto''. Sostuvo la astilla del hueso en sus manos y la levantó para mostrársela a Teneff. ''Dijo que era todo lo que quedaba de mi padre. Me pregunto si no estará en alguna de esas flores. ¿Seguirá aquí su espíritu? ¿Podré encontrarlo?''.

''Incluso si estuviera'', intervino Tifalenji, ''no tenemos tiempo para caprichos. Necesito que te concentres. Recuerda por qué estás aquí, escudero de espada. El propósito que cada uno de nosotros debe cumplir. Aleja de tu mente cualquier otra cosa''.

Erath bajó la cabeza. A diferencia de Tifalenji y las cazadoras, su propósito aquí parecía un poco escurridizo, algo difícil de definir por fuera de algo tan absoluto como la deserción. Deslizó un pulgar por la superficie del pendiente. ''Sí, señora''.

Teneff miró por encima de su hombro. ''Si tu padre murió aquí, entones murió como un héroe de Noxus. Eso es lo único que importa''.

Erath asintió con la cabeza, colocándose de nuevo el pendiente alrededor del cuello con suavidad.


¿Alguna vez parará de llover?

Erath sacó un pie del lodo, luchando para que el barro no succionara la bota, aunque no parecía tener éxito. Balanceándose en una pierna, se inclinó para tirar de su bota, temblaba de frío y era completamente ajeno a todo lo que lo rodeaba.

El color brillante de la lluvia hacía que todo pareciera un sueño tembloroso y mareante. Escuchaba los cantos de criaturas provenientes de ramas de árboles con los colores del atardecer; eran sonidos que no parecían ser de un animal. Tal vez era el canto de los propios árboles, cuyas hojas iban y venían del naranja al índigo.

Todo era tan irreal.

La única cosa verdaderamente real para Erath en ese momento era el gruñido de su estómago vacío. Deseó haber podido hacer un trueque con los aldeanos antes de que los soldados hubieran arruinado sus posibilidades. Toda la escena lo había perturbado y su mente estaba llena de pensamientos abruptos e incómodos. ¿Así era como se luchaba una guerra aquí? ¿Su padre había luchado así?

Las botas de Erath tocaron terreno firme y respiró con alivio ante la posibilidad de liberarse del lodo. Estiró los músculos de sus brazos mientras guiaba a Talz hacia un trecho de piedra blanca más adelante.

Mientras caminaba, Erath inspeccionó el suelo y reconoció formas y líneas que le resultaban un poco familiares. Había algo intencional en la roca bajo sus pies. Un ingenio incluso. Sus ojos se ensancharon.

Estaban caminando a través de un par de manos ahuecadas talladas en piedra y medio enterradas en la tierra. Casi todo se encontraba bajo la superficie, pero solo las palmas eran tan grandes como para contener un patio dentro. Si esas eran las manos, Erath se preguntó cuán grande sería el cuerpo y de dónde podrían venir.

''Me gustaría saber cómo alguien pudo haber hecho algo así'', dijo Erath.

''Me interesa más saber quién destruyó algo así'', replicó Tifalenji con el semblante serio, mientras su mirada vagaba por las marcas y fisuras que alguna vez fueron dedos gigantescos. ''O qué''.

''Esperen'', alertó Arrel, un coro gutural de gruñidos provenía de sus dragartos.

Señaló con el dedo.

Algo yacía en el medio de las manos. Era una figura pequeña que gimoteaba suavemente bajo la lluvia. Erath se quitó el agua de los ojos, entrecerrándolos a medida que se acercaba más al bulto. Cada vez que parpadeaba, la figura cambiaba de color.

''Con cuidado'', advirtió la forjadora de runas. Con cautela, escudriñaba los alrededores mientras desenvainaba su espada lentamente provocando un sonido metálico.

La curiosidad empujó a Erath hacia adelante. La criatura era pequeña, casi del mismo largo que la hoja de su bracamante. Vislumbró plumas y escamas, frondas cortas y enruladas que se mecían débilmente en el aire y protuberancias que algún día podrían convertirse en lo que parecían ser alas. El escudero de espada se arrodilló y dijo la misma frase que había repetido una y otra vez desde que puso un pie en Jonia.

''Nunca había visto algo así'', murmuró Erath. Extendió su mano hacia la criatura. ''Hola, pequeñín. ¿Tienes hambre?''.

''No, no, no'', exclamó Teneff, y su mirada saltaba de un lado a otro como la de la forjadora de runas. ''No, no, no''.

Erath parpadeó. ''Pero ¿y si está herido? Es solo un bebé''.

''Exacto'', asintió Teneff. Erath escuchó el sonido de su cadena desenvolviéndose en su brazo. ''¿Dónde piensas que está la madre?''.

Algo se separó de los árboles a un costado. El aire ya frío se volvió gélido. Erath contuvo la respiración cuando vio emerger una forma colosal y la lluvia comenzó a caer hacia arriba.

Al igual que la criatura pequeña e indefensa que habían encontrado, esta también tenía rasgos de pájaro, bestia y monstruo marino. Al estar totalmente desarrollada, cada una de estas facetas había adquirido proporciones monstruosas. En la ''madre'', las frondas del bebé eran tentáculos tan gruesos como el brazo de un hombre; las suaves protuberancias, garras afiladas. La mitad de su cuerpo parecía mutar de estado sólido a gaseoso, como si solo existiera parcialmente en la misma realidad que Erath.

Un chillido ensordecedor surgió de un bosque de dientes y ojos que solo podría tratarse del rostro de la criatura. Erath gritó de dolor y se cubrió los oídos con las manos. La criatura batió las filas de alas multicolores en su espalda, embistiendo a Erath para que se alejara de la cría.

''¡Atrás!'', rugió Teneff dirigiéndose a Erath. ''¡Cuida a Talz!''.

Erath había desenvainado su bracamante, pero obedeció la orden y observó a Teneff girar su cadena hasta que se convirtió en un borroso arco negro con púas. Sigilosamente, Arrel se había colocado detrás de la bestia. Los dragartos babeaban ansiosos a la espera de ser liberados. Tifalenji cantaba una misteriosa letanía que le hacía sangrar la nariz mientras su espada temblaba con luz esmeralda.

La bestia chilló una vez más y fue atacada desde tres flancos.

Arrel hizo una serie de rápidos gestos con las manos y sus dragartos saltaron sobre la criatura. Los colmillos y las garras se clavaron en su pellejo ondulante. Se retorció, doblándose y moviéndose para liberarse de ellos. La manada cayó al suelo, pero Tercero se incorporó con un ala en sus fauces.

''¡Fr-ah deh-AHK!'', bramó Tifalenji, y su espada dejó un reguero de brillante luz jade al blandirla. Un par de tentáculos se desprendió en un mar de sangre azul incandescente, difuminándose en manchas de luz enturbiada hasta desaparecer por completo con un chasquido. Los muñones supurantes se contrajeron por un instante antes de brotar de nuevo: cada apéndice perdido era reemplazado por tres nuevos, como las ramificaciones de un árbol.

Teneff atacó. La bestia gimió, dio un coletazo y aplastó con sus garras la pesada hombrera en el hombro izquierdo de la cazadora. Teneff escondió la cabeza detrás de su armadura mientras una lluvia de chispas caía sobre ella. Soltó su cadena en un remolino de eslabones crujientes y consiguió golpear el cuerpo de la bestia, pero los escurridizos tentáculos la superaron. Los apéndices serpenteantes tiraron de la cadena en un intento por desestabilizar a Teneff, pero ella clavó los talones al suelo y no cedió un centímetro. Hundió la espada corta que tenía en la otra mano una y otra vez en el costado de la bestia, hasta que la hoja se volvió resbalosa de tanta sangre.

La bestia batió las alas y lanzó a Teneff hacia atrás. Su tensa cadena, todavía incrustada en el cuerpo de la bestia, se rompió con un chasquido y, como consecuencia, el hombro de Teneff giró en un ángulo anormal. Con un rugido de dolor, soltó los eslabones con púas y la cadena cayó sobre la piedra.

Erath corrió hacia Teneff, pero ella lo rechazó con la mano estirada. Lo miró, su rostro cubierto de sangre debido a un profundo corte en la frente. Tifalenji se abalanzó contra la bestia con otro encantamiento brotando de sus labios, pero un conjunto de tentáculos la golpeó desde el aire.

Cada fibra del cuerpo de Erath lo instaba a moverse, a hacer algo. Miró a Talz y se enfocó en su mandíbula. Era hora de hacer su trabajo.

Trepándose por el costado del basilisco, Erath agarró con fuerza las riendas y hundió los talones en los flancos de Talz. Con un gruñido gutural, la bestia avanzó pesadamente. Erath cabalgó hacia adelante y se colocó entre la criatura y Teneff. Un tentáculo golpeó su rostro y, en un torbellino de metal, sacó su bracamante y lo rebanó.

La sangre retumbaba en los oídos de Erath mientras desviaba otra extremidad cercenada y se preparaba para atacar de nuevo. Avanzó un poco más, internándose en un enjambre de tentáculos.

''¡Apártate de mi sirviente, bestia!'', gritó una voz detrás de la criatura.

La delgada y ágil silueta de Doña Henrietta surgió de entre los árboles. La bestia reptiliana se precipitó hacia adelante, ansiosa por bañar su joyería con la sangre de una nueva presa. Sentada en su montura, la figura enmascarada de Marit rio con el mismo entusiasmo; la hoja de su guja silbaba al cortar el aire a su paso.

Con otro chillido ensordecedor, la criatura se dio vuelta para enfrentarse a Marit con un giro desarticulado y deshuesado.

''¡Sí, a eso me refiero!''. Sacudió la guja hasta que la tuvo agarrada del extremo. Se inclinó hacia atrás y giró la lanza para formar un gran arco antes de blandirla hacia adelante. La hoja rebanó todo un costado de la bestia; el corte desprendió un conjunto entero de tentáculos y dos alas. La criatura retrocedió y, de un salto, Marit se puso de cuclillas sobre la montura de Henrietta. Al usar su arma para mantener el equilibrio, brincó por los aires para aterrizar en el lomo del monstruo.

Con la mano libre sujetada a un tentáculo, Marit trepó por el lomo de la bestia hasta llegar a su cabeza, mientras esta se sacudía y corcoveaba frenéticamente para liberarse de ella. Con un grito de batalla, hundió la punta de su guja en la base del cráneo del monstruo y respondió a los chorros humeantes de sangre brillante que brotaban de la bestia con un giro brusco. El siseo estridente de la criatura cesó de golpe cuando sus extremidades se aflojaron y se desplomó en el suelo. La lluvia cayó normalmente de nuevo.

Los noxianos se recompusieron y se congregaron alrededor del cadáver de la criatura. Erath se bajó del lomo de Talz, reacio a guardar la espada por miedo a que la bestia se levantara.

Marit arrancó su guja con un gruñido amortiguado por la máscara de cuero. ''Me estoy cansando un poco de ser tu salvadora personal, forjadora de runas''.

''Esa criatura'', dijo Tifalenji. ''Vino del otro reino''.

''¿Te parece?'', dijo Marit levantando una ceja. ''Bueno, por lo menos la parte que está en este reino está muerta''.

La forjadora de runas miró a la jinete. ''Cuando todo esto termine, te fabricaré un arma tan salvaje como tu espíritu''.

Marit le devolvió la mirada. ''Me gusta esa promesa''.

''Bien hecho, Marit'', Teneff inclinó la cabeza.

''Sí'', asintió Erath enérgicamente. ''Gracias''.

Arrel no dijo nada.

''Por supuesto'', los ojos de Marit sonrieron e hizo una reverencia teatral. ''No soportaría esta aventura ni un minuto más sin la servidumbre''. Volvió la vista al cadáver del monstruo. ''¿Esta cosa será comestible, o estará llena de un veneno espantoso?''.

''¿Quieres probar?'', se burló Arrel. ''Adelante. Después de todo, la mataste''.

''Ya veo'', Marit inclinó la cabeza. ''¿Qué tal el pequeñín?''.

Todos giraron la cabeza para mirar a la criatura más pequeña. Mientras levantaba la cabeza, el minúsculo monstruo trinó. Tembló por un momento antes de explotar en una nube de copos de nieve que emitieron cada uno un sonido; luego, silencio.

Erath contempló el lugar donde había estado la criatura y soltó una larga exhalación por la nariz. ''¿Alguien me puede repetir por qué queremos este lugar?''.

''El velo aquí es delgado'', dijo Tifalenji, limpiándose el hilo de sangre del labio superior con el puño mientras envainaba su espada. ''Lo extraño pulula en esta tierra. No le prestes atención''.

''Esta tierra es extraña'', masculló Erath.

Marit se subió con cuidado al cráneo de la criatura muerta y chasqueó los dedos para llamar a Henrietta. Clavó su guja en la tierra y se aferró al extremo de la empuñadura para usarla como una pértiga y así balancearse a la montura de su corcel.

''¿Cuánto tiempo llevas arriba de esa montura?'', bromeó Teneff. ''¿Por qué no le das a Doña Henrietta un descanso?''.

Marit rio con burla. ''No tocaré el suelo de Jonia más que lo absolutamente necesario, gracias''.

''Me parece mucho tiempo para aguantar las ganas de orinar'', sonrió Teneff.

''Mmm, tengo algunos frascos guardados por algún lado si necesitas un lote fresco''. Marit comenzó a buscar entre las bolsas de su montura. Los hombros de Erath se sacudieron mientras contenía la risa.

''¿Se pueden comportar?'', dijo Tifalenji con tono exasperante, mientras miraba a ambas mujeres.

Teneff sacudió la cabeza. ''No tienes sentido del humor, forjadora de runas''.

''Ni un ápice'', aseguró Marit. Miró a Erath y sus ojos se entrecerraron con malicia.

''Sirviente, todavía no te odio del todo, así que, ya que estamos en tema, te advertiré algo sobre el cuidado de Doña Henrietta. Su orina es extremadamente ácida; no importa qué tan desesperado o sediento estés durante nuestros viajes, busca saciar tu sed en otro lado, ¿entendido?''.

