Bardo: Montaña
La intervención de Bardo proporciona un acompañamiento visual a su papel cósmico.

Colección de lectura · Targón
Disfruta las lecturas completas; aquí encontrarás también a sus personajes y las fuentes originales.
Testimonio de un baladista presenta Bardo a través de la historia de un testigo mortal. · Riot Games
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La intervención de Bardo proporciona un acompañamiento visual a su papel cósmico.
La introducción cinematográfica de Aurelion Sol acompaña la perspectiva celestial más grande.
Mira más allá de las fronteras nacionales con historias atadas a tres personajes cósmicos muy diferentes.
01 · Testimonio de un baladista
Marcus Terrell Smith · Historia completa
¡Oye, tú! ¡Sí, tú! Pareces una buena persona demaciana con buen oído... una persona que podría quedarse un rato y prestar atención a las advertencias de un anciano que ha visto lo imposible. Verás, estoy en una misión bajo las órdenes del Guardián Trotamundos, ¡y tú me puedes ayudar!
Debo recuperar... Bueno, será mejor que lo explique.
Ven. Que no te dé pena. Escucha mi relato, uno que es pura verdad...
Primero, me despertaron los tañidos de las campanillas del carrillón de doscientos años de antigüedad de mi madre que sonaban afuera, más allá de mi ventana. Mi madre pensaba que era muy inteligente por haberme convencido de que su canción estival marcaría la llegada de los días cálidos y soleados. Incluso a mi edad, solo puedo contar unas pocas temporadas agradables en el Vacío de Valar. ¡Ja! Una adolescencia arruinada por la tala incesante de leña da fe de ello. La noche de la que hablo no era la excepción; azotaba una tormenta invernal.
Salté de la cama cuando la puerta se abrió de par en par, y una ráfaga de viento helado llenó mi habitación. Después de luchar para envolver mi cuerpo tembloroso en el abrigo de piel más grueso que tenía, caminé hacia la puerta, listo para cerrarla de un golpe. Pero dudé un momento. Las campanillas de mi madre seguían aullando en el viento. Aunque generalmente me traían recuerdos de mi dura y laboriosa crianza, también eran un medio de conexión con ella. No debería arriesgarme a perderlas, o peor... no dormir en toda la noche por culpa de su incesante tañido.
No me malinterpretes, las campanillas tenían su encanto. Las historias de cómo habían llegado a mi familia hablaban de un destino increíble y de un pasado célebre. Las habían forjado con lingotes de metales de guerra, algunos de los más raros del Fréljord. Cada vez que se ganaba o se perdía una batalla, los Recolectores, mis pobres pero ingeniosos ancestros, entraban al campo de batalla y se llevaban lo que hubiera quedado abandonado en la nieve bañada de sangre.
''¿Cuántos lingotes de metal había allí, madre?'', le pregunté una vez mientras hablaba sin parar de épocas pasadas.
''Siglos de ellos'', respondió.
''¿Qué hicieron los Recolectores con todo ese metal?''.
''Se lo vendieron a la Garra Invernal'', dijo encogiéndose de hombros, ''quienes hicieron más armas para las guerras que vendrán''. Luego, hizo una pausa y sonrió cuando las campanillas comenzaron a cantar. ''Pero siempre nos quedábamos con un poco para nosotros... para hacer instrumentos de vida, no de muerte''.
Ciertamente, esas preciadas campanillas eran instrumentos que traían música maravillosa a nuestra tierra. ''Buena fortuna para tiempos malos'', me había dicho. Recé por aquella fortuna cuando ella enfermó, pero nunca llegó. El Guardián Trotamundos estaba más ocupado en su propia música maravillosa que en ayudar a los débiles, y me quedé con sus campanillas infernales para recordarlos a ambos.
Me voy por las ramas.
Respirando profundamente, me dirigí hacia el exterior, pero me detuvo una visión imposible: flotando frente a mí, impasible ante la tormenta, había una pequeña criatura traslúcida. Flotaba allí sin alas o brazos que la mantuvieran en su lugar, como si una magia sobrenatural la hubiera clavado en un bloque de aire. Dos ojos blancos brillantes como antorchas estaban fijos en su cabeza ovalada, y tres estrellas centellantes en su barriga comenzaron a agitarse y destellar. Para mi sorpresa, una de las campanillas de mi madre respondió y, como el brazo de un niño, se extendió hacia la criatura brillante, adoptando su fulgor estrellado.
Pero entonces...