''¿Por qué?'', rio Erath. ''¿Es por eso por lo que tu rostro está así?''.

Marit se puso tensa. Sus ojos se ensancharon por un instante y sus dedos buscaron la empuñadura de su guja. ''No'', dijo fríamente, y enrolló las riendas de Henrietta alrededor de su mano libre y se alejó sin decir otra palabra.

Erath palideció. ''Yo...''.

''Déjala ser'', dijo Teneff sacudiendo la cabeza. ''Tan solo mantente alejado de ella por un tiempo''.

El corazón de Erath se entristeció mientras arrastraba los pies hacia Talz. Después de todo este tiempo, había comenzado a sentir que era parte del grupo, que tenía un sentido de pertenencia. Ahora sentía que todo eso se le escurría de las manos, como el té del anciano jonio.

Había estado tan cerca y lo había arruinado.


La caminata de la siguiente semana fue tranquila, o por lo menos tan tranquila como las extravagancias de Jonia podían ser para un extranjero. La lluvia había cesado y Erath disfrutaba de caminar por terreno seco para variar. La ausencia del frío que calaba hasta los huesos y de otras miserias que el lodo causaba en un soldado le permitió ver el esplendor natural de Jonia, con toda su gloria maravillosa e impresionante.

Todo parecía moverse en cámara lenta, desde la danza de los pájaros hasta el suave balanceo de los árboles multicolores. Incluso la persecución entre el depredador y su presa, vislumbrada solo por un momento entre los árboles, parecía desenvolverse con gran armonía. Era como si todos bailaran al ritmo de una melodía silenciosa que Erath no podía comprender: un mundo más grande que él habitaba, pero no podía ver.

Habían seguido el curso de un río inmenso desde que atracaron en Navori y no se habían alejado de sus orillas por mucho tiempo. No solo era una fuente de agua potable y comida, sino también una guía hacia el interior de la región, mientras las cazadoras seguían la inquietante canción que emitía la espada de Tifalenji.

''Pronto anochecerá'', dijo Teneff, dirigiéndose a la forjadora de runas.

Los ojos de Tifalenji se dirigieron a la luna creciente, resplandeciente e hinchada, apenas visible en el cielo enrojecido. A Erath le pareció ver por un momento una expresión de frustración en su rostro, antes de volverse impasible e ilegible como siempre. ''Entonces nos detendremos aquí''. Miró a Erath. ''Prepara el campamento''.

''Segundo'', murmuró Arrel. El dragarto se acercó a ella. ''Encuentra a Marit y tráela de vuelta''.

Segundo se mostró entusiasmado y corrió hacia el atardecer. Marit había cabalgado adelante del grupo desde aquel incidente luego de matar al monstruo, algo que angustiaba a Erath cada vez que pensaba en eso.

''Iré a buscar madera para la fogata'', dijo Erath, tomando un hacha que colgaba del lomo de Talz.

''Presta atención a cómo lo haces'', le advirtió Teneff. ''Los árboles aquí están vivos''.

Erath frunció el ceño. ''¿No están todos los árboles vivos?''.

''Quiere decir en el sentido de que te matarán'', dijo Arrel.

El ceño fruncido de Erath se acentuó.

Ya había caído la noche, que envolvía al mundo con un destellante manto aterciopelado, cuando Erath terminó de recoger suficiente leña. Después de la batalla contra la criatura, había optado por recoger ramas dispersas por el suelo en vez de cortarlas de los árboles y arriesgarse a despertar a alguna ánima maligna que quisiera una de sus extremidades a cambio.

Regresó al campamento y encendió una fogata. Cuando vio que las brasas se convertían en un fuego vigoroso, se cargó al hombro una olla y una red de pesca y se dirigió al río. Había visto que los sacos de provisiones estaban enflaqueciendo, así que esperaba regresar al campamento con un pescado.

En cuclillas a la orilla del río, los minutos se alargaron mientras contemplaba la superficie negra y vidriosa. Se le aceleró el pulso cuando percibió movimiento en el agua. Arrojó la red, la ajustó y después la arrastró de nuevo a la orilla. Dentro de la red una carpa saltaba y se retorcía.

Con un triunfante resoplido de alivio, Erath llenó la olla con agua del río y tiró adentro la carpa.

Regresó al campamento con un paso más ligero que cuando se fue, mientras le agradecía al pez por su devoto servicio al imperio noxiano.


''Está lista'', anunció Erath mientras distribuía la sopa en el jarro de hojalata de cada guerrera. Con cuidado, se cercioró de llegar hasta el fondo de la olla con el cucharón cada vez que servía. Tras entregar el último jarro, se sirvió lo que sobraba y se sentó junto al fuego.

Por un largo rato, nadie habló, cada uno feliz de poder disfrutar de una comida caliente y de la calidez crepitante del fuego. Erath no era la excepción. Estaba contento de poder alimentarse y descansar los pies adoloridos y los músculos cansados.

Por ese breve periodo de tiempo, no importaba nada más.

Cada uno de los noxianos hizo lo posible por relajarse. Arrel estaba rodeada por sus dragartos e inspeccionaba con cuidado las garras y dientes de cada uno de ellos. Tifalenji se había alejado un poco del grupo. Sentada con las piernas cruzadas bajo la luz de la luna, cantaba y envolvía su espada levitante en magia. Teneff había sacado una pipa maltrecha con la que fumaba despacio y soltaba temblorosos aros de humo grisáceo que crepitaban a la luz del fuego.

''¿Todavía tienes eso, Ten?''. Marit la contempló desde el lomo de Doña Henrietta, donde estaba sentada. ''Sabes que esa cosa te matará''.

Teneff negó con la cabeza. ''Esto no será lo que me mate. Además, no me permito morir antes de terminar con esto''.

Erath sintió que los pensamientos de todos confluyeron y se aclaró la garganta. Teneff lo miró.

''Esta persona que estamos buscando'', dijo Erath.

''Riven'', acotó Arrel con suavidad.

''¿Todas la conocían?''.

Tifalenji permitió que su espada cayera en sus manos. ''Solo por su reputación''.

''Derramé sangre con ella cuando llegamos por primera vez a estas costas'', dijo Teneff con la vista fija en las llamas. ''Una chica ruda. Por su aspecto, no pensarías que era capaz de arrastrar por las orejas a un par de legionarios hasta ponerlos a su altura. Su espada requería de mucha fuerza para siquiera levantarla''.

''Ni hablar de sus bailes'', añadió Marit.

Erath observó por el rabillo del ojo que la forjadora de runas miraba a Teneff atentamente ante la mención de la espada. El incómodo pensamiento de que sabía muy pocas cosas sobre Tifalenji, y de cuánto dependía de ella ahora, creció en su mente.

''Al principio, era callada'', dijo Marit, ''bastante retraída''.

''Pero cuando luchas codo a codo con alguien'', continuó Teneff, ''se forja un lazo de hierro y sangre…''.

''Te conviertes en su hermana'', culminó Arrel.

Ensimismadas en sus pensamientos, las tres cazadoras se quedaron en silencio.

''¿Por qué se quedó aquí?'', preguntó Marit con un dejo filoso en sus palabras. ''Después de todos estos años, de todo lo que pasó. ¿Por qué nos traicionó?''.

''No sabemos qué pasó'', respondió Teneff.

Marit resopló. ''No te hagas la tonta, Ten. No te queda bien''.

''¿Crees que no deseo que rinda cuentas de sus acciones?'', Teneff se paró y rodeó a Marit. ''¿Por qué más estaría aquí?''.

''Ha estado aquí por años'', replicó Marit, sin moverse. ''Años. Tuvo muchas oportunidades de reportarse y nunca lo hizo. Es una desertora y la suya es una debilidad que no podemos permitir. Una traición que no podemos perdonar. Estamos aquí para buscar venganza''.

''No lo llames venganza'', dijo Arrel. ''Esto será justicia''.

''Llámalo como quieras'', replicó Marit. ''Riven tomo una decisión y nosotras somos la consecuencia''.


Erath estaba exhausto, pero aun así no podía conciliar el sueño. Había visto el poder que alcanzaban las cazadoras cuando trabajaban juntas. ¿Quién era esta persona que podía dividirlas sin siquiera estar presente? ¿Quién era Riven y por qué había marcado tan profundamente a cada una de ellas?

Las preguntas se arremolinaban en su mente, aunque poco a poco comenzaron a hundirse bajo una promesa de descanso, hasta que una voz lo despabiló.

''¡Arriba!''.

Erath se incorporó. Era Teneff, que montaba guardia.

''¡Levántate!'', le ordenó una vez más, ciñendo la espada corta a la armadura. ''¡El río se está desbordando!''.

Los noxianos se pusieron de pie. Erath se volvió para mirar la orilla del río y se le heló la sangre.

Algo había irritado a la corriente, que pasó de ser un flujo tranquilo a un alboroto de rápidos agitados. Erath vio formarse rostros humanos en las olas espumosas del agua, agitándose y pronunciando furiosas maldiciones silenciosas antes de disolverse en la corriente. Todo el tiempo avanzaba en su dirección y devoraba la orilla centímetro a centímetro.

El río no se estaba desbordando. Estaba vivo.

''¡Ve hacia los árboles!'', gritó Tifalenji.

Teneff ya estaba corriendo. Marit solo tuvo que cambiar a una posición de galope arriba de Doña Henrietta antes de salir disparada hacia los árboles. El primer pensamiento de Erath fue Talz.

Corrió hacia el basilisco, agarrándose de lo que podía en el campamento mientras la tierra debajo de él se convertía en un pantano fangoso. El agua ya les llegaba a los talones cuando llegó adonde estaba el gigantesco reptil. Miró hacia atrás justo en el momento en que otra gran ola arrastraba a Arrel.

Parecía que tenía manos.

Tras desenterrar las estacas que inmovilizaban a Talz, Erath se subió al lomo antes de que el basilisco comenzara a galopar. Se aferró a las riendas y al flanco de la bestia con todas sus fuerzas mientras el agua subía detrás de ellos. Decidió mejor treparse al lomo, con las piernas colgando y la cabeza gacha, mientras todo el equipo, las herramientas y lo que quedaba de comida se perdía en el camino.

Llegaron a los árboles y Erath saltó a uno de ellos mientras el agua los golpeaba. Talz se irguió sobre sus patas traseras para mantener la cabeza fuera del agua, pero cada ola nueva lo golpeaba más arriba en el lomo y el cuello. Erath miró hacia atrás. Teneff y Marit estaban bien, pero Arrel y sus dragartos estaban atrapados en el pantano en el que se había convertido el campamento, y el río los estaba succionando lentamente.

Erath se aferró más fuerte cuando otra ola lo golpeó como una lluvia de piedras. El árbol a su lado se torció y casi se quiebra. Miró el árbol y después a Arrel. Descendió hacia el agua, la cual le llegaba a la cintura.

Tomó el hacha del costado de Talz y comenzó a talar el árbol debilitado. Estaba seguro de haber escuchado un quejido lastimero de las hojas cuando el tronco finalmente se quebró y cayó perpendicular al río. Erath vio cómo un grupo de formas se acercaba al árbol.

Los dragartos de Arrel nadaban en círculos alrededor de ella, arrastrándola hacia el árbol caído. Pero solo eran tres.

Las aguas comenzaron a retroceder cuando las primeras luces del alba se filtraron con tonos cobrizos y dorados a través del follaje. Brillaban sobre la superficie del agua. Un sonido espeluznante, como un canto fúnebre interpretado por un hombre ahogado, llenó el aire mientras la corriente volvía a su cauce.

Marit galopó de regreso, Teneff bajó del árbol, y todos se reunieron alrededor de Arrel y el árbol caído. Había recorrido la orilla, rastreando las aguas inmóviles junto al resto de la manada.

''¡Segundo!'', gritaba para después hacer una pausa. ''Segundo...''.

''Se lo llevó la corriente, Arrel'', dijo Teneff. Dudó un momento antes de apoyar una mano en su hombro. ''Lo siento''.

Las manos de Arrel temblaban. Cerró los puños y su mandíbula se tensó.

''Estamos perdiendo el tiempo aquí'', graznó la rastreadora, sacudiéndose la mano de Teneff. Se incorporó e hizo un gesto certero para llamar a los otros dragartos que seguían vigilando la orilla. Cuarto demoró un segundo más que los otros, pero una mirada de Arrel lo hizo regresar al trote.

Erath se estremeció cuando la luz del sol se desvaneció. Extendió la mano y sintió cómo caían sobre la palma de su mano unas cuantas gotas grandes. El respiro de la lluvia había llegado a su fin.


En cuestión de minutos, el sol quedó oculto detrás de grandes nubes de tormenta negras. Fuertes vientos convertían a la lluvia en una bamboleante cortina de agua helada, y Erath sentía cómo el frío calaba sus huesos. No podía ver nada que estuviera a más de un medio metro de distancia de él. Incluso Marit se vio obligada a desmontar de Doña Henrietta.

Tifalenji mantenía su espada arriba. Con un susurro, la espada estalló con luz esmeralda, la cual mantenía a raya a los vientos huracanados de la tormenta. Teneff tomó un pedazo de soga de Talz y lo ató alrededor de la cintura de cada uno para mantenerse unidos.

Inclinados contra el azote del viento y la lluvia, los noxianos avanzaron detrás de Tifalenji, una pequeña esfera de luz verde en medio del torbellino. Erath perdió la noción del tiempo mientras caminaba fatigosamente. No pudo saber si habían pasado minutos u horas cuando Tifalenji habló en voz alta.

''Debemos parar'', rugió por encima del viento.

''¡Miren!'', Marit apuntó con su guja. ''¡Hay una luz más adelante!''.

Erath podía vislumbrar un racimo de luces muy débiles, como una constelación en los cielos.

''Estamos en medio del campo'', advirtió Teneff. ''Podrían ser bandidos, o un campamento de la Hermandad, no podemos saberlo''.