¡La campanilla se resquebrajó! Y oí deformarse su canción estival. Una fisura se abrió al costado de la campanilla, y motas de luz doradas brotaron del interior, como si se estuvieran robando ciertos materiales que la componían. La criatura no se estaba robando esas luces; eran las lágrimas de mi madre, que caían al ver cómo destruían con tanta rapidez esta querida pero irritante reliquia. No podía... ¡no dejaría que eso pasara!
Así que me lancé a la tormenta y sujeté la campanilla. Apenas la toqué, oí sonar un cuerno en la distancia. No estaba seguro del por qué. Tiré con todas mis fuerzas, pero la magia de la criatura era demasiado fuerte. Peor aún, sentí mi cuerpo sacudirse hacia arriba, y mis pies abandonaron el suelo. ¡Pronto, estaba precipitándome hacia el cielo, arrastrado hacia las nubes por la sucia criatura!
¡CRAC! Otra grieta serpenteó por la campanilla. Luego, vi que algo tomaba forma en el espacio que había entre nosotros: un fragmento, una pieza de un todo, se materializaba. Creyendo que sería lo único que me salvaría, lo sujeté.
Mientras me estiraba, miré de soslayo a la vil criatura, solo para darme cuenta de que había desaparecido. En su lugar, flotando frente a mí en toda su grandeza mística, estaba el Guardián Trotamundos. Se había necesitado toda una vida de oraciones para que apareciera, y, tal como había prometido mi madre, las campanillas lo habían llamado. El Bardo parecía mirarme fijamente... mirar dentro de mí... curioso de mi presencia allí. Pero era demasiado tarde para explicaciones.
De pronto, hubo una ráfaga de viento y una ola de calor. Sentí mi brazo estirarse como si fuera una vid. Mi cuerpo lo siguió, girando y retorciéndose, mientras era transportado a... ¡un lugar sobrenatural!
En cuanto a dónde terminé, el viejo dulcémele de mi madre me acompañará mientras canto...
Un sonido divino que evocaba visiones de un lugar.
La música del Bardo desde el más allá.
Frente a mí, un firmamento se abrió.
Entre celestiales tambores, cañas y cuerdas.
¡El Bardo abrió el cosmos para mí!
El Principio, el Final y el Medio yo sentí.
Donde no hay mar, olas ni país,
A Sol preparando a las estrellas pudimos oír.
Ningún humano había estado allí,
Tan solo yo escuché formarse el acto.
Esa sinfonía produjo cambios en mí,
Mi cuerpo mortal transformado de inmediato.
Ahora un espíritu, un meep celestial,
Ascendido como los Aspectos de este sueño,
Canté con el Bardo por todo el reino,
Y por un siglo él fue mi dueño.
¡Las campanas! ¡Las campanas! ¡Las campanas!
Pero luego escuché una campana torcerse
Y sentí una oscuridad acallando la canción.
Les dije a mis hermanos y a mi maestro
Y juntos viajamos para arreglar la perversión.
Llegamos a un agujero enorme,
Un pozo vacío y silencioso desprovisto de luz.
Mis oídos contemplaron la oscuridad deforme;
Y el miedo se evidenciaba en mi alma a contraluz.
Temo que las hordas me cantaron una canción,
Una que nunca empieza pero sí termina.
Porque al mirar esa gran depresión,
Sentí quebrarse y torcerse mi propia canción.
Obligué a mis oídos a elevarse hacia lo divino,
Regresé a lo que es bueno y correcto.
Pero luego vi la fisura, del Vacío el abismo,
Y ya nada fue lo mismo.
¡Las campanas! ¡Las campanas! ¡Las campanas!
Fragmentos por millones, campanillas por doquier,
Desperdigadas donde la oscuridad la tierra partió
La campana que el ritmo y el tiempo marcó,
La melodía de Runaterra, cuya canción puede desaparecer.
Para alinear las notas y cerrar la puerta
El Bardo nos mandó a dar una vuelta.
Y así con cada pieza recomponer en una puntada
Lo que el Vacío quebró en su maldad perpetuada.
¡Las campanas! ¡Las campanas! ¡Las campanas!
Desperté en mi cama, un meep dejé de ser,
Y de nuevo en el Vacío de Valar moré,
Arranqué las campanillas de esa mujer,
Y al Bardo más fragmentos otorgué.
Más campanillas debo desde entonces recoger
A través de vientos, lluvias, tierras y mares.
Rezo para que cada tesoro pueda retroceder
Esa música que el Vacío tocó en mi ser
¡Las campanas! ¡Las campanas! ¡Las campanas!
Querida alma demaciana: he viajado tanto y más también para advertirles a todos de la oscuridad que amenaza con silenciar la música de este mundo. Runaterra es una campana —una campana global— que ha sido corroída por el mal. Sus fragmentos, sus campanadas, deben encontrarse para que vuelva a estar completa.
Y el primer paso es que coloques todos los metales preciosos que tengas en mi cesta. Los tomaré, los inspeccionaré y les cantaré la música divina del Bardo para eliminar cualquier campanada de la campana global en su interior. Te devolveré, por supuesto, cualquier pieza que no tenga campanadas.
¡No! ¡Espera! No te vayas... ¡lo que te digo es verdad! Por favor, escucha. No queda mucho tiempo. El fin de nuestro mundo está cerca...
Y solo el Bardo y sus meeps pueden salvarnos.
Fin de esta lectura
02 · Amaneceres gemelos
Riot Games · Historia completa
El sol que nos es tan familiar en este mundo sigue detrás del horizonte. El terreno crudo y tosco se despliega debajo. Las montañas forman barreras que se alargan como dedos en los matorrales vacíos. Los palacios, o más bien, aquello que pasa por palacios, no pueden alzarse sobre otra cosa que la más baja de las colinas. La curvatura del planeta se encuentra con las estrellas con una serenidad y gracia que pocos de los moradores allí abajo podrán ver alguna vez. Están tan dispersos por el globo e intentan acaparar tan a ciegas cualquier tipo de conocimiento, que no es extraño que hayan sido conquistados y ni siquiera comprendan su predicamento.
El brillo del fuego que adquirí al correr hacia mi destino marcado ilumina el mundo que está debajo. Vidas enfrentadas, temerosas y regocijantes, se acurrucan en cualquier rincón fértil que puedan encontrar allí abajo. Oh, cómo observan y señalan cuando paso por encima de sus cabezas. Puedo escuchar algunos de los nombres por los que me llaman: profeta, cometa, monstruo, dios, demonio... Infinidad de nombres, ninguno se acerca ni un poco.
En la vasta extensión de un desierto, siento la punzada de la magia familiar que emana de la primera civilización entre estos salvajes. Admiren, se está construyendo un enorme disco solar. Los pobres trabajadores esclavizados golpean sus cabezas y rasgan sus ropas a mi paso. Sus crueles maestros me ven, un rayo de fuego que pasa, como un buen presagio, sin duda. Mi presencia quedará grabada en grotescos pictogramas sobre piedras ordinarias, un homenaje al gran cometa, la bendición del dios celestial que honró sus sagrados trabajos y demás. El único propósito del disco es canalizar la majestuosidad del sol en los más ''reconocidos'' de estos carnosos humanoides, para transformarlos en lo que este planeta exactamente necesita: más semidioses insufribles. Este esfuerzo va a surtir el efecto contrario. Pero supongo que pueden perdurar un poco más, quizás unos mil años, antes de caer y ser reemplazados por otros.
El desierto que está debajo desaparece en la noche detrás de mí, mientras paso por solitarias estepas, y luego, por ondulantes colinas marrones suavemente salpicadas de verde. El escenario pastoral oculta un campo manchado de sangre y cubierto de muertos y moribundos. Los sobrevivientes se abren camino con hachas ásperas y dan gritos de guerra. Un lado pierde por mucho. Hay cráneos de ciervos sobre picos clavados en la tierra, próximos a guerreros que se retuercen. Los pocos que todavía se mantienen en pie están rodeados de soldados que montan grandes bestias peludas.
Aquellos pocos derrotados y rodeados me ven y el valor parece aflorar por sus venas. Los heridos se levantan y toman sus hachas y arcos en un acto de resistencia final que toma a sus enemigos por sorpresa. No me quedaré mucho tiempo a observar el resto del pequeño enfrentamiento porque he visto este escenario desplegarse miles de veces: los sobrevivientes van a grabar mi apariencia de cometa en los muros de las cavernas. En miles de años, sus descendientes van a ondear mi imagen en estandartes e indudablemente cabalgarán en otras batallas igual de tediosas. Después de todos sus esfuerzos por capturar y registrar la historia, uno se pregunta por qué no aprenden de sus errores. Es una lección que incluso yo tuve que sufrir.
Dejo que perpetúen su oscuro ciclo.