''Entonces los matamos a todos'', dijo Marit entre dientes. ''La bruja de runas tiene razón. No tenemos provisiones y, si no buscamos refugio, esta tormenta terminará con nosotros''.

Teneff escupió agua de lluvia y asintió. Juntos pelearon contra la tormenta, un pie a la vez, hasta que llegaron a las luces.

Los árboles más adelante formaban un dosel que absorbía lo peor de la tormenta. Una aldea se materializó frente a ellos, pequeña y aislada en medio del bosque. Parecía una extensión del mismísimo bosque: las viviendas altas y estrechas parecían entrelazadas y talladas en los árboles. Podían verlas detrás de una pared de ramas entrelazadas que se interponía en su camino, como si la propia tierra hubiese formado una estacada. Las ramas se estremecieron, apartándose lo suficiente para formar un pequeño pasaje.

Una docena de hombres y mujeres se abrieron paso por la abertura. Vestían túnicas hiladas a mano y sus rostros estaban ocultos debajo de grandes capuchas que los protegían de la tormenta. Las cazadoras notaron las hachas y las espadas en sus manos; las hojas planas y anchas estaban astilladas y gastadas. Notaron también los restos maltratados de armadura que portaban.

Las cazadoras formaron una fila, con Erath y Talz detrás de ellas.

''Esas son armas noxianas'', observó Teneff.

''Y esos son noxianos'', agregó Arrel.

Al unísono, todas adoptaron posturas de combate. Los dragartos de Arrel gruñeron.

''Bajen las armas'', ordenó el líder de la aldea en un perfecto va-noxiano. Se bajó la capucha para revelar una cara llena de cicatrices; su cabello y su barba estaban veteados de gris. ''No queremos una pelea''.

''Bueno, son desertores'', dijo Marit con desprecio. Escupió en el suelo.

''Recuerden lo que tenemos detrás'', refunfuñó Teneff por lo bajo.

''¡Percátense de lo que tenemos adelante!'' gritó Marit.

''¡Alto!''. Erath se abrió pasó entre las cazadoras. Había algo en el hombre, en su voz. Se acercó con manos temblorosas. Contempló al líder noxiano con ojos sorprendidos.

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

''¿Padre?''.


El hombre condujo a Erath a una de las chozas, a salvo de la tormenta, mientras el resto de los espectadores, noxianos y jonios por igual, los miraban con una mezcla de conmoción, enojo y miedo. Erath lo siguió en trance, esforzándose por creer que ese era Jobin, su padre.

Vivo.

''Parece que no has comido mucho últimamente'', dijo Jobin. Ambos se sentaron alrededor de un brasero. Jobin destapó una olla humeante, sirvió unas cucharadas de arroz en un par de recipientes de madera y le entregó uno a Erath. ''¿Qué estás haciendo aquí, hijo mío?''.

Hablaron largo y tendido: del viaje de Erath, del hogar. Omitió muchas cosas, reticente a contárselas a un hombre que él daba por muerto.

Cuando terminaron, los ojos de Jobin brillaban a la luz del fuego. ''Mírate. Ya eres todo un hombre. Mi pequeño enhasyi''. Hizo una pausa. ''¿Cómo está tu madre?''.

''Todavía te llora'', contestó Erath, intentando no delatar la amargura en su voz. Se sacó el pendiente de hueso del cuello. ''¿Quién es este?''.

''Soy yo''. Jobin levantó una mano y le mostró un dedo al que le faltaba una falange. ''Un sacrificio que todos enviamos con la intención de darles paz''.

''Paz'', Erath exhaló la palabra.

Tras atravesar por semanas un reino de magia salvaje, siniestro y de ilusión, tenía que preguntar lo obvio.

''¿Eres real?''.

Jobin se inclinó hacia adelante. ''¿Qué?''.

''¿Eres real?'', repitió Erath. ''¿O eres un hechizo que hace aparecer a mi padre frente a mí aunque en verdad esté muerto? Si esto es un engaño, te lo agradecería de cualquier manera, en serio, por todo lo que significa esta alternativa''.

Por unos minutos, ninguno habló. El silencio se prolongó.

''El mundo solía ser tan pequeño'', dijo Jobin finalmente. ''Tú nunca lo llegaste a ver. Cuidábamos nuestros rebaños, hacíamos trueque con nuestros vecinos y criábamos a nuestros hijos. Llevábamos una vida simple y éramos felices. Luego vino el imperio, y nuestro pequeño mundo se hizo mucho más grande, y mucho más oscuro''.

Dirigió su vista a la puerta de la choza. ''Estar aquí, ver este lugar, me hizo rememorar aquellos tiempos''.

''¿Y por eso valió la pena la traición?'', preguntó Erath.

''¿Contra qué?''. Jobin lo miró de nuevo. ''¿Contra un gobernante distante e inalcanzable que mueve marcadores en un mapa? Esos marcadores son personas, Erath. Noxianos, jonios. Nunca debimos haber empezado esta guerra''.

''Pero somos más fuertes juntos'', insistió Erath. ''Noxus no nos encadenó; por el contrario, nos liberó. No más rebaños enflaquecidos cada año, no más asaltos de esos mismos vecinos. Y podemos hacer lo mismo aquí. Te fuiste hace mucho tiempo; ya no es el Noxus que recuerdas. De verdad somos parte de algo más grande''.

''No creo que haya cambiado mucho''. Jobin negó con la cabeza. ''Vinimos aquí creyendo lo que tú crees, que este lugar necesitaba a Noxus. 'Rath, creo que no necesitan nuestra ayuda, ni a nuestro gobierno, pero podemos coexistir. No tuve que matarlos para que nos convirtiéramos en familia. Cuando comprendí eso, supe que ya no podría regresar''.

Erath procesó las palabras de su padre y agachó la cabeza. ''Todo lo que me enseñaste fue una mentira''.

''Lo siento, hijo mío''. Jobin posó su mano sobre el hombro de Erath. ''Yo también vivía engañado. Pero siempre hay tiempo para cambiar. Para probar algo mejor. Hay un lugar para ti, aquí''.

''Una mentira'', repitió Erath. Levantó la vista lentamente. ''¿Por qué tengo que creerte ahora?''.

Jobin estaba claramente consternado. ''Hijo mío...''.

''No'', la mirada de Erath era fría como el hielo. ''No tienes derecho. ¡Tú perdiste un dedo, yo te perdí a ti! ¿Y ahora te sientas aquí y me das un sermón, escondido en el bosque? Teníamos una excusa antes de unirnos al imperio: no conocíamos el mundo exterior. Pero ya no somos ignorantes. Ahora, o trabajas para unir al mundo y mejorarlo, o huyes''.

Erath se puso de pie.

''Yo no huyo''.


Erath y Jobin salieron de la choza. El escudero de espada miró hacia arriba y observó, a través del follaje de los árboles, que las nubes se disipaban. La lluvia también había disminuido.

''Reflexiona sobre lo que hemos hablado, hijo mío'', dijo Jobin.

''Ya lo hice'', replicó Erath, alejándose para colocarse al lado de las cazadoras.

Jobin tragó y se aclaró la garganta. ''Les dimos refugio. Ahora que la tormenta pasó, les ofreceremos una porción de nuestra cosecha. Solo les pedimos a cambio que nos dejen en paz y que olviden que alguna vez encontraron este lugar''.

Teneff miró a la forjadora de runas. Ella inclinó la cabeza y las cazadoras se retiraron para deliberar entre ellas.

''La única pregunta que debemos hacernos'', dijo Marit, ''es si los matamos a todos o no''.

''Su padre es parte del grupo'', Teneff señaló a Erath con la cabeza.

''Su padre es un traidor'', replicó Marit.

''No es el único'', acotó Arrel. ''Casi la mitad de esta aldea es noxiana... o lo era''.

''¿No quieres ensuciar a tus dragartos?''. Marit deslizó un dedo por el filo de su guja.

''¿Cómo nos ayuda matar cobardes y aldeanos a encontrar a Riven?'', replicó la rastreadora.

Erath miró a Tifalenji. La forjadora de runas tenía las vidas de esos aldeanos, y la vida de su padre, en sus manos. Respecto de la vida de su padre, Erath no sabía qué quería que ella decidiera, y eso era lo que más le pesaba en su corazón. Las cazadoras también la observaron, intentaban descifrar sus intenciones en su semblante impávido.

Teneff posó una mano en su cadena. ''¿Qué haremos, entonces?''.

''Nos vamos'', declaró Tifalenji. ''Nuestra misión es encontrar a una desertora, y estas personas no son ella''. Miró a Marit. ''No vamos a discutirlo''.

''Como quieras'', Marit se encogió de hombros y caminó de vuelta a su montura. Tifalenji miró severamente a Erath.

''Bajo otras circunstancias, no les perdonaría la vida''.

''Entiendo'', respondió Erath.

''Ahora apúrate'', ordenó Tifalenji. ''No tenemos mucho tiempo y ya sabes lo que tenemos por delante''.

Las cazadoras se reunieron y comenzaron a andar. Erath echó una última mirada hacia atrás cuando pasaron a través de la estacada abierta y luego tocó el brazo de Teneff. ''¿Qué nos espera adelante?''.

Su semblante se volvió sombrío y sus ojos, distantes. ''El lugar donde todo esto comenzó''.


Marcharon en silencio, aunque los pensamientos atribulados de Erath lo hacían sentir como si se estuviera desplazando a través de una multitud. No podía conciliar al hombre que lo había criado con el que había descubierto viviendo en esa aldea. Un hijo se cría a imagen y semejanza de su padre, pero ¿termina siendo la misma persona?

El pendiente de hueso alrededor de su cuello golpeaba contra su pecho.

El paisaje cambió, se tornaba cada vez más árido y seco, al igual que los temperamentos de las cazadoras. Estaban tensas, reaccionaban ante cualquier sonido y todas tenían sus armas desenvainadas y fuertemente asidas por manos de nudillos blancos. Erath podía oler un aroma un tanto agrio en el aire.

Los noxianos subieron una colina y desde allí contemplaron una gran extensión de planicies secas y polvorientas. Había un hito erigido al borde de la planicie, una especie de tótem de piedra con una inscripción en jonio. Erath no podía leerlo, pero la intención del mensaje estaba clara.

Era una advertencia para mantenerse alejados de ese lugar.

Se encontraron con un anciano sentado junto al hito. Tarareaba tranquilamente para sí mismo y sacudía un collar de campanillas que llevaba alrededor de sus hombros. Sus ojos se ensancharon cuando los noxianos se aproximaron y, con la ayuda de un bastón, se puso lentamente de pie.

''Viajeros'', los llamó con la mano. ''No tengo intenciones de pelear, ni sirvo a ningún amo. Vigilo este lugar, el umbral de un sitio terrible, para alejar a aquellos que quieran atravesarlo''.

Las cazadoras se quedaron en silencio. Erath nunca las había visto tan tensas. Tifalenji dio un paso hacia adelante.

''No deseamos hacerte daño, guardián'', dijo. ''Pero no intentes impedir nuestro avance''.

''Les suplico'', el jonio juntó sus pequeñas manos, ''que no sigan. No pueden imaginarse el dolor del que ha sido testigo este lugar''.

''No es necesario'', respondió Teneff, mientras pasaba a su lado.

Erath la siguió, dejando atrás al jonio abatido. ''Cantaré por ustedes'', dijo el guardián. ''Por su dolor''.

Con solo dar un paso en la planicie polvorienta, Erath sintió como si se hubiera transportado a un lugar extraño, incluso para Jonia. El lugar carecía por completo de vida. El suelo tenía un tinte verduzco y enfermizo. El aire era tan ácido que le quemaba la nariz y la garganta. Sentía un hormigueo en los ojos y los labios.

Un profundo sentimiento de pérdida emanaba de la tierra como una bruma que envolvía a Erath.

Teneff se detuvo y asimiló el paisaje con lentitud.

''Aquí fue donde sucedió''.

''Fue aquí'', exhaló Tifalenji y las runas de su espada palpitaron. Parpadeó. ''Ella estuvo aquí''.

''Peleamos por años'', dijo Teneff. ''Habíamos llegado a un punto muerto. Dijeron que tenían una manera de abrirse camino y nos trajeron a un zaunita loco que elaboraba preparaciones''.

''Fuego químico'', murmuró Arrel.

''Algo tan corrosivo que acababa con todo a su paso'', agregó Marit. ''Estábamos protegiendo la carga explosiva, llevándola hacia las filas delanteras, cuando todo salió mal''.

Erath pasaba su mirada de una cazadora a otra a medida que las palabas brotaban de cada una.

''Nos emboscaron...''.

''... eran tantos...''.

''Riven pidió ayuda...''.

''No podían saber dónde estábamos''.

''Dispararon...''.

''... y los frascos se incendiaron''.

Marit se llevó las manos detrás de la cabeza y desabrochó las hebillas de su máscara. Las correas se aflojaron hasta soltarse y Erath tragó saliva.

Todo su rostro y su cráneo estaban cubiertos por una masa de tejido blando de un rojo brillante, sin pelo. Erath había visto criaturas cuya muerte fue causada por quemaduras y conocía cómo lucía la carne después, pero esto era otra cosa. Venas negras atravesaban el tejido como telarañas. Erath no podía ni imaginarse el dolor que habría sentido, incluso ahora.

Solo sus ojos estaban ilesos. Marit miró a Erath y sostuvo la mirada en silencio.

Arrel se sacó su propio casco. Erath pudo ver heridas alrededor de sus labios y su cuello. La rastreadora tosió y escupió una flema con sangre.

Lo habrá respirado, comprendió Erath.

''Fue un verdadero caos'', dijo Teneff. ''Compañeros y enemigos, todos hirviendo, gritando hasta la muerte. Nunca más volví a ver a Riven. Creía que había muerto aquí, como el resto''. Miró a Erath. ''¿Lo comprendes? Si la encontramos, el pensamiento de que podemos sacar algo bueno de todo esto...''.

Dejó de hablar, sus ojos estaban fijos en el horizonte. Erath miró también y vio a un grupo de figuras aparecer en la colina. Eran jonios, ataviados en armaduras livianas, con espadas de todo tipo. Sus rostros estaban ocultos detrás de máscaras y capuchas del color del hierro oscuro.