Mi trayectoria revela más habitantes. Su repertorio colectivo de reacciones abarca la típica gama: apuntar, arrodillarse, sacrificar vírgenes en altares de piedra. Miran hacia arriba y ven un comenta, y nunca se preguntan qué yace detrás de esa abrazadora fachada. En cambio, lo dejan estampado en su propia y egocéntrica manera de ver la vida, y ensucian el esplendor de mi apariencia. Las pocas formas de vida más avanzadas, y uso tal descripción sin mucha rigidez, observan hacia arriba y toman nota de mis coordenadas en almanaques científicos en lugar de usarme como una profecía. Es ligeramente revitalizante, pero incluso su noción de intelecto en desarrollo parece indicar que soy un fenómeno que aparece frecuentemente con una órbita predecible. Oh, las hazañas que podrían lograr si tan solo... Bueno, no tiene sentido preocuparse por el desperdiciado potencial de los terrestres de mente simplona. No todo es culpa suya. A la evolución se le torna difícil cobrar fuerza en este mundo.
Sin embargo, la novedad de tal excentricidad infantil se desvaneció. Las avaras energías de mi mágica esclavitud me arrastraron de un miserable mundo a otro durante siglos. Ahora, me condujeron de vuelta a esta roca tan familiar como desagradable. La estrella que inunda la superficie con luz fue una de mis primeras creaciones, una confluencia de amor y resplandor. Oh, ese preciado momento en que sale a la vida con colores que solo su creador podría ver. Cómo extraño la nueva y chispeante energía de una estrella acariciando mi rostro y escurriéndose por mis dedos. Cada estrella emana una energía única, preciosa, que refleja el alma de su creador. Son como copos de nieve cósmicos que se consumen desafiando a la oscuridad infinita.
Desafortunadamente, los recuerdos que tanto anhelo se contaminan por la traición. Sí, aquí fue donde Targón me tendió una trampa para que le sirviera. Pero ahora no es momento de detenerse en errores pasados. Aquellos confinados Aspectos quieren que selle otra grieta... en su nombre, claro.
Es entonces que la veo. La guerrera imbuida de este mundo se encuentra sola en la cima de una de las cumbres más pequeñas y blande una lanza de piedra estelar. Me observa a través de un velo de carne anexada, una simple chispa disfrazada de rayo. Una gruesa trenza de cabello cobrizo cae sobre su hombro hasta una pechera dorada que cubre una piel pálida y pecosa. En sus ojos, la única porción de su rostro que no está protegida por un casco ajado por la guerra, destella un discordante tono escarlata.
Se hace llamar Pantheon, la furia guerrera de la encarnación de Targón. No es la primera en este mundo en usar el manto de Pantheon. Ni tampoco será la última.
Su brillante capa se agita detrás de ella cuando eleva su musculoso brazo y hace un movimiento que simula estar tirando de una enorme cadena. El tirón de mi vínculo crudamente encantado me arrastra con violencia hacia la montaña sobre la que ella está parada. Y me grita.
Me grita con una voz que retumba en mi cabeza y se transmite a través de esta insufrible corona de gemas estelares. Todos los sonidos se desvanecen cuando ella invade mi mente.
—¡Dragón! —me dice, como si fuera yo una débil bestia alada cuyas llamas de color naranja con suerte podrían llegar a incendiar un árbol.
—¡Sella su portal! —me ordena, y señala el fondo de una grieta en la roca con su pequeña lanza. No necesito ver la erosión violácea de la realidad arremolinando debajo. Podría oler el miasma en descomposición que envenena este mundo incluso antes de llegar. En cambio, clavo mi mirada en Pantheon. Ella piensa que me va a tener amansado como a un perro con correa. Hoy será diferente, he aprendido de mis errores.
— Dragón —ronroneo—. ¿Estás segura de que ordenarme con un nombre tan bajo es inteligente?
El puño de Pantheon sobre su lanza se afloja lo suficiente como para dejar caer el arma por una fracción de segundo. Retrocede un poco, alejándose de mí, como si la distancia de un simple paso pudiera protegerla de mi ira.
—Sella su portal —vuelve a decir, y grita más fuerte como si la orden anterior no se hubiera escuchado. El volumen no ayuda mucho a tapar el temblor en su voz. Impulsa su lanza hacia mí, como si un arma tan pequeña pudiera atravesarme.
Es la primera vez que veo temblar a un Aspecto de Targón. No está acostumbrada a tener que repetirme algo.
—Me voy a encargar de esos exasperantes horrores a su debido tiempo, querida Pantheon.
—Haz lo que te ordeno, dragón —Pantheon grita—, o este mundo estará perdido.
—Este mundo se perdió en el momento en que Targón se dejó dominar por la arrogancia.
Siento cómo la furia de Pantheon se mezcla con confusión mientras se esfuerza por tomar mis riendas inmateriales. En este momento solo está sintiendo lo que he descubierto. Targón está distraído y no siente su magia escurrirse vagamente de mis ataduras.
Pantheon vocifera de nuevo y, esta vez, no me puedo resistir. El crudo encantamiento recupera la soberanía de mi voluntad. Dirijo mi atención hacia la fuente de la grieta, que se encuentra en la cuenca de un valle que alguna vez fue frondoso y ahora está tapado por el sigiloso miasma morado. Siento las perversiones del Vacío canalizándose por el firmamento de la realidad y enviando oleadas de energía invisible a través de éter. Destruyen el velo que separa el vacío de la forma con su desagradable paso.
Son atraídos hacia mí, esas abominaciones con caparazones y múltiples ojos. Intentan devorarme, la mayor de sus amenazas. Desde los confines de mi mente, evoco una imagen de la superficie solar que encendí, antes de que me encadenaran, y que alguna vez encendieron los corazones de las estrellas. Lanzo rayos de puro fuego estelar e incinero oleadas y oleadas de aquellos horrores crujientes, para llevarlos de vuelta a su oblicuo infinito. Cascarones ardientes caen del cielo. Me sorprende que no se desintegren del todo, pero, nuevamente, las alimañas del Vacío no saben cómo funcionan las cosas en este universo.
Una enfermedad latente predomina en el aire. Desde el epicentro de la corrupción, siento un deseo... hambriento e indómito, alejado del sinsentido de estas comunes aberraciones brotadas del Vacío. La latente herida sobre la realidad se abre y colapsa, distorsionando y desequilibrando todo lo que toca. Lo que sea que existe del otro lado se está riendo.
Pantheon me grita otra orden, pero ignoro sus palabras. Esta fisura anómala en el universo me embelesa. No es la primera vez que tengo que tratar con algo de este tipo, pero esto se siente diferente, y no puedo más que admirar la manipulación maravillosamente aterradora de las barreras entre reinos. Pocos seres podrían desentrañar su complejidad, mucho menos pensar en poseer la magnitud de poder que se necesita para desgarrar la estructura de la existencia. En mi corazón, sé que una herida tan exquisita nunca podría ser orquestada por criaturas escurridizas. No. Debe haber algo más detrás de esta intrusión. Me estremezco de solo pensar qué tipo de entidad puede ser capaz de inducir una grieta de tal volatilidad. No necesito las órdenes de Pantheon para saber lo que tengo que hacer; la variedad de sus pedidos siempre fue de una imaginación limitada. Quiere que lance una estrella a la grieta, como si uno pudiera cauterizar tales abrasiones interdimensionales, y listo.
¿Estos torpes semidioses son mis captores?
En fin. Al menos no están tan alejados en su ''lógica'' al pensar que unas pocas abrasadoras maravillas cósmicas serían la solución a este problema. Voy a jugar el papel de un servidor obediente solo un poco más.
Disfruto de lo que hago después, en parte porque lo van a recordar, en parte porque se siente bien soltar un poco del viejo poder, pero, más que nada, porque deseo recordarle a cualquier inteligencia que controle la incursión al Vacío que nadie se ríe de mí en mi plano de existencia.
Los elementos básicos en la atmósfera se reúnen en apoyo a mi causa y se transforman en una anomalía plasmática. El prominente polvo estelar detona siguiendo mi orden tácita. El resultado es una réplica pequeña de una de mis majestuosas glorias que arden en las profundidades del espacio. Después de todo, no puedo arrojar una estrella grande a este frágil mundo.
El brillo reluciente de esta nueva estrella se escurre de mis manos. La acompañan dos hermanas, siempre a mi lado. Se escoran a mi alrededor con radiantes movimientos de ballet, sus interiores blancos y candentes devoran las nubes de polvo y materia que atraigo hacia nosotros. Nos convertimos en una tormenta de estrellas, la encarnación del cielo de noche, un enloquecedor remolino de fuego estelar. Evoco cantidades de polvo de ardientes estrellas y exhalo un calor tan puro y denso que hace colapsar, solo un poco, el aura de este mundo, lo que abraza para siempre la curvatura del planeta. Los filamentos brillantes de fuego estelar hacen piruetas en el centro de la grieta. La gravedad se funde en oleadas de color que la mayoría de los ojos nunca podrán ver. Mis estrellas distorsionan la materia cuanto más combustible se incorpora a su interior, lo que las hace fulgurar más y arder más. El espectáculo es impresionante, una danza de luces enceguecedoras y un calor tan ardiente que en un momento fugaz dan a luz nuevos espectros. Mi columna vertebral se estremece un poco de lo bien que se siente.