''El océano está en calma antes de la tormenta'', gritó uno de los jonios. ''¡Pagarán por sus acciones, xiir! Si alguien debe controlar estas tierras, seremos nosotros''.

''La Hermandad Navori'', dijo Teneff mostrando los dientes, como si esas palabras fueran una maldición.

''Un escuadrón completo'', añadió Marit, su voz calma y equilibrada pero a la vez filosa por la violencia inminente.

''La aldea que robaron'', dijo el guerrero de la Hermandad mientras abría los brazos. ''Todos estaban muy ansiosos por contarnos de ustedes. Por ayudarnos a cumplir nuestra promesa''.

A Erath se le heló la sangre.

''Tendríamos que haberlos matado'', gruñó Marit con rabia en el rostro mientras se ponía de nuevo la máscara. Una llovizna comenzó a caer desde el cielo grisáceo.

''Esta maldita lluvia'', dijo entre dientes Arrel.

El guerrero de la Hermandad dio un paso hacia adelante. ''Prometimos encontrarlos, a ustedes los xiir, donde sea que estuvieran en las Tierras Originarias. Prometimos cazarlos, perseguirlos y limpiar nuestra tierra natal de aquellos que destruyeron el equilibrio entre los reinos gemelos''.

Los jonios gritaron con las armas en alto, muchos de ellos atravesados por magia que los hacía estremecer.

''Hacemos estas promesas a todos los que ustedes se llevaron antes de tiempo, a los que perdieron extremidades por su culpa, a los que ya no tienen sueños tranquilos, sino recuerdos terroríficos y fragmentados. ¡Mantendremos estas promesas mientras nuestros corazones sigan latiendo!''.

Una docena de guerreros descendió de la colina y se detuvo a unos pasos de los noxianos con las armas listas.

''Díganme'', dijo el jonio. ''¿Qué prometen ustedes?''.

Teneff respiró, cerró los ojos lentamente y luego los abrió. ''Prometo... que esto te dolerá''.

''Prometes sangre, entonces'', el guerrero sonrió debajo de su capucha. ''Aceptamos''.

Teneff rugió y blandió su cadena con gancho. Golpeó a uno de los miembros de la Hermandad en la sien. La fuerza del lanzamiento lo tiró al piso. Teneff lo inmovilizó con el pie sobre su pecho, liberando el gancho con una lluvia de sangre. El arma salpicó más sangre cuando la volvió a girar.

Arrel extendió la mano y sus dragartos atacaron. Primero derribó a una de ellos, sujetándola del cuello. El dragarto sacudió la cabeza de la mujer salvajemente. Tiró de ella hacia adelante y hacia atrás hasta que dejó de moverse. Después, se dirigió a otro atacante.

Ambos grupos se enfrentaron cuerpo a cuerpo. Tifalenji clavó su espada en el torso de un jonio. Escupió una maldición y la cuchilla se encendió, prendiendo fuego al hombre en un torbellino de llamas color jade. Marit arremetía en el medio. Su guja se veía borrosa de tantos cortes, estocadas y tajos que profería en conjunto con las fauces punzantes de Doña Henrietta.

Erath observó los primeros golpes. Este lugar había despertado algo en ellas, había desatado una ira dormida en su interior por años. Hasta la forjadora de runas se había involucrado, porque sabía que eliminar a los jonios era la única manera de lograr su propósito. Las riendas de Talz se deslizaron de su mano y en su lugar agarró su bracamante.

Teneff chocó espadas con el líder de la Hermandad, y sus rostros quedaron a centímetros de distancia.

''Esta tierra te causa dolor'', se burló el líder. ''Los xiir que perdieron, ¿les gustaría volver a verlos?''.

Como si hubiera recibido una orden, un joven jonio que se había quedado a mitad de camino en la colina comenzó a cantar. Era una melodía cadenciosa e inquietante, una canción que ningún ser viviente sería capaz de componer. Los noxianos se quedaron quietos por un instante, debido a la absoluta injusticia que evocaba.

Erath perdió el equilibrio cuando la tierra comenzó a temblar. Del suelo emergieron unas cosas pequeñas, como brotes que latían con una oscuridad intermitente y enfermiza. Después de un momento, Erath se dio cuenta de que eran dedos.

Pronto brotaron manos y brazos de la tierra. Siluetas insustanciales de hombres y mujeres andrajosos surgieron de la tierra, vestidos con harapos noxianos incorpóreos. Todos irradiaban la misma oscuridad fría y espectral.

''Los muertos aquí no descansan en paz'', dijo el jonio entre dientes, mientras forcejeaba con Teneff.

''Disparates'', gruñó Teneff.

El guerrero de la Hermandad retrocedió de un salto y desenvainó una espada. ''¡Y ustedes se unirán a ellos!''.

El joven continuaba cantando y más fantasmas pálidos surgían del suelo. Erath se vio rodeado y dio cuchilladas en un gran arco. Los espíritus se esfumaban al mero contacto con su espada y se convertían en un viento enfermizo. Volvió a atacar y consiguió abrir un orificio para ver la batalla más grande.

La Hermandad estaba sufriendo muchas bajas debido a la furia de las cazadoras, pero los muertos eran demasiados, forzados a volver a la vida por esa canción demoníaca. Erath retrocedió, presintiendo que ni los jonios podrían controlar el mal que estaban desatando. Tenían muy poco tiempo antes de que los desbordaran, y debía terminar ahora mismo.

Se dirigió a la colina. Un guerrero de la Hermandad se interpuso en su camino, blandiendo un par de dagas largas. Con el grito de una maldición jonia, arremetió contra Erath. El escudero de espada esquivó la primera daga que se dirigía a su estómago, pero vio el destello de la segunda en busca de su garganta. Intentó retroceder, pero perdió el equilibrio y cayó al suelo.

El jonio se tiró arriba de él. Su máscara se deslizó y dejó al descubierto un rostro joven y determinado que intentaba clavar una de las dagas en el pecho de Erath. Había perdido su bracamante en la caída. Luchó contra el hombre. Sujetó sus muñecas mientras la punta de la daga perforaba su cuerpo. Con un grito de dolor y de rabia, Erath rodó para ponerse encima de su oponente mientras sacaba su cuchillo.

Erath usó todo su peso para acercar el cuchillo al estómago del jonio. Con un gruñido, giró la cuchilla con fuerza y sintió cómo la fuerza del jonio abandonaba su cuerpo. Extrajo su cuchillo de un tirón, recogió su bracamante y pasó por encima del hombre moribundo.

La lluvia y la sangre convirtieron el suelo en un lodazal. Erath corrió, esquivó espadas y hordas de noxianos perdidos que lo estaban alcanzando. La piel se le entumecía cuando lo tocaban, como si llenaran sus venas de agua helada. Respiraba con dificultad mientras garras traslúcidas rasguñaban su costado.

El cantante tenía los ojos cerrados: los párpados se movían involuntariamente mientras lloraba sangre. Hilos escarlatas brotaban de su nariz, boca y labios; estaba de pie, en un completo estado de trance. No vio venir a Erath. El escudero de espada se impulsó hacia adelante, abriéndose paso entre manos frías que trataban de sujetarlo. Se dobló hacia el frente, con un grito agonizante, cuando uno de los espectros se trepó sobre su espalda. Se incorporó con arrojo, deshaciéndose del espíritu macabro. Sin aire y con la vista achicándose como un túnel que se derrumba, salió a la carga y, con sus últimas fuerzas, atacó con su espada.

La canción jonia terminó mientras el joven caía. La sangre brotaba a borbotones de la herida que Erath le infligió del cuello al esternón. Los fantasmas chillaron y sus formas se alargaron antes de regresar violentamente a la tierra. En cuestión de segundos, lo único que quedaba de ellos era una niebla pálida y enfermiza, junto con los ecos de los gritos de los muertos inquietos.

Erath dio la vuelta y, tambaleándose como un borracho, regresó a la pelea que continuaba al pie de la colina. Quedaban muy pocos guerreros del escuadrón de la Hermandad Navori. Estaba claro que habían decidido morir antes que escapar, excepto uno. Los dragartos de Arrel lo persiguieron y lo despedazaron. Doña Henrietta se estaba dando un banquete, su joyería estaba bañada en sangre carmesí. La sangre chisporroteaba y crepitaba cada vez que tocaba las runas de la espada de Tifalenji.

Erath llegó justo a tiempo para ver a Teneff batirse con el líder de los guerreros. Había rodeado el cuello del enemigo con su cadena y hundía su cabeza en el lodazal, con una bota apoyada sobre su espalda, mientras lo miraba sofocarse.

Todas tenían mil heridas. Teneff alzó la vista para mirar a Erath mientras se acercaba. Se enderezó rápidamente, quebró el cuello del jonio y se apartó tambaleando. Cayó al suelo apoyando una rodilla, abrumada por el cansancio de la larga lucha cuerpo a cuerpo.

Erath miró hacia abajo. La tierra burbujeaba y despedía nubes gaseosas donde la sangre se había escurrido. La piel, enrojecida y despellejada, le quemaba por el polvo.

''Qué locura'', vociferó Marit, limpiando la sangre de su guja. ''¿Los jonios dicen venerar a los muertos y se atreven a hacer esto?''.

''No somos sus muertos'', murmuró Arrel. ''Aun así...''.

''Qué locura'', repitió Marit.

''No podemos quedarnos aquí'', resolló Tifalenji. ''La toxina todavía está en la tierra. Y quién sabe qué otra desgracia haya invocado su necromancia''. Estaba parada al lado de Teneff.

''Casi deseé ver a Riven entre ellos'', dijo, mirando a la forjadora de runas. ''Y deseé que estuvieras equivocada''.

La forjadora de runas le ofreció la mano. ''No lo estoy''.

Después de un momento, Teneff tomó la mano que le ofrecía.


Por una vez, la lluvia era una bendición. Fresca y purificante, arrastró la sangre y la tierra envenenada de sus cuerpos mientras ellos dejaban atrás el lugar del ataque químico. Ahora todos podían ver brillar la espada de la forjadora de runas mientras le murmuraba.

''Está cerca'', susurró Tifalenji, con la vista fija en las runas. ''Muy cerca''.

Miró a Marit y Arrel, y asintió con la cabeza. Las dos comenzaron a adelantarse.

Erath sentía el corazón desbocado mientras caminaban. Poniendo cuidado de no tocar la herida de la daga, sacó el pendiente de su jubón y deslizó un pulgar por su superficie. ''Nos delató. Mi padre nos delató''.

''Tal vez lo obligaron'', dijo Teneff. Después de un momento, sacudió la cabeza. ''No importa en realidad''.

''Solo era un niño. Me dijeron que había muerto, que se había ido, que no volvería, que jamás lo volvería a ver. Pero después sí lo vuelvo a ver, y todo lo que sabía de él resultó ser una mentira''. Se le quebró la voz cuando miró a Teneff. ''¿Qué debo hacer con eso?''.

Teneff reflexionó por un momento. ''Puedes dejarlo ir''.

Erath se secó una lágrima con el puño. ''¿Cómo va a ayudar eso, después de todo?''.

''No es una cuestión de ayudar a todos''. Ella tomó su hombro. ''Solo a ti. Mientras Noxus perdure, siempre tendrás una familia, Erath''.

Erath hizo una pausa. Dejó que las palabras y los recuerdos de los últimos días resbalaran de su cuerpo. Con un suspiro, tiró del pendiente hasta que el cordón alrededor de su cuello se quebró. Lo miró fijamente y despacio dio vuelta la palma de su mano hasta que la astilla de hueso cayó al suelo.

Sin mirar atrás, apuró el paso para alcanzar a las demás, mientras el pendiente se hundía en la tierra.

Fin de esta lectura

03 · La hermandad de la guerra, parte III: Irreparable

Ian St. Martin · Historia completa

La hermandad de la guerra, parte III: Irreparable

La luz se extingue.

Sobre mí, el cielo se torna oscuro mientras el sol se mete por el horizonte, dejando ondas de un rastro rojo veteado sobre él. Son los últimos ecos cálidos del día. De mí también se desprende un rastro rojo, de mi armadura, de mi espada. Son los últimos ecos cálidos de las vidas que arrebaté el día de hoy. Durante los primeros días, me daba a la tarea de limpiarme después de la batalla, de lavar y restregar la sangre y la muerte, pero jamás lo conseguía por completo. Después de un tiempo, dejé de intentarlo.

Escucho el sonido silbante de una capa carmesí mientras alguien se deja caer en el bastión a mi lado. Veo desde el rabillo de mi ojo las marcas que indican su rango.

''Capitana'', digo y amago con levantarme.

''Por favor'', responde a mi saludo con un ademán. Suelo olvidar que ahora yo lidero a mis guerreros, que ella y yo somos iguales, pero me parece falso. Ella es parte de la nobleza. Yo soy una espada huérfana.

La conozco, es la oficial de caballería que hemos escoltado hacia las colinas, en un intento por escapar del callejón sin salida que nos desangra hasta palidecer. Orgullosa, habilidosa, furiosa. Como si los ojos de nuestro imperio observaran cada uno de sus movimientos. Me mira por un segundo. ''Me parece que necesitas descansar''.

Alzo la mirada. ''Usan bombas que imitan el sonido de niños gritando para impedirnos dormir, o vienen por las noches a cortar nuestras gargantas, con las estrellas como único testigo''.

Inmersa en sus pensamientos, la vista de la capitana comenzó a alejarse. ''Escuché a un oficial de la novena cohorte decir que ellos pueden matarte a través de los sueños''.

''¿En los sueños?'', pregunto.

Asiente.

Suspiro. ''¿Qué haces si te matan en un sueño?''.

Se encoge de hombros y me lanza una mueca cansada. ''Tratar de no recordarlo, me parece''.

No escucho a ninguna bestia cerca y sé que la criatura nunca se aparta de ella. ''¿Dónde está tu montura?''.