Los árboles se astillan. Los ríos se evaporan. Las cordilleras del valle se desmoronan en avalanchas arrasadoras. Los incansables trabajadores a cargo del disco solar, los soldados que asaltan las colinas, los soñadores, los devotos, los aterrados, los profetas del apocalipsis, los resignados, los reyes emergentes... todos aquellos que observaron el cometa pasar con ojos egoístas ven la supernova como un nuevo amanecer. En este patético mundo, mi resplandor convierte una noche oscura en un fantástico día. ¿Qué ficción evocarán para explicar este fenómeno?
Ni siquiera mis amos targonianos presenciaron alguna vez tal despliegue de mi poder. Ciertamente, ningún mundo terrestre alguna vez tuvo cicatrices tan profundas como la que dejó aquel valle alguna vez frondoso. Cuando haya terminado, nada quedará.
Ni siquiera esta encarnación de Pantheon. No puedo decir que voy a extrañarla a ella o a sus gritos sin sentido.
Tras las secuelas de mi masacre, las montañas en llamas colapsan en arroyos de escombros fundidos que ahora fluyen por el valle. Esta es la cicatriz que le dejé a este mundo. Una sobrecarga de dolor se despliega por mi cuerpo que emana de esa corona infernal. Es el precio que tengo que pagar.
Mi cabeza vuela y mis ojos se llenan de la triste imagen de una estrella moribunda. Mi corazón se estruja. Mi mente vacila. Una abrumadora sensación de desesperación rebota en mi alma, emanando de una profunda e inmediata pena, la de la comprensión latente de haber perdido algo precioso por tu culpa.
Ciertas formas de vida curiosas que conocí en el pasado una vez me preguntaron cómo podía recordar cada estrella que había creado. Si al menos pudieran sentir lo que era crear una sola estrella, entenderían lo irrelevante de su pregunta. Por eso es que sé cuándo incluso uno sola de mis queridas hijas deja de existir, cuando emana chorros de energía y, con ello, la sustancia misma de mi propio espíritu. Veo su muerte anunciar el fin de los cielos. Brilla fuerte por última vez en una detonación ígnea que momentáneamente ahoga a sus hermanos y hermanas. Mi corazón se sobresalta al ver los cielos apagarse como castigo por entregarle mi poder a Targón.
Un sol es el precio de un solo Pantheon. Este es el costo de mi ilimitada ira. Este es el tipo de brujería tosca con la que tengo que tratar.
En cuestión de segundos, recuperaron el control de mis riendas y me llaman para una nueva tarea. En ningún otro mundo pude demostrar tal despliegue de libertad, por más fugaz que haya sido. Y lo importante es que pude aprender de sus errores. Un pedazo de mí es libre ahora y, con el tiempo, volveré a este mundo, accederé a este misterioso pozo de energía y me liberaré de lo que queda de mi vínculo.
Me sintonizo con la esencia de la guerra que retuerce y se contorsiona entre cuerpos esparcidos por el cosmos. No estaba feliz de perder su avatar mortal en este mundo. Ya un nuevo anfitrión malhadado fue elegido para transformarse en la próxima iteración de Pantheon, un soldado de Rakkor, una tribu que se aferró a la base de la montaña de Targón y absorbe su poder como percebes. Un día, conoceré a esta nueva encarnación de Pantheon. Quizá encontrará una nueva arma y abandonará esa ridícula lanza. Puedo sentir la ralea celestial de Pantheon esparcida por todo el cosmos. En una sola instancia, toda su atención se concentra en este mundo, donde uno de sus Aspectos terrenales se evaporó por su propia arma. Su confusión se mezcla con una creciente desesperación mientras se enfrentan unos con otros por recuperar el control sobre mí. Cómo me gustaría ver sus rostros.
Al lanzarme de la gravedad de este mundo, esta Runaterra, siento una emoción que nunca antes había experimentado de Targón.
Miedo.