Su expresión se ensombrece. ''Aquel terreno que tomamos la semana pasada... Su bruja...''.

Trago saliva y cierro los ojos por un momento para bloquear el recuerdo.

''Antes de morir'', continúa. ''La bruja le susurró algo a mi montura, posiblemente dirigido a mí. Una enfermedad debilitante. Esta mañana no pudo ponerse en pie''.

''Lo siento''.

''Estaba sufriendo, así que opté por terminar con su dolor''. Me mira. ''¿Estás sufriendo?''.

Nuestras miradas se cruzan y se ríe suavemente.

''Tranquila, el imperio te necesita. Me refiero a eso''.

Inclina su mentón hacia mi espada; su inmensa hoja está enterrada en la tierra junto a mí, con rastros rojos.

''Esa espada es un regalo'', dice, cuidadosa de sus palabras. ''Te he visto blandirla con talento, pero el tiempo también puede transformar un regalo en una carga. Has sido muy fuerte durante todo esto. Si la carga que llevas a cuestas se ha vuelto muy pesada, yo puedo llevarla por ti''.

''No''. Como un reflejo, mi mano va hacia ella. Su gran peso es reconfortante. ''Esta cosa que llevo es mía. No quiero que nadie más la lleve. Sin importar que algún día acabe conmigo''.

Me analiza en silencio. Su mirada se vuelve fría por un momento, pero luego sonríe. ''No quise avergonzarte; como dije, te necesitamos. Hemos derramado sangre juntas aquí y ese acto nos convierte en hermanas''.

El grito de un niño desgarra la noche temprana. Flota, perfora el aire con una duración artificial. Dormir parece una actividad de otra vida imposible de realizar aquí.

''Vaya que estamos en un lugar horrible. Juntas lo mejoraremos''. Se pone de pie y golpea su pecho con el puño. ''Por Darkwill''.

''Por Darkwill'', devuelvo el saludo. ''Gracias, capitana''.

Niega con la cabeza. ''Puedes llamarme Marit''.


El sudor se coló en los ojos de Riven. El ardor la sacó del ensimismamiento de su recuerdo y la devolvió a la calma del campo. Sus sentidos se ajustaron al presente: el intenso aroma de la tierra y los cultivos listos para ser cosechados, el fresco olor especiado en el aire mientras las hojas adquieren tonos carmesíes, el calor del sol en su piel.

Caminó entre las hileras del cultivo, la luz del sol se asomaba en franjas doradas a través de las hojas anchas y los tallos. Por un momento, Riven volvió a ser una niña, aquella que creció ocupándose de los campos, aunque la cebada que cosechaba en su juventud no se elevaba más allá de su cabeza, ni brillaba con las tracerías de la magia que cubrían cada parte de las Tierras Originarias. Había una separación entre cada par de pasos. La luz inundaba el sitio para remarcar un área que había sido cosechada en un relieve áspero, y las vastas porciones de la cosecha ya habían sido llevadas al mercado. De pie bajo el sol, se detenía a cada momento, permitiendo que el calor la cubriera, mientras sus entrañas se retorcían.

El sol había alcanzado su punto más alto: era el momento más caluroso del día. Riven llevó su antebrazo a la frente y trató de aclarar su garganta reseca. Sus pensamientos se hicieron agua.

Emergiendo entre los tallos encontró a Asa; su mirada era dulce mientras la esperaba con una bota de agua entre las manos. Riven se había mostrado distante con su padre adoptivo desde que volvieron del mercado. Quería darle un momento de privacidad para pensar y sentir.

Para enterrar a su esposa.

''La sopa estará lista pronto'', dijo. Después, bajó la mirada. ''Creo que hice demasiada de nuevo. Lo olvidé''.

Los ojos de Riven se posaron en el santuario que habían construido para Shava Konte; ella había sido lo más cercano que había tenido a una madre. ''Discúlpame, fair''.

''¿Por qué?'', Asa inclinó la cabeza y la miró.

''Debí haber ido sola al mercado'', continuó Riven. ''No estuviste aquí cuando...''.

''No te corresponde cargar con el peso del mundo sobre tus hombros'', Asa negó con la cabeza lentamente. ''Ni con el camino que las estrellas toman en el cielo, ni con la danza que sucede a través del velo. Sus consonancias son magníficas y están más allá de nuestra influencia''.

''No obstante, siento culpa''.

''Nuestra responsabilidad recae sobre nuestras propias acciones y las decisiones que tomamos con el corazón''. Asa le ofreció a Riven la bota de agua. ''Conozco tu corazón, dyeda. Es puro''.

''No en su totalidad'', Riven tomó la bota, pero su mirada permaneció dirigida hacia el santuario. ''La extraño, fair''.

''Yo también'', Asa se paró junto a ella. ''Aunque no estoy en duelo por mi amada Shava porque no se ha perdido para nosotros. Estaba en paz cuando la encontramos. Sin dolor y con la fortuna de fallecer mientras dormía. La atesoro con la certeza de que, cuando vuelvan las flores, la veré de nuevo''.

Riven sintió cómo una lágrima corría por su mejilla. ''¿Crees que será difícil encontrar su flor?''.

''¿La de mi esposa?'', Asa sonrió de oreja a oreja. ''No creo que una sola flor pueda contener su espíritu. Esa mujer será un cerezo entero''.

Riven sonrió y miró a Asa, pero descubrió que la alegría se había esfumado de su rostro. Se dio la vuelta y notó que su mirada estaba fija en un pequeño grupo de figuras que habían aparecido a la distancia.

Su sangre se heló. Su corazón se detuvo con una certeza absoluta dentro de sí, algo inevitable que ya no podía seguir escondiendo. El olor a fogata inundó la nariz de Riven, las palabras de la reparadora con la que se habían encontrado en el camino reverberaban con intensidad en su mente.

''Fair'', dijo Riven, sus manos se apretaban en puños. ''Escóndete''.


''Una campesina'', suspiró Marit. ''No puedo creerlo''.

Erath siguió a las cazadoras mientras observaban con cautela el terreno que tenían frente a ellos. Grandes columnas de piedra natural se alineaban al este, como si hubiesen quedado expuestas las costillas rotas de un dios antaño muerto. Hacia el oeste estaba el bosque, con miles de tonalidades carmesí. En medio se ubicaba una granja humilde y solitaria.

''Quizás la guerra en verdad acabó con ella'', dijo Tifalenji. El zumbido de su espada se había convertido en una canción ruidosa mientras se alejaban del decolorado sitio del ataque químico. Ahora aquí, más que escucharse, el zumbido podía sentirse; era una sensación que estremecía los huesos y provocaba dolor en las encías. ''Busca crecer y crear, una especie de intento por aliviar su pasado''.

''Siembra cultivos, los nutre y los cosecha. Los arranca y los vende'', se burló Marit. ''Estoy segura de que un poeta puede hacer algo con eso''.

''Recuerda'', gruñó Arrel, agachándose para acariciar la cabeza de Primero. ''La queremos viva''.

''Viva'', repitió Marit. ''Qué término tan maleable. ¿Con cuántas extremidades puede considerarse 'viva'?''.

''Marit...'', advirtió Teneff.

''Nos traicionó''. Marit miró hacia abajo desde Doña Henrietta. ''No al ejército, ni siquiera a Noxus, a nosotras. No hay misericordia para los desertores y traidores. ¿O acaso ya lo olvidaron?''.

Teneff la miró a los ojos. ''Yo no lo he olvidado, pero accedimos a esto de manera consciente y volveremos al imperio con ella encadenada. ¿Entendido?''.

Erath las escuchaba. Se acercó a Talz y le dio unas palmadas en el costado. No participaba de la conversación, pero sentía que era parte de ella, sobre todo con los comentarios crueles de Marit sobre los desertores. Más allá de sentir enojo hacia ella, después de todo lo que había pasado, descubrió que estaba de acuerdo con su postura. La traición de su padre seguía alojada con fuerza en su pecho, áspera e insistente.

Teneff se quedó atrás unos cuantos pasos para que Erath pudiera alcanzarla.

''Sin duda se resistirá; estoy casi segura de que habrá un enfrentamiento'', dijo la guerrera mientras alzaba las cadenas enrolladas alrededor de su antebrazo.

''Suenas emocionada por esa posibilidad'', respondió Erath.

Teneff sonrió de forma irónica. ''Debes estar preparado. Simplemente haz lo que hiciste antes. Te manejaste muy bien durante la última batalla''.

''¿Se suponía que debía dudar y ser un llorón frente a la posibilidad de matar a un enemigo?'', Erath se burló. ''¿Acaso soy una chica demaciana?''.

Al unísono, las mujeres voltearon a verlo.

''¿Qué?'', Erath miró a cada una de ellas. ''Dije demaciana''. Se dieron la vuelta.

Arrel miró a Tifalenji, frunciendo el ceño ante el sonido que se propagaba desde su espada. ''¿Aún es necesario?''.

''No''. La forjadora de runas sonrió. Pasó una mano sobre su espada con runas grabadas y el sonido se detuvo. ''Ya no necesitamos su esencia. La puedo sentir yo misma, puesto que la presa está a la vista''.

El grupo noxiano se aproximó a la granja. Erath escuchó a las cazadoras murmurar algo entre ellas; era la conversación informal de las tácticas camino a la guerra. En dónde se ubicarían, los ángulos y puntos de referencia, quién haría qué en caso de que la necesidad de matar fuera inminente; discutían de una manera casi aburrida y terriblemente calmada, con las armas bien agarradas entre sus manos.

Las cazadoras hablaban como si estuvieran asediando una fortaleza o enfrentándose a un ejército entero en el campo de batalla. No confiaban en Riven y eran conscientes de la devastación de la que era capaz. En su cabeza, Erath imaginaba a una reina guerrera despiadada con una espada encantada, bañada con la sangre de los enemigos asesinados, desperdigados a su alrededor.

Era una visión que le costaba trabajo relacionar con la granja solitaria a la que se dirigían. Aquí había serenidad, un rincón pacífico alejado del esplendor y el caos con el que Erath se había encontrado a lo largo de su travesía por Jonia. Consideró por un momento si era verdad que su viaje había llegado a su estremecedor destino. Pensó en el Bastión Inmortal; haber contemplado sus torres le parecía un recuerdo de otra vida.

Quienquiera que Erath haya sido entonces, el que se encontraba aquí y ahora estaba listo para cumplir con su deber con el imperio y llevar a la traidora frente a la justicia.

Talz gruñó profundamente, como si se estuviera ahogando. Frunciendo el ceño, Erath examinó las encías de la criatura, metió el brazo y por fin extrajo un hueso de pollo que escurría baba.

''¿Cuándo comiste pollo?'', murmuró.

Talz gruñó. Erath miró a la bestia por un momento. ''Vamos'', dijo y tiró de las riendas del basilisco antes de lanzar el hueso lejos.

Un áspero camino de tierra guiaba hacia la granja. Erath analizó el terreno mientras se acercaban: una casa construida con el mismo estilo tejido y orgánico característico de Jonia, un granero lo suficientemente grande para un buey o dos, una pequeña parcela con hileras de granos; algunas partes de ella ya habían sido cortadas y recolectadas. Se forzó a pensar como lo hacían las cazadoras, de la misma manera en la que le habían enseñado en su entrenamiento. ¿En dónde podría estar una emboscada? ¿Cuál era el mejor terreno abierto para una pelea y dónde podrían replegarse en caso de que la batalla no resultara como esperaban?

Erath no vio ninguna señal de emboscada, ninguna banda de agricultores armados con cualquier cosa que tuvieran a la mano para proteger su tierra. Solo una mujer de pie, sola y vestida con ropas enlodadas al final del camino.

Las cazadoras se detuvieron a una distancia corta de ella y la miraron con cautela.

''¿Quién es ella?'', preguntó Erath.

Teneff suspiró brevemente. ''Ella es Riven''.

Erath pestañeó. ''¿Ella?''.

''Así es'', respondió Arrel.

La miró con detenimiento. ''No se parece a lo que imaginaba''.

''Las apariencias no lo son todo, sirviente'', replicó Marit. ''Tú aparentas ser un tonto, por ejemplo''. Sopesó sus palabras por un segundo. ''Tal vez ese es un mal ejemplo''.

''¿En dónde está?''.

Todas las miradas se centraron en Tifalenji.

''¿Qué?'', preguntó Teneff.

''Su espada'', dijo la forjadora de runas entre dientes. ''Puedo sentirla, no en un solo lugar, sino en varios. Algo anda mal''.

''Bueno, no la está blandiendo'', dijo Marit. ''Eso es sorprendente. Tal vez la convirtió a golpes en una reja de arado''.

Tifalenji miró a Marit. La jinete se rio, aunque no había alegría en ello.

''Lo sé, yo también espero que no haya sido así''.

Por unos momentos, nadie dijo nada. Riven se paró frente a la puerta de su granja. Las cazadoras se alinearon frente a ella. Erath permaneció un paso detrás con Talz, mirando entre las mujeres para observar qué es lo que estaba pasando.

El silencio se prolongó, insostenible y, finalmente, se quebró.

''Hola, hermana'', dijo Teneff.

''Teneff''. Riven habló con voz baja, casi dulce, pero con un toque de tristeza. Erath no detectó en su tono ni furia ni miedo, solo dolor. La angustia recubría la enunciación del nombre de su antigua compañera. Riven echó un vistazo al resto del grupo. Observó con cuidado antes de fijar la mirada en la rastreadora y sus dragartos. ''Arrel. Los cachorros han crecido''.

Arrel inclinó la cabeza.

''Así es que recuerda la vida que dejó de lado'', exclamó Marit, mirando a las otras cazadoras y de vuelta a Riven. ''A quienes traicionó''.

La sorpresa destelló en el semblante de Riven al escuchar la voz de la mujer enmascarada. ''¿Marit?''.

''Con cicatrices y todo'', desdeñó la jinete. Doña Henrietta siseó. ''Seguramente sabías que este día llegaría''.

Riven suspiró. ''Era cuestión de tiempo, supongo''.

Teneff dio un paso al frente. ''Y ahora, ese tiempo está aquí. ¿Estás sola?''.