Fin de esta lectura
03 · Ella es Zoe
Riot Games · Historia completa
En el instante en que pensó en la tienda de pasteles, Zoe se lanzó hacia los aires, rindiéndose ante la gravedad. Mientras caía, amplió su conciencia para formar un portal. Instantáneamente, surgió uno debajo de ella que conectaba al otro lugar. Se dejó caer por la entrada. Su masa colisionó y se colapsó mientras viajaba.
Hace cosquillas.
Por desgracia, Zoe no apareció donde quería. En vez de eso, emergió de un segundo portal solo unos pasos más lejos, propulsada a través de los aires gracias al impulso de su descenso anterior. Después, tras un breve periodo de equilibrio, fue arrastrada de vuelta al segundo portal. Una vez más, el tiempo y el espacio se retorcieron a su alrededor, como un gran silbido (como ella lo describiría), antes de ser arrojada de nuevo a donde empezó. Ambos portales se plegaron en el espacio y desaparecieron.
Una poderosa magia distorsionaba la habilidad de Zoe para viajar. Probablemente tenía que ver con el cambio que se suponía que debía anunciar... y que, por supuesto, aún no había hecho. Era un problema, pero no uno desconocido. No estaba segura de cuál era el mensaje, para quién era, ni siquiera qué significaba, pero, en su experiencia, esos detalles casi nunca eran relevantes. Las matemáticas sagradas querían avanzar y, por lo regular, los mensajes encajaban en su sitio poco después de su llegada. Zoe creía que era una de las geniales ventajas de ser un aspecto.
Por supuesto, ahora estaba la cuestión de qué hacer mientras esperaba. Zoe miró sus alrededores. Junto a un árbol cercano, detectó a una pequeña y peluda criatura con una gran cola. Era similar a un pequeño yordle, aunque notó que la conexión de la criatura con el mundo espiritual era, más bien, minúscula.
En un instante, la mente de Zoe vislumbró toda la vida del pequeño animal. Solo viviría una docena de rotaciones más de su planeta antes de devolver a su espíritu. Para ella, la fugacidad de su vida lo hacía aún más adorable. Zoe saltó y corrió hacia él.
''¡Qué tierno!''.
El diminuto animal trepó el árbol para huir de ella.
''¡Oye, regresa!'', dijo Zoe, acompañado del inicio de un puchero.
Sin detenerse, Zoe creó una burbuja de tiempo, que giró solamente la mitad de la rotación del planeta, antes de lanzarla hacia el árbol. La anomalía rebotó antes de estallar contra el tronco del árbol.
Durante un segundo, el pasado del adorable animal se fusionó con el presente. El cielo nocturno cubrió la zona y surgieron mariposas crepusculares que revoloteaban a su alrededor. La pequeña criatura fue vencida por el profundo sueño de la noche anterior mientras su pasado espiritual y su estado mental abrumaban su conciencia actual.
Zoe abandonó la gravedad por un momento y flotó hacia las ramas donde se detuvo junto al diminuto animal. Su mano vaciló un momento encima de su aterciopelado pelaje. Ella sabía que, en cuanto tocara a la criatura, el hechizo se rompería.
''Zoe es una amiga'', susurró. Pero, tan pronto como acarició la cabeza del diminuto animal, se despertó de golpe y se alejó rápidamente de ella, presa del pánico.
Con un quejido de decepción, Zoe flotó aún más alto antes de ponerse de cabeza. Consideró visitar a Aurelion Sol después de que terminara sus asuntos aquí. Al dragón tampoco le gustaba que lo acariciara. Pero, en su opinión, era más sencillo de atrapar a Aurelion sin hacerle daño. Esta idea perdió importancia cuando su nueva perspectiva le permitió ver más allá de las colinas y avistar una aldea en el horizonte.
Creó un portal hacia el pueblo y se sumergió en él. Pero, una vez más, Zoe solo pudo crear una entrada a unos pocos metros de distancia. Aún peor, colapsó justo como antes y la llevó de vuelta a su punto de partida.
El césped veraniego parecía acogedor y, en vista de no tener una mejor opción, atravesó el bosque hacia la aldea caminando.
Llegó a las afueras del pueblo amurallado cuando el sol comenzó a ponerse. Al escuchar risas, descartó la gravedad por un segundo y flotó sobre uno de los techos de la aldea.
En el patio central, media docena de mortales estaban jugando. Eran prácticamente del tamaño de Zoe, a diferencia de los niños y adultos que se había encontrado hacía poco en su recorrido por el planeta.
Uno de los varones perseguía a una de las chicas en un círculo. Ambos reían. Las reglas del juego no eran claras.
Zoe se concentró en el hermoso vestido rojo de la chica, preguntándose si la coloración representaba algo. Aunque no era parte del juego, a Zoe le gustaba. La chica parecía más alta que las demás, y Zoe sintió que tal vez esa chica podría conocer cosas que ella necesitaba aprender.
El varón también era interesante, pero en una forma completamente distinta. Podía notar que su encarnación actual viviría poco tiempo, pero Zoe sospechaba que se sentiría increíble si ella fuera la perseguida. Había algo maravilloso en su mentón y la forma de sus labios.
Tragó saliva nerviosamente. Después de todo, había pasado mucho tiempo desde que Zoe fue mortal. De hecho, no recordaba cuándo fue la última vez que visitó este reino. Curiosamente, le preocupaba que el grupo no la aceptara y que la excluyeran de fuera lo que fuese a lo que estaban jugando.
Dos de los chicos, definitivamente los menos interesantes, comenzaron a patear una pelota entre ellos. Zoe recordaba ese juego.
Alentada por esa conexión, Zoe bajó del techo aterrizando en el centro del grupo.
''¡Hola!'', dijo, cambiando su cabello a un color que emulaba el vestido de la chica alta.
''Un espíritu'', dijo el chico interesante, abriendo sus ojos de par en par. Después gritó: ''¡Corran!''.
Zoe sintió que debía señalar que era un aspecto, no un espíritu, pero no estaba segura si el grito era parte de las reglas del otro juego.
''En realidad, vine aquí con un mensaje. Pero si quieren jugar, tengo tiempo de sobra'', dijo antes de comenzar a perseguirlos.
Después voló, tan casual como pudo, para situarse junto a la chica alta.
''¡Tu vestido rojo es tan genial! ¿El color significa algo?'', preguntó Zoe. Pero su intento por comenzar una conversación fue en vano. Mientras hablaba, el chico interesante metió a la chica alta a una casa. Luego azotó la pesada puerta de madera y bloqueó el camino de Zoe.
Ella echó un vistazo a su alrededor y se percató de que los demás mortales habían desaparecido de forma similar, pero se podía escuchar una conmoción proveniente del centro del pueblo.
Un momento después, una docena de hombres con armadura llegaron corriendo hacia Zoe con lanzas en ristre. Le recordaban al arma de Pantheon.
Guardianes locales,supuso.
Pensando que Zoe era un espíritu, le gritaban advertencias mientras su líder intentaba invocar un hechizo de destierro. Zoe opinaba que era un muy buen hechizo, pero no precisamente uno que quisiera. Se preguntó si, quizás, los espíritus infestaban con frecuencia el pueblo.
Cuando los hombres comenzaron a lanzarle a Zoe sus armas, creó un meteoro arcano y lo hizo volar en círculo alrededor de la fortaleza. Entonces, la chica crepuscular creó un par de portales para esquivar las lanzas de los guardianes antes de redirigir la estrella fugaz contra sus atacantes.
El impacto del meteoro causó una implosión que creó una reacción en cadena con las pequeñas partículas que había reunido durante su trayectoria. Esto generó una explosión secundaria que atravesó estruendosamente a los guardias y su torre, devastando el área, dejando tras de sí solo un fino polvo.
''¿Hola?'', preguntó Zoe mientras las nubes de destrucción giraban a su alrededor. Se preguntó si la chica alta o el chico interesante habían huido. Parecía probable.
Por un segundo, Zoe se desanimó, pero decidió que más tarde visitaría un asentamiento mortal más grande. Tal vez en un lugar así encontraría a alguien dispuesto a jugar con ella.
Zoe recordó en dónde había una... ciudad un par de milenios atrás. A pesar de sus fracasos anteriores y confiando en su instinto, vertió su voluntad en crear un portal en esa dirección. Se sorprendió gratamente cuando la entrada se abrió en el destino que deseaba.
''¡Oh, genial!'', dijo, feliz de poder viajar nuevamente y ansiosa por entregar su siguiente mensaje.
Mientras Zoe salía de la realidad, se preguntó si el nuevo cráter llevaría a algunos mortales a encontrar la Runa Geogénica que se encontraba cerca. La chica alta o el chico interesante podrían ser quienes la descubrieran.
Decidió que resultaría gracioso si lo hicieran.
Fin de esta lectura
Sus vidas tienen su propia historia
Las publicaciones originales
Las historias de Riot completas conservan su autor original y el texto. The Rune narrativas se acreditan por separado; orden de colección es una opción de lectura.