''Sí'', respondió.

Arrel entrecerró los ojos. ''¿Deberíamos creerte?''.

''Había alguien más''; Riven señaló un santuario fúnebre junto a la puerta de la granja. Erath se percató de que estaba recién instalado. ''Falleció. Ahora solo estoy yo''. Su mirada se tornó severa. ''¿Qué quieren?''.

''A ti, Riven'', respondió Marit, inclinándose desde su silla. ''Vinimos por ti''.

Erath notó que Riven se veía tensa. Las bandas de músculo magro en sus brazos se crisparon; sus dedos apretaron con fuerza una espada que no estaba sosteniendo. La mano del escudero de espada se posó sobre el pomo de su bracamante enfundado.

''¿Tienes pensado causarnos problemas, hermana?''. Teneff permitió que la cadena con púas en su mano se aflojara. El pesado gancho de hierro golpeó el suelo con un ruido seco. ''¿Estás recordando quién eres en verdad?''.

''Ya no soy esa persona'', dijo Riven en voz baja. ''Todo eso lo dejé atrás''.

''No tan atrás'', replicó Arrel.

Hubo un silencio por unos cuantos segundos que dejaban paso a la tensión. Erath miró entre las cazadoras y Riven, a la espera de que cualquiera de ellas hiciera el primer movimiento o que la espada de la traidora se manifestara mágicamente en su mano y el combate furioso comenzara.

''¿Y bien?'', dijo Marit, sorprendiendo a Erath al balancear una pierna y desmontar de Doña Henrietta, dándole las riendas. ''¿No vas a ser una anfitriona educada e invitarnos a pasar? Tenemos mucho de qué hablar''.

Riven permaneció quieta por un momento, antes de dar un paso hacia atrás junto a la puerta abierta, haciéndoles un gesto para entrar. ''Por favor''.

Las cazadoras cruzaron el umbral hacia dentro de la granja, cada una de ellas dejando sus armas junto a la puerta. ''Quédense aquí'', Arrel les ordenó a sus dragartos. El trío resopló y gimió antes de sentarse a cada lado de la entrada. Erath estaba dispuesto a seguirlas, hasta que Tifalenji posó la mano sobre su brazo.

''Tú no'', murmuró la forjadora de runas, clavando los dedos en su carne. Alzaba su ceja y su mirada era amenazadora. Erath se dio cuenta de que su cabeza estaba ligeramente inclinada, como si se esforzara por escuchar un sonido fuera de su alcance. ''Tú vendrás conmigo''.


Riven observó cómo las cazadoras se sentaron en la mesa, las tres en un mismo lado. Olas de emoción brotaban de ellas y se rompían contra ella como si fueran una tormenta de alarma, temor y, en un rincón de su ser, alivio.

Estas eran las mujeres con las que había servido, las hermanas que había hecho en fuego y sangre. Podía reconocer su esencia, pero ellas habían cambiado, revestidas con las cicatrices que nunca vio cómo fueron infligidas. Riven sabía que ella también había cambiado. El ancho de la mesa era una grieta que se abría entre ellas. Eran casi como unas extrañas con las máscaras de las compañeras a las que solía conocer.

Marit literalmente llevaba puesta una máscara. Descubrió a Riven observándola.

''Ah, ¿esto?''. La guerrera se estiró y desabrochó las hebillas detrás de su cabeza. Al retirar la careta de su rostro, el corazón de Riven se hundió frente a lo que vio.

''¿Qué sucede, hermana?'', Marit se inclinó hacia delante. ''¿No recuerdas lo que sucedió? ¿El fuego, los gritos? Estuviste allí, después de todo''.

Los ojos de Riven ardían. ''¿Qué te pasó, Marit?''.

''Sobreviví''. El arruinado rostro de Marit se torció en una cruel sonrisa sin labios. ''Mmm, tal vez, si te hubieras quedado, sabrías a lo que me refiero''.

Riven apartó la mirada. ''Pensé que todas ustedes habían muerto''. Las palabras eran genuinas; hasta este día, lo había dado por hecho. Ahora no podía discernir si las pronunciaba para convencer a las cazadoras o a sí misma.

''No lo estamos'', gruñó Arrel, aclarando su garganta dolorosamente. ''¿Con cuánto esmero nos buscaste?''.

''Todo sucedió muy rápido'', dijo Riven, absorta en sus recuerdos. ''Emystan, cuando ella nos disparó...''.

''No menciones ese nombre frente a mí'', gruñó Teneff. Marit lanzó una mirada a la guerrera. Teneff se puso de pie. ''Y no trates de culpar a los demás. Tú huiste''.

''¿Qué recuerdas de aquel día?'', preguntó Arrel, carraspeando.

Riven cerró los ojos. Imágenes fragmentadas destellaron por su mente. Sus oídos se hincharon con fuego y gritos. La nariz escocía por la carne quemada y el veneno. Agonía, presión, dedos clavados en sus botas, rogando la salvación. Pero no podía.

''Muy poco'', respondió por fin. ''Algunos fragmentos aquí y allá. No sé cómo sobreviví, creo que fue mi espada''.

''Pareces bastante ilesa'', anotó Marit.

''No lo estoy'', dijo Riven con firmeza. ''Tengo mis cicatrices''.

''Como todas'', replicó Teneff. Fijó su mirada fulminante en Riven. ''¿Por qué huiste?''.


Erath seguía de cerca a Tifalenji. La forjadora de runas se movía como si estuviera en trance. El sudor se escurría por el rostro de Tifalenji mientras caminaba. Sus ojos estaban cerrados y la punta de su espada titilaba y se agitaba en el aire con las pulsaciones y destellos de las runas. Erath miró hacia la granja y se preguntaba qué estaba sucediendo allí adentro. Casi chocó con Tifalenji cuando ella se detuvo abruptamente afuera del granero.

''Allí adentro'', murmuró. ''Algo''.

La curiosidad de Erath aumentó. Habían tenido éxito al rastrear a la traidora a través de la magia rúnica infundida en su espada, así que debía estar allí en algún lado, escondida. Tras atestiguar lo que Tifalenji era capaz de lograr con su propia arma, el escudero de espada estaba ansioso por ver aquella poderosa reliquia de primera mano.

El granero era pequeño, ocupado únicamente por un buey escuálido que masticaba heno con satisfacción en un corral. Erath pensó en el sitio en el que dejó atados a Talz y a Doña Henrietta. Se alegró de no haber elegido albergarlos en el granero. Talz era demasiado grande y propenso a derribar la estructura entera. Por su parte, Doña Henrietta se hubiera mostrado tentada por el buey... y limpiar toda esa joyería era mucho trabajo.

La punta de la espada de Tifalenji se detuvo abruptamente sobre una pila de heno. ''Allí'', susurró y se inclinó. ''Una calamidad en su vida, tener una espada como la suya en un sitio como este''.

Tifalenji excavó y los dedos se clavaron en los montones de heno y pasto seco. Por fin, consiguió extraer la espada. Susurró una línea aguda de sílabas que quemaron la barcia para revelar una pieza plana de metal, semejante al tamaño del puño de Erath. Pudo distinguir un fragmento de una runa tallada sobre el material oscuro, cortada en el borde del fragmento en donde parecía haberse fracturado del resto.

''No'', Tifalenji contuvo el aliento mientras la tocaba. ''No, no, no...''.

Erath dio un paso hacia atrás, sintiendo cómo la furia de la forjadora de runas fluía a través de ella como una bruma caliente. ''¿Es un fragmento de la espada? ¿Cómo puede ser que algo tan poderoso esté roto?''.

''Ella lo hizo''. Una lágrima corrió por la mejilla de Tifalenji mientras sus dedos recorrían el fragmento. ''En verdad lo hizo''.

Erath miró la granja y pensó en la desertora dentro con las cazadoras. ¿Qué le había pasado a esta mujer?

Tifalenji se incorporó de inmediato y, con la mirada ardiente, rodeó a Erath en un solo movimiento ágil. ''Hay más piezas como esta'', siseó. ''Puedo sentirlas, y tú y yo las vamos a encontrar. Cada una de ellas''.


Riven sirvió sopa en los cuencos. Colocó cada uno frente a las cazadoras antes de llenar el suyo.

''Hiciste mucha sopa'', señaló Marit, mirando la enorme olla cocinándose a fuego lento sobre el fuego. ''Debes tener un gran apetito, Riv''.

Riven tragó una cucharada del caldo. ''Como un poco cuando está reciente. El resto se puede quedar en el fuego por una semana, más o menos''.

Marit mezcló los contenidos de su cuenco. ''Qué pintoresco''.

''No me respondiste'', insistió Teneff, su plato de comida estaba sin tocar. ''Dime por qué abandonaste todo a lo que le habías jurado tu vida. Cuando menos nos debes esa respuesta''.

Riven dejó de comer y colocó su cuchara sobre la mesa. ''Era huérfana. Mi padre murió peleando lejos de casa. Nunca me dijeron dónde. Mi madre murió durante el parto. Con el llamado de Noxus, tomé la oportunidad. No fue por la aventura, ni por el deseo de derramar sangre''. Miró a las cazadoras. ''Fue por una familia. Por tener una oportunidad para, por fin, sentir que pertenecía a algún lado. Eso cambió aquel día en Navori, cuando aquellos a quienes llamábamos aliados convirtieron la lluvia en fuego''.

Riven inhaló, tratando de controlar el retorno de aquel recuerdo. ''No éramos nada para ellos. Nunca lo fuimos''.

''Noxus no es el mismo imperio que abandonaste'', dijo Teneff. ''Evolucionó. Cambió. Darkwill está muerto y la nobleza hecha jirones''.

Riven observó cómo los ojos de Marit se entrecerraron. Su máscara de tejido blando se sacudía involuntariamente.

''El imperio ahora es un lugar en el que cualquiera con la fuerza para prosperar puede hacerlo'', continuó Teneff. ''En donde todos trabajamos como uno para llevar la misma libertad y sentido a cualquier lugar en el que pegue el sol''.

Riven sopesó sus palabras. ''Si este Noxus nuevo es un lugar diferente, ¿entonces por qué aún le importo?''.

''Nos importas a nosotras'', dijo Arrel.

''Todas pensamos que estabas muerta'', añadió Marit. ''Una heroína caída. Y, en cambio, tuvimos que enterarnos por otros que no solo estabas viva, sino que les habías dado la espalda a quienes habrían muerto por ti''.

''Conocí a una reparadora aquí'', dijo Riven. ''Una sanadora de cosas rotas, como cerámica y piedra. Les cantaba, hacía hechizos, ayudaba a que los bordes se unieran uno con el otro hasta llegar a ser un solo objeto de nueva cuenta. Me dijo que los espíritus dentro de todas las cosas quieren estar completos, pero no sé si creo en ello. En ocasiones, creo que aquello que está roto no puede volver a unirse. No puede volver a lo que era. Es irreparable y así es como tendría que quedarse. Como debe quedarse''.


Mientras Tifalenji recorría la granja, murmurando para sí mientras buscaba más fragmentos, Erath se acercó a la puerta del sótano en espera de sus instrucciones. Se detuvo junto al santuario fúnebre recientemente construido y estudió la arquitectura elegante de la pequeña estructura.

Por un momento, pensó inspeccionarlo en busca de un fragmento, pero fue incapaz de arriesgarse a profanar un santuario. Tifalenji había encontrado otros fragmentos de la espada y se lamentaba con cada descubrimiento como si fuera el cuerpo de un amigo querido. Si llegaba a detectar un pedazo dentro del santuario, Erath no tenía duda de que la forjadora de runas no compartiría su recelo.

Erath no había escuchado nada desde adentro de la granja. Ningún grito, ni sonidos de violencia. Su curiosidad ardía por saber qué estaba pasando adentro, en donde las cazadoras por fin encontrarían las respuestas que las habían llevado a atravesar Jonia hasta hallar a Riven, pero sabía muy bien que no era bienvenido allí. Lo que sucediera dentro de esas paredes era entre las cuatro hermanas y nadie más.

No obstante, Erath no podía evitar preguntarse por cuánto tiempo sería así.

En cuclillas, tomó la puerta del sótano y la jaló hasta abrirla. El aire fresco y húmedo subió hasta él, revelando una serie de escalones de piedra áspera que descendían hacia la oscuridad. Al asomarse a la penumbra, Erath deseó tener su propia espada de runas, con la única intención de alumbrar el camino.

En cambio, debió valerse de métodos más tradicionales, por lo cual caminó hacia donde estaba Talz. Tras revisar los amarres de él y de Doña Henrietta para asegurarse de que ninguna de las fuertes criaturas pudiera soltarse y ocasionarle aún más problemas, usó los materiales que el basilisco cargaba a cuestas para fabricar una pequeña antorcha.

Ahora, capaz de ver, bajó por las escaleras del sótano. Llevaba la luz de la antorcha frente a él. Solo podía determinar con certeza lo que existía dentro del brillo titilante: impresiones difusas de pilas de arpilleras, estantes alineados con frascos sellados hechos de barro y piedra, herramientas de agricultura.

Erath escuchó un ruido, un crujido breve y agudo en medio de la oscuridad.

Sacó su cuchillo de inmediato. El sótano estaba atiborrado y el espacio era demasiado angosto para el bracamante. Se quedó quieto, aguzó su escucha y lentamente movió la antorcha a su alrededor.

La luz les daba forma y textura a todos los lugares por los que Erath la llevaba. Se concentró en el sitio del cual provino el sonido. Su respiración se volvió callada y uniforme, tan estable como su manera de agarrar el cuchillo. Después, se detuvo de golpe al descubrir que la luz de la antorcha le devolvió un par de brillantes ojos abiertos y asustados.

No era un fragmento de la espada rúnica. Era un hombre.


''¿Crees que vamos a aceptar eso?'', Marit aún no había tocado la comida. Su mente estaba concentrada en cualquier otra cosa que no fuera su apetito. ''¿Después de todo lo que tuvimos que atravesar para encontrarte, la sangre que derramamos? ¿Crees que daremos la vuelta y te dejaremos ser, como si nada hubiera pasado?''.

''Mucho ha pasado'', Riven negó con la cabeza despacio. ''Demasiado. Vuelvan y digan que estoy muerta. Esa aseveración es cierta: la Riven que conocían está muerta. Soy alguien más, un alma rota que debe rendirle cuentas a esta tierra''.

''Eso es mentira'', rugió Arrel. ''Es a nosotras a quien debes rendir cuentas''.

''Es tu vida aquí la que es una mentira, Riven'', dijo Teneff. ''No puedes huir de esto, ya no más. Sé la noxiana que alguna vez fuiste, nuestra hermana. Vuelve con nosotras al imperio, mantén la cabeza en alto y enfrenta la justicia. Si en verdad te ves como alguien rota, el hogar es en donde encontrarás la última pieza que te completará de nuevo''.

Marit hizo una mueca torcida. ''Tal vez no te ejecuten''.

''Mucho ha cambiado'', dijo Arrel. ''Pero no el alma de Noxus. Únete a nosotras y pon una rodilla en el suelo. O enfréntate a nosotras y pondremos nuestras rodillas sobre ti''.

Teneff miró a sus compañeras con enojo antes de dirigirse de nuevo a Riven. ''Acepta el nuevo Noxus, entrégate al imperio y reafírmate ante sus ojos; valorarán tu fuerza. Sé que aún está dentro de ti, Riven. Aún no es demasiado tarde para ti''.

Riven apartó la mirada. Dudó por un momento al escuchar una verdad en sus palabras que no quería reconocer. ¿Y si Noxus era diferente? ¿Después de todo lo que había pasado, aún había una vida para ella allá? Y ahora que el imperio la había encontrado, ¿se detendrían alguna vez?

Riven miró a cada una de sus hermanas, persistentes en su misión. ¿Qué tendría que hacer para detenerlas? Si fracasaban con su tarea, Noxus enviaría a alguien más. ¿Cuántas vidas inocentes más se perderían antes de que lograran arrancarla de este lugar?

La sumisión se cernió pesada en su corazón. Ve con ellas, decía. No permitas que se derrame más sangre jonia por tu culpa. No salves tu alma a costa de más gente muerta antes de tiempo.

Gente como Asa. Tu fair.

''¡Riven! ¡Sal ahora mismo!''.

Las cuatro mujeres se sobresaltaron al escuchar la voz fuera de la granja. Riven se puso de pie y las cazadoras la siguieron, adoptando posturas tensas.

''¿Qué es esto?'', preguntó.

Teneff miró a Arrel y a Marit, y de vuelta a Riven. ''Vayamos a averiguarlo''.


Erath observó cómo Riven aparecía desde dentro de la granja, flanqueada por las cazadoras. Salieron hacia la luz del día y lo encontraron a él y a Tifalenji de pie allí, armas en mano, con el hombre jonio que Erath había encontrado, arrodillado frente a ellos.

''Dyeda'', resopló Asa.

''¡Fair!'', Riven comenzó a acercarse hacia él, pero se detuvo en seco cuando Tifalenji colocó su espada rúnica contra la garganta del hombre. ''Suéltalo'', ordenó. ''¡Él no tiene nada que ver con esto!''.

''Tu engaño lo ha involucrado'', el rostro de Tifalenji era severo, su mirada fría. ''Ahora podremos ahorrarnos las lágrimas del reencuentro e ir directas al grano''.

Erath observó a Tifalenji. Los ojos de Riven se entrecerraron. ''¿Qué?''.

''Tengo a alguien a quien quieres'', dijo la forjadora de runas señalando a Asa. ''Y tú tienes algo que necesito''. Le mostró a Riven los fragmentos rotos en su otra mano. ''Tráemela''.

Riven dudó. Sus ojos iban de Tifalenji a Asa.

''Me están cansando estos juegos'', gruñó Tifalenji, presionando su espada lo suficientemente fuerte para que Erath pudiera ver un hilo de sangre brotar de la garganta de Asa. ''No te lo estoy pidiendo y sabes bien de qué estoy hablando. Dámela ahora o aquí habrá otro santuario fúnebre''.

El momento se alargó mientras Riven miraba a Asa. Erath mantuvo la calma, analizando con cuidado a Riven. Vio cómo ella exhaló entre dientes y dio la vuelta lentamente hacia la granja.

''Asegúrense de que no huya'', ordenó Tifalenji. Arrel le hizo un gesto a Primero y el dragarto corrió a zancadas detrás de la granja, mientras los otros dos vigilaban las esquinas delanteras de la construcción.

''¿Qué significa esto, forjadora de runas?'', dijo Teneff. Miró a Erath. ''¿Quién es este hombre?''.

''Lo encontré en el...''.

''Cállate'', rugió Tifalenji. ''Este es mi asunto''.

Riven volvió a aparecer caminando por el campo con algo envuelto en una manta. Todos los ojos se posaron en ello, especialmente los de Tifalenji.

''Muéstrame'', ordenó la forjadora de runas. ''Ahora''.

Con el rostro serio, Riven desenvolvió lentamente la manta hasta que cayó al suelo y dejó al descubierto la empuñadura y la guarnición de un inmenso mandoble. Un pedazo puntiagudo seguía unido a ella, como un diente astillado, inscrito con los mismos signos rúnicos que Erath había visto en los fragmentos que habían recolectado.

''Maldita seas'', susurró Tifalenji; su voz temblaba al verla. Sus dedos apretaron los fragmentos de la espada. ''¿Tienes idea de lo que has hecho?''.

''Esta espada me fue confiada a mí'', dijo Riven. Sus dedos esbeltos se cerraron lentamente alrededor de su empuñadura envuelta en cuero. ''Es mi responsabilidad y de nadie más. Déjalo ir''.

''Nunca debieron habértela entregado'', masculló Tifalenji. ''Ese error lleva demasiado tiempo sin corregirse, pero ya no más. Entrégamela ahora''.

Mientras sostenía la espada, a pesar de estar rota, Riven parecía ser más fuerte. Erath podía ver cómo la resistencia crecía dentro de ella.

''No puedes tenerla'', dijo Riven. ''Esta arma jamás regresará con aquellos que la forjaron. No permitiré que eso suceda''.

''Entonces él morirá'', dijo con llaneza Tifalenji. ''Y tú también. Incluso profanada como está, la espada es lo importante aquí. No eres más que un parásito aferrándote a su resplandor para darle sentido a una existencia rota e insignificante''.

''Entonces nunca fue a mí a quien buscaban''. Riven lanzó una mirada fulminante a las cazadoras. ''¿Verdad?''.

Erath miró a Tifalenji. ¿En verdad solo estaban aquí por una espada?

''Renunciaste a tu vida en el momento en el que te rebelaste contra mis maestros y dejaste de blandir la espada para sus propósitos'', dijo furiosa Tifalenji. ''Moriste en aquel momento de traición, Riven. Solo estoy aquí para recuperar lo que es nuestro''.

''¿Pretendes matarla?'', Teneff dio un paso al frente. Las cadenas de su gancho repiquetearon. ''Esto no fue parte del acuerdo, forjadora de runas''.

Arrel hizo un ademán y su trío de dragartos se apresuraron hacia ella, gruñendo.

''¿Me desafían ahora?'', Tifalenji se burló. ''Son desertoras, soldados. Si regresan a Noxus sin mi protección, serán ejecutadas. Hagan lo que les ordeno y vivirán. No hay otra alternativa''.

''Tiene razón''.

Teneff y Arrel dieron la vuelta y observaron cómo Marit caminaba hacia la puerta de la granja para recuperar su guja. Riven la miró mientras pasaba a su lado y se paraba junto a Tifalenji.

''Bruja de las runas...'', dijo Marit. ''Me prometiste una espada cuando hubiéramos terminado con todo esto. Pero me estoy impacientando, creo que quiero la de Riven''.

''Entonces demuestra tu valía'', dijo Tifalenji. ''Acaba con ella y quítasela. Así será tuya''.

''Marit, escúchame'', le rogó Teneff. ''No podemos hacer esto. Todas acordamos que debe regresar a Noxus para enfrentar a la justicia''.

''¡Yo seré la justicia noxiana!'', gritó Marit mientras alzaba su guja contra Riven. ''Esa espada siempre debió ser mía. Tú nunca tuviste la fuerza suficiente para ejecutar lo que debía hacerse con ella. Con la espada reconstruida y en mis manos, trascenderé. Mi nombre y mi linaje no morirán olvidados en la oscuridad. ¡Con el filo de esta espada recuperaré todo lo que me arrebataron!''.

Erath analizó a las dos mujeres, observando cómo la luz del sol se reflejaba sobre el filo brillante de la guja de Marit.

''Mírate''. Marit escupió al suelo frente a Riven. ''Una espada rota para un despojo de mujer. ¿Serías capaz siquiera de levantarla ahora?''.

Tifalenji gritó cuando los pedazos salieron disparados de su mano, haciéndola sangrar. Los fragmentos se deslizaron por el aire hacia Riven, brillando con luz esmeralda. Al entrelazarse sobre ella, los segmentos rotos se agruparon en una sola pieza inmensa y fracturada, unida por una chisporroteante energía rúnica.

''¿Levantarla?''. Riven giró la inmensa espada una vez, alzando polvo y pedazos de grava por el aire. ''Ah, sí, hermana mía. Aún puedo levantarla''.

El repugnante rostro de Marit se deformó en una sonrisa mientras adoptaba una postura de pelea. ''Me arrebataron mi vida; tú desperdiciaste la tuya. ¡Vamos! La sangre que derramamos para encontrarte... ¡Me lo debes, Riv!''.

Teneff dio un paso hacia Tifalenji, con Arrel a su lado. ''No interfieran'', dijo entre dientes la forjadora de runas y elevó su espada. Lanzó una mirada fulminante hacia donde estaba Erath y señaló al anciano. ''Sujétalo''.

Erath posó una mano en el hombro del jonio y empuñó con la otra el bracamante. Trataba de dividir su atención entre asegurarse de que el hombre no escapara y la separación alarmante que estaba surgiendo entre Teneff, Arrel y Tifalenji.

¿Qué pasaría si tuviera que escoger un bando?

La mente de Erath se aceleró ante la posibilidad. ¿Qué elegiría? ¿La reivindicación de Marit contra la traición? ¿El deber firme de Teneff hacia el imperio? ¿O la seguridad de la autoridad de Tifalenji, a pesar de sus secretos?

¿Acaso aquellas a quienes rechazara tratarían de matarlo? ¿Podría matarlas?

Todo esto mientras el conflicto estaba por comenzar frente a él. Erath no conseguía despegar los ojos de la increíble espada de Riven.

''Marit, hermana, no lo hagas'', dijo Riven entre dientes. ''No me hagas matarte''.

Marit balanceó su guja. ''No te preocupes, Riven. No lo harás''.

Las dos comenzaron a rodearse entre sí. Erath observó con atención sus posturas. La de Marit era fluida y agresiva, mientras que la de Riven, estoica y reservada. Sus armas ocuparon el espacio que había entre ellas. Sus filos se movían rápido en círculos diminutos, sin llegar a tocarse...

... Hasta que, por fin, Marit atacó.

Al percibir una abertura, la jinete saltó hacia delante; su guja era un manchón arremolinado de acero. Riven dio un paso atrás. Usó la enorme longitud y ancho de la hoja de su espada para desviar la ráfaga de golpes en una lluvia de chispas y energía rúnica esmeralda. Marit dio un paso al costado y lanzó la empuñadura de su guja contra la espada de Riven para derribarla. Luego, arremetió contra su garganta.

Con un aullido, Riven movió su espada en un arco, emitiendo una cuchillada de viento que derribó a su oponente. Marit se derrapó hacia atrás. Enterró su mano libre en la tierra para detenerse.

''Lindo'', dijo con una mueca. Se puso de pie y comenzó a atacar de nueva cuenta.

Mientras avanzaban, Erath se dio cuenta de que la actitud defensiva de Riven comenzaba a desaparecer. Algo se había despertado en su interior, el espíritu guerrero que la había convertido en una de las soldados más letales de todo Noxus. Tajo tras tajo, golpe tras bloqueo, dejó de estar a la defensiva. Erath notó cómo algo se apoderaba de sus facciones y reemplazaba la calma.

Vio furia.

Riven comenzó a atacar. La espada rúnica emitía un tamborileo chisporroteante mientras arremetía con cortes y cuchillazos los ataques de Marit. Las facciones cicatrizadas de Marit se deformaron debido a su concentración mientras usaba hasta la última gota de su increíble habilidad para repeler el ataque de Riven. Pero cada contraataque era esquivado, cada intento por colarse dentro de la guardia de Riven era rechazado.

Por primera vez, Erath consideró que Marit podía perder. Bajo la sombra de un enorme árbol con hojas rojas como sangre, Riven estaba ganando.

Las dos estaban empapadas en sudor. Los movimientos de Marit habían perdido la elegancia y daban paso al agotamiento, con un toque de desesperación. Mientras Marit se apagaba, Riven se fortalecía. Sus ojos ardían al asestar golpes cada vez más poderosos. Tras lanzar a Marit contra el árbol, Riven elevó su espada para golpearla por encima de su cabeza. Marit alzó la empuñadura de su guja y la espada de Riven la partió en dos.

''Jamás podrás escapar de aquello que te hace sentir rota, Riven'', sonrió Marit fríamente mientras se deshacía de la parte inferior de su arma. ''Sin importar adónde vayas, ese sentimiento siempre estará contigo''.

Marit arremetió con su guja quebrada. Con un rugido, Riven balanceó su propia espada hacia delante. La sangre estalló a su alrededor. Chasqueó y ardió en una niebla contra las runas mientras atravesaba a Marit, clavándola en el árbol.

En un instante, los ojos de Riven se ensancharon. Extrajo la espada y Marit se deslizó lentamente hacia el suelo. Se agarró el pecho, pero era incapaz de detener el flujo de sangre que se derramaba entre sus dedos.

La furia se desvaneció del rostro de Riven al contemplar a Marit. Aflojó el agarre alrededor de su espada. ''Hermana, perdóname''.

Marit miró a Riven con la sangre chorreando por una de las comisuras de su boca. Antes de que se desvanecieran, Marit usó las pocas fuerzas que le quedaban para tomar a Riven por el cuello de la túnica e inclinarla hacia ella para que sus miradas se cruzaran fijamente.

''No'', masculló. El desprecio con el que pronunció la palabra le costó toda la vida que le quedaba y se desplomó en el lodo.

El silencio se impuso. La conmoción se extendía entre todos los presentes, especialmente sobre Erath. Marit siempre le había parecido invencible. Había sobrevivido al ataque químico que la desfiguró y triunfado en cada batalla a lo largo de su travesía. No podía creer que acababa de verla caer.

¿Y para qué?, pensó. ¿Qué estamos haciendo aquí en verdad?

''Lamentable, pero no inesperado'', dijo Tifalenji.

Riven retrocedió cuando le arrebataron la espada de sus exhaustas manos; la sacudieron de un lado a otro para ver cómo ahora la forjadora de runas la sostenía, con una espada rúnica en cada mano.

''A lo largo de todo esto, en nuestro camino hasta aquí, en verdad me debatí si debía dejarte vivir tras recuperar lo que es nuestro. Pero después de este...''. Tomó con más fuerza la espada de Riven. ''... sacrilegio, no puedo marcharme de aquí mientras tu corazón siga latiendo''.

''¡Basta!'', gritó Teneff. Ella y Arrel avanzaron hacia Tifalenji. Asa gimió al ver la situación. Forcejeaba para liberarse de Erath.

La forjadora de runas cruzó sus espadas y las blandió hacia los costados, derribando a ambas cazadoras en una tormenta de energía. Los dragartos de Arrel aullaron mientras arremetían en defensa de su ama. Tifalenji pronunció un verso y los tres quedaron suspendidos en el aire, envueltos en cápsulas de energía rúnica. Erath observó cómo se desarrollaba la escena. Sentía el corazón en la garganta, percibiendo cómo el agarre del bracamante en su mano se volvía resbaladizo.

''¿Creen que pueden detener esto ahora?'', rugió Tifalenji. ''¡Nada podrá detenerlo! Las mataré a cada una de ustedes y dormiré tranquilamente esta noche, puesto que yo soy justa y ustedes son...''.

Los pulmones de Tifalenji se quedaron sin aire cuando la punta de una espada emergió de su pecho. Por un instante, la forjadora de runas se hundió, como si fuera ingrávida, antes de comenzar a caer. Las espadas rúnicas gemelas rodaron de sus dedos inertes y el bracamante ensangrentado la sostuvo por un segundo antes de ser extraído, revelando a Erath sujetándolo detrás de ella.

Los dragartos cayeron al suelo, confundidos pero ilesos. Arrel y Teneff se pusieron de pie y miraron con sorpresa a Erath, como si lo vieran por primera vez.

''No más traiciones'', susurró Erath. ''No más secretos. Después de todo lo que hemos atravesado, todo lo que hemos cuestionado y torcido, lo único que se mantiene constante es el honor. Nuestro deber con Noxus''.

Teneff dio un paso hacia delante. Riven miró cómo se inclinó y tomó ambas espadas rúnicas. La suya había vuelto a desperdigarse de nuevo y las piezas estaban regadas por el suelo. Arrel las recolectó antes de que las dos cazadoras se pararan frente a Riven.

''Tiene razón'', dijo Teneff. La miró sin ánimos de venganza u odio, sino con una determinación sombría. ''El honor es lo único que tenemos. Le di mi palabra a Noxus de que te presentarías ante la justicia, hermana. Me aseguraré de que así sea''.

''Solo déjennos en paz'', graznó Asa. Las lágrimas inundaban su rostro. ''No tienen por qué llevársela''.

Erath miró a las cazadoras y luego a Riven. ¿Se derramaría más sangre de la que ya había corrido?

''Iré con ustedes''.

''Dyeda, no...'', suplicó Asa, conmocionado al escuchar aquellas palabras de la boca de Riven.

Riven lanzó un suspiro estremecedor. ''No más, fair... no más sufrimiento por mi culpa. Nuestra responsabilidad recae sobre nuestras propias acciones y las decisiones que tomamos con el corazón''. Lo miró. ''Esta es mi decisión''.

Asa abrió la boca para luego cerrarla. Respiraba de forma temblorosa y mantuvo la cabeza en alto. ''Adonde sea que vayas, sin importar lo que hagas, siempre serás mi dyeda. Siempre''.

''Tú siempre estarás aquí, fair''. La mano de Riven se posó sobre su propio corazón. Miró a Teneff. ''Déjenlo en paz e iré con ustedes''.

Teneff permaneció quieta por un momento, antes de inclinar mínimamente su cabeza. ''Lo juro''. Asintió en dirección a Erath y el escudero de espada liberó a Asa de inmediato.

Tembloroso, el jonio se puso de pie. Una mirada de Riven hizo que inclinara su cabeza mientras se tambaleaba hacia la granja. Asa se deslizó por el corredor, envuelto en sollozos al ver cómo Teneff encadenaba a Riven.

De repente, Erath recordó a las bestias. Dio la vuelta y sintió alivio al ver a Talz aún atado en su sitio, pastando sin ninguna preocupación en la vida.

Pero Doña Henrietta se había soltado.

El pánico asaltó el pecho de Erath, hasta que se percató de que no se había ido lejos. Encontró a la montura reptiliana a la sombra del árbol, tratando de despertar a Marit con ligeros golpecitos de hocico. Lento y con cuidado, se acercó a ambos.

Henrietta siseó al ver a Erath, mostró sus colmillos y se interpuso entre él y el cuerpo de Marit mientras se aproximaba.

''Lo sé'', susurró Erath, acariciando con sutileza el cuello de Henrietta con la mano. ''Lo sé''.

Henrietta siseó nuevamente, esta vez más suave. Erath tomó sus riendas y la bestia no se apartó.

Finalmente, Arrel enunció la pregunta que estaba en la mente de todos. ''¿Cómo terminará esto? La forjadora de runas está muerta. Su mandato no sirve de nada para nosotros ahora''.

''Murió en el camino durante su expedición''. Teneff miró el cuerpo de Tifalenji. ''Sirviéndole al imperio. En su nombre continuamos y cumplimos con nuestra tarea, llevando a la fugitiva ante la justicia''.

''¿Eso es lo que les dirás?'', preguntó Arrel.

Teneff estaba quieta. ''Esa es la verdad''.

''Muy bien'', respondió Arrel. ''Tú y el escudero de espada parecen tenerlo todo bajo control''.

Erath miró a la rastreadora y cayó en cuenta de lo que sucedía. ''No vendrás con nosotros''.

''Esto era importante'', Arrel negó con la cabeza y le dio a Teneff los pedazos de la espada de Riven. ''Pero cumplimos con ello y sirvo mejor al imperio por mi cuenta''.

Teneff extendió su mano lentamente. ''Hasta que nos volvamos a encontrar, hermana''.

Arrel la miró por un momento, antes de tomarla, muñeca contra muñeca. ''Hasta entonces''. Hizo un ademán y los dragartos se alinearon a su lado mientras se alejaban de la granja por el sendero de terracería.

''Entonces solo seremos nosotros dos'', dijo Erath, mirando a Arrel desaparecer.

''Tú tampoco vendrás'', respondió Teneff.

Confundido, Erath la miró a ella y a Riven.

''Este deber me corresponde solo a mí'', dijo ella. ''Mi búsqueda terminó, pero no la tuya''. Asintió hacia Doña Henrietta. ''Ahora, vete. Encuentra a tu traidor''.

En un principio, Erath no dijo nada. Tras presenciar la fuerza de Riven, no quería dejar sola a Teneff con ella, pero en su corazón sabía que esta era la decisión correcta. Y ella tenía razón. Aún tenía un asunto pendiente aquí.

Erath se enderezó y golpeó su pecho con el puño. ''Por Noxus''.

Teneff le regresó el saludo. ''Por Noxus''.

Erath ayudó a Teneff a envolver el cuerpo de Marit en el estandarte de su familia y cargarlo sobre Talz antes de recuperar sus pertenencias. ''Que crezcas grande y fuerte, Talz'', dijo mientras palmeaba el flanco de la bestia. ''Cuida a Ten''.

El basilisco movió la cabeza juguetonamente, casi derribando a Erath. Sonrió y sintió cómo sus ojos comenzaban a arderle. Se dio la vuelta, limpiándose una lágrima con el pulgar y miró a Doña Henrietta.

Al acercarse a ella, Erath imaginó cada persona a la que Doña Henrietta había matado. Cada chillido de furia reptiliana, cada grito ahogado de las gargantas de sus presas. Cada vez que había tenido que limpiar la sangre de su joyería. Mientras se acercaba tarareando suavemente, pasó una mano sobre su piel escamosa. Ella se sacudió, pero no se alejó de él. Motivado, probó sus riendas y, después de un momento, Erath saltó a la silla sobre el lomo de Doña Henrietta.

Ella lo aceptó.


Riven y Teneff vieron cómo Erath se alejaba por el camino. Los grilletes de Riven repiquetearon y se dio cuenta de que era la segunda vez que la arrastraban fuera de la granja, encadenada. Recordó cómo se había sentido entonces, temerosa y aterrada. Ahora, permitió que esos sentimientos se desvanecieran. No sería igual que la vez pasada. Esta vez era diferente, pero ella también.

Teneff miró a Riven. ''Eres mi prisionera, pero también mi hermana. Te trataré con el debido respeto. ¿Estás lista?''.

Riven exhaló. Tras mirar por última vez a Asa y al hogar que nunca más volvería a ver, asintió. ''Sí''.

''Bien''. Teneff ayudó a Riven a acomodarse sobre el lomo de Talz, mirando atenta el largo camino que tenían enfrente. ''A Noxus''.


Erath montó toda la noche. Tras las adversidades de la travesía a pie para encontrar a Riven, la velocidad con la que avanzaba sobre Doña Henrietta era emocionante. Si su objetivo hubiera sido otro, habría permitido que la felicidad de la cabalgata lo abrumara. Pero su corazón estaba apesadumbrado, como si tuviera una piedra sobre el pecho, conforme la distancia hacia su destino se reducía a nada.

La estacada natural no se abrió al llegar. Erath desenfundó su bracamante y lo golpeó contra su armadura.

''¡Soy el hijo de Jobin!'', vociferó. ''Permítanle mostrarse o apártense para que pueda enfrentarlo''.

Tras unos cuantos momentos de silencio, la barrera se abrió lo suficiente como para que pudiera entrar. Trotó hacia el interior de la aldea. Vio cómo se posaba sobre él la mirada temerosa de los jonios y los noxianos descarriados.

''¡Jobin!'', gritó Erath. ''¡Padre, enfréntame!''.

''¡Calma!''. Un anciano emergió entre la multitud. Erath se dio cuenta de que era el viejo que vigilaba el área del ataque químico. ''Calma, hijo mío. Te llevaré con él''.

Con un suspiro, Erath enfundó su bracamante y descendió de la montura de Doña Henrietta. El anciano guio a Erath hacia la choza de Jobin. Los dos entraron. Los jonios rodearon a Henrietta desde una distancia segura y le cantaron melodías relajantes. Henrietta les escupió.

La choza estaba oscura. El jonio encendió unas cuantas velas que le brindaron a Erath la iluminación suficiente para ver la silueta al centro de la habitación, envuelta en un sudario.

''Tu padre'', dijo el anciano.

Erath suspiró. Se arrodilló y trató de controlar sus manos temblorosas mientras retiraba el sudario y dejaba al descubierto el rostro pálido y frío de su padre. Estaba lleno de heridas, moretones y decolorado.

''¿Por qué regresaste?'', preguntó el jonio.

''Volví para saber por qué nos traicionó a mis acompañantes y a mí con la Hermandad'', la voz de Erath se estremecía.

''¿Traicionar?''. La tristeza inundó el semblante del anciano. ''Hijo mío, no lo hizo''.

La mirada de Erath recorrió sus heridas, memorizando cada moretón, repasando cada laceración.

''La Hermandad llegó aquí poco después de que ustedes se marcharon'', dijo el jonio. ''Exigieron que les reveláramos su camino. Él los desafió. Y por ese desafío fue torturado. Le arrebataron la vida''.

Erath apenas pudo escuchar las palabras. Se quedó sin aliento. Las emociones se agolparon dentro de él. Su travesía. La imposibilidad de pelear por su tribu, el tener que soportar las adversidades para encontrar su sitio en otra tribu distinta. Descubrir su propia familia rota. Verla desgarrada y luego unida de nueva cuenta.

Tocó el rostro de su padre. Una lágrima cayó sobre la mejilla de Jobin. El peso en el pecho de Erath se desvaneció. La piedra se derritió bajo la calidez.

''Podrías quedarte'', se atrevió a decir el anciano. ''Aquí recibiríamos al hijo de Jobin. Podrías esperar a que vuelva a llegar el festival de la flor''.

''No'', Erath negó con la cabeza. ''Su espíritu está en paz conmigo''.

El jonio retrocedió y bajó la cabeza en señal de aceptación.

''Ayúdame a envolverlo'', dijo Erath, sujetando la manta. ''Vendrá conmigo''.

''¿Adónde lo llevarás?'', preguntó el anciano.

Erath miró al jonio y sonrió. ''A casa''.

Fin de esta lectura

Sus vidas tienen su propia historia

Personajes de esta historia

Las publicaciones originales

Fuentes y lecturas relacionadas

Las historias de Riot completas conservan su autor original y el texto. The Rune narrativas se acreditan por separado; orden de colección es una opción de lectura.

  1. La hermandad de la guerra, parte I: Viejas heridas ↗
  2. La hermandad de la guerra, parte II: Los muertos inquietos ↗
  3. La hermandad de la guerra, parte III: Irreparable ↗
  4. Granja joniana ↗

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